¿Por qué Netanyahu quiere sabotear el acuerdo nuclear de Trump con Irán?

Sami Al-Arian, Middle East Eye, 5 junio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Sami Al-Arian es director del Centro para el Islam y los Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul. Originario de Palestina, vivió en Estados Unidos durante cuatro décadas (1975-2015), donde fue profesor titular, destacado conferenciante y activista de derechos humanos antes de trasladarse a Turquía. Es autor de varios estudios y libros. Se le puede contactar en: nolandsman1948@gmail.com.

El primer ministro israelí e imputado criminal de guerra Benjamin Netanyahu no se adapta a las realidades impuestas. E intenta aplastarlas mediante la fuerza bruta, la escalada permanente y las crisis provocadas. A lo largo de su carrera, la guerra ha sido su instrumento estratégico preferido para preservar la supremacía israelí y su propia supervivencia política.

Más recientemente, su prioridad es impedir que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firme un memorando de entendimiento casi completo con la República Islámica de Irán. Si prevalece la diplomacia, desplegará todas las herramientas políticas, militares, diplomáticas, mediáticas y de presión para sabotearlo.

Su obsesión por lo que él denomina «victoria absoluta» es reflejo de una doctrina rígida que rechaza el compromiso. Ningún acuerdo le resulta aceptable a menos que desarme a Hamás y a la Yihad Islámica en Gaza, desmantele a Hizbolá en el Líbano y culmine en la neutralización o destrucción del propio Estado iraní.

Su horizonte se extiende mucho más allá de los alto el fuego temporales, hasta el fin de toda resistencia y una región reestructurada en torno al dominio israelí bajo la protección estadounidense.

Las guerras en Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Iraq, Yemen e Irán nunca fueron enfrentamientos aislados. Forman parte de una única ofensiva destinada a establecer el «Gran Israel» y consolidar la hegemonía regional israelí.

Netanyahu sabe que estos objetivos siguen sin alcanzarse a pesar de la enorme destrucción causada. En lugar de llevarle a replantearse su estrategia, ese fracaso le ha convencido de que el problema radica en una aplicación insuficiente de la fuerza, y no en los objetivos en sí mismos.

Para él, la guerra está lejos de haber terminado, y lo que la fuerza no pudo lograr ayer se convierte en el objetivo de una escalada más amplia mañana.

Tras haber arrastrado ya a Trump a enfrentamientos anteriores con Irán, Netanyahu parece convencido de que puede volver a accionar la palanca, esta vez apuntando más allá de un ataque limitado hacia una guerra decisiva y total que cambie de forma permanente el equilibrio de poder regional.

Un frente interno dividido

Trump se enfrenta a una realidad más complicada. Puede que crea que los enfrentamientos anteriores debilitaron a Irán y al eje de la resistencia, pero el panorama político está cambiando rápidamente tanto en el país como en el extranjero.

A nivel nacional, una parte cada vez mayor de la opinión pública cuestiona abiertamente la conveniencia de estas guerras. Las encuestas recientes muestran que el apoyo a los prolongados enredos en Oriente Medio está cayendo en picado, junto con un profundo escepticismo hacia las «guerras eternas», que se consideran al servicio de agendas extranjeras en lugar de los intereses estadounidenses.

Este sentimiento antiintervencionista ha traspasado las líneas partidistas y está fracturando la propia coalición de Trump. Voces influyentes en torno al movimiento MAGA, incluidos los comentaristas políticos Tucker Carlson, Candace Owens, Megyn Kelly y Joe Rogan han cuestionado las políticas que subordinan la sangre y el dinero de los estadounidenses a la agenda de Netanyahu.

La campaña para destituir al congresista Thomas Massie y a otros conservadores no intervencionistas que cuestionan las políticas proisraelíes refleja estas tensiones.

Cada vez son más los estadounidenses que se preguntan por qué Estados Unidos debe asumir los costes económicos, militares y políticos de otra guerra regional en favor de una potencia extranjera, con objetivos vagos y beneficios dudosos.

Estas preguntas se agudizan en medio de una creciente tensión económica. Los mercados energéticos siguen siendo vulnerables y las presiones inflacionistas están aumentando de nuevo.

Los precios de la gasolina se han convertido en una mina política: informes de principios de mayo sitúan la media nacional cerca de los 4,50 dólares por galón, lo que supone un fuerte aumento respecto al nivel inferior a 3 dólares anterior a la guerra. Impulsada por los costes energéticos y las interrupciones en la cadena de suministro, la inflación se ha acelerado, lo que ha debilitado la confianza de los consumidores y ha envenenado el clima económico para la Casa Blanca.

Trump sabe que las aventuras en el extranjero no pueden separarse de la realidad interna y, con las elecciones de mitad de mandato acercándose, los errores tienen consecuencias inmediatas. Tanto la Cámara de Representantes como el Senado están al alcance de una mayoría demócrata.

Si pierde el Congreso, el resto de su presidencia quedará paralizada y la amenaza de un juicio político volverá a ocupar el centro de la política de Washington.

Lo que ha puesto de manifiesto el estrecho de Ormuz

A nivel internacional, las presiones son aún más graves. El cierre del estrecho de Ormuz ha transformado el panorama estratégico.

Antes de que los ataques se intensificaran tras el 28 de febrero, Ormuz era la arteria marítima vital de la energía mundial, por la que circulaba aproximadamente una quinta parte de los flujos de petróleo y del comercio de gas natural licuado del mundo, con las exportaciones de GNL de Catar especialmente expuestas. Su interrupción dejó al descubierto la vulnerabilidad de los Estados árabes del Golfo y de la economía mundial en general.

A medida que las rutas marítimas se enfrentaban al caos, las primas de los seguros se dispararon, los mercados energéticos reaccionaron bruscamente y las cadenas de suministro se colapsaron. Pero más aún, destrozaron décadas de suposiciones sobre el poder estadounidense.

Durante generaciones, Washington se había presentado como el garante indispensable de la seguridad del Golfo y la libertad de navegación. Sin embargo, la crisis puso de manifiesto los límites de la superioridad militar ante una geografía implacable, la asimetría y la complejidad política. Estados Unidos podía atacar, bombardear y amenazar, pero no podía forzar la apertura de Ormuz sin desencadenar una onda expansiva económica mundial.

El balance militar es aún más revelador. Durante los 39 días de guerra, los ataques iraníes y de sus aliados dañaron al menos 16 bases militares estadounidenses en ocho países, dejando varias de ellas prácticamente inutilizables.

Un análisis del Washington Post basado en imágenes de satélite reveló que los ataques iraníes habían dañado o destruido al menos 228 estructuras y equipos en bases estadounidenses de toda la región: hangares, depósitos de combustible, aeronaves, redes de radar, equipos de comunicaciones y activos de defensa aérea.

Esto supone un cambio fundamental. Durante décadas, Estados Unidos utilizó su red de bases en el Golfo como instrumentos de disuasión e intimidación, plataformas para castigar a sus adversarios y proteger a sus aliados. La guerra ha puesto de manifiesto que estas bases son ahora objetivos vulnerables, lo que pone en tela de juicio la estructura del dominio regional estadounidense.

La presión sobre los sistemas de defensa antimisiles de EE. UU. agravó la crisis. Los informes posteriores a la guerra de 39 días indicaron un grave agotamiento de las reservas de misiles interceptores, incluidos los Patriot, THAAD, Tomahawk y otros.

El Pentágono ha advertido de que la reposición de estas existencias podría llevar años, y que es probable que algunas no se repongan hasta finales de la década. Se trata de una vulnerabilidad peligrosa para un país que también debe prepararse para enfrentamientos con Rusia y China. Una guerra destinada a proyectar dominio ha acabado por poner de manifiesto las limitaciones industriales y tecnológicas.

Un punto muerto estratégico

Washington y Tel Aviv entraron con objetivos maximalistas: forzar la capitulación iraní, desmantelar su infraestructura nuclear, poner fin al enriquecimiento, confiscar su uranio enriquecido, destruir el eje de la resistencia y derrocar o fragmentar el Estado iraní.

Ninguno de estos objetivos se ha cumplido. Irán no se ha rendido, su Gobierno no se ha derrumbado y sus alianzas regionales, aunque sometidas a una fuerte presión, no fueron eliminadas. Irán y sus aliados recibieron duros golpes, pero el daño no es sinónimo de derrota: un Estado puede sufrir grandes pérdidas sin renunciar a sus objetivos fundamentales.

Robert Kagan, un estratega del establishment, reconoció recientemente esta brecha entre las ambiciones estadounidenses y lo que la fuerza militar puede realmente lograr. Su advertencia tiene peso porque proviene del corazón mismo del establishment intervencionista.

El dilema radica en la incapacidad de traducir la superioridad militar en un orden político duradero, por muy poderosas que sigan siendo sus fuerzas.

Recuerda a la crisis de Suez de 1956, cuando Gran Bretaña y Francia descubrieron que la victoria militar no podía detener el colapso de su poder imperial. El mismo límite se le presenta ahora a Estados Unidos.

Las amenazas estadounidenses y los ultimátums de Trump no consiguieron la sumisión iraní porque carecían de credibilidad. Una amenaza sólo funciona cuando el adversario cree que el desafío le costará más que el cumplimiento.

Por su parte, Teherán no tenía motivos para pensar que las concesiones le garantizarían seguridad.

Había visto cómo Washington abandonaba el acuerdo nuclear en 2018, ampliaba las sanciones durante las negociaciones y llevaba a cabo asesinatos y sabotajes junto con el régimen sionista, incluso mientras las negociaciones continuaban.

Irán, por lo tanto, optó por ampliar el campo de batalla, aumentar el coste de la escalada, amenazar los flujos energéticos mundiales y negar a Estados Unidos e Israel una victoria clara. Su alternativa a la capitulación fue resistir con dolor, y eso transformó la estructura de la negociación.

Washington y Tel Aviv querían un resultado unilateral en el que Irán renunciara a sus activos nucleares, misiles e influencia regional a cambio de un alivio de las sanciones temporal y fácilmente reversible. Teherán sabía que un alivio reversible no es sinónimo de seguridad y se negó a renunciar a su capacidad de disuasión, lo que provocó un punto muerto.

Ninguna de las partes podía imponer su resultado sin pagar un precio que no estuviera dispuesta a asumir. Estados Unidos podía intensificar la escalada, pero sólo amenazando la economía mundial, agotando sus reservas, exponiendo sus bases y ampliando la oposición interna.

Irán podía resistir y tomar represalias, pero no podía derrotar a una superpotencia por medios convencionales. Cada uno limitaba al otro en un equilibrio inestable.

Dentro de ese equilibrio, la asimetría favorece al defensor. Estados Unidos necesita un éxito visible y triunfal para justificar la guerra ante su opinión pública; Irán sólo necesita evitar la derrota, mantener su soberanía y frustrar los objetivos políticos del enemigo. Para un Estado que se enfrenta a una fuerza abrumadora, la supervivencia con su capacidad de acción intacta es en sí misma una victoria.

De hecho, Netanyahu comprende esta amenaza para su proyecto expansionista —y la teme—. Un alto el fuego negociado confirmaría un resultado que Israel no puede aceptar, en el que la guerra no terminaría con su triunfo, sino con la resistencia de Irán.

Una apertura imperfecta

Las negociaciones actuales, supuestamente mediadas por Pakistán y respaldadas por varios Estados árabes e islámicos, han dado lugar a un marco casi definitivo.

En esencia, se trata de ampliar la tregua actual a una suspensión de las hostilidades en múltiples frentes durante al menos 60 días, incluido el Líbano. Impulsado por la presión económica, la inestabilidad energética y el temor a que una guerra más amplia perturbe eventos como la próxima Copa del Mundo en Norteamérica, Washington necesita calma. Esta retirada, por lo tanto, no es fruto de la victoria, sino de la necesidad.

Junto a la tregua, un paquete de medidas tiene como objetivo estabilizar la región de forma provisional, lo que incluye garantizar la navegación por el estrecho de Ormuz, suavizar las restricciones al transporte marítimo iraní, conceder acceso parcial a los activos iraníes congelados e iniciar conversaciones sobre una normalización más amplia. Los informes sobre la compensación financiera varían, con cifras iniciales que oscilan entre los 12.000 y los 24.000 millones de dólares, aunque los detalles siguen sin estar claros.

La cuestión nuclear ha quedado aplazada. En lugar de un desmantelamiento inmediato, el acuerdo-marco se basa en el compromiso iraní de no desarrollar armas mientras continúan las conversaciones sobre los niveles de enriquecimiento y la verificación.

El acuerdo-marco indica que EE. UU. cederá a varias demandas iraníes para la estabilización regional y la reapertura de Ormuz.

Para Netanyahu, esto es intolerable, ya que da a Irán un respiro económico al tiempo que deja intactos sus misiles y alianzas, lo que otorga a Teherán una mayor ventaja en futuras negociaciones.

Esto explica la intensidad de su presión sobre Trump, y por qué los recientes intercambios entre ambos se han descrito como tensos e inusualmente acalorados. Se ha opuesto a la deriva diplomática, presionando en cambio por una nueva escalada por toda Gaza y el Líbano.

Los últimos acontecimientos en torno al Líbano refuerzan esta idea.

Trump ha intervenido personalmente para impedir que Netanyahu lance una invasión a mayor escala en el Líbano, al tiempo que habla de un alto el fuego inminente en la zona, unas medidas que revelan las crecientes tensiones que se esconden tras la apariencia de unidad estratégica.

Esta moderación se produjo tras la suspensión de las negociaciones por parte de Irán y las advertencias de que una mayor escalada en el Líbano podría encender el norte de Israel y ampliar el enfrentamiento más allá del control de Washington.

Ante el colapso de las conversaciones y el cierre prolongado de Ormuz, Trump actuó para contener a Netanyahu y evitar una guerra regional que pudiera arrastrar a EE. UU. El episodio ofrece un primer atisbo de los cálculos contrapuestos que ahora configuran la política estadounidense e israelí.

El propio historial militar de Israel revela el dilema: a pesar de la enorme destrucción, no ha logrado asegurar resultados políticos decisivos. Gaza yace devastada —más de 76.000 palestinos muertos y más de 180.000 heridos— y, sin embargo, la violencia no ha producido un cierre político.

En el sur del Líbano, Hizbolá se ha reafirmado militar y políticamente a pesar de los duros golpes, impugnando las maniobras fronterizas israelíes e infligiendo bajas en los últimos dos meses. Ninguna cantidad de destrucción ha proporcionado la victoria absoluta que ansía el régimen sionista.

El espejismo más profundo

A Netanyahu sólo le quedan opciones limitadas y peligrosas. Si no puede bloquear la diplomacia de raíz, intentará sabotear su aplicación. El Líbano sigue siendo el escenario activo, donde una escalada selectiva, los asesinatos o los intentos de provocar inestabilidad interna podrían hacer descarrilar el impulso diplomático.

Palestina ofrece otra palanca.

Netanyahu podría calcular que nuevas masacres en Gaza, un asedio intensificado o provocaciones en torno a los lugares sagrados de la Cisjordania ocupada podrían romper el alto el fuego, sometiendo a Trump a una renovada presión para que se alinee con las exigencias israelíes.

Sin embargo, la retórica continuada de Trump sobre la normalización en el marco de los Acuerdos de Abraham revela una persistente desconexión de la realidad.

No existe un camino significativo hacia una amplia normalización árabe mientras la cuestión palestina siga abierta.

La Iniciativa de Paz Árabe de 2002 condicionaba la normalización a la creación de un Estado palestino, y tras lo ocurrido en Gaza, la brecha entre la retórica y la realidad no ha hecho más que ampliarse.

La región se encuentra en una encrucijada peligrosa. Hay una vía que ofrece una apertura diplomática imperfecta, fruto del agotamiento mutuo y de un equilibrio de fuerzas cambiante; otra vía conduce a una confrontación más amplia que ni Washington ni Tel Aviv van a poder controlar.

Suponer que Netanyahu aceptará sin rechistar un acuerdo que contradice sus convicciones fundamentales es una ilusión peligrosa. Pero el espejismo más profundo es creer que la fuerza bruta puede preservar indefinidamente un orden regional cuyos cimientos políticos, morales y estratégicos se están desmoronando.

Atrapado entre la obsesión ideológica y el fracaso estratégico, Netanyahu podría aún lanzarse a una última apuesta fatal y seguir ampliando la guerra hasta que toda la estructura se derrumbe con él.

Foto de portada: Un manifestante sostiene una pancarta con la imagen del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, durante una manifestación en Milán el 21 de mayo de 2026. (Piero Cruciatti/AFP)

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