PEN America vuelve a traicionar, otra vez, sus principios

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 12 julio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.

PEN America, una organización fundada para defender a los escritores perseguidos y censurados, ha vuelto a hacer el ridículo con su llamamiento a proteger, de la difamación, a los escritores israelíes.

Sí. A los escritores israelíes.

Su última diatriba, «A Silent Moratorium» («Una moratoria silenciosa»), está tan fuera de lugar y es tan vergonzosa que ha desencadenado una reacción generalizada. El presidente de PEN America, Dinaw Mengestu, dimitió en señal de protesta.

Mengestu declaró a The New York Times que este artículo es el último de una serie de medidas que, en su opinión, van en contra de los valores de la organización y podrían perjudicar los esfuerzos por preservar la libertad de expresión.

«Este informe no es un incidente aislado», afirmó Mengestu. Añadió que «continúa con el enfoque de defender algunos derechos mientras se dejan de defender otros».

Dudo que la dimisión de Mengestu cambie gran cosa. En el mejor de los casos, hará que PEN América sea más cautelosa a la hora de poner al descubierto su bancarrota moral.

«A Silent Moratorium» está firmado por la directora editorial Lisa Tolin, la directora de comunicaciones Geraldine Baum y la consultora Malka Margolies. En él se critica lo que denominan «un aislamiento cultural cada vez mayor» de Israel. Denuncia «la hostilidad, la discriminación y el odio descarados a los que se enfrentan algunos autores judíos e israelíes». Califica de «devastadora» la pérdida de oportunidades para los escritores judíos y se queja de que los israelíes que escriben para revistas estadounidenses «son sometidos a una serie de controles ideológicos, como por ejemplo si utilizan la palabra genocidio». Condena el llamamiento de más de 7.000 escritores y profesionales de la literatura, quienes en otoño de 2024 firmaron un compromiso para no colaborar con editoriales, festivales, agencias literarias y publicaciones israelíes que «son cómplices o se han mantenido como observadores silenciosos de la abrumadora opresión de los palestinos». Y defiende a los sionistas, afirmando:

En entrevistas con PEN America, escritores israelíes y judíos describieron un clima en el que el sionismo se trata como un insulto. Aunque sigue sin haber un consenso general sobre lo que significa ser sionista, los datos de encuestas recientes sugieren que un tercio de los judíos estadounidenses se identifican como sionistas y casi nueve de cada diez afirman que apoyan el derecho de Israel a existir como Estado judío y democrático. Por lo tanto, los llamamientos a excluir a los sionistas del mundo editorial podrían suponer la exclusión de personas con una amplia variedad de voces y puntos de vista.

Debe quedar claro que el sionismo es explícitamente racista. Se trata de una ideología utilizada para justificar la ocupación y la colonización de la Palestina histórica, así como la limpieza étnica y la aniquilación de sus habitantes autóctonos. Las ideologías de odio no pueden normalizarse por el mero hecho de que un tercio de los judíos estadounidenses se identifiquen como sionistas. Al fin y al cabo, los nazis contaban con un nivel de apoyo similar entre el electorado alemán —el 37,3%— en las elecciones de 1932.

Esta última defensa de Israel proviene de una organización que se ha pasado la última década destrozando su credibilidad. Ignoró deliberadamente el genocidio en Gaza y el asesinato y las mutilaciones de periodistas, académicos, escritores, poetas palestinos y de sus familiares.

PEN América aceptó dinero del Gobierno israelí para financiar su festival literario durante cinco años y solo dejó de hacerlo en 2017, tras recibir duras críticas. No defendió a las pocas voces valientes dentro de Israel que denuncian el apartheid y el genocidio israelíes, o lo hizo demasiado tarde. Guardó silencio mientras se silenciaba a los escritores palestinos o se les impedía publicar. Promovió habitualmente a autores sionistas como A. B. Yehoshua, quien desde hace tiempo niega la realidad del colonialismo de asentamientos en Palestina. Copatrocinó un acto literario con la actriz sionista Mayim Bialik, quien ha realizado donaciones a las Fuerzas de Defensa de Israel, se opone abiertamente al alto el fuego, difunde habitualmente propaganda militar israelí y antipalestina y tacha el activismo propalestino de «antisemita».

PEN America abrió una investigación contra un empleado por compartir un artículo crítico con el sionismo y posteriormente lo despidió después de que este escribiera un artículo explicando por qué se le había abierto dicha investigación. Actuó como brazo propagandístico de la Administración Biden y del Gobierno ucraniano, llegando incluso a cancelar una mesa redonda en la que participaban escritores rusos —bajo presión de PEN Ucrania—, a pesar de que estos eran críticos con el Gobierno ruso. Amplificó mentiras sobre Julian Assange y se negó a reconocerlo como periodista.

La junta directiva de PEN America incluye a escritores como George Packer, tildado de «idiota útil de Bush» por Tony Judt por apoyar la invasión y ocupación de Iraq, junto con directores generales de empresas inmobiliarias y de inversión. Ha sido secuestrada por acaudalados patrocinadores, donantes corporativos y defensores del imperialismo y el genocidio.

«PEN America difunde propaganda política», escribí en 2024. «Se desacredita a escritores y editores, como Assange, que sacan a la luz las mentiras y los crímenes del Estado, mientras que se agasaja a los propagandistas del imperialismo estadounidense y del Estado de apartheid de Israel —incluso mientras este lleva a cabo un genocidio—».

PEN America perdió el rumbo hace más de una década, cuando en 2013 nombró directora ejecutiva a Suzanne Nossel, una antigua funcionaria del Departamento de Estado de Clinton. Ese año, gané el Premio a la Primera Enmienda del PEN Center USA. Tenía previsto participar como ponente en el Festival PEN World Voices cuando se anunció el nombramiento de Nossel. Me negué a participar en el festival y dimití de PEN América en protesta.

«Este nombramiento convierte a PEN en una farsa como organización de derechos humanos y menosprecia los valores que PEN pretende defender», escribí en mi carta de dimisión:

Pasé siete años en Oriente Medio, la mayor parte de ellos como jefe de la oficina de Oriente Medio de The New York Times. El sufrimiento de los palestinos bajo la ocupación israelí y la difícil situación de quienes se ven envueltos en nuestras guerras imperiales en países como Iraq no son para mí conceptos abstractos. La defensa implacable que Nossel ha hecho de la guerra preventiva —que, según el derecho internacional, es ilegal— en su calidad de funcionaria del Departamento de Estado, junto con su insensible indiferencia ante el maltrato israelí a los palestinos y su negativa, como funcionaria del Gobierno, a denunciar el uso de la tortura y las ejecuciones extrajudiciales, la hacen totalmente inadecuada para dirigir cualquier organización de derechos humanos, especialmente una que tenga un alcance global. El PEN American Center, al nombrar a Nossel, ha puesto de manifiesto, sin quererlo, su propio fracaso a la hora de defender y alzar la voz por nuestros disidentes, especialmente Bradley Manning. Por la presente, dimito de PEN. Esperaré hasta que la organización vuelva a su mandato original de defender a quienes son perseguidos, incluidos los que se encuentran dentro de Estados Unidos, antes de reincorporarme a la organización.

PEN Canadá respondió a mi dimisión ofreciéndome la afiliación, que acepté.

La última publicación de PEN América, que se refiere al genocidio en Gaza como una «guerra», está en la línea de Nossel. Nossel participó en los esfuerzos del Departamento de Estado para desacreditar a Assange y las revelaciones de WikiLeaks. En mayo de 2012, cuando la OTAN celebró una «cumbre» en Chicago, Amnistía Internacional EE. UU. —con Nossel como directora ejecutiva— organizó una «cumbre paralela». Llenó la ciudad de vallas publicitarias en las que se leía: «OTAN, sigue avanzando. Derechos humanos para las mujeres y las niñas en Afganistán». La exsecretaria de Estado Madeleine Albright, quien en su día afirmó que los 500.000 niños iraquíes muertos a causa de las sanciones estadounidenses «merecían la pena», fue invitada a intervenir en el acto organizado por Nossel. Nossel abandonó Amnistía Internacional EE. UU. en menos de un año, antes de recalar en PEN America. Dimitió en 2024 después de que numerosos escritores —indignados por la falta de defensa de los escritores palestinos por parte de la organización— se retiraran del festival anual PEN World Voices, celebrado en Nueva York y Los Ángeles, lo que provocó la cancelación del evento y de sus premios literarios anuales.

PEN America estuvo dirigida en su día por escritores que luchaban en nombre de los escritores perseguidos en todo el mundo. Conocí a algunos de ellos, entre ellos a Susan Sontag, Norman Mailer, Robert Jay Lifton, Joan Didion y Russell Banks. Eran feroces críticos del militarismo, el capitalismo y el imperialismo estadounidenses. Eran defensores acérrimos de la libertad de expresión. Se sentirían indignados ante lo que se ha convertido PEN America.

«Este fracaso resulta especialmente llamativo a la luz del extraordinario impacto que esta catástrofe ha tenido en el ámbito cultural», reza la carta enviada a PEN America en marzo de 2024, firmada por escritores como Naomi Klein, Ruha Benjamin y Michelle Alexander y Hisham Matar. Y continúa:

Israel ha matado y, en ocasiones, ha atacado deliberadamente y asesinado a periodistas, poetas, novelistas y escritores de todo tipo. Ha destruido casi todas las formas de infraestructura cultural que sustentan la práctica de la literatura, el arte, el intercambio intelectual y la libertad de expresión mediante el bombardeo y la demolición de universidades, centros culturales, museos, bibliotecas e imprentas. Al interrumpir el acceso a las comunicaciones digitales, Israel también ha impedido que los palestinos compartan lo que han presenciado y vivido, y que cuenten la verdad de lo que les está sucediendo. Toda persona que utilice el poder de la pluma y la libertad de expresión para apelar a la conciencia del mundo corre peligro.

Una mordaz carta abierta enviada a PEN America un mes antes, en la que se criticaba su doble rasero a la hora de tratar a los palestinos y el genocidio de Israel, reunió más de 1.300 firmas.

El fascismo se cierne sobre nosotros. Quienes escriben y hablan en contra del genocidio son silenciados y criminalizados. Nuestras universidades han prohibido la libertad de expresión y han expulsado a estudiantes y profesores que se atreven a denunciar el crimen de todos los crímenes. Los medios de comunicación corporativos, incluidas la CBSy la CNN —adquiridos por el archisionista Larry Ellison—, han sido intimidados hasta el silencio. El Partido Demócrata, controlado por el lobby israelí, ignora el llamamiento del 75% de los demócratas registrados para que se pongan fin a los envíos de armas a Israel.

La libertad de expresión se está marchitando. Se están suprimiendo las libertades. Quienes se resisten son tachados de enemigos del Estado.

La situación no hará sino empeorar.

PEN America se ha vaciado de contenido. Ha perdido su esencia moral. Ha abandonado su misión de «defender a escritores, artistas y periodistas, y proteger la libertad de expresión». Se ha transformado en una máquina de propaganda al servicio de los opresores, no de los oprimidos. Debería ser depurada y volver a ser lo que era, o bien cerrarse.

Ilustración de portada: Pluma venenosa (por Mr. Fish).

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