Réquiem por Estados Unidos el 4 de julio

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 4 julio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.

El neoliberalismo, que se entiende mejor con su término menos edulcorado —«capitalismo salvaje»—, es el veneno que destruyó nuestra democracia. Proporcionó a la clase multimillonaria y a las grandes empresas la cobertura ideológica para empobrecer a la clase trabajadora, imponer una austeridad paralizante, vaciar de contenido a las instituciones democráticas, sobornar a nuestros dos partidos políticos gobernantes y deformar nuestros tribunales hasta convertirlos en apéndices de las grandes empresas y los ricos.

El neoliberalismo empujó a decenas de millones de personas marginadas y desesperadas a los brazos de los fascistas cristianos, que se aprovecharon de su desesperación y les vendieron la fantasía de un Jesús mágico. Los empujó a los brazos de los teóricos de la conspiración y los charlatanes de la derecha. Los llevó por los caminos autodestructivos del alcoholismo y la adicción a los opiáceos, el juego compulsivo, la violencia doméstica y sexual. Estas fueron las consecuencias inevitables del estancamiento personal, la falta de poder y los sentimientos de inutilidad, frustración y profunda desesperación.

El neoliberalismo ignora los gritos de sus víctimas. Desprecia su sufrimiento y su rabia tachándolos de irracionales, ignorantes y racistas. Castra las reformas liberales, convirtiéndolas en medidas cosméticas e inútiles. Los defensores liberales del neoliberalismo, que ya no se preocupan por la justicia económica, se refugian en un activismo de salón. Repiten consignas vacías sobre la diversidad y la corrección política mientras fingen que la implacable guerra de clases, desatada a nivel mundial desde la década de 1970, no existe. Las víctimas de la desindustrialización neoliberal, 30 millones de las cuales perdieron sus puestos de trabajo en EE. UU. a causa de despidos masivos, y son conscientes de que la precariedad de su existencia no preocupa a sus amos neoliberales.

Los comentaristas y políticos de derechas, como Donald Trump, que lanzan insultos groseros, vulgares y llenos de palabrotas contra el establishment neoliberal tradicional, son aclamados por los marginados por desenmascarar la farsa política. Estos demagogos prometen una renovación moral y económica a los traicionados, aunque basada en un pensamiento mágico.

Los neoliberales propagan su propia forma de pensamiento mágico. El neoliberalismo es tan absurdo e infantil como el «Rapto» cristiano y el movimiento «Make America Great Again» (MAGA). Trump miente como respira, pero también lo hacían los presidentes anteriores, incluidos Joe Biden, Barack Obama y Bill Clinton. Trump se entrega a las fantasías, pero ellos también lo hacían. Trump, al igual que sus predecesores demócratas, se enriquece a sí mismo y a su familia, aunque con mucha más ostentación y codicia. Él, como ellos, facilita el saqueo continuo por parte de la clase multimillonaria. Trump es la versión fascista de la estafa neoliberal.

La concentración de la riqueza en manos de una élite oligárquica global —los doce multimillonarios más ricos poseen más riqueza que la mitad más pobre del mundo— tiene por objeto crear una enorme desigualdad de ingresos y un poder monopolístico. Es la antítesis de la igualdad democrática. Está diseñada para alimentar el extremismo político y fomentar las divisiones sociales y culturales. Está diseñada para vaciar de contenido a las instituciones democráticas. La racionalidad económica no es lo que importa. David Harvey denomina al neoliberalismo «acumulación por desposesión».

Como ideología dominante, el neoliberalismo es un éxito rotundo. A partir de la década de 1970, sus críticos keynesianos más destacados fueron marginados o expulsados del mundo académico, de las instituciones estatales y de organizaciones financieras como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Lo mismo ocurrió en los medios de comunicación. A cortesanos serviles y farsantes intelectuales como Milton Friedman o el columnista del New York Times Thomas Friedman se les concedieron plataformas destacadas y generosa financiación corporativa. Difundieron servilmente el mantra oficial de teorías económicas marginales y desacreditadas, popularizadas por Friedrich Hayek y la escritora de tercera categoría Ayn Rand.

Una vez que el país se vio obligado a doblegarse ante los dictados del mercado, una vez que se abolieron las regulaciones gubernamentales, una vez que se recortaron los impuestos a los ricos, una vez que se permitió que el dinero fluyera a través de las fronteras, una vez que se aplastaron los sindicatos y una vez que se firmaron acuerdos comerciales que enviaron puestos de trabajo a talleres clandestinos en México y China, el mundo —así nos lo aseguraban estos farsantes— sería más feliz, más libre y más rico. Fue una estafa. Pero funcionó. Y alimentó la estafa rival de los demagogos y fascistas que surgieron del lodazal moral y político.

Los medios de comunicación tienen gran parte de la culpa. En nombre de la objetividad —que se entiende más bien como neutralidad—, se mantuvieron al margen de la lucha de clases. No investigaron los crecientes abusos de los ricos, las grandes empresas o su clase política comprada y a su servicio. No sacaron a la luz lo absurdo del neoliberalismo. Hicieron invisibles a las víctimas. Al excluirse del debate, los medios de comunicación —un pilar fundamental de cualquier democracia— se neutralizaron a sí mismos. También se convirtieron en objeto de desprecio.

La libertad individual, que el neoliberalismo erige como el bien supremo, y la justicia social no son compatibles. La justicia social, escribe Harvey en «A Brief History of Neoliberalism», requiere solidaridad social y «la voluntad de subordinar los deseos, las necesidades y las aspiraciones individuales a la causa de una lucha más general, por ejemplo, por la igualdad social y la justicia medioambiental». La retórica neoliberal es capaz de «separar el libertarismo, la política identitaria, el multiculturalismo y, en última instancia, el consumismo narcisista de las fuerzas sociales que luchan por la justicia social mediante la conquista del poder estatal».

El neoliberalismo, como escribe Ece Temelkuran en «How to Lose a Country – The 7 Steps from Democracy to Fascism», destierra la moralidad de la vida pública. La aísla en el espacio privado del individuo. La encierra en «el corral de la religión», mientras que la religión es «recortada y adaptada a ‘espiritualidades’ compatibles con el mercado». La justicia y la misericordia ya no son conceptos compartidos. La moralidad personal y la pública quedan separadas. ¿Cómo —se pregunta— «podemos convencer a la gente de que no cometa actos malvados en aquellos ámbitos de la vida pública en los que no hay fuerzas del orden?»

«Los seres humanos —escribe ella— son incapaces de funcionar y convivir sin una buena historia que los una y mantenga intacto un determinado conjunto de valores. Por eso, la falta de una historia en el neoliberalismo, la falta de sentido y de causa, puede resultar insoportable para la mente humana. Dado que los seres humanos se ven obligados a vivir en un estado de leve antipatía —una dosis aceptable de antipatía que resulta crucial para el sistema neoliberal—, necesitan constantemente una causa, un punto de referencia central que les sirva para orientarse en relación con lo que es bueno y lo que es malo. El vacío ético del neoliberalismo, su desprecio por el hecho de que la naturaleza humana necesita sentido y busca desesperadamente razones para vivir, crea un terreno fértil para la invención de causas, y a veces de las más infundadas o superficiales».

Karl Polanyi, en «The Great Transformation», distingue entre libertades malas y libertades buenas. Las libertades malas son sacrosantas bajo el neoliberalismo. Permiten a los poderosos explotar a los trabajadores y al mundo natural hasta el agotamiento o el colapso. Las empresas farmacéuticas y sanitarias, por ejemplo, ponen en peligro la vida de quienes no pueden permitirse sus precios exorbitantes. La industria de los combustibles fósiles nos está llevando hacia la extinción.

Las buenas libertades —la libertad de conciencia, la libertad de expresión, la libertad de reunión, la libertad de asociación, la libertad de elegir el propio trabajo— son sofocadas por las malas libertades. La libertad de la mayoría se transforma en la libertad de unos pocos. El resultado es el fascismo.

El fascismo recurre a instrumentos contundentes como el miedo, la intimidación y la violencia para frenar el creciente malestar. Divide al país en facciones enfrentadas: los patriotas contra los enemigos del Estado. Anula los valores compartidos. Defiende la crueldad de la hipermasculinidad. A quienes disienten se les tacha de terroristas internos. Se suprimen las libertades civiles en nombre de la seguridad nacional.

Las condenas de entre 30 y 100 años impuestas a ocho manifestantes contra el ICE en Texas, a quienes se describió en el juicio como una «célula terrorista antifa», se están normalizando. Un noveno acusado, David Rolando Sánchez Estrada, no estuvo presente en la manifestación, pero fue condenado a 30 años tras ser declarado culpable de ocultar documentos al trasladar una caja con fanzines políticos y otros materiales. Un segundo grupo de acusados en el caso más amplio de Prairieland fue condenado el 1 de julio. Seis de ellos, que aceptaron acuerdos de declaración de culpabilidad, recibieron penas de prisión que oscilan entre casi dos años y 15 años, mientras que Inés Soto, que rechazó el acuerdo y se sometió a juicio, fue condenada a 50 años.

La equiparación de la desobediencia civil con el terrorismo es habitual en países como Turquía, Rusia y la India. Y se está afianzando en Europa. Un juez británico, en una sentencia que refleja lo ocurrido en Texas, condenó recientemente a cuatro miembros de Palestine Action por terrorismo, enviándolos a prisión por un período de entre cinco y nueve años, a pesar de que no se les había acusado ni condenado por delitos de terrorismo.

No importa si Donald Trump, Recep Tayyip Erdoğan, Narendra Modi, Vladimir Putin o Nigel Farage desaparecen. Las decenas de millones de personas «animadas por su mensaje seguirán ahí y seguirán dispuestas a actuar siguiendo las órdenes de una figura similar», escribe Temelkuran. «Y, por desgracia, como hemos experimentado en Turquía de una forma muy destructiva, aunque estés decidido a mantenerte al margen del mundo de la política, los secuaces te encontrarán, incluso en tu propio espacio personal, armados con su propio conjunto de valores y dispuestos a dar caza a cualquiera que no se parezca a ellos».

Nuestro país, tal y como lo conocíamos, ya no existe. Ha sido destruido metódicamente por estafadores neoliberales. Las instituciones y las protecciones legales que antes nos amparaban frente a la tiranía ya no funcionan. Quienes defienden una sociedad abierta son huérfanos, difamados como traidores, vilipendiados como la «izquierda radical». Lamento lo que hemos perdido. Lamento lo que estamos a punto de perder. Este aislamiento social pronto se convertirá en aislamiento físico. Seremos criminalizados o empujados al exilio.

Trump y su camarilla fascista, encarnada por multimillonarios como Peter Thiel y Elon Musk, están construyendo un Estado mafioso. Una nación de gánsteres y víctimas. Una nación en la que sólo ellos tienen libertad ilimitada para saquear y explotar. Una nación en la que el Gobierno está privatizado. Una nación en la que estamos esclavizados por la tecnología corporativa. Una nación en la que no tenemos cabida.

Debemos señalar a nuestros enemigos este 4 de julio. Son los fascistas que se han hecho con el poder. Y son aquellos que, vendiéndonos la estafa del neoliberalismo, los han puesto ahí.

Ilustración de portada: Pan en vez de balas (por Mr. Fish).

Voces del Mundo

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