¿Qué ocurre «cuando el mundo duerme»? (con Francesca Albanese)

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 8 julio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.

(Esta entrevista está asimismo disponible en plataformas de podcasts y en Rumble)

Transcripción:

Chris Hedges: Francesca Albanese, relatora especial para los Territorios Palestinos Ocupados  —que comprenden Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este— de las Naciones Unidas, es una de las voces más valientes contra el genocidio que se está cometiendo en Gaza y la represión salvaje que sufren los palestinos en Cisjordania. Sus detallados informes para la ONU han sido análisis intrépidos de la maquinaria del apartheid y el genocidio, así como del desprecio de Israel por el derecho internacional humanitario. Ha sido objeto de ataques despiadados. La administración Trump ordenó al Departamento del Tesoro de EE. UU. que la clasificara como «ciudadana especialmente designada», aislándola del sistema financiero mundial e impidiendo que cualquier ciudadano o empresa estadounidense mantuviera relaciones con ella. Todos sus activos en EE. UU. han sido congelados. No puede realizar transacciones financieras habituales. Ha pagado y está pagando un alto precio por su valentía y su honestidad.

Su libro, «When the World Sleeps: Stories, Words, and Wounds of Palestine» (Cuando el mundo duerme: historias, palabras y heridas de Palestina), da voz a los palestinos —a muchos de los cuales conoce— y a otras personas a lo largo de diez breves capítulos para poner de manifiesto el coste humano de la ocupación israelí y la matanza masiva. Se inspira en su propia experiencia viviendo en Palestina, tejiendo sus capítulos en torno a personas que dan un rostro humano al sufrimiento. Entre ellas se encuentran Malak Mattar, una artista que huyó de Gaza a Egipto y que sufre una culpa tremenda por aquellos a quienes dejó atrás, así como Eyal Weizman, quien le abrió los ojos a la «política vertical» de Israel: el uso tridimensional del espacio físico que emplea Israel para controlar el espacio aéreo y el subsuelo, además de las fronteras horizontales. Critica duramente a la prensa occidental y a los diplomáticos de todo el mundo por crear una falsa sensación de equivalencia en el conflicto, como si los palestinos estuvieran en pie de igualdad con sus ocupantes. Los palestinos no disponen de fuerza aérea, armas pesadas, unidades mecanizadas ni armada, ni tampoco de miles de millones en ayuda militar procedente de Estados Unidos y de los aliados europeos de Israel. No pueden contrarrestar estructuralmente el control de los israelíes, su movimiento y acceso a la tierra, el aire y el agua, ni el flujo de bienes esenciales para mantener una calidad de vida mínima.

«Utilizar palabras como ‘guerra’ y ‘conflicto’ enmascara la verdad. Presenta una versión falsa de la realidad. El sistema de apartheid y el genocidio de Israel no pueden detenerse hasta que se reconozcan y se comprendan», escribe. Esto requiere no sólo conocimiento, sino también empatía. Afortunadamente, ella está dotada de ambas cosas. Me acompaña para hablar de su nuevo libro, «While the World Sleeps», Francesca Albanese.

Francesca, quiero empezar con el caso del doctor Hussam Abu Safiya. Lleva dieciocho meses encarcelado por los israelíes desde el 27 de diciembre de 2024. Era el director del hospital de Gaza. Y nos llegan noticias muy inquietantes de su abogado, Nasser Odeh. Lo han trasladado a esa prisión subterránea, Rakefet, que antes estaba cerrada y que Ben Gvir ha reabierto. No tiene luz. Es un centro de detención de condiciones muy duras. Y cuando el Dr. Abu Safiya llegó para la visita de su abogado, estaba esposado, con grilletes en las manos y en las piernas, acompañado de guardias de prisión enmascarados, y su abogado observó hematomas recientes y graves en su cuerpo, especialmente en la cabeza, alrededor de los ojos, las orejas y el cuello. Los abogados afirmaron que costaba reconocerlo.

Le costaba respirar. Le costaba hablar. Parecía extremadamente débil. Estaba aterrorizado. Se encontraba en un estado de gran angustia. No podía expresarse por miedo, según dijo, a las represalias. Y le contó a su abogado que, tras la vista celebrada el 10 de junio de 2026, relativa al recurso ante el Tribunal Supremo contra la prórroga de su orden de encarcelamiento, cuatro o cinco guardias de prisiones entraron en su celda y le golpearon por todo el cuerpo con un martillo y porras. Y, básicamente, ha sufrido violencia a diario, ha perdido el conocimiento varias veces y, como escribes en el libro, no es la primera vez que mueren médicos en las cárceles israelíes. Sucedió con el doctor Adnan al-Bursh, cirujano y jefe de ortopedia en Al Shifa, tras sufrir graves torturas, quizá incluso de carácter sexual. También con el doctor Iyad Rantisi, director de la unidad de maternidad del Hospital Kamal Adwan.

Sólo quiero referirme a este tipo de casos tan urgentes. Su abogado, Médicos por los Derechos Humanos, Amnistía Internacional y otras organizaciones afirman en estos momentos que su vida corre peligro. Y creo que, de hecho, le dijo a su abogado en el juicio que esa sería la última vez, que estaba acabado, creo, o algo por el estilo.

Francesca Albanese: Muchas gracias, Chris, por invitarme. La situación del doctor Abu Safiya es extremadamente, extremadamente grave, extremadamente dolorosa. Le dijo a su abogado que no cree que vaya a sobrevivir. Imagina lo doloroso que es para un hombre que ha sido detenido ilegalmente, que permanece recluido sin cargos, sin juicio, que ha recibido palizas brutales y presenta signos de tortura, como has dicho. No hace falta que lo repita. Pero ayer recibí este mensaje de su familia. Me suplicaban que hiciera algo por su ser querido. Y la sensación de impotencia es increíble.

Así pues, hay tres aspectos que hay que tener en cuenta. Uno es el hecho de que se trata de un médico muy respetado que ha resultado herido y que ha sobrevivido a la pérdida de uno de sus hijos. Su hijo fue asesinado durante este genocidio. Y, a pesar de ello, volvió al trabajo y se quedó allí. Se quedó en un hospital sitiado. Dijo: «No puedo abandonar a mis pacientes». Tuvo que rendirse al ejército israelí para evitar que el hospital fuera asaltado. En cualquier caso, los pacientes fueron desplazados de todos modos. Y, por lo tanto, lo que le han hecho a este hombre es increíble.

Lleva ya 18 meses detenido y no hay ningún cargo en su contra, y hay pruebas y evidencias visibles de graves abusos. Ha perdido la mitad de su peso. Está demacrado. Presenta signos visibles de hematomas. Parece aterrorizado y es médico. Esto forma parte de un ataque continuo e implacable que Israel ha llevado a cabo contra el personal sanitario y las instalaciones médicas, que han quedado reducidas a la nada, lo cual es también una forma de garantizar que, sea cual sea la herida, la enfermedad o el mal que padezcan los palestinos atrapados en la pesadilla de Gaza, no puedan curarse.

El segundo aspecto es la tortura, ampliamente documentada. He informado junto con otra relatora especial —que ya recibió una notificación en enero de 2024—, la relatora especial sobre la violencia contra las mujeres, Reem Alsalem, sobre actos de violencia grave, abusos y violaciones contra reclusas. Así pues, lo denunciamos y, posteriormente, han surgido denuncias de Piccati, Médicos por los Derechos Humanos, B’Tselem, así como múltiples informes que denuncian la tortura y la red de centros de tortura en los que se habían convertido las prisiones israelíes. Posteriormente, en 2025, el Comité contra la Tortura documentó el recurso a la tortura como política de Estado. Yo misma he documentado casos de tortura después de que la comisión sobre Israel y Palestina también denunciara la tortura como un acto de genocidio.

No hay la más mínima duda de que la tortura existe y, ante esto —y este es el tercer elemento—, lo que resulta impactante es la sensación de impunidad de la que Israel sigue disfrutando. Porque, ya sabes, es absolutamente normal que se llevara a cabo una enorme campaña para traer a casa a los rehenes israelíes. Simplemente me pregunto por qué existe una empatía selectiva y no hay ninguna campaña para traer a casa a los rehenes palestinos como el Dr. Abu Safiya. Y hay 10.000 personas detenidas por Israel, que mantiene una ocupación ilegal. Esto pone de manifiesto la decadencia moral de los líderes mundiales, así como el hecho de que muchos de nosotros disfrutemos del verano con indiferencia.

Chris Hedges: Esto lo has recogido en tu libro: «La tortura y el asesinato de casi mil profesionales sanitarios es un componente clave de la destrucción del sistema sanitario». Estás citando a una de las personas sobre las que escribes en el libro, Hassan. El hospital Al Shifa puede reconstruirse en un par de años. Se tardó doce años en formar a un médico. Se refiere al doctor Adnan Albursh, que probablemente fue torturado hasta la muerte. Teniendo en cuenta los principales especialistas médicos que Gaza necesita con urgencia, se puede decir que, de los cinco patólogos que había antes del 7 de octubre, sólo dos siguen con vida. En Gaza no hay médicos cualificados para realizar cirugías de urgencia. Y luego hablas de que un profesional sanitario en Gaza tiene dos veces y media más probabilidades de ser asesinado que cualquier otra persona. Sólo quiero insistir en eso. ¿No tiene Israel detenidos a dieciocho cirujanos palestinos? Esa cifra puede variar o cambiar, pero creo que es más o menos esa. Sólo quiero hablar de la barbarie dirigida contra los trabajadores sanitarios que no portan armas, quienes, según el derecho internacional y la Convención de Ginebra, están completamente exentos de ser tratados como combatientes.

Francesca Albanese: Israel ha difuminado la distinción entre civiles y combatientes una y otra vez durante su ocupación. Son casi 60 años de ocupación de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este. Sin embargo, lo que ha hecho en los últimos 1.005, 1.007 días es un «camuflaje humanitario». Israel ha utilizado las categorías del derecho internacional humanitario y las ha tergiversado. Así pues, para presentar un discurso más convincente a nivel internacional y reducir las críticas, ha acusado a todo el mundo, a todos los habitantes de Gaza, de ser de Hamás, de ser terroristas o cómplices de terroristas. Y dos médicos estaban «protegiendo a Hamás». Los hospitales eran, supuestamente, cuarteles generales de Hamás. Quiero decir que quizá recuerdes, y que el público recuerde, que el vídeo que se difundió simulando la presencia de un cuartel general de Hamás construido bajo tierra, debajo del hospital Al-Shifa, era una mentira. Quizá recuerden a los generales israelíes señalando el calendario de ataques de Hamás —que, de hecho, era un turno médico— simplemente porque estaba escrito en árabe, por lo que resultaba fácil convencer a la audiencia de que se trataba de un plan de Hamás hallado en un hospital. Así es como Israel ha convencido a personas ignorantes, o con una predisposición natural al sesgo, de que cualquier médico podría ser un terrorista en potencia y, por lo tanto, merecedor de ser castigado, arrestado, detenido o asesinado, torturado, lo que sea. Por lo tanto, no hay civiles inocentes, tal y como han afirmado muchos líderes israelíes.

Y, por ello, se debía considerar a todo el mundo culpable hasta que se demostrara su inocencia. Esta ha sido siempre la norma. Pero han sufrido un trato que incluye ejecuciones extrajudiciales y tortura y, de nuevo, esto supone un incumplimiento del sistema jurídico humanitario internacional, que se basa en la distinción entre civiles y combatientes, entre bienes de carácter civil y personal militar. Así que sí, tienes razón cuando dices: «Pero ¿no están protegidos el personal médico, los trabajadores sanitarios y los hospitales por el derecho internacional humanitario?». Sin duda, y por dos razones: en primer lugar, porque son civiles y, en segundo lugar, porque desempeñan una función increíblemente importante y vital en una situación de hostilidades, ayudando a seguir prestando asistencia médica. Pero precisamente por eso Israel ha atacado el sistema sanitario. Por eso Israel ha asesinado y torturado —me refiero a más de mil miembros del personal médico— para asegurarse de que la población de Gaza no tenga ningún recurso ni apoyo médico.

Esto es parte integrante del genocidio. Lo que me parece, sin embargo, increíblemente inquietante es el hecho de cómo —y, de nuevo, ahora mismo estoy investigando mientras hablo— es el papel de los medios de comunicación. Ayer compartí un vídeo de la BBC en el que se hablaba del doctor Abu Safiya. Era un vídeo de dos o tres minutos. Y lo peor es que, en lugar de hablar de la tortura, de lo maltratado que parece el médico, del hecho de que lleve 18 meses detenido sin cargos y de que él mismo exprese su miedo a que lo maten, a que lo hayan llevado a esos lugares oscuros, a esa mazmorra, para asesinarlo, el periodista de la BBC no deja de repetir una y otra vez: «He puesto en duda su condición de seguidor de Hamás». Esa es la cuestión. El público occidental ni siquiera tiene la oportunidad de comprender lo que está sucediendo porque los medios tradicionales, en lugar de analizar la situación, han amplificado la narrativa israelí. Esto no es periodismo. Es complicidad, complicidad con la propaganda genocida.

Chris Hedges: Eso ha sido así desde el principio. Israel empezó a atacar hospitales y, al mismo tiempo, a negar su responsabilidad, aunque ahora sabemos, a raíz del genocidio, que esa fue la política israelí desde el principio: erradicar el sistema sanitario, y la prensa se limitó a reproducir obedientemente esas mentiras. También debemos dejar claro que los únicos periodistas sobre el terreno en Gaza eran palestinos, de los cuales más de doscientos cincuenta han sido asesinados, muchos de ellos —quizá la mayoría— en asesinatos selectivos. Así que, quiero decir, tú titulas tu libro «Mientras el mundo duerme». Por desgracia, gran parte del mundo, sin duda el mundo occidental, incluidos los medios de comunicación, no durmió en absoluto. Fueron cómplices a todas luces.

Francesca Albanese: Sí, absolutamente. Creo que, al igual que en cualquier genocidio, y animando sinceramente a quienes sienten tanta compasión por Israel a raíz del Holocausto, les animo de verdad a que vayan y lean realmente qué fue el Holocausto y cómo se trataba al pueblo judío antes del Holocausto e incluso después de él, porque ha habido —quiero decir, desde los años 60— una gran manipulación de la memoria del Holocausto al servicio de la agenda sionista. Pero el pueblo judío también sufrió una denigración transnacional por parte de los medios de comunicación de la época. Y esto es, en cierto modo, muy similar a lo que les está ocurriendo a los palestinos, con el elemento añadido de que en 2026 contamos con un marco jurídico que debería haber evitado ciertos fenómenos de decadencia y colapso moral a la luz de lo ocurrido en el pasado. Y cuando digo «nosotros», me refiero al llamado Occidente. Sin duda, los medios de comunicación han amplificado la narrativa israelí y han contribuido a presentar a los palestinos como parte del problema que hay que erradicar.

La palabra «dormir» forma parte de la indiferencia, forma parte de la falta de conocimiento, pero incluso aquellos que saben, incluso aquellos que ven, parecen estar paralizados y parecen no comprender que este momento de despertar exige acción, exige cambio, cambio en todas las esferas de la vida. No podemos seguir siendo los mismos en tiempos de genocidio. Esto es lo único que no dejo de repetir una y otra vez: que hay esperanza de cambio. Y detendremos este genocidio en el momento en que incluso aquellos que han despertado sean capaces de vincular ese despertar con un sentido de la acción y la responsabilidad.

Chris Hedges: Escribes en el libro, creo que con razón, que el genocidio en Gaza ha puesto de manifiesto, en cierto modo, un nuevo y aterrador orden mundial, uno que muestra un desprecio absoluto por el Estado de derecho. Escribes: «La crisis en Gaza es un síntoma de una crisis global». Cada vez pienso más a menudo que todo esto, aunque inevitablemente infunda miedo, debe infundirnos valor. El sistema que reprime a los palestinos —una alianza bien consolidada entre Israel y todos los demás Estados cuyas élites le garantizan la impunidad de la que siempre ha disfrutado— es el mismo al que pertenecemos. Es el sistema que decide por nosotros sobre cuestiones cruciales para nuestras vidas sin escucharnos ni representarnos. Es el sistema que transforma los empleos seguros en trabajos a tiempo parcial y temporales, los derechos en privilegios que nos alejan unos de otros, haciéndonos a todos más frágiles e inseguros, que considera la solidaridad un acto subversivo y la empatía una forma de disfunción mental y social». De hecho, hablas de que, para ti, Palestina fue la pastilla roja en Matrix. Háblanos de eso o sitúa a Palestina y el genocidio en ese contexto global.

Francesca Albanese: Sí, creo que quienes hayan leído el libro…, y también me gustaría decir unas palabras sobre lo difícil que ha sido conseguir que este libro llegara a los lectores estadounidenses, porque ha habido una gran presión en contra por parte de los grupos de apoyo proisraelíes. Ya te imaginas por qué. Sí, para mí, Palestina ha sido una revelación. No es que, de repente, nos hayamos despertado en un mundo dominado por Estados Unidos; especialmente en el mundo del que formamos parte a nivel político, militar y estratégico, donde Estados Unidos es la figura dominante. E Israel es una especie de extensión de eso en Oriente Medio. Es una extensión del poder y la supremacía occidentales. Sé que a los israelíes no les gusta, pero también creo que no se dan cuenta de hasta qué punto están siendo instrumentalizados por intereses que están por encima de todos nosotros. Tendemos a pensar en los Estados como los responsables últimos de la toma de decisiones. Lo pensamos en las democracias. Lo pensamos en las dictaduras. Pero, de hecho, no creo que los Estados sean quienes toman las decisiones. Hoy en día, más que antes, más que hace unas décadas, los Estados responden a ciertos intereses —económicos, militares y financieros— que están vinculados a los principales detentadores del poder en este mundo. Me refiero a que hay cifras. Lo que digo puede sonar a teorías de la conspiración para quienes quizá no conozcan lo suficiente la desigualdad que existe en el mundo. El Instituto Thomas Piketty, en su informe más reciente sobre la desigualdad, menciona estos datos, que me parecieron impactantes, asombrosos: el hecho de que la mitad de la población mundial posea en total un tercio de la riqueza que poseen 50.000 personas en todo el mundo. Repito: 50.000 personas en todo el mundo poseen el triple de la riqueza que posee la mitad de la población mundial. ¿Cómo es posible? ¿Quiénes son? Está claro que no son simplemente personas como tú y como yo. Son quienes controlan los centros de poder. Y son aquellos vinculados a la industria extractiva para el control de los recursos naturales, aquellos vinculados al uso de la fuerza, el poder militar y la vigilancia, y aquellos vinculados a las transacciones financieras, las empresas, los bancos y los fondos de pensiones. Así pues, estos son los principales poderes, entre los que destacan ciertas empresas, como las farmacéuticas, que tienen más influencia que otras, o las relacionadas con el turismo, por ejemplo. Sin embargo, este es el poder intelectual de esas 50.000 personas.

Y hoy en día están también las grandes empresas tecnológicas. Están por encima de la ley. Quiero decir que, cuando intentas demandar a esas empresas, te ves inundado de problemas, de dificultades, de más cuestiones legales, de más litigios. Y, por lo tanto, es imposible hacerles frente. Palestina ha puesto al descubierto este orden mundial. Palestina ha sido el epicentro de todo ello porque —esta es la razón por la que fui sancionada por aquel informe: «From Economy of Occupation to Economy of Genocide (De la economía de la ocupación a la economía del genocidio)», del que hablamos a principios del año pasado, Chris—. Pero, de nuevo, al explicar al mundo que, mientras la economía de muchas familias e individuos israelíes se derrumbaba, la bolsa de Tel Aviv subía, se disparaba, duplicaba y triplicaba su valor ha sido una revelación. Así pues, había alguien que se lucraba con el genocidio, y se trata de Palantir y empresas similares, de Lockheed Martin y empresas similares, de la industria militar, no sólo la israelí y la estadounidense, sino todas ellas conectadas entre sí. Y como todos estamos conectados —esta es la segunda y última parte de la historia—, formamos parte de ello. Formamos parte de ella como consumidores. Formamos parte de ella como productores, porque ya sabes con cuántos sindicalistas o trabajadores he estado hablando durante los últimos dos años. Ya sabes con cuántos consumidores he estado hablando y todos dicen lo mismo: «Ya sabes lo difícil que es salir de este mercado. Sabes que nos gustaría no trabajar para esta empresa, que, por ejemplo, en Italia está vinculada a la industria militar, como Leonardo», pero tienen miedo de perder su trabajo. Se dan cuenta de que su vulnerabilidad forma parte del sistema porque tienen que elegir entre fabricar armas que se utilizan para matar a niños y no trabajar en absoluto. Pero esto significa que formamos parte de ello o que estamos viendo grupos de población que no son más que víctimas sacrificiales. Son entidades sacrificables, seres sacrificables, y probablemente podamos cambiar este orden. Esto es otro aspecto de lo que nos está diciendo Palestina. Mediante el boicot y la retirada de inversiones, podemos romper los lazos del sistema y, mediante las sanciones, podemos poner fin a la complicidad con Israel. Pero esto requiere un compromiso individual.

Chris Hedges: Y debo decir que estuve en Italia contigo el pasado noviembre, para unirme a los trabajadores portuarios, que se han negado a cargar armas en barcos israelíes. Creo que tanto tú como yo pensamos que ahí es donde deberíamos centrar toda nuestra energía, en ese tipo de bloqueo del sistema. La gente puede ver un documental de una hora sobre el tema titulado «Resistance 101».

Escribes en el libro que, cuando estudiabas en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos, descubriste dos cosas fundamentales. La primera fue que Palestina podía y debía abordarse como una cuestión jurídica de ilegalidad institucional y sistemática prolongada, y no simplemente como una cuestión política con reivindicaciones opuestas. La segunda cosa que dijiste que descubriste fue «el encuentro con bufetes de abogados influenciados por la teoría crítica de la raza, una forma de entender el derecho desde una perspectiva crítica y descolonial, enmarcándolo en la evolución histórica no necesariamente escrita por los vencedores, sino observada desde la perspectiva de las personas que, hasta hace poco, han estado sometidas al derecho internacional tal y como lo han formulado, sobre todo, los países occidentales». Quiero hablar de las sanciones impuestas a tu libro, pero, si puedes, aborda primero esos dos puntos.

Francesca Albanese: Por supuesto. E incluso en este sentido creo que Palestina personifica lo que ocurre, digamos, en la parte más desfavorecida del mundo, las antiguas colonias, pueblos cuya identidad indígena se ha considerado una carga, casi un delito a ojos del colonizador. Palestina se encuentra entre ellos. Y a los palestinos siempre se les ha presentado como potenciales salvajes en los medios de comunicación occidentales, por ejemplo. Cuando pienso en los medios occidentales, siempre son ellos a quienes se tacha de bárbaros o se les asocia con la violencia. Quiero decir que el discurso sobre los árabes y los musulmanes es tan cruel y violento que me pregunto: «¿Cómo es posible que no atemos cabos y entendamos que así es como hablábamos del pueblo judío hace 100 años?». Y probablemente menos aún, porque sigue habiendo antisemitismo y deberíamos hablar del antisemitismo real en lugar de la paranoia del apartheid israelí y su manipulación del significado del antisemitismo. Sin embargo, creo que, durante mucho tiempo, incluso por parte de quienes tienen buenas intenciones, se ha planteado y presentado a los palestinos como una cuestión humanitaria que hay que gestionar, en lugar de como una cuestión política crítica que debe resolverse de acuerdo con el derecho internacional. Por ejemplo, ahora la Corte Internacional de Justicia —es decir, existe un tribunal internacional— se ha pronunciado sobre el hecho de que la ocupación es ilegal. Por lo tanto, debe desmantelarse total e incondicionalmente. El plazo era septiembre de 2025. Nadie habla de ello, pero por eso digo que el derecho internacional ya ofrece una hoja de ruta, una salida a este atolladero. Y, en cambio, la situación sigue abordándose como si se tratara de una emergencia humanitaria tras un terremoto o una inundación.

Creo que esto forma parte del problema, que también está íntimamente relacionado con lo que ha fallado dentro de las Naciones Unidas. Sin embargo, el derecho internacional se ha utilizado a menudo como parte del problema, porque recuerdo que hace quince años era impensable considerar la ocupación como una iniciativa totalmente ilegal. Incluso quienes eran progresistas en aquel entonces solían referirse a la legalidad de la ocupación señalando que la ocupación israelí violaba tal o cual disposición del derecho internacional humanitario; por ejemplo, el maltrato a los detenidos o las prácticas abusivas que conducían a la demolición de viviendas, en particular las demoliciones punitivas. Se criticaba la ocupación por sus excesos, pero no ontológicamente, no en su totalidad, lo cual hoy en día es habitual. Y creo que se debe a que, por fin, se ha producido un cambio; espero, como relatora especial, haber contribuido a ese esfuerzo, pero se ha pasado de un enfoque centrado en los síntomas a considerar el fenómeno global de la legalidad de la ocupación. Los estudios críticos han desempeñado un papel enorme y están impulsados principalmente por académicos de la mayoría global, de Sudáfrica, de Kenia, de Nigeria, de Palestina, por los propios académicos indígenas, de Australia, Canadá, Estados Unidos o Asia. Y esto es maravilloso. Creo que nos ha ayudado a progresar como juristas. Pero, claro que sigue habiendo mucha actitud condescendiente y mucho chovinismo en los estudios jurídicos, al igual que en muchas otras disciplinas.

Chris Hedges: Hablemos, pues, de lo que ha ocurrido con el libro. Pero empecemos por las sanciones en general. Te impusieron sanciones, como mencioné en la introducción. Ganaste un juicio que las anuló, y luego la administración Trump te las volvió a imponer. Y, por supuesto, eso ha afectado —quiero decir, puedes hablar de ese proceso—a tu capacidad incluso para publicar y difundir este libro.

Francesca Albanese: En cierto modo, sí, sin duda, porque las sanciones… Quiero decir, me gustaría que la gente se tomara un momento para reflexionar sobre lo que significa la libertad de expresión. Porque aquí nos encontramos fuera de la lógica de un debate democrático. En el momento en que se impide hablar a alguien con quien no se está de acuerdo, esto ya no es un espacio liberal. Tú y yo no tenemos por qué estar de acuerdo. La gente puede estar en desacuerdo conmigo, pero yo siempre protegeré el derecho a expresarse de quienes piensan de forma diferente a mí, porque esa es la esencia de un espacio democrático. Esa es la esencia de la protección de la libertad de expresión. Más aún, gozo de protección como funcionaria de las Naciones Unidas —que, por si alguien se lo pregunta, es un cargo que desempeño de forma voluntaria y pro bono— y como persona protegida en virtud de la Convención sobre Privilegios e Inmunidades. Por lo tanto, no debería sufrir consecuencias por las palabras pronunciadas ni por las acciones llevadas a cabo en el ejercicio de mi mandato. En cambio, se me han impuesto sanciones muy severas, del tipo de las que normalmente se aplican en Estados Unidos contra traficantes de drogas o dictadores, y esta vez para sancionarme a mí, a los jueces y fiscales de la Corte Penal Internacional que han investigado los crímenes de Israel y a las organizaciones palestinas de derechos humanos que han aportado pruebas para esos juicios. Así pues, como ves, también existe este intento de manipular las pruebas y asfixiar el sistema de justicia internacional que Estados Unidos ayudó a crear con el juicio de Núremberg y tras el mismo. Es un círculo vicioso. Y debido a ello, las personas en EE. UU. no pueden mantener interacciones financieras de ningún tipo conmigo; incluso ofrecerme un vaso de agua constituye un delito grave, lo que supone hasta 20 años de cárcel y multas de hasta 1.000 dólares para quienes sean sorprendidos proporcionándome una ventaja económica.

Así pues, incluso mi editorial, Other Press, se ha enfrentado a una enorme presión. Tuvieron que contratar a un abogado para encontrar la forma de publicar el libro porque a Judith Gurewich, a quien le gustó mucho el libro, fue la primera en ofrecerse a traducir el libro, que ahora está disponible en 60 países y en 20 idiomas. Pero la versión en inglés debería haber sido la primera en salir a la venta, tanto en EE. UU. como en Australia y en el Reino Unido. Sin embargo, aparte del proceso más largo que supone la publicación en EE. UU., ha habido una enorme oposición para impedir que mi libro se publicara y distribuyera. Así que dije: «Mirad, no me importa. No necesito reclamar los derechos de autora de esto, ya que estoy sancionada. No quiero que la editorial se meta en problemas. Quiero que la gente lea este libro». Así que encontramos una forma de que yo siguiera trabajando, por así decirlo, de forma desinteresada, incluso como escritora, y dije: «No importa. Sigo queriendo que se lea el libro». Y este fue el único acuerdo al que pudimos llegar para que «When the World Sleeps» estuviera disponible en las librerías estadounidenses.

Una cosa es que ni las Naciones Unidas ni ningún otro Estado —y desde luego no Italia— encontraron el valor para presentarse ante la Corte Internacional de Justicia y presentar una demanda contra EE. UU. por violación de los privilegios e inmunidades de una persona de la ONU. Mi hija de 13 años y mi marido, que trabaja para una organización con sede en EE. UU., se ven claramente afectados de forma directa por el hecho de que mis activos en EE. UU… Somos propietarios de un pequeño piso en EE. UU., donde nació mi hija. Nos lo han quitado. Me cerraron la cuenta bancaria y no he podido abrir otra en ningún otro sitio. Por lo tanto, no puedo cobrar mi salario. No me reembolsan ni siquiera los gastos médicos. Y ni siquiera mi seguro privado me reembolsa ya. Ya sabes, es una situación muy dura y, como afecta a toda mi familia, han recurrido a la justicia. Así pues, dado que las Naciones Unidas ni siquiera me dieron la oportunidad de defenderme ante los tribunales, mi hija de 13 años ha demandado al presidente Trump, al secretario de Estado Rubio y a otras personas implicadas en la sanción. En primera instancia, un juez federal del Tribunal del Primer Distrito de Washington D. C. reconoció que el procedimiento no parecía correcto, que se me había perseguido únicamente por ejercer la libertad de expresión, y propuso suspender las sanciones. Pero, debido al sistema y al hecho de que hay jueces nombrados por el poder ejecutivo, se interpuso un recurso contra la suspensión de la orden de sanciones. Y ahora tengo que esperar a que el juez se pronuncie sobre el fondo del asunto. Así pues, sigo estando sancionada por Estados Unidos.

Chris Hedges: Hablemos un poco de Gaza. En el libro escribes: «El presidente Trump ha intimidado repetidamente a cualquiera que se atreva a tocar a Israel, diciendo que tendrán que ‘vérselas con nosotros’, un lenguaje amenazante impropio de la política, tal y como la hemos conocido hasta ahora, pero que es totalmente coherente con el fondo de lo que el propio Trump dijo cuando declaró: ‘A todos con los que he hablado les gusta la idea de que Estados Unidos sea dueño de ese pedazo de tierra, refiriéndose a la Franja de Gaza’». En esta frase escribes: «Ahí está toda la violencia de un poder desenfrenado que puede conseguirlo todo mediante la fuerza, porque, como un Calígula del siglo XXI, él considera que está por encima de la ley. De hecho, ni siquiera conoce la ley». Quiero hablar de su propuesta para Gaza y, por supuesto, Hamás ha dicho que se haría a un lado para dar paso a un gobierno tecnocrático. No creo que ninguna concesión por parte de Hamás vaya a apaciguar a Netanyahu, pero hablemos de eso.

Francesca Albanese: Sí, en primer lugar, creo que eres el primer entrevistador que se ha fijado en que defino a Trump como el Calígula de nuestro tiempo, pero es así. Quiero decir, no hace falta ser un experto en historia romana para comprender cuáles eran los rasgos de Calígula: el poder arbitrario absoluto, sin límites legales; el narcisismo extremo y la autoexaltación; la presunción corrupta y la naturaleza errática del poder; la humillación de los oponentes; el culto a la personalidad… Todo esto, todo esto me hace pensar en Calígula, el emperador romano.

Así pues, cuando el presidente Trump sacó a relucir lo de la «Riviera de Gaza» en febrero de 2025, dije tres cosas. Es ilegal porque Estados Unidos no tiene derecho alguno a pronunciarse de forma decisiva sobre el futuro de Gaza, ni del resto del territorio palestino ocupado, ni de Palestina, ni, francamente, de ninguna parte del mundo, y punto. Porque existe algo llamado derecho a la autodeterminación de los pueblos, y los palestinos tienen derecho a la autodeterminación frente a Israel, frente a Estados Unidos y frente a cualquier otra parte. Es ilegal y esto implicaría a Estados Unidos en otra serie de delitos, como los delitos de deportación forzada, porque esto supondría el desplazamiento forzoso de los palestinos, tal y como está haciendo Israel. Dije que es ilegal e inmoral porque, ¿qué demonios podría llevar al presidente de Estados Unidos a decir algo tan irrespetuoso hacia una población en el momento de mayor sufrimiento que esta está padeciendo? Y luego dije que es irresponsable porque fomentará una mayor sensación de impunidad y de libertad para matar, torturar y desplazar entre los líderes israelíes, que es, de hecho, lo que ha ocurrido. Por tanto, es ilegal, inmoral e irresponsable. Eso es lo que dije, y eso es lo que sigo pensando.

Sin embargo, también creo que la «Riviera de Gaza» es una distracción. No creo que nadie esté planeando realmente crear una Riviera en Gaza. Gaza ha quedado arrasada. Gaza se ha convertido en un lugar inhabitable. Ya he empezado a investigar para un próximo informe que quiero escribir sobre el ecocidio. Pero de lo que sin duda es campeona esta actual administración estadounidense, entre otras muchas cosas, es de abrumar psicológicamente a su público, incluidos nosotros en Europa. Cada día, en esta parte del mundo, en Europa, nos despertamos con una nueva declaración impactante del presidente Trump. Puede ser la «Riviera de Gaza» o puede ser que esté interfiriendo en el Mundial de fútbol de una forma que solo Calígula haría si estuviera hoy con nosotros en 2026, porque el nivel de autocontrol —o más bien la inexistencia de autocontrol— de este hombre es incomparable, inconmensurable. Creo que esta es una forma de distraernos de los verdaderos planes, que consisten, una vez más, en desplazar a los palestinos y utilizar Gaza como una extensión de Israel, probablemente con fines económicos. No dejo de preguntarme por qué Netanyahu ha esgrimido una y otra vez el plan de construir un gasoducto que vaya desde los países árabes, los países del Golfo, hasta el Mediterráneo pasando por el sur de Israel y, probablemente, por Gaza, ya que esto es algo que resultará conveniente para Israel. Pero, en cualquier caso, sea cual sea el plan que puedan tener, sigue siendo ilegal, inmoral e irresponsable.

Chris Hedges: Debemos dejar claro que hay extensos yacimientos de gas en el sur del Líbano y en la costa norte de Gaza que Israel quiere.

Francesca Albanese: Exactamente. Y por eso es necesario examinar minuciosamente a todas y cada una de las empresas implicadas, porque esto supone, para las propias empresas, un delito de saqueo. Recientemente, y creo que también a raíz de la presión externa ejercida por mí misma, por el grupo de trabajo sobre empresas y derechos humanos, por la sociedad civil italiana y, probablemente, también de la presión interna de personas con conciencia que trabajan para la empresa, el gigante energético ENI se retiró del consorcio encargado de explotar esos yacimientos de gas marinos en Gaza. Y, de nuevo, por eso debemos presionar tanto a los Estados como a las empresas para que se desvinculen y retiren sus inversiones de la ocupación israelí.

Chris Hedges: Esos yacimientos de gas se encuentran en aguas territoriales del Líbano y Palestina, ¿verdad?

Francesca Albanese: Sí, estos yacimientos de gas están frente a la Palestina histórica, es decir, de Israel y Gaza. En menor medida, Líbano y Egipto.

Chris Hedges: Quiero terminar con lo siguiente: escribes sobre los niños y lo que Israel les ha hecho. Escribes: «Asistí a varios juicios contra menores. He visto con mis propios ojos su absurda brutalidad». Te refieres a los israelíes. «A los niños los llevaron a la sala del tribunal encadenados. Y me sentí como si estuviera viendo escenas de esclavos y campos de trabajo. Pequeños, demacrados, agotados, angustiados ante la idea de que, por primera vez desde su detención, volverían a ver a sus padres en estas vistas que no duraban más que unos minutos. El juez a menudo ni siquiera los miraba. Escuchaba el cargo —‘Estaba lanzando piedras’— y dictaba la sentencia: dos años de cárcel, tres años de cárcel, y así sucesivamente. Y ese es un juez generoso. Teniendo en cuenta que la pena para los palestinos que lanzan piedras es de hasta diez años —veinte si se hace con la intención de causar daño a alguien—, ¿cómo puede sorprender a alguien que, cuando los niños palestinos encarcelados regresan a casa, estén traumatizados, no quieran salir, tengan miedo, mojen la cama y muestren trastornos o comportamientos violentos? Estamos hablando de niños de 12, 13 y 14 años, pero incluso se detiene a niños más pequeños. Había niños de tan sólo cinco o seis años a los que se llevaban en camiones israelíes, quizá no para detenerlos, pero sí para interrogarlos y devolverlos después a casa.

Hablemos de esto y, por supuesto, esta guerra contra los niños ha alcanzado proporciones épicas en Gaza, donde los niños, si se acercan demasiado a la línea amarilla, son simplemente asesinados por francotiradores.

Francesca Albanese: Es interesante, Chris, porque yo utilicé exactamente las mismas palabras que acabas de usar hace unas semanas en otra entrevista, diciendo: «La guerra contra la infancia ha alcanzado proporciones épicas en Palestina». Y eso se puede ver. Quiero decir, la situación ya era bastante grave, probablemente cuando tú y yo, en las distintas ocasiones en que hemos vivido en Palestina, pero se ha agravado aún más, porque nunca ha existido la posibilidad de disfrutar de la infancia para unos niños que corren el riesgo de que les derriben sus casas y sus colegios, y de que sus profesores, padres o tíos sean asesinados o detenidos, para luego regresar como zombis porque han sido golpeados, torturados y, a veces, violados en prisión. Y así, regresan cargados de tanta rabia, ira y violencia reprimidas. De este modo, toda la vida de un niño palestino está contaminada por la violencia, secuestrada por la violencia, y a lo largo de décadas, sus horizontes de esperanza se han ido reduciendo cada vez más.

Pero lo que he visto ocurrir en los últimos 1.005 días, desde octubre de 2023, es de otra dimensión, y esto pone en tela de juicio tanto a los israelíes —que se creen meros espectadores— como a los espectadores de todo el mundo. Da igual cómo califiques lo que hace Israel, pero ¿has visto los cuerpos de los niños reducidos a pedazos? ¿Has visto cadáveres de niños colgados, o lo que queda de ellos, colgando de las paredes como si fueran abrigos? ¿Has visto cuerpos mutilados? Quiero decir, Gaza es el lugar con la mayor proporción de niños huérfanos del mundo, de niños amputados del mundo. Y ahora hay hambre y miseria. Hay desnutrición y retraso en el crecimiento. El retraso en el crecimiento ya era un problema antes de que se endureciera el bloqueo tras el 23 de octubre. Y ni siquiera hace falta ir a Gaza. Fíjate en Cisjordania, donde los palestinos, incluidos los niños, viven bajo la amenaza de ser agredidos por soldados o bajo la amenaza constante del terror de los colonos. ¿A quién le gustaría vivir en un sistema así? Y, de nuevo, esto no empezó en octubre de 2023. Lleva décadas sucediendo. Y, de nuevo, sólo puedo decir que la única forma de avanzar es decir «basta ya» a la violencia de Israel. Y que dejemos que los niños disfruten un poco de la vida. Mira, el primer capítulo de mi libro —porque cada capítulo, para quienes no lo hayan leído, tiene una especie de Virgilio en la Divina Comedia de Dante, es decir, un personaje, una mujer que es una persona real, que ha existido de verdad—. La mayoría son amigas mías que han formado parte de mi vida, excepto una, Hind Rajab, la niña que da nombre al capítulo. Escribí este capítulo en enero de 2025, es decir, un año después de la muerte de Hind. Se trataba de un caso conocido entre muchos, entre miles, pero no tan conocido como lo es hoy en día. Y sigue siendo uno entre cientos de miles, uno de las decenas de miles de niños brutalmente asesinados por el ejército israelí. Y luego, el capítulo habla de mi experiencia con los niños palestinos, que ha sido preciosa y alentadora, pero aun así estos niños cargan con un peso y unas preocupaciones que ningún niño debería soportar ni llevar a cuestas.

Chris Hedges: Escribes en el libro que, cuando estabas en Palestina trabajando para la ONU, elaboraste un informe sobre los niños. Pero comentabas cómo esos niños pequeños te hablaban y parecían adultos.

Francesca Albanese: Sí, a veces resulta casi inquietante porque tenemos una imagen en la mente, quiero decir, de nuevo, y no es que yo no tenga prejuicios. Quiero decir, intento ser lo más abierta posible, pero, ya sabes, yo misma tengo dos hijos y, por eso, tengo mi propia forma de evaluar la madurez de un niño. Así que, cuando te encuentras con un niño de 10 o 13 años que empieza a hablar del derecho a la educación, al alimento o a la salud, piensas: «Quizá le hayan enseñado a hablar así porque tenía que reunirse conmigo». Pero me he encontrado con estos niños una y otra vez porque he organizado a menudo grupos de discusión con los mismos niños y he llegado a conocerlos un poco durante dos o tres meses de investigación, aunque no pudiera desplazarme hasta allí. Pasé el verano de 2024 —julio, agosto y parte de septiembre— hablando casi a diario con niños palestinos. Y puedo decirte que la razón por la que saben tanto es porque se han visto obligados a madurar muy rápido y, aun así, encuentran una forma pacífica de superar el horror que tienen delante y a su alrededor. El hecho de que me resultara casi desestabilizador que hablaran como jóvenes abogados, tal y como digo en el libro, se debe a la desesperación. Intentan mantenerse a salvo y sanos, mentalmente sanos, en un mundo que es terriblemente insalubre para ellos y terriblemente injusto con ellos.

Chris Hedges: Y, por supuesto, uno de los capítulos gira en torno a Gabor Maté, que aborda este tipo de trauma.

Francesca Albanese: Sí, hace un par de días tuve una conversación maravillosa con Gabor Maté sobre mi libro, «When the World Sleeps». Hablamos de los personajes del libro, de lo que evocan. En cierto momento, le resultó extraño decir: «Yo también soy un personaje ahí dentro». Y me preguntó si a veces me dan ganas de gritar. Sí, ojalá no fuera así. No lo sé. Sí, claro, a veces te dan ganas de gritarles a los políticos que parecen muertos en vida, pero muertos en vida no porque la muerte los espere a la vuelta de la esquina, sino simplemente porque parecen vacíos de vida, vacíos de humanidad. Pero ¿qué más hace falta ver, llámalo como quieras? Pero ¿qué más tiene que hacer y decir Israel para que toméis medidas, para que os toméis en serio el derecho internacional y lo apliquéis? Porque al permitir que Israel arrase el ámbito del derecho internacional con impunidad, también estáis destruyendo los cimientos del orden jurídico internacional.

Y sí, siento el dolor, pero también es una forma extraña de protegernos, adormeciendo el dolor. Por eso, creo que probablemente seré capaz de superar el trauma de todo esto, me refiero al trauma secundario de haber estado expuesta a ello, porque nada se puede comparar con lo que soportan los palestinos: los palestinos de Gaza, los de Israel, los de Cisjordania y Jerusalén Este y los de la diáspora. Pero nuestro trauma secundario por estar expuestos, por ser testigos de esto, probablemente podré afrontarlo una vez que el genocidio haya terminado, porque ahora mismo intento de verdad mantenerme sana y centrada en cómo poner fin a esto, ya que aún no ha terminado y la gente tiene que entender que el fin de la injusticia no llega porque lo queramos o porque recemos por ello, sino que tenemos que actuar. Hay cosas que tenemos que hacer y tenemos que perseverar en ellas. No importa si lleva un día, diez días, cien días o mil días, tenemos que perseverar. Esta es la única forma de vencer a la injusticia.

Chris Hedges: Nos llevó catorce años conseguir la libertad de Julian Assange. Así que es una lucha larga. Pero tú eres, sin duda, una de las figuras más importantes en esa lucha por la justicia. Gracias, Francesca. Y quiero dar las gracias a Thomas y a Max, que han producido el programa. Podéis encontrarme en ChrisHedges.substack.com.

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