La doctrina Donroe estrangula a Cuba

Danny Shaw, CounterPunch.org, 2 junio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Danny Shaw ha dedicado la mayor parte de su carrera a investigar, informar y analizar noticias y temas relacionados con la delincuencia, la policía, la justicia, la seguridad y la inmigración. Durante 31 años fue periodista en la BBC, donde trabajó en una amplia variedad de programas de radio, entre ellos Today, The World At One, PM y File on 4, en Radio 4. También apareció regularmente en la BBC TV, en Breakfast News, el News Channel y el One O’Clock News, y escribió numerosos artículos para la página web de la BBC

Todas las miradas están puestas en Cuba, ya que la prensa corporativa informa ahora de que las tropas estadounidenses están posicionadas para invadir el país en cualquier momento. El anuncio, con gran repercusión mediática, de la acusación formal contra Raúl Castro en los tribunales estadounidenses el 23 de mayo, basada en argumentos de lo más endebles, y el despliegue del Grupo de Ataque del Portaaviones USS Nimitz cerca de Cuba parecen indicar que la isla bloqueada vivirá su propio 3 de enero, el día en que el presidente venezolano Nicolás Maduro fue secuestrado. A medida que se desarrolla la última invasión imperialista contra una nación y un sistema que tantos de nosotros hemos defendido durante décadas, es vital tener una apreciación honesta de las condiciones objetivas y subjetivas en toda Cuba. La falta de informes sobre el terreno que capturen esta sombría realidad puede llevarnos a los izquierdistas a juzgar erróneamente la gravedad de una crisis humanitaria que se intensifica a cada momento.

Las garras de la penetración capitalista han estado socavando el poder popular económico y político desde 1991, año en que se derrumbó la Unión Soviética. Los últimos 35 años constituyen un tira y afloja entre fuerzas patrióticas y antipatrióticas, con un bando cada vez más aislado y el otro respaldado por el imperio. Mi trabajo ha consistido en acompañar a las masas cubanas, desde los barrios olvidados de La Lisa en La Habana hasta la provincia menos transitada, Las Tunas, y recoger sus testimonios mientras luchan por sobrevivir a este período histórico de reacción.

La administración Trump está recolonizando Cuba a través de la continua infiltración de capital privado extranjero. Mientras esperamos con inquietud un acontecimiento cataclísmico que derrote a la Revolución de forma muy visible, es importante que los izquierdistas y los defensores de los derechos humanos sepan que la contrarrevolución, caracterizada por el predominio de la propiedad privada, ya está afianzada y avanza día a día.

El origen de la contrarrevolución

Los 10,5 millones de «gazanos del Caribe» abandonados no llegaron aquí de la noche a la mañana en este momento de hambre masiva, grave escasez energética y amenaza de intervención militar estadounidense. 35 años de un Período Especial —un período de asfixia económica extrema— allanaron el camino para que la administración Trump asestara el golpe de gracia.

Entre 1989 y 1991, en un abrir y cerrar de ojos, desaparecieron la Unión Soviética, Alemania Oriental y el bloque socialista. La mitad del suministro de petróleo de la isla y el 72% de sus importaciones se desvanecieron entre 1989 y 1992. La pérdida de entre 3.000 y 5.000 millones de dólares en comercio mutuamente beneficioso (por ejemplo, azúcar por petróleo) y la ayuda anual provocaron que el PIB de Cuba se desplomara en más de un 40%. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) documentó cómo la ingesta calórica diaria media de los cubanos se desplomó de 2.600 calorías a finales de la década de 1980 a entre 1.000 y 1.500 en 1993. Esto fue lo que Fidel denominó, en un discurso ante la Federación de Mujeres Cubanas, «el período especial en tiempos de paz».

Durante el período especial, Estados Unidos aisló a Cuba del resto del mundo, lo que provocó el regreso del hambre generalizada. Mientras tanto, el capital extranjero buscaba oportunidades para volver a entrar en Cuba.

En el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba (CPC), celebrado en octubre de 1992, el Estado trató de sustituir el comercio mutuamente beneficioso con la Unión Soviética y los países del bloque socialista por «complejos turísticos y programas de turismo que se crearon intencionadamente para garantizar el aislamiento del turismo internacional de la sociedad cubana, aislada por el Estado». La dinámica de turistas con dólares y euros que valían muchas veces más de lo que los trabajadores cubanos podían ganar introdujo distorsiones en la sociedad cubana que recordaban al período prerrevolucionario. La deformidad más visible fue el regreso de la prostitución y otras formas de ganarse la vida en «los puntos» —argot cubano para referirse a los turistas como una fuente potencial de ganancias rápidas que eclipsaban las propias. Dos nuevas generaciones de cubanos se han preguntado cuál es la motivación para ser ingeniero o médico si alguien que trabaja con extranjeros puede ganar su salario mensual en una sola noche.

Las dos décadas siguientes fueron, relativamente, una época económica mucho mejor, principalmente gracias a la solidaridad de la Venezuela bolivariana a partir de 1999 y a la distensión de 2015 facilitada por la administración Obama. La derrota de Hillary Clinton a manos de Trump en 2016 supuso el fin de ese modesto respiro.

En 2017, la clase multimillonaria, que nos imponía a Trump las veinticuatro horas del día como su detestable portavoz, aplicó medidas drásticas a la economía cubana, sumiendo de nuevo al país en el Período Especial. Con una estrategia al estilo de Gaza y de precisión quirúrgica, cortaron las remesas, acabaron con el turismo y penalizaron a cualquier empresa extranjera que hiciera negocios con Cuba. Al volver a designar a Cuba como «Estado patrocinador del terrorismo (EPT)», pudieron criminalizar cualquier contacto con más de 230 entidades asociadas al Gobierno, lista que actualizaban con frecuencia. El equipo de sádicos de la Casa Blanca sabía exactamente cómo reducir la ingesta calórica de los cubanos hasta niveles patéticos y demacrados. Al igual que en 1991, pero con una población ya abatida por un cuarto de siglo de penurias, los indicadores sociales de salud mental, estrés y esperanza de vida se han visto sacudidos hasta la médula.

Entre el acoso económico procedente de la potencia hegemónica y la llegada en 2020 de la COVID-19, que devastó la economía dependiente del turismo, Cuba ya se encontraba en el punto de mira. Hubo algunos años buenos para el turismo tras la COVID, pero esa recuperación se vio truncada con la reelección de Trump en 2024. Cuba estaba ya en el suelo, tambaleándose ante estas últimas patadas en la cabeza.

El plan de la administración Trump, al igual que el de las catorce administraciones anteriores, ha consistido en aislar aún más a las masas cubanas y a los vestigios del Estado socialista, y privarlas de todas sus fuentes de divisas. Las amenazas arancelarias de Trump han supuesto que México y los demás socios comerciales de Cuba ya no puedan enviar petróleo al sector público. El auge de la derecha en todo el hemisferio, bajo la presión del enemigo acérrimo de la Revolución Cubana, el secretario de Estado Marco Rubio, ha obligado a los países a cerrar las misiones médicas cubanas. La expulsión de los médicos voluntarios ha causado daño e indignación en Honduras, Jamaica y otros lugares. Esta era una de las principales fuentes de divisas para el gobierno. El gobierno de derechas de Daniel Noboa en Quito ha ido aún más lejos, expulsando a los diplomáticos cubanos. Costa Rica siguió su ejemplo.

Mientras tanto, en Cuba ha surgido una nueva clase que está ganando hegemonía económica y política en el país. Esta es la clase, completamente hostil a los logros de la revolución para las masas, a la que representa Marco Rubio. Nacido en Miami de padres exiliados cubanos, que irónicamente se exiliaron durante el régimen de Machado, Rubio no es una voz orgánica contra la Revolución. El israelí Sheldon Adelson (y ahora su viuda, Miriam), magnate de los casinos y uno de los cincuenta multimillonarios más ricos del mundo, lo impulsó para que fuera la voz de Washington contra una Cuba soberana. Aunque nunca ha visitado Cuba, en un inusual discurso público en español el 20 de mayo, Rubio se dirigió a los cubanos, afirmando estar de su lado y animándolos a levantarse.

Independientemente de la forma exacta que adopten las acciones militares pendientes, ya está en marcha lo que el secretario de Estado cubano Bruno Rodríguez denomina un «genocidio económico». Millones de familias cubanas sufren insomnio generalizado y desmoralización, desesperadas por saber cómo van a conseguir agua, comida y electricidad en las próximas semanas.

¿Existe una nueva clase dirigente en Cuba?

En parte como respuesta a los disturbios por alimentos de 2021, incitados por los servicios de inteligencia estadounidenses, los medios de comunicación corporativos y las redes sociales, el Estado abrió la economía a más de 8.000 nuevas empresas privadas. El auge de las PYMES, llamado así por las MIPYMES (acrónimo de micro, pequeñas y medianas empresas), vio cómo esta nueva clase de emprendedores se expandía y establecía alianzas más profundas con exiliados afincados en Miami y con el capital extranjero. Bajo el gobierno de Biden, el Departamento del Tesoro facilitó licencias para la inversión en curso en empresas privadas. Por mucho que Biden y Trump, Bush y Clinton pudieran parecer públicamente rivales, en lo que respecta a Cuba y en casi todos los asuntos de política exterior, han tenido los mismos objetivos. A medida que la retórica revolucionaria y las vallas publicitarias se desvanecían lentamente, el capitalismo se vislumbraba en el horizonte.

Según muchos cubanos con los que he hablado durante mis visitas periódicas a Cuba desde 1995, con el tiempo los hijos y nietos de los líderes gubernamentales se vieron arrastrados al vórtice de intrigas y negocios de la nueva élite económica. Los representantes del Gobierno y los inversores frecuentan los mismos espacios dolarizados a los que no tienen acceso las masas y se hacen favores mutuamente. Son propietarios de las mejores tierras y obtienen beneficios de inmuebles estratégicos. Sus asuntos no se ven interrumpidos por el bloqueo. En sus coches nuevos importados, pasan a toda velocidad junto a las multitudes que esperan todo el día por cualquier medio de transporte. Las masas les guardan rencor y los ven como la encarnación más cercana y visible de su opresión. Estas son las condiciones subjetivas que muchos de los que hemos apoyado la revolución solemos negar.

En la mayoría de los casos, las más de 11.000 MIPYMES son propiedad de familias de piel más clara y con recursos —que son exiliados cubanos o tienen familiares en Miami o Madrid—. Estos dos grupos de élites se han repartido el pastel simbólico cubano, dejando fuera a las masas que no pueden permitirse comprar en dólares. Al mismo tiempo, debido al bloqueo del sector público, las MIPYMES familiares, más asequibles, funcionan como un salvavidas para las familias que no pueden conseguir comida en ningún otro sitio. Muchos cubanos de a pie ven al nieto de Raúl, Sandro Castro, y al sobrino nieto de los Castro, el viceprimer ministro Óscar Pérez-Oliva Fraga, como la personificación de esta nueva alianza entre el Estado y el capital. Cada día circulan rumores de que uno de estos dos políticos dinásticos podría ser el próximo presidente y desempeñar el papel que se le ha asignado a Delcy Rodríguez en Venezuela para facilitar la recolonización.

Un veterano periodista cubano, uno de mis muchos barómetros confidenciales del clima ideológico, temiendo ocho años de prisión por expresar ideas «contrarrevolucionarias», habló desde el interior de la nación asediada, concretando los contornos de lo que él ve como una nueva clase dominante:

«Este capital acumulado tiene continuidad desde los tiempos de Batista. Muchas élites se marcharon y se hicieron más ricas, pero regresaron o invirtieron a través de sus familias. Han vuelto para dominar la escena económica. Cada día vemos más clientelismo. Como una ameba, las élites políticas se mueven al compás del capital. Olvídate de toda la retórica ‘revolucionaria’ sobre el apoyo a Palestina y el envío de médicos al extranjero. Todo eso está muy bien y son vestigios de lo que fue, pero es una distracción del rumbo que lleva Cuba».

Lo que he visto en mi visita más reciente confirma lo que muchos colegas han estado investigando. Cuba conserva una cáscara de comunismo, mientras el capitalismo avanza imparable sobre millones de almas indefensas, maltratadas y desorientadas, tal y como se describían a sí mismos algunos de mis vecinos del barrio de Plaza de Marte, en Santiago.

La gazificación de Cuba

En la tarde del 16 de marzo de 2026, la red eléctrica nacional de Cuba colapsó. La prensa estadounidense volvió a informar sobre ello como si se tratara de un desastre natural que no tuviera nada que ver con la presión extranjera. En un implacable caso de doble lenguaje, cuanto más ataca, aísla y sabotea a Cuba el gobierno más poderoso del mundo, más alto proclama que Cuba es un «Estado fallido».

Ese día, estaba con una familia en el barrio de Los Olmos, en Santiago, que tuvo que decidir si tirar la carne de cabra que se estaba descongelando rápidamente debido al apagón. La carne ya empezaba a oler a rancio, pero era más proteína de la que esperaban tener en un futuro próximo. Los niños y los abuelos tienen que dormir con humedad y mosquitos, pero sin ventilador. Nadie puede cargar sus teléfonos ni ver sus programas favoritos. Los profesores y las enfermeras no pueden llegar al trabajo.

Muchos cubanos menores de 50 años me dijeron: «Si Trump va a bombardearnos, que lo haga cuanto antes. Si Estados Unidos va a invadirnos, que lo haga. Estas bombas de deshidratación, hambre y apagones nos están matando ya». El propio líder histórico Raúl Castro reconoció hace tiempo que, para evitar la contrarrevolución, «los frijoles son más importantes que los cañones». Estas mismas masas cubanas no hablaban de resistencia ni de «Patria o Muerte»; se afanaban y luchaban cada día para ver si podían conseguir algo de beber y comer para sus hijos.  

Al igual que los adolescentes de Gaza que durante tantas décadas se han quedado de brazos cruzados ante los cráteres de las bombas sionistas y estadounidenses, el pueblo cubano ve cómo la historia pasa de largo. No se les permiten los sueños. La inactividad es insoportable.

El castigo colectivo infligido al pueblo cubano refleja el profundo desprecio que el capital con sede en Miami siente hacia las mismas masas que, hace tres generaciones, los destronaron. Los cubanos negros, los cubanos pobres, los cubanos de la Revolución, mis amigos y compañeros cuyas voces e ideas inspiran este escrito, y aquellos que tanto ganaron tras décadas de construir el poder popular, están ahora condenados al hambre. No podemos subestimar el sadismo de quienes advierten que sentir empatía por otros seres humanos es una debilidad.

Desde 2020, se estima que 2,75 millones de cubanos han abandonado su patria, lo que representa uno de los descensos demográficos más pronunciados de la historia del Caribe. Estos refugiados económicos envían remesas a casa, compran minutos de teléfono y paquetes de alimentos y luchan por mantener con vida a sus familiares. Pero ¿qué pasa con la gran mayoría de los cubanos que no tienen familiares que les ayuden? Aquí, de nuevo, la línea de color se agudiza.

El último clavo en el ataúd del comunismo

Independientemente de la combinación exacta de fuerza militar y coacción económica, el Gobierno de EE. UU. ha vuelto a poner al capital extranjero al mando del futuro de Cuba. Por lo que he visto, tras visitar y viajar por Cuba desde 1995, y tras haber recorrido el país durante un mes, el capital extranjero ya ha penetrado profundamente en el país y está impulsando un proceso de selección natural capitalista.

Washington exige la dimisión del presidente Díaz-Canel. Que lo haga o no es irrelevante, en el sentido de que la situación económica ya ha cambiado. Trump seguirá exigiendo la dimisión de Díaz-Canel para satisfacer su ego. Poco importa si los multimillonarios de Epstein gobiernan a través del aparato de poder existente, el CCP (la estrategia de Venezuela), o a través de las élites de Miami que, según los rumores, son candidatas a ocupar cargos en el futuro (el plan «Pahlavi» de Irán, que hasta ahora ha sido un fracaso rotundo).

La contrarrevolución es, ante todo, la contrarrevolución de las relaciones de propiedad. Durante décadas, los medios de producción han sido de propiedad estatal, lo que ha limitado el aumento de la desigualdad social. Fidel Castro y su generación de líderes odiaban la propiedad privada y lucharon para asegurarse de que nunca más se impusiera sobre las masas cubanas. Esta generación de Castros, sin embargo, habló abiertamente con la CNN, afirmando que ahora «la mayoría de los cubanos quieren ser capitalistas».

Cuba y la izquierda de Occidente

Gran parte de lo que estoy traduciendo parecerá a primera vista una blasfemia para una izquierda que durante mucho tiempo ha visto a Cuba como su faro ideológico. ¿Acaso investigar críticamente esta afirmación convierte a uno en «contrarrevolucionario», en un gusano o, peor aún, en un «trotskista»? Estoy a salvo de las críticas occidentales porque ninguna de estas ideas es mía. No soy más que un interlocutor tras décadas de recorrer barrios populares y campos, debatiendo estas ideas con el pueblo cubano.

Según un reciente reportaje sobre el terreno en La Habana de la Canadian Broadcasting Corporation (CBC), el Gobierno cubano sigue «intentando controlar la imagen pública». La CBC afirma que «ha obtenido una directiva reciente de los medios locales en la que se insta a publicar noticias positivas sobre la vida cotidiana para combatir las ‘campañas contrarrevolucionarias destinadas a promover actividades subversivas’». Ni la CBC ni ningún medio de comunicación corporativo son fiables, pero confirman lo que he oído de los cubanos de a pie. Lee los periódicos estatales. Mira los programas de noticias estatales. El enfoque es arcaico y no conecta con la juventud ni con la gente común.

La izquierda estadounidense se aferra a una imagen anticuada de las relaciones de clase en Cuba. Un estudio riguroso de los pilares de clase sobre los que se construye el Estado cubano de 2026 probablemente provoque desilusión, ya que no concuerda con el imaginario idealizado sobre el que se ha fundado su solidaridad.

Las flotillas son, por supuesto, una hermosa muestra de solidaridad de personas que apoyan a Cuba. El acoso del FBI a los estadounidenses que siguen viajando a Cuba y desafiando el bloqueo, incluido este autor, muestra hasta dónde está dispuesto a llegar ese Gobierno para matar de hambre a los cubanos. Estos suministros tan necesarios reabastecerán algunos hospitales y farmacias y salvarán vidas. Otros suministros podrían acabar siendo revendidos por arribistas sin ideologías que se hacen pasar por «marxistas». La revolución atrae lo mejor y lo peor de nosotros.

Estos suministros serán una gota en el océano de las necesidades humanas. La hambruna que está azotando al pueblo cubano es de carácter estructural. Ningún gesto de solidaridad internacionalista de última hora, por muy moderno que sea, mezclado con ayuda humanitaria, podrá frenar el avance imparable de la propiedad privada. El movimiento de solidaridad con sede en Occidente sigue las indicaciones del Gobierno, no del pueblo cubano. Durante mucho tiempo hemos dado por sentado que ambos avanzaban codo con codo. Casi una década después de la muerte de Fidel, esta no es una suposición segura. Algunos de los marxistas más auténticos que he conocido hablan de una «dictadura del miedo» en su patria.

Algunos intelectuales cubanos con visión de futuro en la diáspora, donde es mucho más fácil hablar abiertamente sobre este tema, reclaman y buscan una tercera vía, independiente del Estado anquilosado y de la odiosa retórica de los gusanos de Miami. Otros, en lo más profundo de la burocracia estatal, incapaces de expresarse públicamente, comparten esta visión. Esto no es en absoluto un ataque personal contra muchos funcionarios cubanos abnegados en todos los niveles del gobierno, incluido el presidente Díaz-Canel. Ellos también son impotentes ante fuerzas de clase suprapersonales. Sin embargo, muchos permanecen en silencio y fingen que el entusiasmo popular por la revolución se encuentra en los niveles de 1959 o 1989, negándose a sacrificar sus propios privilegios personales.

En última instancia, en un Estado perpetuamente asediado que lucha por liberarse de los dictados genocidas de EE. UU., no existe una tercera vía realista para avanzar. Las mentes agudas y de principios que critican a la burocracia llevan una existencia semiclandestina en Cuba y carecen de recursos. Cualquier crítica al sistema se tacha de «actividad contrarrevolucionaria», punible con penas de cárcel. Se ven obligados a seguir luchando por lo que fue y lo que podría ser, desde dentro. La mayor parte de Cuba está paralizada, impotente y hambrienta, a la espera de ver qué hará el imperio con lo que hasta ahora ha sido su bastión más desafiante.

Foto de portada: La olvidada barriada de Indaya en Santiago (Danny Shaw).

Voces del Mundo

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