Ampliar los Acuerdos de Abraham es una quimera, excepto, quizá, en el caso de Kuwait

Mira Al Hussein, +972.com Magazine, 3 junio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Mira Al Hussein es una socióloga especializada en los Estados árabes del Golfo e investigadora en el Centro Alwaleed de la Universidad de Edimburgo.

El 25 de mayo, el presidente de EE. UU., Donald Trump, instó a Arabia Saudí, Catar, Pakistán, Turquía, Egipto y Jordania a sumarse a los Acuerdos de Abraham como parte de un acuerdo de alto el fuego con Irán. Al igual que gran parte de la política exterior de Trump, este anuncio pareció ilógico y descabellado. Egipto, Jordania y Turquía mantienen relaciones diplomáticas con Israel desde hace décadas, mucho antes de los acuerdos, y no hay indicios de que los otros tres países vayan a atender el llamamiento de Trump.

Sin embargo, en lo más profundo de su grandilocuente publicación en Truth Social se esconde un fondo de verdad. Instar a estos países a unirse a los acuerdos no se trata meramente de una normalización con Israel, sino más bien de un intento de crear un consorcio político —una coalición ideológica de la que dependerían las decisiones militares y de seguridad—. Esa distinción es de enorme importancia, porque aclara lo que los Acuerdos de Abraham siempre han sido: no sólo un marco de normalización, sino un acuerdo de defensa avanzada construido en torno a los intereses estratégicos israelíes.

La mayoría de los Estados a los que Trump insta a sumarse a los acuerdos —al insistir, de hecho, en que esto «debería ser obligatorio»— tienen motivos para resistirse. Kuwait, sin embargo, está atravesando enormes transformaciones que están erosionando progresivamente su capacidad institucional para hacerlo.

Con su tradición nacionalista árabe y una política históricamente firme a favor de Palestina, Kuwait ha sido siempre un caso atípico entre los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) en lo que respecta a la normalización. Sin embargo, desde que el emir Mishal Al-Ahmad Al-Sabah asumió el cargo a finales de 2023, Kuwait se ha ido acercando cada vez más a Abu Dabi, lo que ha tenido rápidas repercusiones a nivel nacional.

El Parlamento de Kuwait —una institución democrática poco común en el Golfo— fue suspendido indefinidamente en 2024. Desde entonces, una campaña generalizada de desnaturalización masiva ha afectado a unas 300.000 personas, entre ellas ciudadanos de ascendencia palestina. El tejido de la participación política que en su día dotó a Kuwait de su carácter distintivo en el Golfo está siendo deliberadamente desmantelado, en paralelo a una cooperación militar y de inteligencia más estrecha con los Emiratos Árabes Unidos. 

Un claro indicador de esto es el trato dispensado a los ciudadanos kuwaitíes que participaron en las flotillas que navegaron hacia Gaza. En un contexto de reducción del espacio de la sociedad civil, esas personas fueron tratadas como un riesgo para la seguridad nacional, interrogadas a su regreso y sometidas a prohibiciones de viaje, según contactos familiarizados con sus casos. En un país donde la solidaridad con Palestina fue en su día parte constitutiva de la identidad nacional, la persecución de los activistas por Gaza por parte del aparato de seguridad del Estado señala una forma de preparación para un cambio público en la política respecto a Israel.

La normalización requiere un entorno interno en el que la oposición pública pueda ser reprimida mediante el desmantelamiento de la disidencia institucional, la eliminación de quienes tienen más probabilidades de movilizarse en su contra y el fomento de alianzas externas que lo hagan parecer inevitable. Y para el CCG, incorporar a Kuwait a un statu quo de normalización no oficial facilitaría presumiblemente, una vez que las condiciones políticas sean las adecuadas, que todos los miembros restantes se sumaran a los Acuerdos de Abraham.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu; el presidente de EE. UU., Donald Trump; el ministro de Asuntos Exteriores de los EAU, Abdullah bin Zayed Al Nahyan, y el ministro de Asuntos Exteriores de Baréin, Abdullatif bin Rashid Al-Zayani, asisten a la ceremonia de firma de los Acuerdos de Abraham en la Casa Blanca, el 15 de septiembre de 2020. (Avi Ohayon/GPO)

Tanto Israel como los Emiratos Árabes Unidos necesitan un caso de éxito con el que resucitar un marco desacreditado por el genocidio de Israel en Gaza y aún más dañado por la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Kuwait, despojado de sus amortiguadores institucionales, reorientándose discretamente hacia Abu Dabi y repetidamente atacado por Irán, es el candidato más disponible.

A pesar del desmantelamiento constante de sus instituciones nacionales, Kuwait se ha mantenido comedido en su respuesta a los ataques iraníes. Pero hoy mismo, los ataques con drones contra el aeropuerto internacional de Kuwait han dejado un muerto y 63 heridos, la cifra más alta de heridos en un solo día desde que comenzó la guerra. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Kuwait convocó al encargado de negocios de Irán y ordenó a dos diplomáticos que abandonaran el país en un plazo de 24 horas, sin llegar a romper relaciones ni a expulsar al embajador.

El ataque al aeropuerto sin duda agravará la ira pública hacia Irán, que ha ido gestándose desde febrero. Ese sentimiento podría resultar el tipo de cobertura política necesaria para presentar la normalización no como una elección estratégica del propio Gobierno, sino como un acuerdo de seguridad que la beligerancia de Irán no dejó a Kuwait más remedio que firmar.

Poner a prueba los acuerdos

Desde sus inicios en 2020, los Acuerdos de Abraham tuvieron un carácter transaccional. Los Estados árabes signatarios (los Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos y Sudán) intercambiaron la normalización por incentivos económicos y de seguridad de Estados Unidos, renunciando a cualquier arquitectura regional para la paz concebida de forma orgánica. Sudán fue retirado de la lista estadounidense de Estados patrocinadores del terrorismo. Marruecos recibió el reconocimiento de Estados Unidos de su soberanía sobre el Sáhara Occidental —una concesión territorial que no tenía nada que ver con Israel ni con la paz regional, pero que reveló la lógica que sustenta toda la iniciativa—.

Los Emiratos Árabes Unidos, el arquitecto más probable del marco según fuentes gubernamentales, esperaban obtener el mayor beneficio —en particular, la adquisición de aviones de combate F-35, que nunca se materializó—. Los comentaristas saudíes ridiculizaron los acuerdos calificándolos de «normalización gratuita». Pero los Emiratos Árabes Unidos sí obtuvieron algo posiblemente más valioso, aunque intangible: un grado de inmunidad diplomática que aisló su política exterior, cada vez más agresiva, del escrutinio.

El ministro de Asuntos Exteriores israelí, Yair Lapid, junto a su homólogo de Baréin, Abdullatif bin Rashid al-Zayani, a su llegada a la Cumbre del Negev en Sde Boker, al sur de Israel, el 27 de marzo de 2022. (Flash90)

Lo que comenzó como una serie de transacciones bilaterales pronto se cristalizó en una arquitectura formal con la seguridad como prioridad. El Foro del Negev, el marco ministerial que surgió de los Acuerdos en 2022, estaba explícitamente orientado a la seguridad y se centraba principalmente en contrarrestar las ambiciones regionales de Irán. Esto confirmó que los Acuerdos de Abraham y sus marcos contingentes siempre estuvieron al servicio de una arquitectura de defensa avanzada entre Estados Unidos e Israel, en lugar de fomentar la integración regional.

Al año siguiente, la caída de Sudán en la guerra civil se vio impulsada en gran medida por el suministro de armas y mercenarios de los Emiratos Árabes Unidos a las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), cuya conducta en Al-Fasher ha sido documentada por las Naciones Unidas como portadora de los rasgos característicos de un genocidio. La implicación de un miembro de los acuerdos en la desestabilización de otro ilustra un problema más profundo: el acuerdo no parece proporcionar ni protección frente a amenazas externas ni moderación frente a las acciones de los demás signatarios.

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, que comenzó el 28 de febrero, ha sometido a los Acuerdos de Abraham a su primera prueba seria. Los Emiratos Árabes Unidos y Baréin fueron algunos de los Estados del Golfo que recibieron los golpes más duros por parte de Irán. Las noticias recientes sobre el envío por parte de Israel de baterías del sistema «Cúpula de Hierro» y personal a los Emiratos Árabes Unidos confirmaron que el acuerdo conllevaba ventajas en materia de seguridad para al menos uno de los signatarios. Lo que no proporcionó, sin embargo, fue una protección significativa. Omán, que mantuvo la neutralidad, y Arabia Saudí, que apostó por la distensión, superaron el conflicto en una situación estratégica y económica considerablemente mejor, sin haber firmado ningún acuerdo.

La situación de Baréin ha sido especialmente grave. Ya lastrado por la fragilidad sectaria y una capacidad fiscal limitada, el Estado insular se vio obligado a conseguir un intercambio de divisas de 5.400 millones de dólares con los Emiratos Árabes Unidos, una medida que pone de manifiesto lo devastador que ha sido incluso un conflicto relativamente breve para un país pequeño que se puso en la línea de fuego.

Mientras tanto, Marruecos, geográficamente aislado del escenario del Golfo, ha sobrevivido a la agitación prácticamente intacto. Pero Marruecos también forma parte de la Liga Árabe, una institución a la que los Emiratos Árabes Unidos han despreciado abiertamente por su incapacidad para apoyar de manera significativa a los Estados del Golfo bajo el ataque iraní. La pasividad percibida de la Liga Árabe durante la guerra proporcionó a Abu Dabi la justificación que buscaba para seguir construyendo su coalición de los Acuerdos de Abraham al margen del consenso árabe.

La supremacía israelí y la fragmentación árabe

La guerra en curso ha dejado una cosa innegable: los Acuerdos de Abraham no sólo no sirvieron como elemento disuasorio, sino que invitaron activamente a una mayor exposición al fuego cruzado del expansionismo estadounidense-israelí. En todo el Golfo, los acuerdos se perciben cada vez más como un acuerdo unilateral, que utiliza el lenguaje de la paz y la integración económica como pretexto para establecer un marco de seguridad que aleje las líneas del frente del conflicto de la geografía inmediata de Israel.

El ministro de Asuntos Exteriores israelí, Gideon Sa’ar, se reúne con el presidente de Somalilandia, Abdirahman Mohamed Abdullahi, en Hargeisa, el 6 de enero de 2026. (Presidencia de Somalilandia/X)

La arquitectura de esta defensa avanzada, ya visible en las «zonas de seguridad» que Israel ha establecido en Gaza y el Líbano, se perfila ahora como una estrategia regional más amplia. Israel pretende establecer una base militar en Berbera, el principal puerto de Somalilandia en el golfo de Adén, situando por primera vez infraestructura militar israelí en la desembocadura del mar Rojo. Más al norte, se reveló recientemente que Israel había construido dos bases militares secretas en el desierto occidental de Iraq, una anterior a la guerra en curso contra Irán y la otra utilizada durante la guerra de los 12 días en junio de 2025, sin el conocimiento ni el consentimiento de Bagdad.

Lo que parece estar tomando forma es una especie de supremacía israelí: un predominio militar regional ejercido en múltiples teatros de operaciones, que opera más allá de las fronteras de Israel y se basa en ventajas tecnológicas y de inteligencia con total impunidad.

La presencia de bases estadounidenses en el Golfo ya había provocado incómodas conversaciones sobre la soberanía, especialmente tras los informes de que algunos de los ataques contra Irán se lanzaron desde territorio del Golfo (que fueron desmentidos oficialmente). Adherirse a los Acuerdos de Abraham en este contexto agravaría el déficit de soberanía y formalizaría la participación en una arquitectura de seguridad cuyos beneficios recaen de forma abrumadora en Israel.

Los Emiratos Árabes Unidos han señalado que estrecharían lazos con Israel a raíz de los ataques de Irán. Eso bien podría materializarse en forma de una base militar israelí permanente en territorio emiratí —una perspectiva que, a la luz del despliegue de la «cúpula de hierro» durante la guerra, ya no parece descabellada—.

La propuesta de Trump de vincular la adhesión a los Acuerdos de Abraham a un acuerdo con Irán malinterpreta por completo el consenso regional. Ya se está formando una alianza flexible pero trascendental entre Arabia Saudí, Pakistán, Turquía y Egipto, con Qatar y Omán cada vez más atraídos hacia su órbita. Esta alianza no sólo está impulsada por una inquietud compartida ante el expansionismo israelí, sino también por la sospecha de que los Emiratos Árabes Unidos se han convertido en su cómplice árabe mejor dispuesto.

Foto de portada: El presidente de EE. UU., Donald Trump, y el difunto emir Sabah al-Ahmed al-Yaber al-Sabah de Kuwait, 7 de septiembre de 2017 (Foto oficial de la Casa Blanca/Stephanie K. Chasez)

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