La festividad del Aíd en Gaza: Otro baño de sangre en medio del falso alto el fuego

Soumaya Ghannoushi, Middle East Eye, 3 junio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Soumaya Ghannoushi es una escritora británica de origen tunecino experta en la política de Oriente Medio. Sus trabajos periodísticos han aparecido en The Guardian, The Independent, Corriere della Sera, Aljazeera.net y Al Quds. Puede encontrarse una selección de sus escritos en: soumayaghannoushi.com y en X: @SMGhannoushi

El Aíd acaba de finalizar. En gran parte del mundo musulmán, las familias se reunieron alrededor de las mesas, los niños lucieron ropa nueva y los hogares resonaron con risas y celebraciones.

Mientras que en otros lugares las comunidades celebraban la ocasión con alegría y unión, Gaza tuvo que soportar otra temporada de dolor, desplazamiento y muerte.

Las imágenes que surgieron de Gaza durante el Aíd al-Adha no fueron tragedias aisladas. Eran un atisbo de la realidad que prosigue cada día tras la conveniente ficción de que la guerra ha terminado de alguna manera.

Una imagen mostraba a una madre, Hidayah, llevando a sus hijas a comprar ropa para el Aíd. Las niñas entraron en la tienda mientras ella se quedaba fuera. Momentos después, se produjo un ataque israelí. Salieron corriendo presas del pánico, sólo para encontrar a su madre tendida en la calle, muerta y empapada en sangre.

Otro de los vídeos duraba sólo unos segundos. Entre las ruinas de un edificio destruido por un ataque aéreo israelí, un hombre sostenía en sus brazos el cuerpo de una niña pequeña. Su cuerpo estaba destrozado, carbonizado y cubierto de sangre. Mientras la sacaba de entre los escombros, gritaba: «¡Es el primer día del Aíd!».

Una tercera imagen mostraba tiendas de campaña ardiendo en la oscuridad de una noche de Aíd. Ni siquiera se salvan los refugios improvisados de los desplazados. Ya no basta con que los palestinos hayan sido expulsados de sus hogares; incluso los retazos de lona bajo los que buscan refugio se han convertido en objetivos.

Un alto el fuego carente de sentido

Estas escenas no fueron casos aislados. Según las Naciones Unidas y las organizaciones humanitarias, más de 26 palestinos, en su mayoría mujeres y niños, fueron asesinados solo durante los primeros días del Aíd.

El primer día del Aíd al-Adha, un ataque israelí en el centro de la ciudad de Gaza habría matado al menos a 10 personas, entre ellas cuatro niñas, un niño y tres mujeres.

Para las víctimas, el debate sobre si hay o no un alto el fuego carece de sentido. En cualquier caso, están muertas.

Ese es el gran engaño que subyace al discurso actual sobre Gaza.

Las Naciones Unidas informan de que las fuerzas israelíes han matado a unos 1.000 palestinos desde que se anunciara el alto el fuego de octubre, lo que eleva el número total de muertos desde octubre de 2023 a casi 73.000. Miles más están desaparecidos y se presume que han fallecido bajo los escombros.

La realidad es cruda. Los palestinos respetaron en gran medida el alto el fuego. Israel no lo hizo. Sin embargo, los gobiernos occidentales, los medios de comunicación y las clases políticas siguen hablando como si existiera un alto el fuego.

La nueva definición parece ser que Israel puede seguir llevando a cabo ataques aéreos, disparando contra civiles, demoliendo viviendas y matando a palestinos casi a diario, y el mundo seguirá describiendo la situación como un alto el fuego. Sin embargo, en cuanto se dispara una sola bala desde Gaza, los titulares se llenan de acusaciones de violaciones y de escalada.

Esta ficción tiene un propósito evidente. Elimina a Gaza de los titulares, reduce el escrutinio público y permite a Israel continuar con sus ataques mientras los líderes políticos se presentan como pacificadores.

Ninguna figura encarna este engaño con mayor claridad que Tony Blair.

Al referirse recientemente a Gaza, el ex primer ministro británico declaró: «Elaboramos un plan que puso fin a la guerra». ¿Puso fin a la guerra? ¿Para quién? ¿Para Hidayah, asesinada mientras compraba ropa para el Aíd a sus hijas? ¿Para la niña pequeña sacada de entre los escombros el primer día del Aíd? ¿Para las familias quemadas vivas dentro de sus tiendas?

Gestión del genocidio

Blair admite que todavía hay «algunos combates en curso», una frase notablemente evasiva. ¿Quién lucha contra quién? ¿Quién lleva a cabo los ataques aéreos diarios? ¿Quién está ampliando el control militar sobre Gaza? ¿Quién está matando a civiles casi todos los días? Blair nunca lo dice.

En cambio, habla de nuevas negociaciones. No con la parte que viola el alto el fuego. No con la parte que lleva a cabo los bombardeos. No con la parte que habla abiertamente de la ocupación permanente de Gaza y la expulsión de su población. Las negociaciones, una vez más, son con los palestinos.

El responsable desaparece de la historia. La víctima permanece permanentemente en el banquillo.

Esa es la verdadera función de la llamada Junta de Paz. No la de detener el genocidio, sino la de gestionar sus percepciones mientras prosigue su impulso.

Sus promesas se están desmoronando ya. El debate sobre la entrada de fuerzas internacionales en Gaza se ha desvanecido silenciosamente. Los planes de reconstrucción de ensueño promovidos por Jared Kushner no se han materializado. El Financial Times revelaba recientemente que el fondo de la Junta de Paz no contiene prácticamente nada. Cero dólares.

Reuters, por su parte, ha informado de planes para cerrar la misión liderada por Estados Unidos supuestamente encargada de supervisar el alto el fuego y facilitar la entrega de ayuda. Que Washington la cierre formalmente es casi irrelevante. En la práctica, ya no es más que una cáscara vacía.

La realidad sobre el terreno cuenta una historia muy diferente a la que se presenta en las conferencias diplomáticas.

Mientras los diplomáticos hablan de paz, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se jacta abiertamente de ampliar el control israelí sobre Gaza. Recientemente declaró que las fuerzas israelíes controlan alrededor del 60% de la Franja y que su objetivo es elevar esa cifra al 70%.

Al mismo tiempo, su ministro de Defensa, Israel Yisrael Katz sigue promoviendo lo que él denomina la «emigración voluntaria» de los palestinos de Gaza. La historia está llena de ocupaciones que descubrieron la utilidad de describir el desplazamiento forzoso como voluntario.

Es difícil pasar por alto esa ironía. El mismo acuerdo de alto el fuego celebrado por Washington prometía la reconstrucción en beneficio de la población de Gaza. Sin embargo, los líderes israelíes hablan abiertamente de ampliar su control sobre el territorio al tiempo que fomentan la salida de su población.

¿Y la respuesta del Consejo de Paz?

Literalmente, «sin comentarios».

La reacción de las capitales occidentales fue apenas algo más significativa: declaraciones de preocupación redactadas con cuidado, advertencias rituales, expresiones de pesar y llamamientos a la moderación. El vocabulario habitual de gobiernos decididos a parecer preocupados sin cambiar nada.

Las capitales árabes y musulmanas, por su parte, apenas ofrecieron más que silencio.

Las consecuencias son totalmente predecibles. La impunidad alimenta la escalada. La ausencia de consecuencias alimenta la arrogancia. Tras casi tres años sin afrontar ningún coste significativo por sus acciones, Israel se ha vuelto cada vez más agresivo, más beligerante y más abiertamente desdeñoso con el derecho internacional.

Por eso Gaza sigue siendo el problema.

Porque lo que ocurre en Gaza nunca se queda en Gaza. Los métodos perfeccionados allí se extienden a otros lugares. Los precedentes establecidos allí se aplican en otros lugares. La impunidad concedida allí se traslada a otros lugares.

Impunidad sin fin

Fíjense en el Líbano. Pueblos enteros reducidos a escombros, desplazamientos masivos, periodistas convertidos en blanco de ataques y centros médicos asaltados. Cada vez resulta más difícil distinguir entre las imágenes del sur del Líbano y las de Jan Yunis.

Se repiten los mismos patrones, se esgrimen las mismas justificaciones y se produce el mismo silencio internacional.

Nada ilustra esto más claramente que los ataques contra el personal sanitario. En Gaza, según los informes, han muerto más de 1.700 miembros del personal médico, lo que representa aproximadamente 80 muertes de trabajadores sanitarios por cada 100.000 habitantes.

En comparación, las estimaciones de Ucrania sugieren que entre 280 y 450 trabajadores sanitarios han perdido la vida durante la guerra en ese país, lo que equivale a menos de una muerte por cada 100.000 habitantes.

La destrucción del sector sanitario de Gaza ha alcanzado, por lo tanto, una magnitud prácticamente sin precedentes en la guerra moderna.

El mismo patrón se observa ahora en el Líbano. Según la Organización Mundial de la Salud, los ataques contra centros sanitarios y personal médico han matado también allí también a decenas de trabajadores sanitarios.

El mensaje es inequívoco: un mundo que toleró los ataques contra hospitales, ambulancias y personal médico en Gaza no debería sorprenderse cuando esas prácticas se extienden más allá de Gaza.

Tampoco debería nadie imaginar que las ambiciones israelíes se detienen en Gaza, el Líbano o incluso Irán.

El régimen israelí, con el respaldo de la inteligencia artificial, equipado por Estados Unidos y protegido diplomáticamente, ha demostrado tener pocos límites visibles a su agresividad. La misma lógica que devastó Gaza la ha aplicado ahora en el Líbano. Los mismos argumentos utilizados para justificar los ataques en el Líbano se esgrimieron luego contra Siria e Irán.

Cada escalada se presenta como excepcional.

Cada guerra se describe como necesaria.

Cada nuevo objetivo se presenta como una amenaza existencial. Sin embargo, la lista de enemigos sigue creciendo.

El último ejemplo lo aportó Jonathan Pollard, el antiguo analista de inteligencia estadounidense encarcelado por espiar a favor de Israel, quien sugirió recientemente que el enfrentamiento con Irán debería considerarse simplemente como un preludio de futuros enfrentamientos con Turquía y Egipto.

La ironía es extraordinaria.

Turquía y Egipto no son países en guerra con Israel. Ambos mantienen relaciones oficiales con él. Junto con Catar, fueron los principales mediadores en las negociaciones del alto el fuego en Gaza. Sin embargo, ni siquiera esto parece ser protección suficiente para evitar que se les considere objetivos futuros.

Gaza es la cuestión

Que Pollard hable en nombre del Gobierno israelí es, en última instancia, irrelevante. Lo que importa es que este tipo de ideas se expresan cada vez más abiertamente en el discurso político y estratégico israelí.

Revelan una mentalidad moldeada por la impunidad: la creencia de que se puede emplear la fuerza militar de forma indefinida contra una lista cada vez más amplia de adversarios sin que ello tenga consecuencias significativas.

Porque Gaza no es sólo una catástrofe humanitaria. Es el lugar donde se eliminaron todos los límites.

La destrucción de barrios enteros, los ataques contra hospitales, el asesinato del personal sanitario, el desplazamiento de civiles, la normalización del castigo colectivo y el debate abierto sobre el traslado de población se pusieron a prueba allí a la vista de todo el mundo.

La lección que Israel parece haber extraído no fue que tales acciones provocarían consecuencias. La lección ha sido que no las han provocado.

Por eso todo debate sobre el Líbano acaba conduciendo, en última instancia, a Gaza.

Todo debate sobre la escalada regional nos lleva de vuelta a Gaza. Toda conversación sobre el derecho internacional, la rendición de cuentas y el futuro de Oriente Medio nos lleva de vuelta a Gaza.

Porque Gaza no es una cuestión más entre muchas.

Gaza es la cuestión.

Foto de portada: Un niño palestino junto a los escombros de un edificio residencial que fue blanco de un ataque israelí durante la noche en Deir el-Balah, en el centro de la Franja de Gaza, el 24 de mayo de 2026. (AFP)

Voces del Mundo

Deja un comentario