Henry Giroux, CounterPunch.org, 19 junio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Henry A. Giroux ocupa actualmente la cátedra de Estudios de Interés Público de la Universidad McMaster en el Departamento de Estudios Ingleses y Culturales y es Paulo Freire Distinguished Scholar in Critical Pedagogy. Sus libros más recientes son: The Terror of the Unforeseen (Los Angeles Review of books, 2019), On Critical Pedagogy, 2ª edición (Bloomsbury, 2020); Race, Politics, and Pandemic Pedagogy: Education in a Time of Crisis (Bloomsbury 2021); Pedagogy of Resistance: Against Manufactured Ignorance (Bloomsbury 2022) e Insurrections: Education in the Age of Counter-Revolutionary Politics (Bloomsbury, 2023), y, en coautoría con Anthony DiMaggio, Fascism on Trial: Education and the Possibility of Democracy (Bloomsbury, 2025). Giroux es también miembro de la junta directiva de Truthout.
No puede haber capitalismo sin racismo. (Malcolm X)
Elon Musk no es tanto una aberración como el grotesco subproducto de un orden capitalista que convierte la desigualdad en virtud, la explotación en espectáculo y confunde sus propios fracasos más profundos con sus mayores éxitos. El frenesí mediático en torno a la posibilidad de que Musk se convierta en el primer «billonario» del mundo no es una celebración del progreso humano ni de la iniciativa individual. Es un síntoma de una crisis social y política más profunda, que pone al descubierto el poder del privilegio de clase, las fuerzas corruptoras del capitalismo mafioso y una cultura cada vez más incapaz de distinguir la riqueza del valor, o la explotación del florecimiento humano.
Musk es un síntoma de la podredumbre de un sistema capitalista que genera desigualdades abrumadoras al tiempo que concentra la riqueza y el poder en manos de una minúscula élite cuyas fortunas no dependen simplemente de los mercados, sino de las subvenciones públicas, el trabajo colectivo, las instituciones sociales y los recursos compartidos, todo ello sostenido por una cultura autoritaria animada por la supremacía blanca, el ultranacionalismo y las pasiones movilizadoras de la política fascista, especialmente en la era de Trump. Como sostiene Dan Dinello, Musk se ha convertido en un «avatar del caos, la crueldad y la muerte». Es difícil desestimar esta descripción. ¿De qué otra forma podemos entender su papel como principal esbirro de Trump?
En este caso, el hombre más rico del mundo desempeñó un papel crucial en el cierre y el recorte de la ayuda destinada a la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Sin duda, la USAID encarnaba las contradicciones del poder estadounidense. Aunque financiaba programas sanitarios y humanitarios vitales a nivel mundial, también funcionaba como un instrumento del poder blando de EE. UU., impulsando agendas de desarrollo y acuerdos políticos a menudo alineados con los intereses geopolíticos y económicos estadounidenses. Su historia nos recuerda que el humanitarismo bajo el capitalismo se ha entrelazado con frecuencia con el imperio, moldeado tanto por los imperativos del poder y el beneficio como por las exigencias de la justicia y las necesidades humanas. Sin embargo, reconocer estas contradicciones no minimiza las consecuencias catastróficas del desmantelamiento de la agencia. Las consecuencias han sido casi inimaginables. Becky Ferreira afirma que:
Según los modelos de seguimiento, el colapso de USAID podría haber causado ya 762.000 muertes evitables, 500.000 de las cuales son de niños, mientras que los recortes podrían provocar más de nueve millones de muertes evitables para 2030, según un estudio publicado en febrero de 2026… Además, tras el cierre de USAID, se produjo un rápido aumento de la probabilidad de violencia, de la gravedad de los conflictos y de su letalidad en casi mil regiones administrativas de toda África.
Sin embargo, la mitología que rodea a Musk borra estos cimientos sociales. El multimillonario que se ha hecho a sí mismo se transforma en una figura heroica, mientras que los trabajadores, las inversiones públicas y las instituciones democráticas que hicieron posible su fortuna desaparecen del panorama. Jenni Krithara tiene razón al afirmar que «¡Elon Musk se ha convertido en un símbolo de éxito! Sin embargo, en realidad, no es más que un símbolo de desigualdad y explotación. Ningún multimillonario ha creado por sí solo la riqueza que posee. Detrás de cada imperio empresarial hay trabajadores, infraestructuras públicas, universidades, programas de investigación, recursos naturales y sociedades enteras».
Al mismo tiempo, el ascenso de Musk pone de manifiesto el poder de una cultura y una pedagogía pública que normalizan y ensalzan las enormes desigualdades en materia de riqueza y poder. En una sociedad saturada de mitos sobre el genio emprendedor y el éxito sin límites, las concentraciones extremas de riqueza y poder se legitiman como objetos de admiración en lugar de indignación. El escándalo no radica simplemente en que una sola persona pueda poseer más riqueza que naciones enteras, mientras millones de personas luchan por sobrevivir y se ven relegadas a una pobreza que pone en peligro sus vidas y a la falta de una asistencia sanitaria adecuada.
Como deja claro Thomas Piketty en Capital in the Twenty-First Century, a la gente se le enseña a considerar el grotesco desequilibrio y los asombrosos niveles de desigualdad y poder como algo natural, inevitable e incluso deseable. Aquí está en juego una política que normaliza la injusticia económica, al tiempo que despolitiza cualquier intento de analizarla y de responsabilizar a un sistema y a las personas responsables de difundirla. No es de extrañar que Musk considere la empatía como una amenaza para la ética autoritaria del nacionalismo cristiano blanco y trate la libertad de expresión como un principio prescindible, útil únicamente cuando sirve a los intereses del poder.
En estas condiciones, la desigualdad se convierte en un espectáculo sustentado por una pedagogía pública letal en la que la explotación se rebautiza como logro y la propia democracia se ve amenazada a medida que el poder económico moldea cada vez más la política, el discurso público y la vida cotidiana. La celebración mediática de la riqueza de Musk no es un reportaje inocente. Enseña a la gente a admirar concentraciones de riqueza que las generaciones anteriores habrían considerado obscenas. Transforma la plutocracia en una aspiración y el despojo en un fracaso privado, en lugar de una injusticia pública. En tales condiciones, las cuestiones privadas arraigadas en un discurso sobre las celebridades quedan separadas de los sistemas más amplios de poder y desigualdad que las producen. Sin embargo, para comprender el atractivo de Musk es necesario examinar el espectáculo a través del cual se organiza y legitima su poder.
El espectáculo en la era de Musk ya no funciona simplemente como distracción. Se ha convertido en un modo de gobernanza. Musk entiende que el poder depende menos hoy en día de persuadir a la gente que de ocupar los circuitos de atención a través de los cuales las personas experimentan la realidad misma. El multimillonario ya no es meramente un propietario de capital. Es un ingeniero de la atención, un comisario de las emociones y un arquitecto de la imaginación colectiva.
Lo que Debord denominó en su día la sociedad del espectáculo ha entrado en una nueva fase. El espectáculo ya no se limita a las pantallas de televisión, los mítines políticos o las campañas publicitarias. Ahora está integrado en algoritmos que organizan el deseo, moldean la percepción y premian la indignación. En el universo de Musk, la visibilidad en sí misma se convierte en poder. Cada provocación, teoría de la conspiración, insinuación racista o gesto teatral alimenta una economía de la atención en la que la conmoción desplaza al pensamiento y la notoriedad se vuelve indistinguible de la autoridad.
El espectáculo ya no oculta la dominación. La idealiza. La riqueza se presenta como genialidad, la crueldad como autenticidad y el desmantelamiento de las instituciones democráticas como prueba de valentía. La política se convierte en espectáculo, mientras que la esfera pública se desmorona hasta convertirse en un mercado de emociones organizado en torno al miedo, el resentimiento y el agravio fabricado.
Sin embargo, la riqueza de Musk es inseparable de la política que esta permite. El poder económico a esta escala no se limita a influir en la vida pública; reconfigura las condiciones mismas en las que la democracia puede sobrevivir. La política de Musk intensifica estos peligros. Ha utilizado su inmensa riqueza y su control sobre las plataformas digitales para amplificar teorías conspirativas, atacar instituciones democráticas y prestar apoyo a movimientos de extrema derecha y nacionalistas en Estados Unidos y en el extranjero. Ha adoptado el lenguaje del pánico racial, ha amplificado los discursos antisemitas y nacionalistas blancos, ha promovido cuentas que difunden teorías conspirativas racistas y ha utilizado X para normalizar formas de odio que antes quedaban relegadas a los márgenes políticos. La riqueza a esta escala no es meramente económica. Es política, cultural y pedagógica. Moldea la conciencia pública al tiempo que se sustrae a la rendición de cuentas democrática.
Musk representa algo históricamente nuevo: la fusión de la cultura de las celebridades, el poder algorítmico y la política autoritaria en una sola figura cuya influencia se extiende más allá de las naciones y las instituciones. No es simplemente un capitalista con opiniones políticas. Es un espectáculo en sí mismo, una marca organizada en torno al exceso, la provocación y la puesta en escena de la transgresión. El atractivo de este tipo de figuras no puede entenderse únicamente desde el punto de vista económico. También debe entenderse desde el punto de vista estético.
Susan Sontag sostuvo en su día que la estética fascista transforma la política en un drama embriagador de estilo, ritual e intensidad emocional. El atractivo reside menos en las ideas que en las sensaciones: la emoción del poder, la seducción de la fuerza, el glamur de la transgresión. Musk actualiza esta tradición para la era digital. Se presenta a sí mismo como el multimillonario fuera de la ley, el genio rebelde libre de normas, leyes o responsabilidad democrática. Lo que ofrece a sus seguidores no es meramente una política, sino una experiencia afectiva: el placer de pertenecer a un movimiento que confunde la crueldad con el valor y la dominación con la libertad.
El mayor engaño del espectáculo es que centra la atención en Musk como personalidad, al tiempo que oculta a Musk como artífice de una nueva economía política. Tras las imágenes oscilantes de genio y mártir se esconde un proyecto que no sólo pretende desmantelar partes de la esfera pública, sino reorganizarlas en torno al poder privado: integrando sus empresas en las infraestructuras estatales y militares, debilitando las instituciones encargadas de regularlas y convirtiendo los recursos públicos en motores de riqueza e influencia oligárquicas.
El ascenso de Musk no es un triunfo de la iniciativa individual ni del genio emprendedor. Es el producto de un orden social en el que los recursos públicos, las subvenciones estatales, el trabajo colectivo y las infraestructuras tecnológicas se privatizan y se redirigen hacia el enriquecimiento de una minúscula élite oligárquica. Desprecia el contrato social porque impone obligaciones a la riqueza y límites democráticos al poder. Como señalan Quinn Slobodian y Ben Tarnoff en Muskism: A Guide for the Perplexed, Musk propone, en su lugar, una visión de extrema derecha que fusiona el poder estatal con el control tecnológico, antepone la gobernanza algorítmica a la rendición de cuentas democrática y normaliza la exclusión por motivos raciales como principio del orden social. El proyecto político de Musk promete libertad al tiempo que genera nuevas formas de dependencia, y afirma democratizar la tecnología incluso mientras concentra un poder sin precedentes en manos privadas.
Will Bunch tiene razón al afirmar que Musk ha transformado X en un altavoz global del resentimiento racial y la política nacionalista blanca. Con el pretexto de defender la «libertad de expresión», ha dado protagonismo en repetidas ocasiones a influencers de extrema derecha, ha reactivado cuentas suspendidas por discurso de odio y ha promovido narrativas que presentan a los inmigrantes y a las minorías raciales como amenazas existenciales para la civilización occidental. Justo antes de los disturbios antiinmigrantes de Belfast en 2026, Musk amplificó los llamamientos del agitador de extrema derecha Tommy Robinson para que la gente «saliera a la calle», añadiendo su propia exhortación: «¡¡Sólo protestando REPETIDAMENTE y EN VOZ ALTA habrá algún cambio!!» Las consecuencias fueron inmediatas y aterradoras: ataques contra comunidades de inmigrantes, direcciones de inmigrantes publicadas en Internet y viviendas incendiadas y una cultura online de odio racial legitimada y respaldada por el hombre más rico del mundo.
Zadie Smith ha señalado que la maquinaria propagandística del fascismo se basaba antaño en carteles, radios y megáfonos, instrumentos rudimentarios en comparación con lo que Elon Musk tiene ahora a su disposición. La comparación resulta instructiva. El peligro hoy en día no reside simplemente en los mensajes extremistas, sino en las infraestructuras que los difunden. Los algoritmos premian la indignación, sincronizan las emociones e imponen formas de conformismo que a menudo operan de manera invisible. La maquinaria propagandística ya no grita a los ciudadanos desde la distancia. Vive en sus bolsillos, selecciona sus deseos y organiza silenciosamente sus miedos.
Musk preside precisamente esa maquinaria. X no funciona simplemente como una plataforma de comunicación, sino como un aparato para fabricar atención, resentimiento y pertenencia ideológica. El resultado es una cultura en la que las personas ceden cada vez más la carga del juicio y el pensamiento crítico a los ritmos emocionales del alimentador. El espectáculo se convierte en una forma de organización social, que enseña a los individuos a reaccionar en lugar de reflexionar y a experimentar la vida política como un teatro interminable de indignación y enemigos.
X ya no es meramente una red de comunicación. Se ha convertido en una infraestructura de la política autoritaria, que normaliza el racismo, recompensa la indignación y convierte el resentimiento de los blancos en un espectáculo global de resentimiento y crueldad. El hombre más rico del planeta se ha convertido en uno de los principales artífices de una política basada en el victimismo blanco, según la cual los blancos se encuentran perpetuamente asediados por peligrosos invasores que, casualmente, son negros, morenos e inmigrantes. ¿De qué otra forma se puede explicar su aluvión de publicaciones racistas y su retórica conspirativa, junto con su apoyo a movimientos de extrema derecha antiinmigrantes como «Restore Britain»?
X se ha convertido en uno de los aparatos pedagógicos más poderosos de la era digital, enseñando a millones de personas a equiparar la crueldad con el valor, la jerarquía racial con el sentido común y el odio con la verdad. Lo que se vende como libertad de expresión funciona cada vez más como una maquinaria del deseo autoritario que erosiona los cimientos cívicos y éticos de la vida democrática. El simbolismo que rodea a Musk se ha vuelto cada vez más ominoso. Tras realizar un gesto en un mitin político que fue ampliamente condenado por parecerse a un saludo nazi, Musk respondió a las críticas subsiguientes con burla en lugar de reflexión. El episodio fue revelador porque puso al descubierto una política autoritaria en la que la provocación se convierte en espectáculo, la crueldad en virtud pública y la amnesia histórica en una condición previa para que las ideas fascistas parezcan normales, incluso de sentido común. El fascismo rara vez comienza con campos de concentración o golpes de Estado militares. Comienza con la normalización del desprecio, la trivialización de la violencia y la celebración del poder desligado de toda responsabilidad ética.
La creciente influencia de Musk se ha convertido en una señal de alarma de una nueva forma de gobierno oligárquico en la que la inmensa riqueza, el poder tecnológico y la influencia política convergen para vaciar de contenido la vida democrática desde dentro. El peligro no reside sólo en su apoyo a movimientos de extrema derecha y figuras autoritarias en el extranjero, sino en la extraordinaria capacidad de un solo multimillonario para distorsionar el debate público, desestabilizar las instituciones democráticas y moldear la vida política más allá de las fronteras nacionales. Musk no es el verdadero problema. Es el síntoma. La cuestión más amplia es si puede sobrevivir algún vestigio de democracia cuando la riqueza privada adquiere un poder tan inmenso sobre las instituciones y las culturas que sustentan la vida pública.
El espectáculo del hombre más rico del mundo acumulando una riqueza inimaginable mientras respalda políticas que agravan las divisiones sociales y socavan las normas democráticas pone al descubierto la bancarrota moral de un capitalismo mafioso que premia la acumulación y abandona la responsabilidad social. La política de los billonarios no es simplemente la concentración de la riqueza. Es la concentración del poder, la influencia y la capacidad de moldear las historias que las sociedades cuentan sobre sí mismas.
El peligro más grave no es el propio Musk, sino la cultura que lo ensalza. A los ciudadanos se les enseña cada vez más a aplaudir precisamente a aquellas fuerzas que merman su capacidad de acción y socavan sus protecciones sociales. Se les anima a admirar a quienes los dominan, a confundir la crueldad con la fuerza y a equiparar la democracia con la libertad de los multimillonarios para ejercer un poder sin límites. La política de los billonarios es el punto final de una sociedad habitada por lo que podríamos llamar «muertos vivientes»: ciudadanos políticamente adormecidos y moralmente anestesiados, a quienes se les enseña a aplaudir su propio despojo, a abrazar la soledad como libertad y a aceptar la miseria como el precio de la grandeza.
El primer billonario no es un monumento al logro humano. Es una denuncia de un orden social corrupto que confunde la acumulación con la grandeza, la masculinidad tóxica con el liderazgo y la dominación con el éxito. ¿Acaso es de extrañar que Musk considere la empatía como una debilidad y la libertad de expresión como un principio prescindible? Ambas se interponen en el camino de la política de la crueldad, el nacionalismo blanco y el poder sin control que él defiende cada vez con más ahínco.
Musk es el producto de una cultura que venera la riqueza, confunde el espectáculo con la verdad y, cada vez más, confunde la dominación con la libertad. Representa el surgimiento de una nueva formación autoritaria en la que el capitalismo, las tecnologías digitales y las sensibilidades fascistas convergen de formas sin precedentes. Es el avatar de un orden tecnofascista, una forma actualizada del capitalismo neoliberal de gánsteres en la que el poder estatal, las tecnologías digitales y la riqueza oligárquica convergen para erosionar las instituciones democráticas y remodelar la sociedad en beneficio de una élite depredadora.
El peligro que representa no radica sólo en las políticas que apoya o en los movimientos a los que da voz. Radica en el mundo que ayuda a crear: un mundo en el que los algoritmos sustituyen al juicio, la crueldad se convierte en entretenimiento, el racismo se disfraza de realismo y la democracia se ve vaciada por espectáculos de resentimiento y consentimiento fabricado.
Si Trump encarna la política teatral del autoritarismo, Musk representa su futuro tecnológico. Es el artífice de una nueva maquinaria del espectáculo capaz de moldear la conciencia a escala planetaria. En este sentido, Musk no es simplemente el hombre más rico del mundo. Se encuentra entre los pedagogos públicos más poderosos del siglo XXI, educando a millones de personas en los placeres de la falta de libertad y en la estética del deseo autoritario.
Musk no es una excepción de nuestra época. Es el síntoma más visible de una sociedad en la que la crueldad se celebra como fortaleza, la democracia se ve vaciada por el poder oligárquico y la libertad se reduce a las prerrogativas de los ricos. Esto es más que una sociedad fallida. Es el capitalismo despojado de sus mitos y revelado en todos sus impulsos mafiosos, autoritarios y fascistas.
Foto de portada: Musk haciendo el saludo romano (fascista) en la segunda toma de posesión de Donald Trump antes de decir: «Mi corazón está con vosotros. Gracias a vosotros, el futuro de la civilización está asegurado». (Dominio público)