Ramzy Baroud, The Palestine Chronicle, 4 junio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Ramzy Baroud es periodista y director de The Palestine Chronicle. Es autor de seis libros, entre ellos Our Vision for Liberation, My Father was a Freedom Fighter y ‘The Last Earth, siendo el más reciente Before The Flood: A Gaza Family Memoir Across Three Generations of Colonial Invasion, Occupation and War in Palestine. El Dr. Baroud es también investigador senior no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su sitio web es www.ramzybaroud.net .
Todo comenzó con una llamada a mi familia en un campo de desplazados en el norte de Gaza.
Dado que las conexiones a Internet rara vez se mantienen estables, logré enviar un mensaje a la viuda de mi primo, quien fue asesinado junto con todos sus hijos durante el genocidio que se está llevando a cabo en Gaza. Le hice una pregunta sencilla: ¿qué quieren los habitantes de Gaza?
Mi propósito era recopilar testimonios francos de sus vecinos para incluirlos en una carta dirigida a un funcionario europeo cuyo país se dedica activamente a buscar justicia para los palestinos. Elegí este enfoque para eludir el discurso político cliché y evitar la trampa de hablar en nombre de quienes sufren el genocidio y la hambruna. Los palestinos de Gaza son plenamente capaces de hablar por sí mismos.
Las respuestas, sin embargo, replantearon todo mi enfoque. Aunque estoy profundamente vinculado con mi comunidad en Gaza, había previsto centrarme directamente en el lenguaje macropolítico: en la condición de Estado, los derechos y la justicia global. En cambio, me encontré con la realidad visceral de la supervivencia física inmediata.
«Queremos una vida… queremos una vida digna», dijo. «Una vida digna con comida, agua e incluso la capacidad de respirar. Una se siente tan asfixiada. Necesitamos tantas cosas… tantas, tantas cosas. Necesitamos apoyo psicológico, apoyo económico y apoyo moral».
Otro vecino dijo: «Ellos (Israel) nos combaten con todo, absolutamente todo; incluso cuando dormimos en nuestras camas… los mosquitos nos chupan la sangre. Estamos rodeados de insectos y ratas, pulgas, y el calor nos está matando. No hay ventiladores ni electricidad».
Sí, muchos hablaron de karameh (dignidad), hurriye (libertad) y haq al-awda (el derecho al retorno), pero estos amplios derechos políticos y sociales casi siempre estaban directamente vinculados a la lucha cotidiana por la educación, por el agua, por la atención médica básica y… contra las ratas.
Las ratas. Esta es la pesadilla recurrente en la mente de los padres de Gaza, que se ven incapaces de proteger a sus hijos ni siquiera de los roedores. Casi dos millones de palestinos siguen desplazados en condiciones espantosas, atrapados en apenas el 40% de una Franja ya de por sí diminuta y sitiada.
Pasé el día tratando de asimilar el dolor, el luto y las humildes expectativas de este pueblo orgulloso.
Sin embargo, más tarde, esa noche, me llamó la atención un asunto aparentemente independiente. Me enteré de la existencia de dos personajes —Aziz Abu Sarah, un palestino de las zonas de 1948, y Maoz Inon, un israelí— que llevan meses de gira, promoviendo el contenido de su gira, que han denominado «El futuro es la paz».
Estas dos personas han alcanzado el estatus de celebridades mundiales, sentándose junto a figuras como el famoso cómico estadounidense Jon Stewart en The Daily Show y, finalmente, reuniéndose con el propio papa Francisco.
A simple vista, ambos difunden un mensaje de «paz» y «perdón», y suelen montar un espectáculo en el que se perdonan mutuamente al final de sus charlas. Todo ello sirve de trampolín promocional para su «gira por la paz» de una semana de duración por Israel, que se comercializa al competitivo precio de 4.200 dólares por persona, excluidos los billetes de avión.
La triste realidad es que este enfoque corporativo de la «construcción de la paz» no es único; es un síntoma de una tendencia más amplia que explota a Palestina. Aún más trágico es que muchos palestinos a título individual se han aprovechado del concepto bienintencionado, pero a menudo malinterpretado, de «dar protagonismo a las voces palestinas» para acumular riqueza personal, estatus y prestigio, mientras que sus propios hermanos no pueden encontrar agua potable y se encuentran al borde de la inanición.
Una máxima árabe, famosa en Palestina desde hace generaciones, sostiene desde hace tiempo que «la revolución es un árbol regado con la sangre de los mártires, aunque sus frutos los recogen los oportunistas y los cobardes».
¿No debería el exterminio masivo ser un umbral moral que impida a los oportunistas alimentar su codicia patológica?
Desesperados por la solidaridad, los palestinos de Gaza siguen esperando que los esfuerzos globales acaben por ayudar en su cruda lucha por la libertad, la dignidad, el agua potable y el alivio de las ratas. Y millones de personas en todo el mundo tienen, de hecho, buenas intenciones; se preocupan por Gaza de formas que ninguna publicación en las redes sociales podrá jamás plasmar.
La crisis radica en que el equilibrio entre la solidaridad genuina y la explotación descarada corre, en ocasiones, el riesgo de inclinarse a favor de los explotadores. Estamos asistiendo al auge de un lucrativo culto a la personalidad, basado en elevados honorarios por conferencias y billetes en clase business, que recorre el mundo bajo el pretexto de la defensa de una causa. Hay quienes han experimentado una transformación literal de «de la pobreza a la riqueza» desde el 7 de octubre, convirtiéndose en celebridades de la noche a la mañana y actuando como figuras heroicas rodeadas de admiradores, simplemente por hacer su trabajo básico o adoptar una postura moral pública.
Hay organizaciones que acumulan presupuestos colosales, organizando eventos que cuestan hasta 200.000 dólares en un solo fin de semana, simplemente para repetir las mismas posturas de siempre sin estrategia, eslóganes sin planes de acción y afirmaciones de «victorias» estupendas mientras los habitantes de Gaza se mueren de hambre y sed.
Por otro lado, los funcionarios palestinos y quienes defienden la línea oficial siguen dando la espalda a la realidad de Gaza mientras cosechan los inmensos beneficios de la solidaridad global: el prestigio del reconocimiento diplomático, las alfombras rojas desplegadas para los burócratas y las ovaciones de pie en las conferencias internacionales.
El círculo de explotación se amplía, mientras que los mensajes reales que se filtran desde los campos de desplazados se vuelven cada día más trágicos:
«Quiero recuperar a mi familia, la familia que Israel me arrebató».
«Quiero enterrar a mis hijos, que siguen bajo los escombros».
«Quiero que liberen a mi padre de la cárcel. No nos queda nadie más que él».
«Las ratas, las ratas, hermano. Se están comiendo la carne de nuestros hijos».
Mientras reflexionaba sobre el horror de esos padres incapaces de proteger a sus hijos, la palabra «ratas» adquirió un significado más profundo.
La lucha por la libertad palestina debe seguir arraigada en el suelo de Gaza. No se debe permitir que el movimiento de solidaridad global se transforme en una industria oportunista para individuos egoístas que se hacen pasar por salvadores.
Este oportunismo insidioso debe combatirse con la misma urgencia con la que se combate a las ratas de Gaza.
Foto de portada: Voluntarios en Gaza pulverizan pesticidas para combatir roedores e insectos. (QNN)