Gaza no es una aberración inesperada: Israel planeó este genocidio hace décadas

Jonathan Cook, Middle East Eye, 11 de junio de 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí. Ha ganado el Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años, de donde regresó en 2021 al Reino Unido. Sitio web y blog: www.jonathan-cook.net

La verdad sale lentamente a la luz: el genocidio de Israel en Gaza se planeó hace décadas.

Lean los testimonios de cuatro soldados israelíes que sirvieron en Gaza.

Soldado 1: «Las vidas humanas no importaban. Podías matar, no había ley. Nadie te iba a decir nada. Pero no es una sensación agradable. Lo que mata, sobre todo, es tu humanidad».

Soldado 2: «Al principio no estaba dispuesto a ejecutar a los árabes que no se resistían [es decir, civiles]. Luego llegamos a la conclusión de que teníamos que matar. Pasamos por un proceso en el que dejamos de verlos como seres humanos».

Soldado 3: «Capturábamos a tipos, los alineábamos y los eliminábamos. En retrospectiva, parece un asesinato».

Soldado 4: «Recorríamos los campos de refugiados de Gaza y llevábamos a cabo purgas… Cada soldado que estaba allí creaba un ‘campo de concentración’, y no dudaban en matar a quienes causaban la más mínima perturbación».

No, estos testimonios no son nuevos. Los denunciantes no prestaron servicio en Gaza durante el genocidio que se está produciendo actualmente allí.

Estos testimonios, que datan de hace casi 60 años, fueron publicados la semana pasada por el periódico israelí Haaretz bajo el titular «Nos ordenaban matar».

Los soldados israelíes entrevistados poco después de la guerra de 1967 —a menudo denominada la Guerra de los Seis Días— no sólo confesaron que ellos y otros cometían habitualmente crímenes de guerra, sino que señalaron que lo hacían bajo las órdenes de sus comandantes.

Los relatos se recopilaron en un libro: The Seventh Day: Soldiers Talk About the Six-Day War, de Avraham Shapira, aunque no se incluyeron muchos testimonios porque resultaban demasiado impactantes.

Nada de esto debería tener simplemente un interés histórico. Estos relatos son un vívido recordatorio de que lo que Israel ha estado haciendo durante su actual destrucción de Gaza, que dura ya casi tres años —arrasando todas las viviendas, hospitales, escuelas, universidades, panaderías y oficinas gubernamentales; asesinando a decenas de miles, más probablemente a cientos de miles, de civiles palestinos; y bloqueando la ayuda y matando de hambre a la población— forma parte de un patrón de conducta militar israelí que se remonta a décadas.

Nada «comenzó» el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás se fugó durante un solo día del «campo de concentración» de Gaza: la difícil situación de los palestinos de Gaza señalada hace 59 años por el Soldado 4.

Israel encontró ese día, más bien, una excusa para dar un nuevo impulso a una vieja historia, en la que lleva décadas masacrando y expulsando a palestinos. La principal diferencia esta vez es simplemente una cuestión de escala y duración.

Washington y otras capitales occidentales han dado a Israel el tiempo y el margen necesarios para llevar a cabo en Gaza lo que, anteriormente, sólo había podido lograr en parte. La potencia de fuego de Israel, hoy mucho mayor gracias a la munición moderna suministrada por Estados Unidos, le ha permitido hacer realidad lo que antes solo podía soñar: borrar a Gaza del mapa.

Política de hambruna

Los soldados denunciantes de 1967 admitieron que su trabajo no consistía en «luchar contra el enemigo» —o «erradicar a los terroristas», como lo denominan ahora los líderes israelíes—. Consistía en matar y aterrorizar a la población civil palestina al amparo de la guerra.

Pocos soldados se cortaron a la hora de explicar por qué cometían atrocidades. Su tarea consistía en crear un reinado del terror, parte integral de los esfuerzos de Israel por expulsar al mayor número posible de palestinos de las últimas partes que quedaban de la patria palestina, los territorios capturados por el ejército israelí en 1967 y posteriormente ocupados ilegalmente.

Esto se consideró una nueva oportunidad para completar la campaña de limpieza étnica iniciada en serio por las milicias sionistas en 1947 y 1948, cuando las autoridades del Mandato británico se retiraron de Palestina. Al final de esa campaña, alrededor del 80% de los palestinos habían sido expulsados de sus hogares dentro de las fronteras del recién declarado Estado judío.

Muchos acabaron en campos de refugiados en Estados vecinos como el Líbano y Siria. Pero algunos huyeron a los enclaves supervivientes de la Palestina histórica en Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza: el 22% de su patria que Jordania y Egipto habían protegido en 1948 frente a nuevos avances israelíes.

Los dirigentes israelíes consideraron la guerra de 1967 como una segunda oportunidad: una ocasión tanto para apoderarse de toda la Palestina histórica y colonizarla mediante la ocupación militar y el establecimiento de asentamientos de milicias judías, como para ampliar la operación de limpieza étnica con el fin de expulsar a los habitantes nativos de la Palestina histórica.

Semanas después de que Israel se apoderara de los territorios palestinos, el primer ministro de entonces, Levi Eshkol, indicó a su gabinete dónde debían comenzar las expulsiones. «Nos interesa vaciar Gaza primero», dijo.

Dadas las presiones internacionales, dejó claro que la limpieza étnica de Gaza tendría que llevarse a cabo de forma sigilosa, para llamar menos la atención. Presagiando el asedio de 16 años que Israel impuso a Gaza a partir de 2007, propuso que se pudiera expulsar a los palestinos de Gaza «precisamente debido a la asfixia y el encarcelamiento» que Israel estaba imponiendo allí.

El programa de limpieza étnica podría acelerarse, sugirió, privando a la población de elementos esenciales como el agua. «Quizás si no les damos suficiente agua, no tendrán otra opción, porque los huertos amarillearán y se marchitarán».

Con este espíritu, 40 años después, Israel pasaría a calcular la cantidad mínima de calorías que permitiría entrar en Gaza para que la población de allí se fuera desnutriendo cada vez más. O, como explicó el asesor gubernamental de alto rango Dov Weisglass en 2006: «La idea es poner a los palestinos a dieta, pero no hacer que mueran de hambre».  

Diecisiete años después de que se impusiera a Gaza su «régimen alimenticio», cuando Hamás logró salir brevemente del enclave, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y sus generales aprovecharon la oportunidad.

Destruyeron esos «huertos» y transformaron el «régimen alimenticio» en un bloqueo de hambre en toda regla, un crimen contra la humanidad por el que Netanyahu y su antiguo ministro de Defensa, Yoav Gallant, están en busca y captura por la Corte Penal Internacional.

Atacar a inocentes

Los historiadores palestinos comprendieron hace mucho tiempo los crímenes de 1967, a quienes, por supuesto, no se escuchó. Los historiadores israelíes tardaron mucho más en empezar a reconstruir la historia, a medida que iban obteniendo acceso a partes de los archivos militares de Israel.

La nueva investigación de Haaretz, basada en el trabajo del Instituto Akevot, ofrece detalles de la crueldad de las expulsiones masivas de palestinos que comenzaron en 1967.

Según informa el periódico: «La investigación histórica muestra que Israel expulsó y expulsó a unos 300.000 árabes de Cisjordania, Gaza y los Altos del Golán sirios. Y, al igual que en 1948, la expulsión incluyó el asesinato de civiles, sembrar el terror en las comunidades árabes, el saqueo y, en última instancia, la destrucción».

Tras haber logrado en 1967 expulsar de nuevo a un gran número de palestinos, la siguiente tarea —al igual que en 1948— fue impedir su regreso.

Uri Avnery, periodista y miembro del Parlamento israelí, recopiló testimonios de soldados destinados en las fronteras con Jordania y Egipto, hacia donde se había expulsado a los palestinos. La misión de los soldados consistía en asesinar a cualquier familia palestina que intentara regresar a sus hogares.

He aquí el testimonio de un soldado, recogido por Haaretz, que Avnery citó en su autobiografía: «Bloqueamos esos pasos fronterizos y recibimos órdenes de disparar a matar, sin previo aviso. De hecho, cada noche se disparaba contra hombres, mujeres y niños, incluso en las noches de luna llena, cuando era posible identificar a quienes cruzaban. Es decir, que se podía distinguir entre hombres, mujeres y niños.

«Por la mañana, salíamos a rastrear la zona y, por orden explícita del oficial presente, matábamos a quienes seguían con vida, incluidos los que se escondían y los heridos. Una vez terminada la matanza, cubríamos los cadáveres con tierra hasta que llegaba un tractor».

Los denunciantes israelíes actuales advierten de que esta doctrina militar no ha cambiado. En los últimos tres años, las investigaciones han demostrado repetidamente que Israel intenta ocultar sus crímenes enterrando en secreto a sus víctimas civiles en fosas comunes, en violación del derecho internacional.

Así lo hizo, por ejemplo, cuando las tropas masacraron a palestinos que buscaban ayuda hace un año, y de nuevo cuando los soldados ejecutaron a 15 trabajadores de emergencias palestinos en una emboscada a ambulancias en marzo de 2025.

Otro soldado, consternado por la política de «disparar a matar» de 1967, recordó una conversación con su comandante: «Le pregunté al oficial: Y si oigo llorar a bebés, ¿también debo dispararles? La respuesta que recibí fue: No seas niña».

No hay nada excepcional en esto. Se sabe que Israel ha matado a más de 1.000 bebés menores de un año en Gaza desde el 7 de octubre de 2023, y no todos ellos de forma anónima en ataques aéreos.

El ejército israelí dejó que un grupo de cinco bebés prematuros del hospital al-Naser murieran y se descompusieran en sus incubadoras después de que sus soldados tomaran el control del edificio a finales de 2023.

Los mandos israelíes también sabían que los primeros en morir a causa del bloqueo de la ayuda serían los más vulnerables. Los bebés murieron de frío o de hambre mientras la población se veía privada de refugio, leche de fórmula y alimentos, y sus madres carecían de la nutrición suficiente para producir leche.

Como señaló el Soldado 2, la doctrina militar israelí anima a los soldados a dejar de ver a los palestinos, incluso a los bebés palestinos, como «humanos». Sus vidas se consideran algo sin valor.

Un pasado familiar

Soldados israelíes asesinaron a otro bebé palestino la semana pasada en Cisjordania, tras tender una emboscada a un coche conducido por un profesor de la Universidad de Belén, Fahd Abu Haikal, en la ciudad palestina de Hebrón, que se encuentra bajo una ocupación especialmente brutal.

Uno de los soldados disparó contra el coche, cuando este reducía la velocidad para detenerse, desde una distancia de apenas unos metros, desde donde debió de poder ver a los pasajeros en su interior. La bala mató al bebé de siete meses de Abu Haikal, Sam, e hirió a su esposa, que sostenía al niño en brazos. El hijo de 11 años de Abu Haikal, que también se encontraba en el coche, vio cómo su hermanito se desangraba hasta morir.

Los soldados israelíes llevan décadas asesinando a bebés palestinos. Sin embargo, nada de esto ha suscitado ni una pizca de la indignación que los medios de comunicación y los políticos occidentales han expresado de forma unánime ante la afirmación totalmente inventada de Israel de que Hamás mató a 40 bebés el 7 de octubre de 2023.

De hecho, sólo murió una bebé israelí ese día: Mila Cohen, de nueve meses, a quien, al igual que a Sam Abu Haikal, le dispararon en brazos de su madre.

La campaña de expulsiones de Israel de 1967 en Gaza y Cisjordania no fue improvisada, ni se llevó a cabo de forma impulsiva. Según Haaretz, la política se había planificado cuidadosamente con muchos años de antelación.

Desde 1948, Israel había estado esperando el momento oportuno para llevar a cabo nuevas expulsiones y apoderarse de las últimas partes de la patria palestina, los territorios que se le habían negado para completar su violento proyecto colonialista.

La guerra de 1967 —contra Egipto, Siria y Jordania— proporcionó el pretexto.

Ishai Amrami, un comandante de batallón de alto rango en esa guerra, admitió más tarde: «Esto, que viví de primera mano, fue un intento de traslado masivo de población».

Como señala Haaretz: «Los palestinos fueron meros espectadores en esta historia. El ministro de Defensa Moshe Dayan escribió en sus memorias que los palestinos que residían en Cisjordania no participaron en la guerra, y que no era su guerra. Sin embargo, fueron ellos quienes pagaron el precio».

Israel inició la destrucción masiva de las comunidades palestinas, tal y como había hecho tras 1948, para que no quedaran hogares donde los palestinos pudieran regresar. Pero, como señala Haaretz, Israel se convirtió en víctima de su propio y rápido éxito militar.

«Este fue uno de los pocos casos en la historia del conflicto en los que Israel se vio obligado a dar marcha atrás debido a la fuerte presión internacional».

Huelga decir que, a diferencia de 1967, esa presión internacional ha brillado por su ausencia en los últimos tres años. La nueva hornada de líderes occidentales, como el británico Sir Keir Starmer, en su día un destacado abogado de derechos humanos, ha justificado la agenda explícitamente de exterminio de Israel contra los palestinos de Gaza, calificándola de «autodefensa».

A diferencia de sus predecesores en la década de 1960, los líderes occidentales actuales y sus medios de comunicación optaron por proporcionar a Israel el tiempo y el espacio diplomáticos que necesitaba —además de suministrarle armas e inteligencia— para destruir Gaza. El genocidio habría sido imposible sin su ayuda.

Animado por esta impunidad, Israel ha intentado extender la destrucción a zonas más lejanas, con un éxito limitado en Irán y mucho mayor en el sur del Líbano.

Mientras los políticos y los medios de comunicación occidentales se olvidan alegremente de Gaza, Israel mantiene allí una presión y un sufrimiento implacables. La denominada «línea amarilla», que delimita el control militar israelí sobre el enclave destruido —una zona prohibida para los palestinos—, se ha expandido gradualmente de la mitad del territorio al 70%.

La población de Gaza está siendo literalmente expulsada de las ruinas de su patria, mientras Israel se apresura a buscar un tercer país: Egipto o quizá Somalilandia, dispuestos a acogerlos.

Supresión del contexto

Como observó acertadamente el cosmólogo estadounidense Carl Sagan: «Hay que conocer el pasado para comprender el presente».

Y es precisamente por eso por lo que los políticos y los medios de comunicación occidentales se han esforzado tanto por borrar el pasado, suprimiendo el contexto y los antecedentes —como las violentas campañas de limpieza étnica de Israel de 1948 y 1967— que explican el comportamiento actual de Israel en Gaza, Cisjordania y el sur del Líbano.

El público occidental, privado de la historia de la región, ha sido manipulado más fácilmente para creer que las atrocidades israelíes son una respuesta —y supuestamente «proporcionada», además— al ataque de un día de Hamás contra Israel a finales de 2023.

Se ha ocultado una verdad evidente: que, durante al menos ocho décadas, Israel ha estado aprovechando cualquier oportunidad que se le presentara para expulsar a los palestinos de su patria.

El ataque de Hamás de octubre de 2023 no fue un punto de inflexión ni una ruptura, como se suele presentar en Occidente.

En 1967 —es decir, 56 años antes del ataque de Hamás—, Eshkol advirtió de que acontecimientos imprevistos podrían acelerar el sigiloso programa de limpieza étnica de Israel. Podría llegar un momento en el futuro —lo que él denominó una «solución de lujo inesperada»— en el que Israel pudiera hacer realidad rápidamente su sueño de una Palestina libre de palestinos.

«Quizás podamos esperar otra guerra, y entonces este problema se resolverá. Pero eso es una especie de ‘lujo’, una solución inesperada», explicó al Consejo de Ministros.

Al añadir el contexto que faltaba, tal y como ha hecho el diario israelí Haaretz en su nuevo artículo, la historia cambia por completo.

Los acontecimientos del 7 de octubre de 2023 parecen menos una simple barbarie y más una respuesta desesperada, una última apuesta, a décadas de atrocidades israelíes diseñadas para hacer que las condiciones de los palestinos sean tan miserables —a través de la pauperización, el confinamiento, el hambre y el asesinato— que o bien huyan de su patria o mueran allí mismo.

Una vez añadido el contexto que faltaba, la supuesta «represalia» de Israel en Gaza —su alboroto genocida— se ve como lo que realmente es: una continuación de su campaña de limpieza étnica de ocho décadas. De hecho, su última entrega. Su desenlace.

David Ben Gurión, padre fundador de Israel, escribió a su hijo en 1937, once años antes de la creación de Israel: «Debemos expulsar a los árabes y ocupar sus lugares».

En una entrada de su diario durante las expulsiones masivas de 1948, Ben Gurión resumió el estado de ánimo entre sus generales: «Si acusamos a una familia, debemos hacerles daño sin piedad. A las mujeres y a los niños, sin piedad. De lo contrario, no será una reacción eficaz. Durante la operación, no hay necesidad de distinguir entre culpables e inocentes».

El objetivo era convertir el miedo en un arma, aterrorizando a los palestinos hasta el punto de que no se atrevieran a permanecer en su tierra natal.

Mordechai Maklef, un alto mando del incipiente ejército israelí, señaló dos años más tarde, en 1950, la lógica que subyacía en la política de Israel: «Era imposible expulsar a 114.000 personas que vivían en Galilea sin recurrir al terror».

Incluso si ignoramos los relatos palestinos de aquella época, las escasas secciones de los archivos israelíes que hasta ahora se han abierto a los historiadores israelíes documentan masacres y violaciones sistemáticas a los palestinos en 1948.

En películas israelíes recientes como Tantura —el pueblo donde se llevó a cabo una terrible masacre de palestinos—, ancianos que sirvieron como soldados israelíes en aquella época confirman los documentos de archivo, relatando cómo presenciaron personalmente la violación de niñas palestinas.

Cabe señalar que la violación como arma de guerra continúa hasta hoy, en lo que el grupo israelí de derechos humanos B’Tselem denomina la «red de campos de tortura» de Israel.

Estas violaciones —en las que ahora se suelen utilizar perros especialmente entrenados para tal fin— están tan extendidas que se han vuelto imposibles de ocultar. Incluso han llamado la atención, muy tardíamente, de los principales medios de comunicación como el New York Times, lo que ha provocado una cacofonía de protestas y amenazas de Netanyahu de emprender acciones legales.

El abuso sexual de las personas detenidas por Israel es tan habitual que los activistas internacionales por la paz sufrieron violaciones sistemáticas cuando cientos de ellos fueron capturados el mes pasado en aguas internacionales frente a Chipre, al iniciar su viaje hacia Gaza para romper el bloqueo genocida de Israel.

Israel quiere que el miedo se extienda, desde la propia Palestina hasta cualquiera que desee mostrar solidaridad con su pueblo.

Los políticos occidentales y los medios de comunicación apenas han hecho referencia a estos horribles crímenes contra sus propios ciudadanos. ¿Por qué? Porque reconocer esos crímenes sería admitir que se están cometiendo atrocidades aún peores contra los palestinos bajo el dominio israelí.

Complicidad carcelaria

Gaza no es una aberración. Está plenamente en consonancia con una estrategia militar israelí que dura ya ocho décadas. Los occidentales no son conscientes de ello únicamente porque su clase política y mediática ha trabajado denodadamente para impedir que se enteren.

Si la opinión pública occidental supiera lo que realmente les ha estado sucediendo a los palestinos durante más de 80 años —primero, por parte del movimiento sionista y luego del Estado israelí—, podría engrosar aún más las filas de las marchas de protesta, haciendo que estas manifestaciones sean políticamente imposibles de ignorar.

Si los occidentales supieran lo que realmente les ha estado sucediendo a los palestinos, quizá se unirían a los activistas que llevan tiempo intentando paralizar las fábricas de armas israelíes, como Elbit Systems, que operan abiertamente en países occidentales como Gran Bretaña. De este modo, podrían lograr interrumpir el suministro de drones y otras armas que se utilizan para masacrar a la población de Palestina y el Líbano.

En lugar de miles, podría haber decenas o cientos de miles de personas dispuestas a alzar una pancarta en el Reino Unido en contra del genocidio, y ser detenidas como «colaboradoras del terrorismo», desbordando el sistema penitenciario y ridiculizando el supuesto sistema de «justicia» británico.

Armados con un conocimiento que la ignorancia ha atenuado bastante, más occidentales podrían subir a barcos, formando una armada que sería imposible de ignorar para los medios de comunicación occidentales. Pero lo más importante de todo es que, si se comprendiera el contexto real —si se conociera el patrón de décadas de asesinatos, violaciones y expulsiones de palestinos por parte de Israel—, la opinión pública occidental podría darse cuenta de que su clase política y mediática no son actores morales. No defienden los valores de una civilización superior. No son los guardianes del derecho internacional y de un orden liberal democrático.

Son impostores. O, más exactamente, operan dentro de estructuras políticas y financieras que hacen imposible decir verdades que sacudirían un sistema de poder en Occidente que enriquece a una pequeña élite a través de una lucrativa maquinaria bélica utilizada para proteger los gigantescos beneficios de las industrias de los combustibles fósiles.

Ese sistema de poder lleva a algunos palestinos a una muerte prematura, y a otros a campos de concentración, al exilio o a la miseria.

Mientras tanto, nos empuja a nosotros, en Occidente, a prisiones sin muros físicos: prisiones de ignorancia y complicidad, o de conocimiento e impotencia.

En cualquier caso, al igual que el Soldado 1, vemos cómo nuestra humanidad se va apagando. Nuestros corazones se endurecen o se rompen. El reto al que nos enfrentamos es el mismo que el de los palestinos: encontrar un camino para salir de nuestro confinamiento.

Foto de portada: Una niña palestina herida en un ataque israelí contra un campamento de tiendas de campaña para familias desplazadas, según los médicos, es trasladada al hospital Nasser de Jan Yunis, en el sur de la Franja de Gaza, el 25 de mayo de 2026. (Reuters)

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