El genocidio de Gaza ha convertido la cuestión palestina en el problema israelí

Sami Al-Arian, Middle East Eye, 31 julio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Sami Al-Arian es director del Centro para el Islam y Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul. Originario de Palestina, vivió en Estados Unidos durante cuatro décadas (1975-2015), donde fue académico titular, destacado orador y activista de derechos humanos antes de trasladarse a Turquía. Es autor de varios estudios y libros. Pueden ponerse en contacto con él en: nolandsman1948@gmail.com.

El genocidio en Gaza desde octubre de 2023, que ha asesinado a más de 73.000 palestinos, ha marcado un punto de inflexión histórico en la lucha palestina y en la naturaleza del conflicto con el proyecto sionista.

Lo que se ha desarrollado ha ido mucho más allá de otra guerra o de otro episodio de violencia israelí; ha puesto al descubierto ante el mundo la verdadera naturaleza del proyecto sionista como una empresa colonialista de asentamientos basada en la limpieza étnica, el apartheid y la eliminación sistemática del pueblo palestino indígena.

Desde su surgimiento a finales del siglo XIX, el movimiento sionista ha tratado de establecer un Estado colonialista en Palestina mediante la movilización de las potencias imperialistas occidentales y una alianza duradera con las fuerzas dominantes del sistema internacional.

Mientras que el colonialismo clásico buscaba principalmente explotar a las poblaciones indígenas, el sionismo pertenece a la tradición de los movimientos coloniales de asentamiento que pretendían sustituirlas. Desde sus inicios, el movimiento fue más allá de la búsqueda del dominio político, con el objetivo de transformar el carácter demográfico, político y cultural de Palestina.

El sionismo nunca fue un movimiento autóctono de Oriente Medio. Fue una solución colonial europea a lo que los propios europeos denominaban la «cuestión judía», impuesta al pueblo palestino.

Durante más de un siglo, el proyecto sionista se ha sustentado en tres pilares estratégicos: el apoyo político, militar y financiero inquebrantable de Occidente; la fragmentación del entorno árabe e islámico circundante y su enredo en conflictos internos; y la creación deliberada de hechos irreversibles sobre el terreno hasta que el despojo sea aceptado como realidad política.

A pesar de las inmensas ventajas políticas y militares de las que goza el régimen sionista, el pueblo palestino ha logrado, gracias a su resistencia y firmeza continuas, frustrar su objetivo central: eliminar la presencia palestina u obligarla a someterse.

Desde la Nakba de 1948, los palestinos se han mantenido firmemente apegados a su tierra, su identidad y sus derechos históricos, pagando un precio extraordinario para preservar su existencia, mantener su lucha y asegurar el futuro de las generaciones venideras.

Históricamente, los proyectos coloniales de asentamientos rara vez se derrumban únicamente por una derrota militar. Comienzan a desmoronarse cuando la población indígena se niega a desaparecer, cuando se derrumba la legitimidad internacional del régimen y cuando el coste interno y geopolítico de mantener la ocupación se vuelve insostenible.

El colapso de Oslo

El proceso de Oslo, junto con la ilusión de una paz negociada, supuso un intento de transformar la cuestión palestina de una lucha por la liberación nacional, la autodeterminación y la independencia en un proyecto para gestionar la ocupación. Más de tres décadas después, su fracaso es indiscutible.

Los asentamientos israelíes se expandieron de forma espectacular, el territorio palestino se redujo de manera constante y la Autoridad Palestina se convirtió en una entidad fragmentada con una autoridad muy limitada, que opera bajo el dominio y las restricciones estructurales impuestas por la ocupación.

Mientras tanto, el Estado sionista siguió creando realidades irreversibles sobre el terreno que han hecho prácticamente imposible el establecimiento de un Estado palestino independiente, incluso uno desmilitarizado, territorialmente fragmentado y privado de soberanía genuina.

Los acontecimientos del 7 de octubre de 2023 destrozaron de raíz el statu quo político, alteraron la trayectoria del conflicto y pusieron al descubierto la quiebra de los supuestos que habían regido la política regional durante más de tres décadas.

El genocidio que siguió supuso el fin moral y político del paradigma de Oslo y de la ilusión de que el conflicto pudiera resolverse mediante interminables negociaciones llevadas a cabo en condiciones de asimetría abrumadora.

El mito de la solución de dos Estados se derrumbó finalmente bajo el peso de la realidad política.

Las reivindicaciones israelíes sobre la tradición de la democracia liberal occidental y el Estado de derecho sufrieron quizá su mayor crisis de credibilidad desde la fundación del Estado.

El mundo reconoció cada vez más que la cuestión nunca se redujo simplemente a una cuestión de fronteras o acuerdos de seguridad, sino que se trataba de una lucha entre un pueblo indígena que buscaba la libertad y un proyecto colonialista de asentamientos basado en la exclusión, la supremacía y la dominación permanente.

El genocidio también asestó un golpe devastador a la visión de Benjamin Netanyahu de un «Nuevo Oriente Medio».

Apenas unas semanas antes del 7 de octubre, se presentó ante las Naciones Unidas mostrando un mapa que, en la práctica, borraba a Palestina y presentaba a Israel como el centro indiscutible de un nuevo orden regional construido sobre la normalización, la integración económica y la hegemonía estratégica. Proyectos como el Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa (IMEC, por sus siglas en inglés) estaban diseñados para institucionalizar a Israel como el puente comercial y de seguridad indispensable que une Asia, el Golfo, Europa y África.

Gaza echó por tierra esa visión.

En lugar de inaugurar una era de hegemonía sionista indiscutible, devolvió a Palestina al centro de la política regional e internacional, frenó el impulso de la normalización y demostró que ningún orden regional puede alcanzar una legitimidad duradera mientras excluya al pueblo palestino y le niegue sus derechos inalienables.

Solidaridad global

El mundo fue testigo del surgimiento del mayor movimiento de solidaridad global con Palestina de la historia moderna. Millones de personas se manifestaron en capitales de Oriente y Occidente.

Las universidades, los sindicatos y las organizaciones de base de la sociedad civil se convirtieron en escenarios de confrontación política y moral con el Estado sionista y sus redes globales de apoyo.

Palestina volvió a convertirse en uno de los temas clave de los debates contemporáneos sobre el colonialismo, el racismo, el derecho internacional, los derechos humanos y la liberación nacional.

Este movimiento difiere notablemente de las oleadas de solidaridad anteriores. Es más joven, más internacional, está menos limitado por las instituciones políticas tradicionales y, lo que es más significativo, está dispuesto a cuestionar los fundamentos ideológicos e institucionales del propio sionismo.

Quizás por primera vez desde la creación de Israel, su narrativa oficial ya no goza de un cuasi monopolio en amplios segmentos del discurso público occidental.

La importancia de Gaza va mucho más allá de Palestina. El genocidio se produjo en un momento en el que el sistema internacional ya estaba experimentando una profunda transformación.

El orden unipolar que surgió tras el fin de la Guerra Fría en 1991 ha ido cediendo terreno progresivamente a un mundo cada vez más disputado y multipolar.

Gaza puso de manifiesto la profunda crisis moral existente en el establishment político occidental y puso de relieve la capacidad cada vez menor de Estados Unidos y sus aliados para imponer sus narrativas preferidas o traducir su abrumadora superioridad militar en una política duradera.

A pesar del apoyo diplomático, militar y financiero sin precedentes de Occidente a Israel, Washington se mostró incapaz de restablecer la legitimidad internacional de Israel, aislar a la resistencia palestina o frenar la oleada de solidaridad mundial.

En toda Asia, África y América Latina, así como entre la juventud y la clase trabajadora de Occidente, Palestina se ha convertido en un punto de convergencia para los movimientos que se resisten a las estructuras desiguales heredadas de la era colonial.

Una nueva visión

Gaza ha cambiado las preguntas que se plantea la gente. El debate ya no se limita a lo que ocurrió en Palestina, sino a cómo un orden internacional que dice defender los derechos humanos pudo permitir que tal destrucción se desarrollara a la vista de todos.

La cuestión estratégica ya no es cómo reactivar un proceso de negociación que hace tiempo que quedó agotado, sino cómo formular una nueva visión para la lucha de liberación capaz de responder a las transformaciones históricas provocadas por Gaza.

El conflicto nunca ha sido una disputa territorial. Es, en esencia, una lucha contra un proyecto colonialista y supremacista arraigado en el desplazamiento, la exclusión y la dominación permanente.

Por lo tanto, el objetivo estratégico no puede consistir en gestionar la ocupación ni en adaptarse a ella. Debe consistir en el desmantelamiento del propio proyecto sionista racista y de las estructuras políticas, jurídicas, militares e ideológicas en las que se sustenta su dominio.

Desmantelar el proyecto sionista no es una expresión de hostilidad hacia los judíos, ni supone la negación de sus derechos, ni se trata de un conflicto religioso.

El sionismo no es el judaísmo, y desmantelar el proyecto sionista no significa desmantelar la vida judía en Palestina ni en ningún otro lugar.

Significa desmantelar un orden político colonial construido sobre el privilegio racial, la exclusión y el despojo, del mismo modo que el desmantelamiento del apartheid sudafricano solo requirió la abolición de las estructuras que institucionalizaban la dominación racial.

Las últimas décadas demuestran que, aunque el pueblo palestino sigue estando en el centro de esta lucha, no puede llevarla a buen término por sí solo. Sin embargo, sigue siendo su punta de lanza esencial.

La firmeza de los palestinos en su patria, el compromiso inquebrantable de los refugiados con el derecho al retorno y la resistencia continua al desplazamiento han preservado la causa palestina a pesar de los repetidos intentos de borrarla de la historia.

Un movimiento global

La acción palestina en la escena mundial se ha vuelto indispensable. Hoy en día, aproximadamente la mitad de los 15,5 millones de palestinos vive fuera de la Palestina histórica.

Muchos de los centros políticos, económicos, financieros, académicos y mediáticos que configuran la opinión y la política internacionales se encuentran fuera de Palestina.

Nuestra tarea principal es reconstruir un movimiento de solidaridad eficaz en todo el mundo y transformarlo en una fuerza global organizada capaz de impulsar la lucha por la liberación.

Este papel va mucho más allá de la ayuda humanitaria o la solidaridad simbólica. Exige un movimiento global organizado capaz de actuar simultáneamente en los ámbitos político, jurídico, económico y cultural.

Los movimientos de liberación exitosos siempre han comprendido que las luchas contra el colonialismo no se ganan únicamente en el campo de batalla; se libran igualmente en las universidades, los tribunales, los parlamentos, los sindicatos y las organizaciones sindicales, las asociaciones profesionales, las instituciones culturales, los mercados financieros y el ámbito de la opinión pública.

El movimiento sionista logró históricamente construir una amplia red internacional que sustentó su proyecto política, financiera, diplomática, intelectual y culturalmente durante más de un siglo.

El reto para la liberación hoy en día consiste en ir más allá de la mera respuesta a estas estructuras y construir redes alternativas arraigadas en los valores universales de justicia, igualdad, libertad y autodeterminación. El objetivo es debilitar sistemáticamente las fuentes de la influencia global sionista, al tiempo que se ponen al descubierto los cimientos coloniales del propio proyecto.

Esto requiere una estrategia a largo plazo. Los movimientos de liberación rara vez triunfan solo mediante la movilización espontánea. Prevalecen gracias a la construcción paciente de instituciones, la educación de las nuevas generaciones, la formación de amplias coaliciones y el mantenimiento de la disciplina estratégica a lo largo del tiempo.

La organización política, más que la reacción emocional, ha distinguido históricamente a los movimientos de liberación nacional exitosos de aquellos que, en última instancia, se fracturaron o se disolvieron.

La organización en favor de la liberación palestina y la desionización debe desarrollarse en múltiples niveles para comprender y cuestionar las estructuras políticas, financieras, culturales y mediáticas a través de las cuales se reproduce la influencia sionista en numerosas sociedades.

Debe reforzar las campañas de boicot, desinversión y sanciones; exigir la rendición de cuentas por crímenes de guerra ante los tribunales nacionales e internacionales; ampliar la cooperación con movimientos de liberación, instituciones religiosas, universidades y organizaciones de derechos humanos; y profundizar la participación en los partidos políticos, los medios de comunicación, los centros de investigación, los campus universitarios, los sindicatos y las organizaciones sindicales, los foros culturales y las organizaciones de la sociedad civil.

El derecho internacional ocupa un lugar importante dentro de esta estrategia, pero no debe confundirse con la estrategia en sí misma.

Los procedimientos ante la Corte Internacional de Justicia, en particular en el caso de Sudáfrica, junto con las acciones ante la Corte Penal Internacional y otros foros judiciales, han debilitado las reivindicaciones de larga data de Israel en cuanto a su excepcionalismo y su impunidad.

Sin embargo, la historia demuestra que las victorias jurídicas solo adquieren un significado duradero cuando están respaldadas por una acción política organizada y una movilización popular sostenida. Los tribunales pueden reforzar la lucha política, pero no pueden sustituirla.

La presión económica es igualmente crucial: a lo largo de la historia, los sistemas coloniales se han basado tanto en la integración financiera internacional y los privilegios comerciales como en la superioridad militar.

Las campañas dirigidas contra las inversiones, las cadenas de suministro, las alianzas institucionales, la complicidad empresarial y la normalización económica constituyen un componente esencial de cualquier estrategia a largo plazo destinada a desmantelar las estructuras de dominación colonial.

Causa universal

El movimiento de liberación palestino también debe recuperar sus dimensiones árabes, islámicas y universales.

Palestina nunca ha sido meramente una preocupación de un pueblo aislado que busca la independencia nacional; ha estado íntimamente ligada al futuro de la región, a su identidad, a su independencia política y a su proyecto civilizatorio.

Gaza ha demostrado una vez más que el proyecto sionista no amenaza únicamente a los palestinos. Pretende institucionalizar un orden regional basado en la supremacía militar, la dependencia política, la subordinación económica y la fragmentación permanente.

Esto exige un replanteamiento fundamental del papel de la umma. Palestina no puede considerarse simplemente como una causa humanitaria que merece compasión.

Sigue siendo la cuestión civilizatoria central a la que se enfrenta el mundo musulmán, ya que el proyecto sionista ha funcionado como un instrumento estratégico para preservar la fragmentación regional e impedir un desarrollo político independiente.

La lucha por desmantelar las estructuras sionistas no puede, por lo tanto, separarse del proyecto más amplio de reconstruir la umma en los ámbitos político, intelectual, económico y espiritual. La liberación de Palestina y la renovación de la umma se han convertido en procesos históricos que se refuerzan mutuamente.

Palestina nunca debe reducirse a una causa sectaria, étnica o estrictamente ideológica. Una de sus mayores fortalezas siempre ha sido su atractivo moral universal. Llega a todos aquellos que rechazan el colonialismo, el racismo, el apartheid y la injusticia.

Por esa razón, Palestina debe seguir sirviendo como causa unificadora para las personas de conciencia, independientemente de su religión, origen étnico, nacionalidad o afiliación política.

Palestina ocupa ahora un lugar similar al que ocupó Sudáfrica durante las últimas décadas del siglo XX. Se ha convertido en una de las cuestiones morales y políticas definitorias de nuestro tiempo.

Al igual que Sudáfrica simbolizó en su día la lucha mundial contra el apartheid, Palestina simboliza cada vez más la lucha contemporánea contra el colonialismo de asentamientos, la dominación racial y la hegemonía imperial.

La responsabilidad histórica a la que se enfrentan los palestinos y sus aliados va más allá de resistir las consecuencias inmediatas de la ocupación: consiste en participar conscientemente en el largo proceso histórico de desmantelamiento de las estructuras políticas, intelectuales e institucionales que han mantenido el proyecto sionista durante generaciones.

Esta tarea tampoco recae únicamente sobre los palestinos. Palestina sigue siendo la causa central de la umma y se ha convertido también en una causa cada vez más importante para la humanidad en su conjunto.

Un grupo de activistas sostiene pancartas en las que se lee «UE: Dejad de comprar lo que Israel roba» durante una manifestación celebrada en Bruselas el 17 de junio de 2026 para pedir a los líderes de la UE que prohíban los productos procedentes de los ilegales asentamientos israelíes (Nicolas Tucat/AFP)

La lucha afecta al futuro de un orden internacional que afirma basarse en la justicia, la igualdad y los derechos humanos. Un mundo dispuesto a normalizar el genocidio, el apartheid y la ocupación permanente en Palestina pone, en última instancia, en peligro esos principios en todas partes.

Gaza ha redefinido el conflicto de formas que van mucho más allá de las fronteras de Palestina. Lo que hace solo unos años parecía políticamente inimaginable se debate ahora abiertamente en universidades, parlamentos, instituciones internacionales, organizaciones profesionales, sindicatos, medios de comunicación y centros comunitarios.

Las creencias aceptadas desde hace tiempo sobre el sionismo, la política occidental, el derecho internacional y el futuro de Palestina están siendo objeto de un replanteamiento cada vez mayor.

El período que se avecina exige mucho más que simples muestras de solidaridad. Requiere una nueva visión estratégica, organización política y la paciencia disciplinada necesaria para una lucha prolongada.

Todos los movimientos de liberación que han tenido éxito han combinado la resistencia inmediata con la construcción paciente de instituciones capaces de transformar los momentos de crisis en un cambio político duradero.

Redefinir el conflicto

Cualquier debate sobre el futuro seguirá siendo incompleto a menos que redefinamos primero el conflicto.

La causa palestina abarca la lucha de un pueblo oprimido y reviste un profundo significado civilizatorio y religioso por sus lugares sagrados. Sin embargo, en su esencia subyace la naturaleza y el carácter del proyecto sionista.

Hablar exclusivamente de la «cuestión palestina» ya no es suficiente.

El principal reto al que se enfrenta la región es el «problema israelí»: la existencia de un Estado colonialista soberano cuya estructura política se basa en la exclusión de la población indígena y cuya supervivencia depende de la expansión territorial, el dominio militar, la fragmentación regional y el respaldo permanente de Occidente.

La historia ofrece varios ejemplos de sistemas políticos que llegaron a ser reconocidos no solo como Estados, sino como problemas estructurales que amenazaban la estabilidad regional e internacional.

El «problema alemán» generado por el nazismo y el militarismo en la primera mitad del siglo XX, y más tarde el régimen del apartheid en Sudáfrica, ilustran cómo determinados órdenes políticos pueden convertirse en fuentes de inestabilidad crónica que se extienden mucho más allá de sus fronteras.

De hecho, el problema israelí pertenece a esa categoría histórica.

El objetivo estratégico no puede limitarse a resistir las consecuencias del sionismo. Debe consistir en el desmantelamiento sistemático de las estructuras de las que depende el proyecto sionista.

Para debilitar el proyecto sionista, primero debemos comprender con precisión cómo se sustenta. Todo sistema de dominación duradero se sustenta en fuentes identificables de poder político, militar, económico e ideológico.

Los movimientos de liberación solo alcanzan eficacia estratégica cuando van más allá de la mera resistencia ante la injusticia y llegan a comprender los mecanismos que la reproducen.

Los doce pilares

La «teoría de los doce pilares» que he desarrollado identifica las principales fuentes de la fuerza sionista. Su objetivo es permitir estrategias coherentes a largo plazo para debilitarlos, transformando la resistencia de una postura reactiva en un proyecto integral de cambio histórico.

Estos doce pilares se agrupan en tres áreas principales:

La primera aborda el control demográfico y territorial: la exclusividad judía como principio rector del Estado, la exclusión y el desplazamiento de los palestinos, la expansión continua de los asentamientos y la creación metódica de hechos irreversibles sobre el terreno. En conjunto, estos pilares pretenden borrar a Palestina física, política y demográficamente.

Gaza ha puesto de manifiesto la creciente fragilidad de esta estrategia.

Más de 125 años después del surgimiento del sionismo político, y casi ocho décadas después de la Nakba, los palestinos siguen arraigados en su patria y firmemente comprometidos con su identidad, sus derechos históricos y el derecho al retorno.

Menos de la mitad de los judíos del mundo se han reasentado en Palestina. Mientras tanto, las tendencias demográficas sugieren que los palestinos de la Palestina histórica igualan o superan ya a la población judía.

El objetivo demográfico fundacional del sionismo —sustituir a la población indígena— sencillamente ha fracasado.

La resistencia palestina, junto con la resistencia libanesa a lo largo de varias décadas, ha demostrado asimismo que la expansión de los asentamientos no es un proceso histórico irreversible.

Los proyectos coloniales suelen parecer invencibles durante los períodos de expansión. Sin embargo, la Argelia francesa, la Angola portuguesa, Rodesia y la Sudáfrica del apartheid parecían todas permanentes hasta que las realidades políticas, demográficas y morales socavaron gradualmente los supuestos en los que se sustentaban.

El proyecto sionista no debe considerarse una excepción a estos patrones históricos más amplios.

El segundo conjunto de pilares sustenta la supremacía militar, de inteligencia y tecnológica de Israel: la militarización de la sociedad, el mantenimiento de la superioridad militar y tecnológica, el monopolio de las armas nucleares y el dominio en materia de seguridad e inteligencia.

Durante décadas, estos pilares constituyeron la base tanto psicológica como militar del poder sionista. Sin embargo, los acontecimientos recientes han puesto de manifiesto importantes limitaciones.

La confrontación militar directa con la República Islámica de Irán demostró que la abrumadora superioridad tecnológica, incluso cuando se combina con el apoyo militar estadounidense, no puede por sí sola obligar a la capitulación política ni restablecer una disuasión estratégica incuestionable.

El siglo XX nos ofrece una clara advertencia: bajo un intenso escrutinio, la fuerza bruta puede convertirse en un lastre estratégico que acelere el aislamiento diplomático, las tensiones económicas, la deslegitimación moral y la polarización interna.

La verdadera disuasión depende mucho menos de la tecnología militar pura que de la legitimidad política y de la credibilidad de los resultados estratégicos a largo plazo.

Desde octubre de 2023, el Estado sionista ha demostrado en repetidas ocasiones su capacidad para infligir una destrucción devastadora. Le ha resultado considerablemente más difícil recuperar la imagen de invulnerabilidad que históricamente ha sustentado su doctrina de disuasión.

Apoyo en declive

Por último, el tercer conjunto de pilares se refiere al posicionamiento internacional y regional del régimen sionista: la dependencia del apoyo político occidental; la movilización de la comunidad judía mundial al servicio del proyecto sionista; el mantenimiento de la fragmentación regional; y el fomento de alianzas con minorías, movimientos separatistas y regímenes autoritarios en busca de la hegemonía regional.

Estos pilares han entrado en un periodo de creciente tensión.

El apoyo occidental sigue siendo, sin duda, uno de los mayores activos estratégicos de Israel. Sin embargo, Gaza ha alterado la opinión pública internacional, especialmente entre las generaciones más jóvenes, las universidades, los sindicatos, las asociaciones profesionales y los movimientos sociales.

Sectores importantes de las sociedades occidentales distinguen cada vez más entre el apoyo a las comunidades judías y el apoyo incondicional a las políticas del Estado sionista, una distinción que a menudo se marginó políticamente en décadas anteriores.

El creciente escrutinio jurídico ante la Corte Internacional de Justicia, la Corte Penal Internacional y los tribunales nacionales de varias jurisdicciones ha erosionado aún más ese apoyo.

Las instituciones jurídicas por sí solas no transformarán las realidades políticas, pero contribuyen cada vez más a la erosión generalizada de la legitimidad de la que dependen, en última instancia, los sistemas de dominación colonial.

Aún más significativa ha sido la transformación del entorno informativo global. Durante décadas, las instituciones sionistas ejercieron una influencia considerable sobre las narrativas políticas y mediáticas dominantes en gran parte del mundo occidental.

Hoy en día, el periodismo independiente, los medios digitales, las plataformas de redes sociales y la documentación sin precedentes del genocidio de Gaza han debilitado ese monopolio informativo. El control sobre la narrativa se ha convertido en un ámbito mucho más disputado que en cualquier otro periodo anterior de la historia de Israel.

Cada paso hacia una mayor cooperación dentro de los mundos árabe y musulmán, cada esfuerzo por la integración regional y cada ampliación de los vínculos entre los movimientos anticoloniales de todo el Sur Global desafía directamente otra de las premisas estratégicas de larga data del sionismo: que la fragmentación regional permanente es a la vez deseable y sostenible.

Estos doce pilares no funcionan de forma aislada; se refuerzan mutuamente, y el debilitamiento de uno de ellos aumenta la presión sobre los demás. Los movimientos de liberación exitosos buscan logros estratégicos acumulativos en múltiples ámbitos, en lugar de victorias aisladas.

Cada pilar representa una vulnerabilidad. La cuestión es cómo ejercer presión sobre ellos de forma simultánea.

La lucha se centra en los cimientos políticos, militares, económicos, diplomáticos e ideológicos que sustentan el proyecto sionista.

El desmantelamiento del proyecto sionista no supone la destrucción de una sociedad, la negación de los derechos de ninguna comunidad ni una invitación al conflicto perpetuo. Significa la abolición de las estructuras legales del apartheid, la ocupación y el privilegio racial.

Más allá de las negociaciones

El futuro de la causa palestina —o, más exactamente, la resolución del problema israelí— no se determinará en la mesa de unas negociaciones infructuosas.

Se forjará a través de la firmeza, la resistencia organizada, la lucha sostenida, la movilización política global, la acción jurídica, la presión económica y el esfuerzo intelectual.

Nosotros, como palestinos, junto con la umma y las personas de conciencia de todo el mundo, ya no podemos permitirnos el lujo del activismo simbólico.

La historia rara vez cambia solo a través de momentos aislados de heroísmo. Cambia cuando la convicción moral se une a una organización disciplinada, a la paciencia estratégica y a instituciones capaces de transformar el sacrificio en logros políticos duraderos.

El siglo XX deja claro que los sistemas coloniales no caen porque pierdan batallas; más bien, se desmoronan cuando el mundo deja de creer en ellos: cuando su legitimidad se pudre, su economía se resiente, sus argumentos morales suenan huecos y las alianzas que los sostenían se derrumban.

La confrontación militar puede acelerar ese proceso, pero la organización política, la solidaridad internacional y la paciencia estratégica determinan, en última instancia, los resultados históricos.

El proyecto sionista no es inmutable ni está exento de las tendencias generales de la historia. Al igual que otras empresas coloniales de asentamientos que le precedieron, se sustenta en estructuras que son construcciones históricas y que, por lo tanto, pueden desmantelarse.

Nuestra responsabilidad —ante quienes se han sacrificado, ante las futuras generaciones de palestinos y ante todos los que siguen creyendo en la justicia— es llevar adelante esta lucha, manteniendo nuestra disciplina estratégica y nuestro propósito claro, con la confianza de que los sistemas basados en la exclusión y la dominación acabarán cediendo ante aquellos fundados en la dignidad humana.

Palestina se ha convertido una vez más en la brújula moral de la lucha mundial contra el colonialismo, el racismo y la dominación. Que ese momento se convierta en una transformación histórica duradera depende de lo que construyamos a partir de él en los próximos años.

Voces del Mundo

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