Kourosh Ziabari, Truthout, 17 marzo 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Kourosh Ziabari es periodista e investigador en estudios de medios. Colaborador de Foreign Policy y New Lines Magazine, obtuvo una maestría en periodismo político en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia. En 2022, recibió el Premio a la Excelencia Profesional de la Asociación de Corresponsales de Prensa Extranjera. En 2022, Kourosh se convirtió en el primer periodista iraní seleccionado para la beca del World Press Institute en la Universidad de St. Thomas, Minnesota, desde 1979. Fue finalista de tres premios Kurt Schork de Periodismo Internacional en 2020, 2021 y 2022, y ha informado desde las Naciones Unidas gracias a una beca del Fondo Dag Hammarskjöld para Periodistas. Fue becario Chevening en 2016/17 en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth del Reino Unido.
Pocos días antes de que Teherán y Washington firmaran un acuerdo de alto el fuego, ahora extinto, medios locales iraníes informaron que 25 gacelas de cuello blanco murieron en los ataques aéreos estadounidenses contra la isla de Kharg, en el norte del Golfo Pérsico. Esta pequeña isla de coral es un punto estratégico para las exportaciones de petróleo de Irán y su singular fauna incluye gaviotas de cabeza blanca, tortugas carey y águilas pescadoras. También alberga las ruinas de un fuerte holandés construido en 1753. En varias ocasiones, el presidente estadounidense Donald Trump ha esgrimido la posibilidad de invadir la isla, habitada por 8.000 personas.
La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán comenzó con la campaña de bombardeos más intensa de la historia moderna. Se llevaron a cabo unos 23.800 ataques aéreos en un lapso de 39 días, y uno de sus impactos más graves fue el daño ambiental infligido a los ecosistemas de Irán. Un memorando de entendimiento del 17 de junio detuvo las hostilidades, pero Trump notificó al Congreso la semana pasada que se disponía a reanudar la embestida militar. Los bombardeos se están convirtiendo en la nueva normalidad, dañando la tierra, el aire y el agua de Irán.
Desde la lluvia ácida tóxica que cubrió el área metropolitana de Teherán después de que Israel bombardeara los depósitos de petróleo de la capital iraní el 7 de marzo, hasta la emisión de un volumen sustancial de gases de efecto invernadero en las primeras fases de la campaña, la guerra ha causado una grave degradación ambiental en un país que sufre diversas crisis relacionadas con el clima, estrés hídrico y problemas de calidad del aire. Si bien los medios internacionales no han cubierto de manera sistemática los impactos ambientales negativos de la guerra, las organizaciones ambientales sin fines de lucro, las instituciones académicas y los defensores del clima han documentado daños extensos, de los cuales solo se ha comprendido una parte hasta la fecha.
Según un estudio del Climate and Community Institute, los ataques contra Irán en los primeros 14 días de la guerra emitieron 5 millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero, una cifra que, según las estimaciones de la organización sin ánimo de lucro, superó la contaminación por carbono de Islandia durante todo un año.
Estas emisiones fueron causadas por la destrucción de viviendas y edificios, la incineración de combustible utilizado en combate y la producción del equipo militar desplegado por las partes en conflicto, lo que representa 1.300 millones de dólares en daños climáticos, según el estudio. Los investigadores han advertido también de que, como consecuencia, aumentarán los riesgos para la salud en Irán.
«La lluvia negra que cayó sobre Teherán tras el bombardeo israelí de los depósitos de petróleo estaba cargada de hidrocarburos, SO₂ [dióxido de azufre], partículas finas y metales pesados, sustancias que nadie querría respirar ni tener en contacto con la piel», afirmó Patrick Bigger, codirector del Transition Security Project at the Climate and Community Institute (Proyecto de Seguridad para la Transición del Instituto de Clima y Comunidad).
«También podemos recurrir a ejemplos históricos para comprender los tipos de problemas de salud a largo plazo a que se van a enfrentar los iraníes», añadió Bigger, señalando que las tasas de cáncer se dispararon en Iraq tras la Guerra del Golfo de 1991 y la invasión liderada por Estados Unidos.
Bigger, uno de los autores del estudio, afirmó que el último hallazgo de la organización ha sido que, tras 28 días de guerra, se liberaron a la atmósfera 8,6 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono (CO₂) equivalente. Se prevé que las emisiones derivadas de la reconstrucción sean considerablemente mayores, como ha ocurrido en conflictos anteriores donde se documentó que la reconstrucción y la remoción de escombros eran actividades con altas emisiones de carbono.
La guerra también ha devastado el suministro de agua y la infraestructura de Irán. El 7 de marzo, el bombardeo de una importante planta desalinizadora en la isla de Qeshm interrumpió el suministro de agua a la población civil de 30 aldeas, y el 31 de marzo, Reuters informó que la instalación seguía completamente fuera de servicio. Según el Ministerio de Energía de Irán, los sistemas de distribución de agua en 388 zonas del país, incluidas las estaciones de bombeo y los depósitos de servicio, resultaron dañados durante la guerra. Los bombardeos esporádicos tras el alto el fuego tuvieron también como objetivo las instalaciones de distribución de agua en el sur de Irán, principalmente en el condado de Sirik.
Qeshm, la isla más grande del Golfo Pérsico y el primer geoparque mundial de Oriente Medio designado por la UNESCO, también se ha visto afectada de otras maneras. Los geoparques son sitios geológicos protegidos de importancia natural y cultural. El hundimiento de un buque portacontenedores de la armada iraní el 28 de febrero provocó una mancha de petróleo en el golfo Pérsico que se extendió 26 kilómetros hacia el suroeste, alcanzando la Reserva de la Biosfera de Hara, situada entre Qeshm y la costa sur de Irán.
Como se observa en las imágenes satelitales, el 18 de marzo, un filamento de fueloil de un kilómetro de longitud procedente del buque seguía derramándose hacia el humedal marino protegido. Hara, santuario de serpientes marinas raras, pelícanos dálmatas, chorlitos cangrejeros, zarapitos y otras especies en peligro de extinción, está reconocido por la Convención de Ramsar de 1971 como un humedal internacional. Los científicos afirman que la amenaza para la vida costera del lugar tendrá muchas implicaciones.
«Los ecosistemas costeros, como los manglares, proporcionan importantes servicios ecológicos, entre ellos, el mantenimiento de la biodiversidad, la protección de las costas y el almacenamiento de cantidades significativas de carbono. La contaminación por petróleo puede dañar estos sistemas de forma considerable y durante largos periodos de tiempo», afirmó Bethany Tietjen, investigadora postdoctoral del Fletcher School’s Climate Policy Lab en Massachusetts.
«Un impacto que a menudo recibe menos atención es que la destrucción ambiental no se limita a una pérdida ecológica o económica. Ecosistemas como los manglares aportan valor cultural, social y espiritual, sustentan los medios de vida tradicionales y dan forma a las identidades locales», declaró a Truthout.
Tietjen considera que el daño ambiental no debe medirse únicamente en términos financieros y materiales, sino también en función de sus efectos imborrables en las comunidades.
«La pérdida de biodiversidad, patrimonio cultural, medios de vida tradicionales y el arraigo de las personas a su territorio puede tener impactos significativos, independientemente de si la causa subyacente es el cambio climático o un conflicto armado», añadió.
Este es el caso específico de los ataques aéreos que, según se informa, han dañado los almacenes de pistachos en la ciudad de Rafsanjan, provincia de Kerman. Irán es conocido por ser el principal productor mundial de pistachos. Casi un millón de empleos directos e indirectos dependen de la producción de pistachos, lo que sustenta a unas 200.000 familias.
Las comunidades con tierras agrícolas, huertos y granjas también han sufrido pérdidas considerables. El 3 de marzo, una granja agrícola en el condado de Buin Zahra, provincia de Qazvin, fue alcanzada por misiles que causaron la muerte de dos miembros de una familia de seis trabajadores agrícolas, según el periódico Donya-e-Eqtesad, con sede en Teherán.
Los contaminantes atmosféricos, como los hidrocarburos tóxicos y los óxidos de azufre generados por la combustión del petróleo, pueden permanecer suspendidos en la atmósfera durante un largo período y volver a la superficie con las precipitaciones futuras.
Según el relato publicado por un periodista local, la familia se había mudado desde la vecina provincia de Zanjan en busca de mejores oportunidades, y al establecerse en la aldea de Hajib, transformaron una granja de avestruces en una explotación de trigo y cebada. Hanieh Jahanshahloo, de 21 años, y Faezeh Jahanshahloo, estudiante de séptimo grado, que ayudaban a sus padres en la granja, murieron en los ataques.
El saldo civil de la devastadora guerra ha sido significativo. Alrededor de 3.500 iraníes han sido asesinados en los 39 días de guerra contra Irán, que comenzó el 28 de febrero, según cifras oficiales. Estas cifras no incluyen las muertes causadas por la nueva oleada de ataques aéreos estadounidenses en el sur de Irán después de que la Casa Blanca reanudara las acciones militares y dejara de respetar el alto el fuego el 7 de julio.
Pero, así como el conflicto ha devastado las ciudades y los hábitats naturales de Irán, los impactos negativos en el bienestar animal también han sido frecuentes y a menudo ignorados. En el parque de aves Lavizan de Teherán, varias aves entraron en pánico y se estrellaron fatalmente contra sus jaulas tras los bombardeos cercanos, según informaron funcionarios del Departamento de Medio Ambiente de Irán. Los sonidos de las explosiones causan angustia a los animales, y se han documentado escenas similares de mamíferos huyendo de los lugares bombardeados en el Parque Nacional Kolah Ghazi, en la provincia de Isfahán.
Sin embargo, los detalles sobre estos incidentes y otros sucesos en los que se atacaron granjas ganaderas, zoológicos, museos de vida silvestre e instituciones afiliadas al Departamento de Medio Ambiente de Irán han sido escasos, principalmente debido a la limitada actividad de los medios de comunicación independientes y a las restricciones históricas al acceso de los corresponsales internacionales a Irán.
Los investigadores han intentado subsanar esta falta de conocimiento centrándose en los impactos más amplios de la guerra en la calidad del aire en las ciudades iraníes, las inversiones térmicas, la erosión del suelo y la pérdida de hábitat, utilizando datos de código abierto.
Jamon Van Den Hoek, de la Universidad Estatal de Oregón, y sus colegas del laboratorio de investigación de Ecología del Conflicto utilizaron imágenes satelitales de acceso público para investigar los ataques aéreos estadounidenses contra una escuela primaria en Minab, que causaron la muerte de más de 120 niñas el primer día de la guerra. Su grupo planea estudiar las diferentes maneras en que la guerra contra Irán ha aumentado la vulnerabilidad del país al cambio climático y ha alterado la dinámica de su paisaje.
«Uno de nuestros próximos pasos es pasar de la cartografía nacional de daños urbanos a un marco que rastree los impactos ambientales acumulativos en los sistemas terrestres, hídricos y atmosféricos durante todo el período del conflicto», explicó Van Den Hoek, detallando los planes futuros de su equipo.
«Un desafío fundamental son los datos de referencia. Los datos ambientales previos al conflicto en Irán son fragmentarios, y sin una imagen fiable de las condiciones antes de la guerra, resulta más difícil caracterizar los impactos ambientales de esta o cualquier otra guerra», declaró a Truthout.
Décadas de onerosas sanciones han impedido el acceso al país a investigadores internacionales, organizaciones ambientales sin fines de lucro y grupos de defensa, e incluso las operaciones de las Naciones Unidas sobre el terreno son reducidas.
El equipo de la ONU en Irán no incluye representantes del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), y el programa solo ha registrado dos proyectos de colaboración sobre bioseguridad y degradación de la tierra que ha completado en Irán. El PNUMA ha llevado a cabo 20 proyectos de investigación y apoyo en Pakistán y 18 proyectos en Azerbaiyán; ambos países limitan con Irán.
Mucho antes de que comenzara la agresión estadounidense-israelí, Irán ya sufría una serie de problemas ambientales. La actividad industrial no regulada y millones de automóviles ineficientes han convertido a la capital iraní en una de las ciudades más contaminadas del mundo. Los científicos también han alertado sobre lo que han denominado la «bancarrota hídrica» de Irán, causada por largos periodos de sequía y mala gestión de las represas.
A nivel nacional, el gobierno iraní suele ver con recelo la defensa del medio ambiente. Los activistas que trabajan en la intersección del cambio climático, la conservación de la vida silvestre y la justicia hídrica dependen en gran medida de sus contactos en el extranjero para desarrollar su labor, lo que les ha valido acusaciones infundadas por parte del Estado de que atentan contra la seguridad nacional.
El 1 de julio, los conservacionistas Houman Jowkar y Sepideh Kashani fueron arrestados en Teherán por cargos no especificados, dos años después de haber sido liberados tras cumplir una condena de seis años de prisión, lo que provocó indignación entre los activistas de la sociedad civil iraní. La Wildlife Conservation Society (Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre), con sede en Nueva York, los ha calificado como algunos de los «principales expertos mundiales en el guepardo asiático, una especie en peligro crítico de extinción».
La guerra ha dejado profundas huellas en la vida en Irán y algunos de sus efectos ambientales serán crónicos, cuando no irreversibles. Los investigadores afirman que los contaminantes atmosféricos, como los hidrocarburos tóxicos y los óxidos de azufre generados por la combustión del petróleo, pueden permanecer suspendidos en la atmósfera durante un largo período y reaparecer con las precipitaciones futuras, lo que ha generado advertencias sobre el aumento de la probabilidad de enfermedades respiratorias y algunos tipos de cáncer tras la «lluvia negra» que azotó Teherán en marzo, después del bombardeo de los depósitos de petróleo.
La rehabilitación ambiental no es a menudo una prioridad en la reconstrucción posterior a un conflicto. En este panorama de incertidumbre, es probable que los frágiles ecosistemas de Irán sigan sufriendo las consecuencias de los primeros 39 días de bombardeos incesantes por parte de Estados Unidos e Israel en todo el país de 90 millones de habitantes, y de lo que aún pueda provocar la reanudación del conflicto con Estados Unidos.
Foto de portada: Campesinos cosechando mientras el humo se eleva tras los ataques aéreos nocturnos contra depósitos de petróleo en Teherán, Irán, el 8 de marzo de 2026. (Majid Saeedi / Getty Images)