Don Corleone Trump

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 3 agosto 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.

Visité el casino Taj Mahal de Donald Trump en Atlantic City el día antes de que cerrara, en octubre de 2016. El casino tenía dos enormes puertas blancas flanqueadas por elefantes blancos de piedra moldeada de 2 toneladas. Su entrada estaba coronada por una serie de 70 minaretes de fibra de vidrio de color turquesa y verde azulado y una docena de cúpulas con puntas doradas. Un letrero de neón con letras rojas y doradas decía: «Trump Taj Mahal Casino and Resort». Una fuente iluminada situada frente a las puertas acristaladas del casino estaba decorada con dos filas de seis urnas blancas y doradas.

El Taj Mahal, el casino propiedad de Donald Trump en Atlantic City, EE. UU. (Foto de Tony Ward/Mirrorpix/Getty Images)

El Trump Taj Mahal, el edificio más alto de Nueva Jersey y el casino más grande del mundo, costó 1.200 millones de dólares. Las lujosas suites, cuando se inauguraron, recibieron nombres de personajes históricos: Alejandro Magno, Miguel Ángel, Napoleón y Cleopatra. Las suites costaban alrededor de 10.000 dólares al día. Trump, cuyo nombre e imagen aparecían por todo el casino, recurrió a su habitual hipérbole para calificarlo como la «octava maravilla del mundo». Se ordenó a los operadores del casino que contestaran las llamadas entrantes con las palabras: «Gracias por llamar al Trump Taj Mahal, donde las maravillas nunca cesan». Las camareras llevaban trajes de «chicas del harén».

El casino se declaró en quiebra en cinco ocasiones.

Trump está haciendo al país lo mismo que le hizo al Taj Mahal. Su administración está gastando muy por encima de sus posibilidades, con un presupuesto de 7,4 billones de dólares para el año fiscal 2026, frente a unos ingresos previstos de tan solo 5,6 billones de dólares. La estupidez de Trump ha sumido a Estados Unidos en una guerra interminable e imposible de ganar contra Irán, que podría hundir la economía mundial. Se dispone a recortar la cobertura sanitaria de 15 millones de personas, junto con la ayuda alimentaria y otros programas de necesidades básicas. Ha despedido a miles de empleados públicos. Ha cerrado USAID, el Instituto Estadounidense de la Paz y el Centro Kennedy. Ha desmantelado «La Voz de América» y promete cerrar el Ministerio de Educación. Se ha retirado de la Organización Mundial de la Salud y del Acuerdo de París sobre el Clima (por segunda vez). Ha mantenido la suspensión de la financiación a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos en Oriente Próximo (UNRWA), que ya había comenzado bajo la administración de Biden. Ha cancelado miles de proyectos de desarrollo internacional financiados por EE. UU. Ha borrado bases de datos gubernamentales y páginas web relacionadas con el clima. Ha recortado drásticamente los presupuestos destinados a iniciativas de energías renovables, al tiempo que ha revocado las regulaciones federales sobre emisiones de carbono y contaminación.

Sus políticas de tierra quemada, que están dinamitando los cimientos de la república, van acompañadas de una cultura de corrupción y engaño sin parangón en la historia de Estados Unidos.

Trump, cuyos funcionarios se enfrentan a acusaciones de uso de información privilegiada y cuya familia ha ganado más de 1.400 millones de dólares con negocios relacionados con las criptomonedas desde que asumió el cargo, se beneficia descaradamente de la fusión entre los mercados de predicción no regulados, basados en criptomonedas, y la política, impulsada por aplicaciones de apuestas como Polymarket.

La empresa de capital riesgo de Donald Trump Jr., 1789 Capital, es uno de los principales inversores en Polymarket, donde él forma parte del consejo asesor. Su patrimonio neto se estima en 400 millones de dólares. También ejerce como asesor estratégico en Kalshi, lo que le proporcionó una participación en la empresa valorada en unos 300.000 dólares —cuya valoración actual se estima en millones—. Kalshi anunció recientemente que permitirá a los usuarios apostar sobre si la FDA aprobará determinados medicamentos como «seguros y eficaces».

«Truth Social», de Trump, está desarrollando un mercado de predicción llamado «Truth Predict». Su administración demandó a Connecticut, Arizona e Illinois en un intento de impedir que estos estados regulen los mercados de predicción. «Truth Social» lanzó también un servicio de 100.000 dólares al mes que ofrece un acceso más rápido a las publicaciones de Trump que manipulan el mercado —una versión apenas disimulada de uso de información privilegiada—.

La Casa Blanca, imitando las extorsiones al estilo mafioso de la cultura de los casinos de Atlantic City, exige enormes pagos a las empresas y a los multimillonarios a cambio de favores políticos y desregulación. El Wall Street Journal afirma que Trump ha acumulado un fondo para gastos discrecionales de 800 millones de dólares destinado a proyectos personales, entre los que se incluyen su salón de baile, su biblioteca presidencial, los super PAC y los comités de temas políticos.

La principal recaudadora de fondos de Trump, Meredith O’Rourke, apodada «La princesa de las tinieblas», recauda los sobornos con el contundente argumento: «El jefe quiere este dinero».

Esta exigencia no negociable está sacada del manual de Nicodemo «Little Nicky» Scarfo, el jefe de la familia mafiosa Bruno-Scarfo, cuya red de extorsión recaudó millones de las empresas constructoras, los comercios, los bares, los restaurantes, los sindicatos —que vieron cómo saqueaban sus fondos de salud y bienestar— y los casinos de Atlantic City. Y, al igual que la mafia, una vez nunca es suficiente para la organización criminal de Trump.

Siempre vuelve a por más.

Trump, que como la mayoría de los mafiosos va acompañado de una amante mucho más joven —la última de ellas, su asistente ejecutiva Natalie Harp—, tiene un largo historial de represalias al estilo de la mafia. Emitió órdenes ejecutivas dirigidas contra bufetes de abogados que anteriormente habían contratado a letrados que lo investigaron. Los bufetes perdieron sus autorizaciones de seguridad y el acceso a los juzgados federales. En su afán por apaciguar a Trump, cedieron tímidamente a sus exigencias.

Cuando llegué al casino de Trump, la terminal de autobuses turísticos, con capacidad para 22 vehículos, estaba vacía. La mayoría de los 12 restaurantes del casino estaban cerrados. El estadio del casino, con capacidad para 5.500 personas, había cerrado sus puertas.

El Trump Taj Mahal, al igual que nuestra república, estaba a punto de morir.

«Cuando entré en el Taj, relucientes lámparas de araña de cristal austriaco, que costaban 14 millones de dólares cada una, colgaban sobre el interior suavemente iluminado», escribí en America: The Farewell Tour. «A muchas les faltaban hileras de cuentas. Las paredes estaban cubiertas de espejos. Contemplé las filas de mesas de juego, mesas de blackjack, ruletas y tres mil máquinas tragaperras que centelleaban con luces de colores. Las máquinas tragaperras emitían pitidos, zumbidos y tintineos de distintos tonos. Se extendían por una superficie del tamaño de tres campos de fútbol. La sala de juego estaba casi vacía. Los crupieres permanecían de pie frente a mesas desocupadas y cubiertas de fieltro. La mayoría de los jugadores que yacían desplomados en las sillas acolchadas frente a las máquinas tragaperras eran personas mayores y demacradas. Accionaban mecánicamente las palancas o pulsaban botones cuadrados. Miraban con la mirada perdida las pantallas giratorias que tenían delante. Una máquina tragaperras genera entre 200 y 300 dólares al día para el casino. A los jugadores asiduos se les ofrecen bebidas de cortesía. De vez en cuando, el personal de limpieza entra en las habitaciones y descubre los cadáveres de hombres o mujeres mayores que han pasado horas bebiendo más alcohol del que sus cuerpos podían asimilar. No es raro que los jugadores de tragaperras se orinen y se ensucien encima».

«Los diecisiete mostradores de registro informatizados cerca de la entrada estaban vacíos», continué. «Un único empleado se encontraba detrás del largo mostrador, frente a las filas vacías. Los inodoros de los baños, adornados con mármol de Carrara, estaban cubiertos con bolsas de plástico y tenían carteles que decían ‘Fuera de servicio’. Caminé por la moqueta sucia y desgastada a lo largo de pasillos interminables, desiertos y mal iluminados en las plantas superiores. A cada pocos pies, a ambos lados del pasillo, había apliques semicirculares de color beige, algunos de los cuales albergaban bombillas fundidas. Los apliques estaban sucios y agrietados. El techo presentaba manchas marrones de humedad. El aire olía a moho. Tres cuartas partes de las 1.250 habitaciones habían sido clausuradas. El casino parecía un barco fantasma».

El juego, al igual que la falsa universidad de Trump y su memecoin $TRUMP, consiste en vender fantasías escapistas. Se trata de aprovecharse de la desesperación de la gente. Los rodillos giratorios de las máquinas tragaperras, por ejemplo, son una ilusión. No pierden impulso poco a poco. Están programados para que parezca así. Los chips informáticos determinan el resultado en el momento en que se pulsa el botón o se tira de la palanca. La configuración virtual de los rodillos garantiza que aparezca un símbolo de bote por encima o por debajo de la línea de pago. El jugador tiene la impresión de estar a punto de ganar, lo que le incita a apostar más dinero.

Trump, desde sus inicios como promotor inmobiliario, estuvo entrelazado con la mafia, incluido su despiadado abogado Roy Cohen. Cohen representaba a Anthony «Fat Tony» Salerno, el jefe de la familia mafiosa genovesa, y a Carmine Galante, de la familia mafiosa Bananno. Trump aprendió de Cohen y otros el arte de la extorsión, el chantaje, las amenazas y el soborno. A lo largo de su carrera, se ha rodeado de mafiosos, estafadores y aduladores.

Joseph Weichselbaum, un delincuente condenado en tres ocasiones que acabó en prisión por tráfico de marihuana y cocaína, gestionaba la flota de helicópteros de Trump. Los helicópteros transportaban a los grandes apostadores hacia y desde los casinos de Trump. Estos grandes apostadores podían conseguir todo lo que desearan, desde sexo con acompañantes hasta cocaína. El fácil acceso de Weichselbaum a las drogas fue probablemente una ventaja. Cuando Weichselbaum estaba a la espera de la sentencia, Trump escribió al juez que era «un orgullo para la comunidad». El traficante recibió una condena de tres años, aunque solo cumplió 18 meses. Los mensajeros que entregaban físicamente las drogas para Weichselbaum recibieron condenas de hasta 20 años. Cuando salió de prisión, Weichselbaum se mudó a la torre de Trump con su novia.

El casino de Trump abrió sus puertas en 1990 con un concierto de Michael Jackson. Fue un espectáculo grandioso construido con una deuda insostenible de 820 millones de dólares, incluida la emisión de 675 millones de dólares en bonos basura a un tipo de interés del 14%.

Marvin B. Roffman, analista de casinos de la empresa de inversiones de Filadelfia Janney Montgomery Scott, declaró a The Wall Street Journal que el Taj Mahal tendría que ingresar 1,3 millones de dólares al día para hacer frente al pago de los intereses. Ningún casino ha llegado a ingresar jamás esa cantidad de dinero.

«El Taj estaba condenado al fracaso desde el principio», escribí. «Trump pronto tuvo que hacer frente a unos pagos de intereses de 95 millones de dólares al año. Consiguió nuevos préstamos durante un tiempo y luego quebró. Fue un momento breve y vertiginoso de excesos demenciales. Pero fue bueno para su desmesurada marca, aunque demostrara una atroz falta de sentido empresarial. Trump había pedido dinero prestado a tipos de interés elevados y mintió sobre dichos tipos a los reguladores. Trump descargó las pérdidas sobre los accionistas y los tenedores de bonos, a quienes estafó más de 1.500 millones de dólares. Numerosos contratistas y proveedores locales, a los que Trump nunca pagó, acabaron en quiebra».

Trump hizo su agosto. Aportó muy poco dinero propio. Traspasó sus deudas personales al casino y se embolsó millones de dólares en concepto de salario, bonificaciones y otros pagos. Los empleados de su casino perdieron en conjunto millones de dólares en ahorros para la jubilación, además de sus puestos de trabajo. Las deudas empresariales de Trump recayeron sobre sus inversores.

Trump era propietario de tres casinos en Atlantic City y uno en Gary, Indiana. Los casinos Trump Plaza y Trump Taj Mahal cerraron sus puertas. El Trump Marina, su tercer casino, fue vendido al multimillonario tejano Tilman Fertitta. Fertitta, actualmente embajador de Trump en Italia, lo rebautizó como The Golden Nugget. El casino de Trump en Indiana, un barco de 104 metros llamado Trump Princess, se declaró en quiebra en 2004.

Todos fracasaron debido a la insaciable codicia y la mala gestión de Trump.

Trump está haciendo con la nación lo mismo que hizo con el Taj Mahal. Está explotando y extorsionando a las organizaciones que supervisa para su beneficio personal, mientras que el resto de nosotros nos quedaremos desamparados entre las ruinas.

Ilustración de portada: El Don (por Mr. Fish).

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