Amina Shareef, Middle East Eye, 12 junio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

La Dra. Amina Shareef es investigadora especializada en racismo antimusulmán. Sus intereses se centran en la política del hiyab, la lucha contra el extremismo y la violencia callejera antimusulmana.
Se concentran multitudes de hombres enmascarados, se prenden fuego a coches y contenedores y un humo denso lo envuelve todo.
La turba se desplaza por calles residenciales, rompiendo ventanas y derribando puertas a patadas, atacando viviendas que creen pertenecer a migrantes.
Una barbería turca y un negocio de propiedad árabe son atacados. Se establecen controles improvisados, mientras grupos de hombres detienen coches y examinan el origen étnico de los conductores.
Estas son escenas de Belfast, Irlanda del Norte. La violencia se produjo tras un brutal apuñalamiento esta semana en el que un hombre blanco resultó gravemente herido tras ser atacado en el ojo, el cuello y la espalda. El sospechoso fue rápidamente identificado como un ciudadano sudanés que había entrado en el Reino Unido por vías legales. Las imágenes del ataque se difundieron rápidamente por Internet.
En cuestión de horas, figuras públicas como Nigel Farage, Rupert Lowe, Katie Hopkins y Richard Dawkins presentaban la agresión como prueba de la amenaza más amplia que suponen los migrantes. El ataque fue presentado como un intento de «decapitación», transformando un acto de violencia individual en una historia racial sobre una nación sitiada.
El activista de extrema derecha Tommy Robinson instó a sus seguidores a «salir a la calle». La plataforma de Elon Musk, X (antes Twitter), contribuyó a amplificar el mensaje dirigido a millones de seres.
Pero sería un error explicar lo ocurrido limitándose a señalar a Robinson, a los algoritmos de las redes sociales o a un puñado de agitadores de extrema derecha. Todos ellos desempeñaron un papel, pero centrarse únicamente en ellos oculta una verdad más incómoda.
Tampoco se debe encubrir la violencia calificándola de «protestas contra la inmigración» o reducirla a vagas nociones de «tensiones comunitarias». Ese lenguaje oculta tanto el carácter racial de los ataques como el racismo generalizado contra los musulmanes y los migrantes que los hizo posibles.
Las preguntas más importantes son estas: ¿cómo llegaron estos hombres a verse a sí mismos como defensores de la nación? ¿Y por qué los llamamientos a la vigilancia racial resuenan cada vez más en la cultura política británica?
Amenazas existenciales
Los ataques en Belfast no fueron meramente el producto de extremistas marginales que se aprovecharon de una tragedia. Surgieron de un contexto más amplio de racismo que, durante años, ha racializado a los migrantes —y en particular a los musulmanes— como amenazas existenciales.
A través de este proceso, muchos ciudadanos blancos han llegado a imaginarse a sí mismos como miembros de una comunidad sitiada, con el deber de defender la nación blanca contra enemigos internos.
Más significativamente, Belfast revela una peligrosa dinámica racial, en la que actores de la corriente dominante invocan, legitiman o fomentan tácitamente formas de política justiciera, al tiempo que mantienen una negación plausible de las consecuencias.
Las identidades raciales no son fijas. Se construyen a través de historias, símbolos y relatos que enseñan a las personas quiénes son y a qué deben temer.
Los actores de extrema derecha no nacen así; se hacen. Su visión del mundo se cultiva a través de discursos racistas que circulan ampliamente por toda la sociedad, desde redes marginales en Internet y ecosistemas mediáticos alternativos hasta columnas de prensa, debates televisivos y políticas gubernamentales.
Durante más de una década, el racismo antimusulmán y antimigrante se ha extendido mucho más allá de la extrema derecha organizada. Los políticos y los periódicos han racializado a los solicitantes de asilo tildándolos de delincuentes, terroristas, parásitos del sistema de bienestar y oportunistas que se aprovechan de la generosidad de Gran Bretaña. La migración se ha planteado no como un desafío humanitario, sino como una cuestión de seguridad nacional que requiere de medidas extraordinarias.
El eslogan «Stop the Boats» (Detengamos los barcos), exhibido en el atril del primer ministro, personificó esta política racial. Lo mismo hicieron las advertencias de la exministra del Interior Suella Braverman sobre una «invasión» en la costa sur de Gran Bretaña y la caracterización del país como «Hotel Britain» por parte del exministro de Inmigración Robert Jenrick.
Entre 2021 y 2023, los periódicos de la derecha presentaron sin descanso las travesías del Canal de la Mancha como prueba de que la nación estaba perdiendo el control de sus fronteras. La cobertura se centró en el aumento de las cifras, los costes de alojamiento, las batallas por las deportaciones y los fallos en la aplicación de la ley, lo que reforzó la impresión de que Gran Bretaña estaba sitiada por lo que el ex primer ministro David Cameron describió en su día como un «enjambre».
El vigilantismo blanco
Estas narrativas rara vez incitan directamente a la violencia. Hacen algo más sutil: animan a los ciudadanos a verse a sí mismos como participantes en una lucha nacional contra una presencia peligrosa e ilegítima.
El resultado es la creación de un grupo de seguidores predispuestos a creer que la supervivencia de la nación está en juego. Una vez que las personas llegan a verse a sí mismas como defensores de una nación blanca amenazada, se abre la posibilidad de un segundo paso: la movilización de la gente común para hacer frente por sí misma a la percibida amenaza racial.
Aquí, el justiciero blanco se vuelve políticamente útil. Puede llevar a cabo formas de intimidación racial y violencia que los políticos del establishment no pueden respaldar abiertamente, al tiempo que permite a esos mismos políticos negar su responsabilidad por las consecuencias.
Vimos esta dinámica durante la controversia en torno a las marchas a favor de Palestina tras el estallido de la guerra de Gaza a finales de 2023. Braverman advirtió del «terror islamista en las calles británicas» e instó a Gran Bretaña a «levantarse y enfrentarse a la turba». El comentarista Douglas Murray hizo un llamamiento similar al pueblo británico para que «saliera a la calle y detuviera a estos bárbaros», con el fin de hacer frente a lo que él describió como una amenaza al cenotafio.
Ninguno de los dos pidió explícitamente una acción de autodefensa. Sin embargo, ambos invocaron la posibilidad de que los ciudadanos de a pie tuvieran que intervenir, ya que las autoridades no iban a hacerlo.
La extrema derecha comprendió el mensaje. Robinson movilizó a sus seguidores. Se crearon redes a través de Telegram y WhatsApp. Varios hombres se desplazaron a Londres, alegando que estaban allí para defender la nación. Algunos de ellos atacaron posteriormente a manifestantes propalestinos, lanzaron proyectiles, agredieron a sus oponentes y profirieron insultos racistas contra los transeúntes.
Los participantes solían describirse a sí mismos no como agresores, sino como protectores. Un hombre declaró a los periodistas que estaba allí «por si los yihadistas lograban burlar a la policía». Otro vinculó explícitamente su presencia a la retórica de Braverman, advirtiendo de que Gran Bretaña estaba «caminando sonámbula hacia una guerra racial».
Más recientemente, se observó una incitación similar a la violencia en el llamamiento de Farage al público británico para que mostrara «una ira pura y fría» tras el asesinato de Henry Nowak.
Estas intervenciones son importantes no sólo porque abogan abiertamente por la violencia racial, sino porque convocan a una fuerza callejera dispuesta a actuar al margen de los procesos democráticos convencionales.
Un patrón más amplio
Esta lógica política no es exclusiva de Gran Bretaña.
Se pudo observar en la movilización de fuerzas del presidente estadounidense Donald Trump tras su derrota electoral en 2020, que culminó en la insurrección del Capitolio del 6 de enero de 2021. Se puede observar en la promoción por parte del Gobierno de Modi de narrativas de la «yihad del amor» que han alimentado la violencia colectiva contra los musulmanes en la India.
Esto se observa en la violencia de los colonos en la Cisjordania ocupada, a menudo facilitada o legitimada por actores pertenecientes a la corriente política dominante israelí. Históricamente, se observó en la estrecha relación entre el Ku Klux Klan y las autoridades locales en todo el sur de Estados Unidos.
En cada caso, los actores extraestatales llevan a cabo formas de control policial racial que las élites políticas no siempre pueden autorizar abiertamente, pero que, no obstante, consideran políticamente útiles.
De hecho, esa violencia cumple una función política. Comunica quién pertenece y quién no, y qué puede sucederles a quienes se percibe que han traspasado las fronteras raciales.
Por lo tanto, Belfast no debe entenderse simplemente como un colapso del orden político del Reino Unido. En aspectos importantes, fue una expresión del mismo.
Durante años, la cultura política del Reino Unido ha animado a la gente a ver a los migrantes como invasores, a los solicitantes de asilo como amenazas y a los musulmanes como un problema que hay que gestionar. Cuando figuras públicas repiten una y otra vez a los ciudadanos que la nación está sitiada, algunos concluirán inevitablemente que defenderla es su responsabilidad.
Eso es lo que hace que Belfast sea tan significativo. Los hombres que atacaron hogares y negocios de migrantes o musulmanes no creían que estuvieran actuando en contra de la nación. Creían que estaban actuando en su favor.
La cuestión no es si unos extremistas marginales se aprovecharon de una tragedia. Es por qué a tanta gente se le ha enseñado a ver la violencia racial como una forma de defensa nacional.
Foto de portada: Un edificio arde durante los disturbios en Belfast, Irlanda del Norte, el 9 de junio de 2026. (Paul Faith/AFP)