Marruecos pone de manifiesto cómo la migración se ha convertido en un arma

John P. Ruehl, CounterPunch.org, 17 agosto 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


John P. Ruehl es un periodista australiano-estadounidense que vive en Washington, D.C. Es editor colaborador de Strategic Policy y colaborador de otras publicaciones sobre asuntos internacionales.

El 30 de julio de 2026, enormes multitudes cruzaron desde Marruecos hacia el enclave español de Ceuta, en el norte de África. En cuestión de horas, las autoridades españolas estimaron que unas 72.000 personas habían entrado en Ceuta, lo que desbordó a una ciudad de tan solo 83.000 habitantes. El otro enclave español en el norte de África, Melilla, también sufrió intentos de cruce, aunque a una escala mucho menor, y cerró su paso fronterizo con Marruecos más tarde ese mismo día.

La respuesta de Madrid consistió en movilizar a la policía, al ejército y a los servicios de atención a los migrantes. Muchos de los que entraron no tenían intención de quedarse, y unos 70.000 regresaron a Marruecos en los días siguientes, lo que dejó a las autoridades españolas a cargo de cientos de menores no acompañados que se quedaron.

El «cruce masivo» vino precedido de varios acontecimientos. España inició en abril el proceso de regularización de 500.000 migrantes indocumentados. Y, en julio, el Tribunal Supremo del país dictaminó que «los migrantes que llegaran por mar no se enfrentarían a una expulsión inmediata», según Euronews, lo que aumentó el atractivo del país como destino para quienes buscaban emigrar. «Debatimos esta sentencia y su impacto. Explicamos que esta sentencia iba a crear un problema. Y efectivamente lo creó», afirmó un alto cargo marroquí.

El incidente, sin embargo, no habría podido producirse sin, como mínimo, la tolerancia del Gobierno marroquí. Rabat negó cualquier implicación, mientras que el ministro del Interior español, Fernando Grande-Marlaska Gómez, culpó a las «mafias criminales» de las travesías. Sin embargo, el presidente regional de Ceuta, Juan Jesús Visas, afirmó que los cruces fueron «si no orquestados, al menos alentados o permitidos por Marruecos», según informó The Guardian.

El compromiso de España, el 20 de julio, de restablecer las relaciones y profundizar la cooperación con Argelia, rival regional de Marruecos, supuso un incentivo para avivar la crisis. El 23 de julio, España presentó además una propuesta legislativa que concedía una vía rápida a la ciudadanía a los saharauis nacidos en el Sáhara Occidental cuando aún era una colonia española, antes de agosto de 1977. La propuesta se extendería también a sus descendientes, lo que agravaría aún más las tensiones entre Madrid y Rabat.

Las críticas de España a las operaciones militares de Israel y Estados Unidos en Oriente Medio también tensaron las relaciones con Washington, en un momento en que Marruecos está asumiendo un papel importante en la diplomacia regional estadounidense. Desde que se adhirió a los Acuerdos de Abraham en 2020, Marruecos ha establecido estrechos vínculos militares, de inteligencia y económicos con Israel, al tiempo que ha recibido el respaldo de EE. UU. para su postura sobre el Sáhara Occidental. España, por su parte, se ha erigido como uno de los críticos más vehementes de Europa respecto a la política israelí en Gaza y ha denunciado la guerra de EE. UU. e Israel contra Irán.

Por otra parte, el informe para 2027 de la Comisión de Asignaciones de la Cámara de Representantes, que acompañaba a un proyecto de ley aprobado el 15 de julio, dio crédito a las reivindicaciones de Marruecos sobre Ceuta y Melilla, lo que reforzó la confianza de Rabat. En este contexto, la situación en Ceuta se desarrolló mientras ya iban en aumento las tensiones entre España y un Marruecos, Israel y EE. UU. cada vez más alineados. Jerusalén y Washington tenían pocos incentivos para defender a Madrid porque Rabat se ha convertido en un socio cada vez más importante para ambos. Posteriormente, figuras israelíes y estadounidenses aprovecharon la crisis de Ceuta para criticar la «política migratoria liberal» de Madrid y al Gobierno de Sánchez.

Este episodio, aunque constituye una demostración más de cómo los gobiernos pueden emplear la migración como instrumento de política estatal, se ve, por consiguiente, enredado en estas tensiones entre España, por un lado, y Marruecos, Israel y EE. UU., por otro. «Cuando un Estado percibe cambios en el equilibrio de poder regional, las fronteras suelen convertirse en el primer escenario a través del cual se transmiten los mensajes estratégicos», afirmaba The Jerusalem Post. El cambiante equilibrio de poder en la región ha llevado a que Ceuta se convierta en algo más que una ciudad fronteriza. «Es uno de los lugares donde el futuro equilibrio de poder entre Europa, el norte de África y Oriente Medio está empezando a tomar forma».

Esta no es la primera oleada de migrantes procedentes de Marruecos hacia España. En 2021, después de que España admitiera al líder de un movimiento que aboga por la independencia del Sáhara Occidental, Brahim Ghali, para recibir tratamiento contra la COVID-19, Marruecos relajó los controles fronterizos y unas 8.000 personas entraron en Ceuta en dos días.

Las autoridades españolas calificaron la medida de «chantaje» y, tal y como señaló The New York Times en aquel momento, «pocas horas después de que los migrantes comenzaran a llegar en masa a Ceuta, España aprobó 30 millones de euros —unos 37 millones de dólares— en ayuda a Marruecos para la vigilancia fronteriza». En 2022, se sustituyó al ministro de Asuntos Exteriores de España y Madrid dio marcha atrás en su postura de larga data sobre el Sáhara Occidental, apoyando la propuesta de Marruecos. «Cinco años después, cuando se produjo una oleada migratoria de mayor envergadura en medio de otra serie de disputas españolas, esa vulnerabilidad estructural aún no se había subsanado. Esto no significa que en 2026 se hayan repetido los mecanismos de 2021. Significa que la vulnerabilidad que se puso de manifiesto en 2021 seguía ahí para ser aprovechada, de forma deliberada o no», según señaló el Middle East Political and Economic Institute.

Esta última crisis es mucho mayor, y España vuelve a negociar con Marruecos sobre la migración y las relaciones bilaterales. Pero las consecuencias no afectan solo a España. Aunque los migrantes que llegan a Ceuta no pueden viajar automáticamente a la España peninsular ni al resto de la UE, el estatus del enclave convierte estos cruces fronterizos en una cuestión europea.

Italia y Francia propusieron rápidamente controles fronterizos más estrictos con España, lo que les valió el apoyo de otros miembros de la UE y la oposición de Madrid. Pero sus tensiones ocultan una ansiedad y una frustración colectivas ante la migración irregular hacia el bloque y la creciente capacidad de explotar el tema como herramienta diplomática.

Las raíces de la vulnerabilidad de Europa

Los gobiernos llevan mucho tiempo considerando la emigración como una válvula de escape interna frente al hacinamiento, el desempleo y el malestar social. Gran Bretaña deportó a convictos y disidentes políticos a sus colonias, junto con millones de sus ciudadanos más pobres. Sin embargo, solo en las últimas décadas la migración se ha convertido en una herramienta de coacción interestatal utilizada principalmente contra EE. UU. y Europa.

Estados Unidos fue el primero en enfrentarse a este fenómeno. Durante la «huida del Mariel» de 1980 en Cuba, Fidel Castro permitió que más de 125.000 disidentes, presos y migrantes económicos partieran hacia Florida, a los que siguieron otros 35.000 cubanos durante la crisis de los balseros de 1994. Aunque Haití también generó oleadas migratorias de menor envergadura durante el mismo período, las interceptaciones de la Guardia Costera de EE. UU. y la tramitación en alta mar en la bahía de Guantánamo o en terceros países demostraron la capacidad de Washington para limitar las oleadas migratorias coercitivas.

La exposición de Europa a la migración se desarrolló de forma más gradual a medida que se aceleraba la integración y el continente se convertía en importador neto de migrantes tras la Segunda Guerra Mundial. En la década de 1990, el colapso de la Unión Soviética y de Yugoslavia generó migración dentro de Europa, mientras que la guerra civil de Argelia y la inestabilidad en otras partes de África impulsaron la migración hacia el Norte. Esto coincidió con el inicio y la expansión del espacio Schengen, junto con los viajes aéreos asequibles y las redes internacionales de tráfico ilegal, lo que facilitó en gran medida el desplazamiento hacia Europa y a través de ella.

A diferencia de EE. UU., con su relativo aislamiento marítimo y su capacidad para restringir su frontera terrestre con México, la UE se vio obligada a vigilar miles de millas de costa mediterránea, numerosas islas, fronteras terrestres exteriores como Ceuta y una frontera oriental en expansión. La UE también ejerce menos influencia sobre los Estados de tránsito vecinos que buscan dejar pasar a los migrantes, mientras que su sistema común de asilo ha convertido la migración irregular en un problema colectivo europeo.

El conflicto y la migración como herramienta de presión

El antiguo líder libio Muamar el Gadafi fue uno de los primeros en reconocer la vulnerabilidad de Europa. Cuando inició los esfuerzos de normalización con Occidente a finales de la década de 1990, Gadafi vinculó «la gestión de la migración a una cooperación renovada», consiguiendo miles de millones de euros en financiación para el control fronterizo, según un informe elaborado en el marco del proyecto «Securitización sin seguridad» (2024-2027). Durante una visita a Italia en 2010, Gadafi sugirió que Libia necesitaba «al menos 5.000 millones de euros al año» para evitar flujos migratorios mucho mayores procedentes de África y otros lugares.

La importancia de Libia para la seguridad migratoria de Europa quedó patente cuando las protestas en el país derivaron en una guerra civil en 2011. Las islas italianas han sido tradicionalmente el destino elegido por los migrantes que partían de Libia, y las autoridades italianas advirtieron de que la caída de Gadafi podría desencadenar una afluencia masiva. Por su parte, el entonces Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, António Guterres, afirmó que Libia podría estar expulsando a migrantes con el fin de desbordar a Europa.

Tras la intervención de la OTAN y la muerte de Gadafi a finales de ese año, los desplazamientos provocados por la guerra remitieron inicialmente, pero el colapso de la autoridad central transformó a Libia en un centro de tránsito aún más importante. Los gobiernos rivales, las milicias y las redes de tráfico ilegal establecieron rutas cada vez más organizadas y rentables a lo largo de Libia, lo que les permitió «obtener beneficios políticos y económicos de su papel como guardianes», según el informe sobre la securitización de la migración.

Los migrantes procedentes de Bangladés, Egipto, Eritrea y otros lugares siguen convirtiendo el Mediterráneo central en uno de los principales corredores migratorios de Europa. Las medidas adoptadas a principios de 2026 para desarticular algunas de estas redes no hicieron más que desviar las rutas hacia el este de Libia y, de ahí, hacia la isla griega de Creta, lo que puso de manifiesto su capacidad de adaptación.

Turquía, por su parte, llegó a comprender la misma dinámica en el flanco oriental de Europa. A medida que la guerra civil siria se intensificaba en 2015, con la intervención de países europeos entre las potencias externas en el conflicto, millones de sirios y otros migrantes intentaron llegar a Europa Occidental a través de los Balcanes. Grecia registró 860.000 llegadas en 2015, en su mayoría procedentes de Siria, junto con Afganistán e Iraq, de un total de 1,3 millones de personas que se dirigían a Europa.

Ankara asumió una enorme carga humanitaria, pero fue reconociendo cada vez más la influencia que le confería su posición. En 2016, la UE acordó proporcionar a Turquía casi 7.000 millones de dólares para apoyar a los refugiados y frenar la migración hacia Europa. La situación se recrudeció de nuevo en 2020, después de que un ataque aéreo sirio matara a 33 soldados turcos en Idlib. Turquía dejó de impedir temporalmente que los migrantes se dirigieran hacia Europa, lo que provocó una oleada en la frontera griega que terminó tras las negociaciones.

El presidente turco, Recep Erdoğan, ha amenazado periódicamente con «abrir las puertas», pero Turquía está más interesada en obtener beneficios sin provocar necesariamente otro movimiento masivo. El Middle East Forum ha identificado redes de tráfico de personas con presuntos vínculos con funcionarios turcos, lo que sugiere que las autoridades parecen tolerar parte de este lucrativo negocio con fines económicos.

Ni los actores libios ni los turcos crearon estos flujos migratorios, pero ambos han aprendido a aprovecharlos. La implicación europea en los conflictos de estas regiones, por su parte, ha contribuido a alimentar la inestabilidad que ha permitido que estos países se conviertan en zonas de tránsito.

La creación de rutas migratorias y la próxima crisis

Tras observar las vulnerabilidades de Europa, Rusia y Bielorrusia —cuyas relaciones con la UE se han deteriorado drásticamente en los últimos años— comenzaron a utilizar la migración como herramienta de desestabilización política. Al reducir los costes de viaje y agilizar la concesión de visados, contribuyeron a atraer a personas procedentes de Oriente Medio y África a su territorio, y las autoridades rusas y bielorrusas las dirigieron posteriormente hacia las fronteras europeas.

Rusia probó por primera vez esta táctica en 2015 y 2016, enviando a miles de migrantes a sus fronteras con Finlandia y Noruega. Bielorrusia ha adoptado una estrategia similar desde 2021, animando a los migrantes a cruzar hacia Polonia, Letonia y Lituania en respuesta a las sanciones de la UE. Aunque estos países han reforzado drásticamente los controles fronterizos en sus límites con Bielorrusia, este país ha seguido animando a los migrantes a cruzar. En 2023, Rusia inició nuevas iniciativas contra Estonia y Finlandia.

Es poco probable que este método desborde a Europa en términos numéricos, pero las llegadas de migrantes no europeos, que reciben gran repercusión mediática, dan pie a que se aprovechen las divisiones políticas existentes. La crisis migratoria ha alimentado el apoyo a los partidos antisistema y de extrema derecha durante más de una década en Europa, lo que hace que incluso los flujos migratorios relativamente modestos resulten políticamente útiles para Rusia y Bielorrusia.

Rusia también contribuye a las presiones migratorias de Europa al exacerbar los conflictos más allá de las fronteras de la UE. «Siempre es Putin quien está implicado en esos grandes movimientos migratorios. Siempre es Vladimir Putin», declaró el comisario de Migración de la UE, Magnus Brunner, al Financial Times. El presidente ruso apoyó al expresidente sirio Bashar al-Assad durante la guerra civil de 2011, lo que contribuyó a agravar la crisis migratoria de Europa en 2015-2016.

La migración irregular hacia la UE se ha reducido drásticamente en los últimos años, pasando de 275.000 personas en 2023 a 31.000 entre enero y junio de 2026, según las cifras facilitadas por el Consejo Europeo. Sin embargo, puede dispararse de forma repentina, como demuestra la última presión ejercida por Marruecos sobre Ceuta, que pone de manifiesto lo frágil que sigue siendo la posición de Europa. Desde las tácticas coercitivas de Marruecos y Rusia hasta las presiones generadas por los conflictos en Libia y Siria, la vulnerabilidad de Europa frente a potencias externas ha aumentado.

La migración sigue siendo, además, una importante fuente de tensión entre los Estados europeos. El Reino Unido y Francia han discutido sobre la responsabilidad respecto a los migrantes que cruzan el Canal de la Mancha, mientras que Grecia, Italia y otros Estados de primera línea han amenazado periódicamente con relajar los controles migratorios y permitir que los migrantes se adentren más en la UE. Los gobiernos de Europa Central, por su parte, se han resistido a los esfuerzos de la UE por distribuir a los migrantes de forma más equitativa por todo el bloque.

Es poco probable que estas presiones desaparezcan. El elevado desempleo juvenil en países como Marruecos, el rápido crecimiento demográfico de África y el aumento de las presiones climáticas seguirán impulsando la migración, incluso aunque parezca probable que los países europeos continúen con políticas que han contribuido a la inestabilidad más allá de sus fronteras.

Para los gobiernos situados a lo largo de las fronteras de Europa, la tentación de explotar estos flujos es evidente. La migración proporciona influencia política y beneficios económicos frente a un bloque político mucho más rico. Como demuestran Libia, Turquía, Marruecos, Rusia y Bielorrusia, controlar la palanca de la migración permite obtener importantes concesiones al tiempo que se imponen costes a Europa.

Pero reducir la migración a un arma geopolítica, una fuente de beneficios o un problema que pasar de un país a otro perjudica a las personas que se ven atrapadas en ella. Más de 100 personas murieron en el cruce de Ceuta, según el líder del enclave, mientras que los mercados de esclavos abiertos de Libia ponen de manifiesto los peligros a los que se enfrentan los migrantes atrapados en flujos migratorios incontrolados. Europa puede reforzar sus fronteras, pero la migración continuará, y los gobiernos que puedan controlar esos movimientos dispondrán de una poderosa fuente de influencia.

(Este artículo ha sido auspiciado por Economy for All, un proyecto del Independent Media Institute).

Foto de portada de Anarkangel – CC BY-SA 3.0

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