Mohamad Elmasry, Middle East Eye, 15 julio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Mohamad Elmasry es profesor de Estudios de Medios de Comunicación en el Instituto de Estudios de Posgrado de Doha.
Reinaba el optimismo cuando Estados Unidos e Irán firmaron un memorándum de entendimiento (MOU) el 17 de junio, destinado a poner fin a la guerra de EE. UU. e Israel contra Irán que comenzó el 28 de febrero y a establecer un periodo de negociación de 60 días que condujera a un acuerdo definitivo sobre el programa nuclear iraní.
Sin embargo, el documento de 14 puntos se elaboró a toda prisa e incluye artículos ambiguos y abiertos a interpretación.
Los desacuerdos sobre el artículo 5 —que se refiere al tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz— han provocado escaramuzas y han conducido, en última instancia, a la grave escalada de la semana pasada.
El artículo 5 insta a Irán a «tomar las medidas necesarias… para garantizar el paso seguro de los buques comerciales» por el estrecho de Ormuz durante el plazo de negociación de 60 días.
Irán ha interpretado que este artículo le otorga el derecho a dirigir el tráfico, lo que incluye ordenar a los buques que sigan únicamente aquellas rutas que haya aprobado como seguras. Pero Estados Unidos entiende que el artículo implica que Irán está obligado a reabrir el estrecho de forma total e incondicional.
Cuando Estados Unidos comenzó a dirigir varios buques hacia un corredor sur a lo largo de la costa de Omán, Irán emitió una serie de advertencias y finalmente abrió fuego contra las embarcaciones.
La intervención estadounidense parece ser un intento poco sutil de arrebatar el control del estrecho de Ormuz a Irán. Y ambas partes se han acusado mutuamente de violar los términos del memorando de entendimiento.
Aunque la última escalada parecía estar contenida inicialmente —los mediadores trabajaban para restablecer la calma—, el conflicto se ha extendido desde entonces. Estados Unidos ha atacado a Irán por tercera noche consecutiva, causando la muerte de al menos tres personas, y Trump ha restablecido el bloqueo a la navegación iraní en el Golfo.
Es casi seguro que el conflicto persistirá.
Un activo estratégico
Es muy improbable que Irán ceda en el estrecho de Ormuz.
El gobierno iraní cree haber adquirido allí un importante activo estratégico, que podría ser tan eficaz como un arma nuclear para disuadir futuras agresiones contra su país. Tras los ataques estadounidenses-israelíes de junio de 2025 y febrero de 2026, la importancia de la disuasión para la República Islámica es innegable.
Pero la disuasión no es el único beneficio del control del estrecho. La República Islámica considera cada vez más la autoridad sobre el estrecho de Ormuz como una fuente de orgullo nacional, una especie de botín de guerra.
Más importante aún, el control del estrecho podría reportar a Irán una bonanza económica. El gobierno ha declarado repetidamente que comenzará a cobrar tasas por el uso del estrecho al finalizar el período de negociación, lo que podría generar miles de millones de dólares en ingresos anuales para Teherán.
Esos ingresos son precisamente lo que Washington pretende ahora acaparar para sí mismo. El 13 de julio, Trump anunció que EE. UU. impondría un gravamen del 20% a la mercancía que transitara por el estrecho, declarando que EE. UU. se convertiría en «EL GUARDIÁN DEL ESTRECHO DE ORMUZ».
El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, respondió que quien garantice un paso seguro debería, efectivamente, recibir una compensación, y a continuación reivindicó ese papel para Teherán. «Irán siempre ha sido el GUARDIÁN del estrecho y lo seguirá siendo PARA SIEMPRE», escribió. «El 20% es, por supuesto, demasiado. Seremos justos».
Dadas las ventajas que ofrece el control sobre Ormuz, es sumamente improbable que el Gobierno iraní acepte de buen grado restablecer el statu quo anterior al 28 de febrero.
Pero el control iraní sobre el estrecho es insostenible para Estados Unidos, sus aliados en Europa y el Golfo y gran parte de la comunidad internacional.
La situación ha generado un punto muerto estratégico: Irán no tiene ningún incentivo para renunciar a algo que ha ganado con la guerra, mientras que Estados Unidos no puede aceptar fácilmente un nuevo orden regional en el que Teherán ejerza un control sin precedentes sobre una vía navegable internacional.
Tanto para Washington como para Tel Aviv, aceptar ese resultado equivaldría a una admisión implícita de fracaso estratégico.
Un error de cálculo muy costoso
Se suponía que la guerra derrocaría al Gobierno iraní, transformaría el sistema político en un sistema favorable a los intereses de EE. UU. e Israel y debilitaría gravemente la capacidad militar de Irán.
En cambio, la República Islámica ha sobrevivido, ha ampliado su influencia regional y ha demostrado su capacidad para infligir un daño considerable a EE. UU., Israel y los países del Golfo.
Puede que los resultados de la guerra hayan conmocionado a los dirigentes de Washington y Tel Aviv, pero no han sorprendido a los expertos en asuntos internacionales.
Antes de la guerra, los expertos advirtieron en repetidas ocasiones de que otro ataque de gran envergadura contra Irán podría provocar importantes represalias en todo el Golfo. Sin embargo, parece que EE. UU. e Israel se lanzaron a la guerra sin comprender esta posibilidad.
A mediados de marzo, unas dos semanas después del inicio de la guerra, Trump afirmó: «Nadie esperaba que Irán atacara a los Estados del Golfo… nos quedamos consternados».
En los días previos a la guerra, los expertos también advirtieron de la posibilidad de que Irán amenazara el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz. Tanto EE. UU. como Israel parecen haberse quedado también sorprendidos por esta posibilidad.
La «sorpresa» expresada por Trump en marzo pone de relieve el error de cálculo generalizado de Estados Unidos e Israel respecto a Irán.
Durante años, el discurso estadounidense e israelí ha hecho hincapié en la impopularidad y la debilidad del Gobierno iraní a nivel nacional. Tanto en Washington como en Tel Aviv se daba por sentado que la República Islámica estaba a un paso del colapso total y que una presión externa suficiente llevaría a las masas iraníes a levantarse y derrocar al Gobierno.
Los estadounidenses y los israelíes contribuyeron a fomentar las protestas en Irán en diciembre y enero, y suministraron armas a los insurrectos iraníes violentos.
Pero la guerra ha demostrado que las noticias sobre la desaparición de la República Islámica siempre fueron exageradas.
Si bien es cierto que millones de iraníes se oponen a su Gobierno, también lo es que millones de iraníes lo apoyan. El Estado iraní fue capaz de sofocar las protestas en cuestión de días.
Durante las elecciones presidenciales de 2024, aproximadamente la mitad del electorado —unos 30 millones de personas— votó por Saeed Jalili o por Masoud Pezeshkian, ambos leales al sistema político y a la Constitución del país.
Las decisiones de voto son complejas, y las cifras electorales no demuestran de forma concluyente que la mitad del electorado iraní apoye el sistema actual. Sin embargo, las cifras sí sugieren que el sistema cuenta con el apoyo de muchos más iraníes de lo que creen Washington y Tel Aviv.
Es posible que la guerra haya provocado un efecto de «unión en torno a la bandera» y haya hecho que el sistema de gobierno islámico sea aún más popular. En una muestra masiva de solidaridad la semana pasada, millones de iraníes asistieron a un cortejo fúnebre de una semana de duración en memoria del difunto líder supremo Ali Khamenei, asesinado en un ataque estadounidense-israelí el 28 de febrero pasado.
Malas… y peores opciones
La nueva influencia y el renovado vigor del Gobierno iraní han dejado a EE. UU. ante malas y peores opciones.
No existe una solución militar sencilla al problema de Ormuz. Irán no necesita superioridad naval convencional para perturbar el tráfico marítimo en el estrecho: pequeñas lanchas rápidas, drones, misiles y minas son suficientes para amenazar el tráfico comercial.
Tampoco es realista la opción de un cambio de régimen. Estados Unidos no ha mostrado ninguna disposición a desplegar el tipo de fuerzas terrestres que, con toda seguridad, serían necesarias para derrocar al Gobierno iraní.
Además, una operación militar a gran escala con tropas terrestres sería costosa, impredecible e impopular entre la opinión pública estadounidense. Y, lo que es más importante, también resultaría políticamente perjudicial para Trump y sus aliados republicanos, que se preparan para las elecciones de mitad de legislatura de noviembre.
La Administración Trump, que ha señalado en repetidas ocasiones que no desea volver a una guerra total, probablemente es consciente de todo esto.
Esto deja a Washington en una posición difícil: no quiere aceptar la nueva realidad en el estrecho de Ormuz, pero tampoco está dispuesta a pagar el enorme precio que se requeriría para revertirla.
El resto del memorando de entendimiento resulta casi igual de problemático para los estadounidenses. Varias de las disposiciones del acuerdo son favorables a Irán, incluidos los artículos que prometen un importante alivio de las sanciones y la normalización económica.
Además, varias medidas que Washington pretendía incluir quedaron fuera del acuerdo.
El memorando de entendimiento no hace mención alguna a la red de aliados de Irán: Hizbolá en el Líbano, los hutíes en Yemen, Hashd al-Shaabi en Iraq y Hamás en Palestina. Esta omisión es significativa, dado que el desmantelamiento de la denominada «red de intermediarios» era uno de los principales objetivos bélicos de Estados Unidos e Israel.
El memorando de entendimiento tampoco hace mención alguna al programa de misiles balísticos de Irán. Se trata, asimismo, de una omisión digna de mención.
Al inicio de la guerra, el 28 de febrero, Trump afirmó que EE. UU. e Israel «destruirían los misiles de Irán y arrasarían su industria de misiles hasta los cimientos. Quedará totalmente, una vez más, aniquilada».
Sin embargo, al firmar el memorando de entendimiento en junio, Trump dio un giro radical y afirmó que, dado que los enemigos de Irán disponen de misiles balísticos, sería «injusto» impedir que Irán los tuviera.
El cambio de tono de Trump supuso una aceptación tácita de una nueva realidad en la que Irán ostenta un poder regional significativo.
La Administración Trump sigue esperando que un acuerdo definitivo sobre el programa nuclear de Irán produzca resultados que sean ventajosos para Estados Unidos.
Pero es poco probable que se produzca tal resultado, principalmente porque un Irán que cree haber ganado la guerra seguirá, casi con toda seguridad, persiguiendo una agenda negociadora maximalista.
La cuestión del enriquecimiento
En las últimas semanas, Teherán ha vuelto a declarar que se reserva el derecho —en virtud del derecho internacional y del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP)— a enriquecer uranio con fines civiles pacíficos.
Estados Unidos, por su parte, sigue insistiendo en que Irán adopte una política de enriquecimiento cero. El 18 de junio, un día después de la firma del memorando de entendimiento, el vicepresidente estadounidense JD Vance afirmó: «El acuerdo nuclear de Obama permitía el enriquecimiento. El nuestro no lo permitirá».
El memorando de entendimiento no resuelve la cuestión del enriquecimiento, sino que se limita a prometer que ambas partes «debatirán la cuestión del enriquecimiento» durante el período de negociación.
Pero resulta muy dudoso que estas conversaciones hagan desaparecer esta disputa —y otras relacionadas con las reservas iraníes de uranio altamente enriquecido—.
Por eso es poco probable que la escalada de esta semana sea la última. El nuevo statu quo podría ser un prolongado período de inestabilidad.
Trump prometió una victoria rápida. El 9 de marzo, calificó la guerra de «pequeña incursión» y afirmó que terminaría «muy pronto».
Sin embargo, en lugar de un breve episodio militar, el conflicto se asemeja cada vez más al inicio de una prolongada confrontación estratégica, que probablemente se desarrollará a través de crisis periódicas, negociaciones y acciones militares.
Ambas partes seguirán adaptándose a un orden regional que parece muy diferente del que existía antes del 28 de febrero.
Es probable que surjan nuevos acuerdos de seguridad, alianzas económicas y alineamientos políticos a medida que los Estados se adapten a un Irán más seguro de sí mismo, envalentonado y asertivo.
Foto de portada: Un barco navega cerca del estrecho de Ormuz, frente a Khor Fakkan, en los Emiratos Árabes Unidos, el 13 de julio de 2026. (AFP)