Jamal Kanj, CounterPunch.org, 8 junio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Jamal Kanj (jamalkanj.com) es autor de Children of Catastrophe: Journey from a Palestinian Refugee Camp to America (Hijos de la catástrofe: viaje desde un campo de refugiados palestino a Estados Unidos) y otros libros. Escribe con frecuencia sobre temas relacionados con Palestina y el mundo árabe para diversas publicaciones nacionales e internacionales.
«Él va a hacer todo lo que yo quiera que haga», declaró recientemente Donald Trump sobre el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.
Esta puede ser una de las declaraciones más reveladoras que Trump haya hecho jamás, no por lo que dice sobre Netanyahu, sino por lo que revela sobre la psicología de Trump. Su intención era mostrar fuerza. En cambio, puso de manifiesto todo lo contrario.
Trump ha construido una imagen política basada en la hipérbole, el ensalzamiento de sí mismo y las declaraciones de superioridad para ocultar un complejo de inferioridad desmesurado, del que sólo él conoce el alcance. Cuando insiste en que Netanyahu actúa bajo sus órdenes, está proyectando una autoridad que no posee. Cuanto más altisonante es la fanfarronada, más evidente es la inseguridad que se esconde tras ella.
Si hay una lección que se ha aprendido desde la elección de Trump, es que ha sido Netanyahu, y no Trump, quien ha dictado sistemáticamente el ritmo de las guerras de Estados Unidos en Oriente Medio. Trump puede ocupar la Casa Blanca, lanzar ultimátums y proclamarse maestro negociador, pero los hechos sobre el terreno cuentan una historia diferente. Una y otra vez, Netanyahu actúa y Trump se adapta.
Durante años, Netanyahu trabajó sin descanso para arrastrar a EE. UU. a otra guerra a medida para Israel, esta vez contra Irán. Las sucesivas administraciones, a pesar de su deferencia hacia Israel, no llegaron a caer en la trampa. Trump, sin embargo, se mostró mucho más susceptible a la influencia de sus donantes partidarios de «ante todo, Israel» y a las artimañas de Netanyahu. Sin embargo, sigue presentándose a sí mismo como alguien que lleva la batuta.
La semana pasada, Trump relató con orgullo una llamada telefónica en la que supuestamente ordenó a Netanyahu que detuviera un ataque israelí previsto contra Beirut. Poco después de la declaración de Trump, el ministro de Defensa israelí anunció que las operaciones militares «continuarán bajo cualquier circunstancia». Fiel a esa promesa, Israel lanzó nuevos ataques contra hospitales y pueblos del sur del Líbano, matando e hiriendo a civiles a pesar del llamado «alto el fuego» de Trump.
Dos días después, el miércoles 3 de junio, las delegaciones libanesa e israelí reunidas en Washington anunciaron otro alto el fuego. La tercera prórroga de este tipo desde el pasado mes de abril. Un día después de alcanzar el acuerdo, Israel reanudó los ataques contra el sur del Líbano y afirmó que no iba a retirarse ni a permitir que los civiles libaneses regresaran a sus hogares en el sur. Y, además, ordenó a los residentes de cinco pueblos libaneses que evacuaran sus hogares, ampliando su ocupación hacia el interior del sur del Líbano.
El domingo 7 de junio, Israel atacó Beirut, menos de una semana después de la tan publicitada, teatral y airada llamada de Trump a Netanyahu para que no atacara la capital libanesa. Irán respondió al ataque israelí a Beirut, tal y como había amenazado la semana pasada, llevando a cabo ataques de represalia mesurados contra bases militares israelíes en el norte. Haciendo caso omiso de la petición de Trump, Israel atacó Teherán y otros lugares en una maniobra deliberada para torpedear cualquier posible acuerdo entre EE. UU. e Irán. Este es el desenlace previsible de la estrategia de Netanyahu de expandir la guerra de forma gradual, arrastrando a Estados Unidos de nuevo a librar su guerra contra Irán. En el momento de escribir estas líneas, el mundo se prepara para la represalia iraní, que muy probablemente tendrá como objetivo las principales ciudades, incluida Tel Aviv.
Es casi seguro que, después de que la resistencia libanesa haya respondido finalmente a esas repetidas violaciones israelíes, Trump condenará la represalia en lugar de la provocación. Para salvar las apariencias y evitar parecer débil ante Netanyahu, volverá a culpar a la parte libanesa, ignorando la ocupación israelí y la agresión militar que la desencadenaron.
El mismo patrón se observa en las negociaciones con Irán. Durante meses, el objetivo declarado de Trump fue impedir que Irán desarrollara un arma nuclear —un marco que coincide con la posición declarada de Teherán—. Pero Israel, que posee armas nucleares y nunca firmó el Tratado de No Proliferación —a diferencia de Irán—, tiene objetivos totalmente distintos. El Gobierno de Netanyahu no se dará por satisfecho con nada que no sea la destrucción del conocimiento y la reducción de Irán a un Estado fallido, precisamente el destino que corrieron Iraq y Libia después de que ambos países aceptaran renunciar a sus ambiciones nucleares.
Para Israel, un acuerdo negociado entre EE. UU. e Irán puede ser mucho menos deseable que la continuación de la agitación regional. Su objetivo es la preservación de un entorno estratégico que sustente su dominio militar y geopolítico. El sionismo ha considerado durante mucho tiempo una amenaza el surgimiento de Estados vecinos democráticos, tecnológicamente avanzados y autosuficientes. La fragmentación y el desorden en los países vecinos contribuyen a ese objetivo al limitar el auge de potencias regionales independientes que, algún día, pudieran llegar a desafiar la primacía israelí. En este caso, Israel puede ser único entre las naciones: obtiene una ventaja estratégica no de una región estable y próspera, sino de la entropía, y ha construido una doctrina regional cuyo éxito depende de propagar el caos.
El coste para los estadounidenses de a pie es tangible y personal. Lo sienten cada vez que repostan sus coches, pagan precios inflados por los productos o ven cómo el Congreso recorta la asistencia sanitaria o las ayudas económicas a los estudiantes estadounidenses para financiar otro paquete de ayuda militar a Israel. Los estadounidenses no sólo están financiando las guerras de Israel a través de los impuestos y las transferencias de armas. También están pagando lo que equivale a un recargo fiscal israelí en la gasolinera. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, lleva semanas intentando asegurar a los consumidores que la gasolina rondará los 3 dólares el galón entre junio y septiembre, como si fuera aceptable que los estadounidenses paguen precios elevados hasta que Netanyahu se digne a aprobar un alto el fuego, especialmente cuando Trump se jacta de que Estados Unidos es un exportador neto de petróleo.
Gaza es otro frente en las interminables guerras de Israel. Trump firmó personalmente el acuerdo de alto el fuego en Sharm el-Sheikh en octubre de 2025, exclamando: «Tenemos paz en Oriente Medio». Desde entonces, ha venido observando en silencio cómo Israel incumplía sistemáticamente todos los compromisos que había adquirido. Durante el supuesto «alto el fuego», ha mantenido un bloqueo que provoca hambruna, además de asesinar a 961 personas y herir a miles.
En la primera fase, se exigía a las fuerzas israelíes que se retiraran a aproximadamente del 53% de Gaza. La segunda fase estipulaba una retirada adicional. En cambio, Netanyahu ordenó la toma de un 32% adicional, aumentando la ocupación militar israelí total al 70% del territorio sitiado, confinando a 2,3 millones de palestinos en el 30%, es decir, aproximadamente 50.000 seres humanos por cada kilómetro y medio cuadrado de escombros.
En todos los frentes, Trump no se ha limitado a seguir el ejemplo de Netanyahu. Lo ha facilitado, lo financiado, lo armado y defendido diplomáticamente. Luego, ante las cámaras de televisión, ha intentado compensar esta realidad insistiendo en que él era quien tenía el control.
Con ese fin, y tras las recientes elecciones primarias republicanas, los congresistas republicanos salientes ya han comenzado a tratar a la administración Trump como una presidencia saliente, mucho antes de las elecciones de mitad de mandato. La reciente votación del Congreso para limitar los poderes bélicos presidenciales es una señal reveladora de que el capital político de Trump se está erosionando mucho antes de lo esperado.
No obstante, es posible que los estadounidenses estén asistiendo a un punto de inflexión histórico en el poder que, durante décadas, ha ejercido la influencia sionista —que antepone los intereses de Israel— sobre la vida política estadounidense. Es evidente que el panorama político está cambiando, y los supuestos que durante tanto tiempo han regido la relación de Washington con Israel ya no parecen tan inmutables como antes. Desde la creciente disidencia dentro del Partido Demócrata —y entre personas influyentes del Partido Republicano— hasta el creciente malestar en todo el Beltway de Washington, están apareciendo fisuras genuinas en un sistema que durante generaciones trató a Israel como una vaca sagrada. Ocho décadas de manipulación sionista incuestionable y de influencia política sobre los líderes estadounidenses se enfrentan ahora a la resistencia de grupos que en su día fueron algunos de sus amigos más fiables.
Por lo tanto, ninguna bravuconería presidencial ni ninguna pose en las redes sociales puede ocultar lo que se ha vuelto innegable: bajo el mandato de Donald Trump, la política exterior estadounidense ha servido a la agenda de «ante todo, Israel» de Netanyahu, no a la de Estados Unidos. Y cuando se escriba la historia de esta época, es posible que se recuerde a esta extraña pareja por haber marcado el ocaso del dominio sionista de «ante todo, Israel» sobre el Gobierno de Estados Unidos.
Fuente foto de portada: Wikipedia.