Mira Oklobdzija, Foreign Policy in Focus, 20 julio 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Mira Oklobdzija es una investigadora independiente, activista y antropóloga. Colaboró con el equipo de expertos de la Fiscalía del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia de la ONU. Entre sus libros se encuentran Revolution between Freedom and y, junto con Slobodan Drakulic y Claudio Venza, Urban Guerilla in Italy, además de numerosos artículos sobre derechos humanos, violencia política y xenofobia. Reside en La Haya. Es investigadora principal en Foreign Policy In Focus.
La Copa Mundial es una imagen fotográfica del mundo, aunque sobreexpuesta y distorsionada por los filtros de la propaganda nacionalista y el heroísmo individual. En juego están todas las características de la geopolítica: juegos de poder, grandes sumas de dinero, problemas con la IA, competencia a toda costa, amenazas, animosidades y desconfianza, por citar solo algunas.
Consideremos, por ejemplo, los Juegos Olímpicos. En los Juegos Olímpicos, las reglas son claras. No se permite ningún tipo de manifestación ni propaganda política, religiosa o racial en ninguna sede o recinto olímpico. Ni individuos, ni organizaciones, ni naciones pueden beneficiarse de ellos, ni política ni comercialmente. El objetivo es promover la colaboración y una sana rivalidad.
La Copa Mundial, en cambio, es un campeonato profesional con sus propias reglas cambiantes y un claro enfoque en el beneficio para todos los involucrados. Se espera la exaltación nacional de los resultados. La Copa Mundial moviliza a las naciones en torno a sus equipos y, especialmente, en torno a los héroes de esos equipos. Como los mayores espectáculos del planeta, aparte de las guerras, los partidos de la Copa Mundial harían que los gobernantes romanos sintieran envidia.
Espectáculo ritualizado
Cuanto mayor es el espectáculo, más elementos rituales incorpora. Según Émile Durkheim, los rituales crean un estado de efervescencia colectiva, forjando una unidad emocional y recordando a las personas que forman parte de algo más grande. Esto puede generar en los individuos una cálida sensación de pertenencia o un fervor patriótico desbordante. En La psicología de masas del fascismo, Wilhelm Reich describió de forma convincente cómo se pueden dirigir, manipular y explotar las energías de las masas.
En lo que respecta a los rituales relacionados con eventos deportivos, la “unidad” se demuestra mediante actos repetitivos, el uso de diversos uniformes, el ondear banderas y los gritos, con o sin música. El “remo vikingo” de los aficionados noruegos impresiona a muchos y despierta envidia en otros. La testosterona se exhibe abiertamente, permitiendo la libre expresión de los instintos básicos sin que se tilden de “incivilizados”. La veneración a los héroes también desempeña un papel destacado, incluso cuando estos no están en su mejor momento. Este verano en Estados Unidos, los héroes han sido Harry Kane, Lionel Messi, Erling Haaland, Cristiano Ronaldo, Kylian Mbappé, Jude Bellingham y otros que encabezan la lista. Donald Trump y el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, aunque no persiguieron activamente el balón, intentaron, sin éxito, unirse a sus filas.
En un segundo plano, pero persistentemente seguidos por las cámaras, se encuentran los ricos, famosos y poderosos. Muchos jefes de Estado viajaron para apoyar a sus selecciones nacionales. Pegados a sus pantallas, los espectadores de todo el mundo también pudieron seguir la vida social de David Beckham y Tom Cruise, analizar los emblemas nacionales que lucían Brad Pitt y su novia, preguntarse si Mick Jagger había adelgazado, observar los atuendos de una hastiada Victoria Beckham, presenciar la alegría de Ryan Reynolds al animar y observar a Jeff Bezos y Lauren Sánchez conversando. ¿Qué más se le puede pedir a un deporte?
Más allá del resto de cosas que ofrece la Copa del Mundo, sin duda proporciona una buena dosis de kitsch. Según la definición, el kitsch apela al gusto popular o vulgar, suele ser de mala calidad, utiliza colores llamativos y estridentes, es excesivamente dramático, capta la atención de inmediato y evoca emociones superficiales. Dos pasos más allá se encuentra el novelista Milan Kundera y su concepto de “kitsch totalitario”, que niega las complejidades, las dudas y las realidades desagradables de la existencia humana al prohibir la disidencia, la ironía y la individualidad. Cada grupo de aficionados del Mundial solo muestra disidencia hacia los árbitros cuando estos empiezan a mostrar tarjetas amarillas o rojas a sus favoritos. Estos aficionados se unen contra todos los demás, que a su vez también se unen contra todos los demás. Es el tribalismo ciego en su máxima expresión.
Dinero y poder
El Mundial significa dinero. Los precios de las entradas se disparan. Según Forbes, “la FIFA puso a la venta recientemente una entrada para la final del 19 de julio en el MetLife Stadium de Nueva Jersey por 32.970 dólares”. Y, “en abril, el sitio web de reventa de la FIFA puso a la venta cuatro asientos para la final por algo menos de 2,3 millones de dólares cada uno”. Así pues, la FIFA y los estadios anfitriones gozan de una excelente salud financiera, al igual que las cadenas de televisión, las agencias de viajes, los patrocinadores, los anunciantes, los hoteles en Estados Unidos y los bares de todo el mundo. Los visitantes gastan lo que pueden. Y antes de cada partido, la audiencia televisiva en los Países Bajos recibía regularmente el mensaje: “Este programa ha sido auspiciado por Coca-Cola”.
El fútbol profesional ha sido durante mucho tiempo un gran negocio, con jugadores que se compran y venden a precios elevados. Esta práctica se conoce como el “sistema de traspasos” y está vigente desde 1893, cuando la Asociación Inglesa de Fútbol registró formalmente a los jugadores como propiedad de sus clubes. El Mundial de este año cuenta con dos héroes multimillonarios: Cristiano Ronaldo y Lionel Messi. Otros son simplemente millonarios, que obtienen salarios por su desempeño en el campo y pagos fuera de él a través de patrocinios, licencias, apariciones públicas y artículos de colección, así como beneficios económicos de cualquier negocio en el que el atleta tenga un interés significativo.
El dinero va de la mano del poder. En el fútbol, Gianni Infantino (ciudadano italiano, suizo y libanés) ha obtenido este año una fortuna de 20 millones de dólares, además de una remuneración anual de 6 millones de dólares como presidente de la FIFA. También sabe elegir bien a sus amigos. Alaba incansablemente y sin pudor a Donald Trump, otorgándole el Premio de la Paz de la FIFA en un espectáculo político de muy mal gusto que no debería tener nada que ver con el deporte. Posteriormente, tras una llamada telefónica íntima con Trump, Infantino decidió que la decisión de un árbitro profesional no iba a mantenerse y que el futbolista estadounidense Folarin Balogun podía jugar incluso después de que le mostraran tarjeta roja. Por un momento, Trump se puso muy contento, pero su escandalosa intervención no salvó a la selección estadounidense, que perdió contundentemente contra Bélgica.
Otros escándalos
La política exterior estadounidense también influyó en los partidos. La selección iraní solo podía entrar en territorio estadounidense un día antes de cada encuentro y, tras el partido, tenía que regresar rápidamente a su alojamiento en Tijuana, México. La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de EE. UU. denegó la entrada al país al árbitro somalí Omar Arana debido a un problema de seguridad no especificado, y la FIFA lo expulsó inmediatamente del torneo.
La inteligencia artificial también influyó en los partidos de este verano. El sistema de videoarbitraje (VAR) fue objeto de escrutinio tras una serie de decisiones controvertidas en partidos de varios países, en particular Argentina y Portugal.
Por estas y otras decisiones, la FIFA e Infantino, en particular, han perdido mucho prestigio. Trump fue objeto de burlas en prácticamente todo el mundo. Y la confianza europea en Estados Unidos y su presidente disminuyó, con un 81% de los ciudadanos de ocho países que consideran poco fiable a Estados Unidos. Pero esto también fue una expresión de patriotismo, de la variedad antiestadounidense.
El juego en sí sigue siendo hermoso. Como escribe Tárlach Ó Ruiséil:
El fútbol es una de las mayores formas de arte. La habilidad de un jugador para manipular su cuerpo como el mejor bailarín de balé, para hacer lo que parece antinatural —un cambio repentino de dirección, la potencia de un disparo o un cabezazo, la gracia y la fuerza atléticas— se unen en una orquesta fluida en su máxima expresión… Los mejores jugadores en el escenario más importante, cultivando su talento e inspirando orgullo nacional, han convertido la Copa del Mundo en el espectáculo deportivo más emblemático del planeta.
Aunque insiste en que el fútbol pertenece al pueblo, no a oligarcas, políticos, anunciantes ni ejecutivos corporativos, Ruiséil señala que el juego nunca ha carecido de significado político.
Los triunfos de Italia en 1934 y 1938 fueron inseparables del régimen fascista de Mussolini. La Copa del Mundo de 1978 sirvió a la dictadura militar argentina como un notorio ejercicio de lavado de imagen a través del deporte. Y en 2026, la intervención pública de Donald Trump… ha sonado menos a un jefe de Estado que respeta la independencia deportiva y más a un hombre poderoso que espera un favor.
El remo vikingo
El término “patriotismo” se percibe generalmente como algo positivo, aunque se ha escrito mucho en sentido contrario. Es algo más que un simple sentimiento de pertenencia, y sus aspectos más oscuros suelen pasarse por alto. Por ejemplo, y de forma característica, el semanario luso-canadiense Milénio Stadium afirma:
Esa conexión emocional es lo que convierte a la Copa Mundial de la FIFA en uno de los eventos más poderosos y patrióticos del mundo… demuestra que el fútbol es más que un juego: es una poderosa expresión de orgullo nacional, capaz de unir a millones en un sentimiento compartido de identidad, pasión y esperanza.
Sería útil profundizar en la palabra “esperanza” en este contexto, pero los comentaristas deportivos no tienen por qué ser expertos en todos los temas sociopolíticos. Por otro lado, sería descabellado esperar el mismo entusiasmo de los aficionados al fútbol tanto por su equipo como por sus rivales. Su corazón va primero a su propia bandera y equipo, y solo cuando sus clubes favoritos no juegan o han sido eliminados pueden los amantes del fútbol apreciar el deporte como se merece.
No todo el mundo se deja llevar por las masas y sus fervores patrióticos. El aficionado noruego al fútbol, Emil Anners Lappen, por ejemplo, decidió no remar mientras miles de sus compatriotas a su alrededor sí lo hacían. El “kitsch totalitario” de Kundera describe un sistema político y estético en el que todas las respuestas están dadas de antemano, de tal manera que se excluye cualquier pregunta. El verdadero adversario del kitsch totalitario es quien se plantea preguntas y se niega a sucumbir al sentimiento de masas, aunque esos sentimientos sean cercanos a su corazón y a su mente.
Foto de portada de Shutterstock.