De la India a Gaza: las revueltas juveniles y la lucha por abrir un nuevo futuro

Henry Giroux, CounterPunch.org, 31 julio 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Henry A. Giroux ocupa actualmente la cátedra de Estudios de Interés Público de la Universidad McMaster en el Departamento de Estudios Ingleses y Culturales y es Paulo Freire Distinguished Scholar in Critical Pedagogy. Sus libros más recientes son: The Terror of the Unforeseen (Los Angeles Review of Books, 2019), On Critical Pedagogy, 2ª edición (Bloomsbury, 2020); Race, Politics, and Pandemic Pedagogy: Education in a Time of Crisis (Bloomsbury 2021); Pedagogy of Resistance: Against Manufactured Ignorance (Bloomsbury 2022) e Insurrections: Education in the Age of Counter-Revolutionary Politics (Bloomsbury, 2023), y, en coautoría con Anthony DiMaggio, Fascism on Trial: Education and the Possibility of Democracy (Bloomsbury, 2025). Giroux es también miembro de la junta directiva de Truthout.

«¿Y si todas las cucarachas se unieran?» – Abhijeet Dipke

Marx y Engels lanzaron el histórico llamamiento: «¡Proletarios de todos los países, uníos! ¡No tenéis nada que perder salvo vuestras cadenas!». Hoy, ese llamamiento vuelve con renovada urgencia y adopta una nueva forma: ¡Jóvenes de todo el mundo, uníos y resistid! La juventud de hoy posee el valor, la imaginación, la indignación y el número necesarios para cambiar el curso de la historia. Ha crecido en sociedades paralizadas por el cinismo, la soledad, la desesperación y el odio, condiciones que aíslan a las personas unas de otras y les enseñan a considerar la crueldad como algo inevitable. Sin embargo, incluso en medio de esta desolación, sigue existiendo una posibilidad radical: la recuperación de la solidaridad como pasión por la justicia y del amor como fuerza pública y colectiva. Este amor militante comienza con el reconocimiento de que nuestras vidas están profundamente interconectadas, de que la libertad no puede reducirse a una huida individual y de que ninguno de nosotros puede sentirse seguro mientras otros se ven convertidos en vulnerables y prescindibles. Crea vínculos lo suficientemente fuertes como para romper el aislamiento, conectar el sufrimiento privado con la responsabilidad pública y transformar la compasión en resistencia organizada. Tal y como James Baldwin y Malcolm X comprendieron de diferentes maneras, aprender a vivir requiere aprender a amar, no como sentimentalismo ni como un refugio en la vida privada, sino como un rechazo al odio, al racismo y a la maquinaria de la desechabilidad.

El amor militante se pone del lado de la justicia. Se expresa en la solidaridad, la lucha compartida y la voluntad de asumir la responsabilidad por vidas más allá de nuestra experiencia inmediata. Transforma la soledad en conexión, la desesperación en valor colectivo y la ira en una lucha disciplinada por un mundo en el que ningún ser humano sea considerado prescindible. Ahora que la catástrofe ya no se vislumbra por el horizonte, sino que está a las puertas de sus casas, los jóvenes deben construir un movimiento mundial de resistencia que ni la propaganda ni la represión puedan silenciar. Es hora de detener la maquinaria de la muerte sostenida por los gobiernos y sus instituciones militares, industriales y académicas, todas ellas manchadas por el sufrimiento de los niños, las mujeres, los ancianos y aquellos a quienes se condena a ser desechables.

Pero la solidaridad solo se convierte en una fuerza radical cuando la convicción moral adopta la forma de una lucha organizada. Las protestas lideradas por estudiantes en la India han demostrado cómo la cultura puede convertirse tanto en arma pedagógica como en vehículo de resistencia colectiva. Después de que el presidente del Tribunal Supremo de la India, Surya Kant, se refiriera despectivamente a los jóvenes desempleados como «cucarachas», Abhijeet Dipke respondió con un provocativo desafío en Instagram: «¿Y si todas las cucarachas se unieran?». La pregunta se difundió rápidamente, transformando un insulto destinado a humillar en un grito de guerra de rebeldía. Enfrentándose al corrupto y cada vez más autoritario Gobierno de Modi, los estudiantes, los jóvenes desempleados y sus simpatizantes utilizaron memes, sátira y los «reels» de Instagram para sacar a la luz la corrupción, desmontar el mito del poder y movilizar protestas masivas. A pesar de enfrentarse a gases lacrimógenos, violencia policial y detenciones, se negaron a abandonar las calles. Su resistencia puso de manifiesto que la dominación no se sustenta únicamente en la fuerza. También depende de imágenes, narrativas y un sentido común fabricado que enseña a la gente qué temer, qué aceptar y a qué obedecer. Al volver la cultura en contra del poder, los manifestantes se adentraron en el terreno mismo donde se forjan las identidades, donde la ira encuentra su lenguaje y donde el sufrimiento privado se convierte en indignación pública y acción colectiva.

El Partido Cockroach Janta, liderado por jóvenes, convirtió este desafío en un movimiento en rápida expansión. Con más de 20 millones de seguidores en Instagram, construyó una esfera pública alternativa más allá de la maquinaria propagandística del Gobierno. Los jóvenes transformaron el ridículo digital en solidaridad política y lo llevaron de la pantalla a las calles.  Las imágenes de la represión policial avivaron la indignación pública, mientras que el creciente poder del movimiento obligó a dimitir al ministro de Educación de la India y situó la reforma educativa y la rendición de cuentas pública en la agenda nacional. Como señala Arundhati Roy, «los estudiantes manifestantes que han invadido Delhi nos están mostrando un futuro diferente para la India».

Lo que comenzó como un insulto se convirtió en un símbolo. Lo que comenzó como un meme se convirtió en un movimiento. Lo que comenzó en Internet se convirtió en una fuerza material capaz de hacer retroceder a un gobierno autoritario. Esto fue más que un nuevo estilo de protesta. Fue una reestructuración de la política desde abajo, que se apropió de las tecnologías culturales de dominación y las volvió contra los sistemas de poder que generan censura y despojo. Demostró que la cultura no es un mero adorno de la política, sino uno de los ámbitos decisivos en los que se desafía el poder, se forja la solidaridad y surge la acción colectiva.

La lección va mucho más allá de la India. Los jóvenes de Estados Unidos o de cualquier otro lugar no deben pasarla por alto, sobre todo ahora que el ataque genocida contra Gaza va acompañado de una campaña cada vez más intensa de violencia estatal y de los colonos en la Cisjordania ocupada. La catástrofe en Palestina no se limita a Gaza. Forma parte de un proyecto colonial más amplio de despojo, desplazamiento forzoso, robo de territorios y destrucción de la vida palestina, una lógica de dominación cada vez más visible en todo el mundo. También es una advertencia de lo que le espera al resto del mundo, a medida que los Estados fascistas emergentes responden a la crisis económica con paranoia racista, militarismo y fantasías de purificación. Esta violencia implica algo más que la represión de la disidencia. Una forma mafiosa de capitalismo neoliberal se está fusionando con la violencia colonial y el régimen autoritario, generando un orden criminógeno en el que la ley está al servicio del poder, la crueldad se convierte en política y poblaciones enteras quedan abandonadas a la violencia, el exilio y la muerte. Azeezah Kanji tiene razón al insistir:

A menudo hablamos de la «excepción palestina»: la represión extrema del discurso y el activismo palestinos y de solidaridad con Palestina. También deberíamos hablar del «ejemplo palestino»: entender Palestina no solo como una excepción, sino como un emblema de la condición colonial moderna.

El asalto a la aldea de Tell, al suroeste de Nablus, da un significado concreto a este «ejemplo de Palestina»: el poder colonial actuando a través de las fuerzas combinadas del ejército, el Estado y los colonos armados para despojar a un pueblo y destruir las condiciones necesarias para la vida colectiva. Tras un enfrentamiento mortal en el que participaron palestinos, colonos armados y fuerzas israelíes, el Gobierno israelí impuso un castigo colectivo. Cuatro palestinos perdieron la vida, decenas fueron detenidos, se registraron viviendas y las operaciones militares se extendieron a las comunidades vecinas. El primer ministro Benjamin Netanyahu ordenó una campaña militar de mayor envergadura, mientras que miembros de su Gobierno de extrema derecha exigieron una mayor expansión de los asentamientos y el despoblamiento de las aldeas palestinas. La relatora especial de la ONU, Francesca Albanese, describió los ataques conjuntos del ejército y los colonos como pogromos contra civiles indefensos.

El caso de Tell no es un incidente aislado. Desde octubre de 2023, las fuerzas israelíes y los colonos han matado a más de 1.000 palestinos en la Cisjordania ocupada, entre ellos unos 200 niños. Miles de personas han resultado heridas y más de 10.000 se han visto desplazadas por las operaciones militares, las demoliciones, los ataques de los colonos y las restricciones al acceso a sus tierras. Comunidades beduinas y rurales enteras han sido expulsadas de sus hogares, mientras que la construcción de asentamientos y la confiscación de territorio palestino han avanzado a un ritmo sin precedentes. La violencia de las turbas armadas de colonos no puede separarse del Gobierno que las protege, las arma y les da cobertura política. Tampoco puede separarse de los crecientes ataques militares de Israel en toda la región, incluido el Líbano. No se trata de brotes de violencia aislados, sino de expresiones de una política más amplia de expansión colonial, castigo colectivo y guerra permanente.

Lo que está ocurriendo en Gaza y Cisjordania es un crimen contra la humanidad que ha sido posible gracias a las armas, la protección diplomática, la indiferencia de los medios de comunicación y la vergonzosa complicidad de poderosos gobiernos occidentales, especialmente el de Estados Unidos. Las universidades invierten y colaboran con las instituciones que sostienen la maquinaria bélica. Los medios de comunicación corporativos convierten el sufrimiento masivo en ruido de fondo. Los líderes políticos vacían de todo significado el lenguaje de los derechos humanos al aplicarlo de forma selectiva. En estas condiciones, el silencio no es neutralidad. Es una forma de colaboración y la normalización del genocidio se convierte en un ensayo para nuevos crímenes.

Los jóvenes de la India han demostrado lo que es posible cuando una generación rechaza el futuro que se le impone. No están solos. La resistencia que está surgiendo entre los jóvenes de todo el mundo ofrece un lenguaje para hacer frente a este régimen global de violencia. Aunque han surgido a raíz de agravios concretos, estas revueltas tienen su origen en la creciente desigualdad, el desempleo, la inseguridad económica, la corrupción, la censura y el nepotismo descarado de las élites políticas.

Lo que a menudo se pasa por alto en la prensa dominante es que los jóvenes manifestantes se rebelan contra una forma global de capitalismo mafioso que les ha negado un lugar significativo en el presente y les ha robado el futuro. Al comentar el levantamiento de las «Cucarachas», Vijay Prashad identifica las fuerzas económicas más profundas que impulsan esta revuelta:

Los jóvenes manifestantes no se rebelan porque tengan una capacidad de atención más limitada o una aversión cultural especial a la autoridad. Se rebelan porque el capitalismo no puede integrarlos en una vida económica digna. Se les ha dicho que estudien, obtengan títulos, adquieran nuevas competencias, se mantengan competitivos y se conviertan en «emprendedores». Sus familias han pedido préstamos, vendido tierras, pospuesto tratamientos médicos y reducido el consumo doméstico para pagar la educación y la formación. Al final de este agotador recorrido, muchos descubren que el empleo prometido no existe. Otros solo encuentran contratos temporales, prácticas no remuneradas, trabajo en plataformas o empleos cuyos salarios no guardan relación alguna con sus cualificaciones.

Esta crisis no se limita a la India. En Bangladés, las protestas estudiantiles pusieron fin a los quince años de mandato de Sheikh Hasina. En Nepal, la resistencia contra la corrupción y la censura digital obligó al primer ministro a dimitir. En Madagascar, las protestas que comenzaron por los cortes de agua y electricidad se convirtieron en demandas de «una reforma completa del sistema político» y expulsaron del país al presidente Andry Rajoelina. En Kenia, un movimiento juvenil descentralizado obligó al Gobierno a retirar un proyecto de ley de finanzas punitivo y sigue desafiando al poder estatal y marcando la política del país.

En gran medida sin líderes y conectados digitalmente, estos movimientos han transformado las redes sociales en una esfera pública alternativa y han convertido las redes en línea en poder político en las calles. Aunque difieren en sus historias, reivindicaciones y resultados, comparten una lección crucial: cuando los jóvenes se niegan a callar, se organizan más allá de sus diferencias y unen su valentía a una indignación pública más amplia, se puede obligar a los gobiernos a retroceder y las estructuras de poder aparentemente inamovibles pueden empezar a resquebrajarse.

 El reto ahora es convertir estas revueltas dispersas en una lucha común. Los jóvenes de todo el mundo deben transformar estas lecciones en un movimiento internacional capaz de llevar a millones de personas a las calles e interrumpir el funcionamiento de las instituciones que hacen posible la violencia masiva. Deben organizar manifestaciones pacíficas más allá de las fronteras, crear alianzas entre estudiantes y trabajadores, ocupar espacios públicos, radicalizar la imaginación social y desenmascarar los sistemas de propaganda que la sustentan. Deben exigir el fin inmediato de la matanza, un embargo de armas, sanciones internacionales, así como libertad y justicia para el pueblo palestino. La indignación moral debe convertirse en poder organizado.

A este movimiento deben sumarse educadores, artistas, trabajadores culturales, sindicalistas, periodistas, comunidades religiosas e intelectuales públicos. La resistencia no puede seguir fragmentada por las fronteras nacionales ni confinada a campus y ciudades aislados. Las manifestaciones deben ser globales, coordinadas, sostenidas e imposibles de ignorar por parte de los gobiernos. Los boicots, las campañas de desinversión, las acciones sindicales, los seminarios de sensibilización y la desobediencia civil masiva deben converger en un amplio frente democrático capaz de imponer un coste político a la complicidad. Las instituciones capitalistas y nacionalistas reaccionarias que sustentan la opresión deben ser confrontadas allá donde operen: en los ministerios gubernamentales, las empresas, las universidades, los medios de comunicación, las redes financieras y la industria armamentística.

El movimiento juvenil indio nos ofrece, por tanto, una lección tanto cultural como política. Las imágenes, los algoritmos, las plataformas digitales y los espectáculos políticos son expresiones de poder, pero también pueden aprovecharse como instrumentos de resistencia. La crítica cultural debe ir más allá de poner al descubierto cómo se fabrica el consentimiento y se organiza el deseo. El ámbito cultural puede recuperarse desde abajo y transformarse en una pedagogía pública de resistencia, valentía colectiva y posibilidad democrática radical. Pero la resistencia digital alcanza su límite a menos que salga a la calle, construya organizaciones duraderas, se una a los trabajadores y a las comunidades, y convierta la visibilidad en poder político duradero.

El poder de los jóvenes no reside únicamente en su juventud, sino en su capacidad para despertar al resto de la sociedad de la parálisis del cinismo, el miedo y la impotencia fabricada. Pueden desenmascarar la mentira de que nada puede cambiar, conectar las luchas que el poder se esfuerza por mantener separadas y dotar a la solidaridad global de una forma organizada y material. Sin embargo, la rebelión juvenil no puede sostenerse únicamente con el impulso de la energía colectiva y el alcance explosivo de la cultura digital. Como advierte acertadamente Vijay Prashad, «la espontaneidad y el alcance digital por sí solos no pueden vencer a un poder arraigado». Para que el movimiento Cucarachas se convierta en una fuerza política duradera, debe vincular la reforma de los exámenes con lo que Prashad denomina «luchas más amplias por el empleo, la educación pública, los derechos laborales y la redistribución económica». La cuestión, pues, ya no es si los jóvenes poseen el poder para desencadenar el cambio, sino si personas de todas las generaciones se unirán a ellos para construir un movimiento capaz de sostenerlo.

La carga de la resistencia no recae únicamente sobre los jóvenes. Sus movimientos proporcionan un mapa, no una coartada para la inacción de los demás. Han revelado el lenguaje, la imaginación, el valor y las formas de lucha que se exigen a todo aquel que rechaza un futuro organizado en torno al genocidio, el colonialismo y la guerra permanente. Gaza está siendo destruida. Cisjordania se está vaciando pueblo a pueblo. La política de la violencia genocida se está extendiendo por todo el mundo. El tiempo de los gestos aislados y la indignación ceremonial ha pasado. Lo que se necesita ahora es un levantamiento mundial de la conciencia que se transforme en una resistencia de masas disciplinada, sostenida y no violenta. Los jóvenes del mundo deben unirse a los trabajadores, los educadores, los artistas y todos aquellos que rechazan un mundo gobernado por la crueldad, el despojo y la guerra. Deben organizarse para paralizar las instituciones que alimentan la maquinaria bélica, haciendo imposible la complicidad y inevitable la solidaridad. Lo que está en juego es si el futuro pertenecerá a los mercaderes de la muerte o a quienes tengan el valor de detenerlos. La neutralidad ya no es una opción. La resistencia es imprescindible.

Foto de portada de Subin Siby – CC0

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