Robert Inlakesh, The Palestine Chronicle, 14 agosto 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Robert Inlakesh es periodista, escritor y realizador de documentales. Centra sus trabajos en la región de Oriente Medio y se ha especializado en las cuestiones relativas a Palestina.
El alto el fuego en Yemen negociado por la ONU, que había estado en vigor desde 2022, se declaró roto el mes pasado. El deterioro de ese alto el fuego entre Arabia Saudí y el Gobierno yemení liderado por Ansarallah tiene importantes repercusiones no solo para la región, sino también para la economía mundial. Sin embargo, existe tal falta de información veraz sobre el tema que ni siquiera el secretario de Guerra de EE. UU., Pete Hegseth, sabe realmente lo que está ocurriendo.
Durante 11 años, los medios de comunicación internacionales le han fallado al pueblo de Yemen, permitiendo que la complicidad de las potencias occidentales y árabes quedara sin control. Millones de civiles yemeníes se han enfrentado al hambre, a las enfermedades y a campañas de bombardeos indiscriminados, todo ello mientras la comunidad internacional difundía la versión de Arabia Saudí sobre una guerra que este país inició.
El pasado mes de julio, la guerra -que comenzó en 2015, cuando la coalición liderada por Arabia Saudí intervino en el país- se reavivó, esta vez con el anuncio por parte de las Fuerzas Armadas yemeníes leales al Gobierno de Saná de un «contrabloqueo» contra Arabia Saudí, al que siguieron posteriormente tanto ataques de represalia contra objetivos saudíes como lo que denominaron «ataques preventivos» contra fuerzas aliadas de Arabia Saudí dentro del propio Yemen.
Sin embargo, para poder ofrecer cualquier tipo de análisis sobre estos acontecimientos, es necesario desmontar más de una década de mentiras y tergiversaciones sobre el conflicto, que apenas recibe atención real por parte de los medios de comunicación.
La verdad es que nadie tiene realmente ningún incentivo para contarles la verdad sobre Yemen. Hablando sin rodeos, la mayoría de los medios de comunicación estatales y corporativos del mundo tienen intereses comerciales o empresariales en el Golfo, mientras que los medios en lengua árabe operan en su mayor parte desde los Estados árabes del Golfo Pérsico.
Lo que deben saber
Si se han topado con alguna cobertura sobre Yemen y la guerra que libra contra él la coalición liderada por Arabia Saudí, lo más probable es que hayan llegado a entender el tema a través de los parámetros de un encuadre mediático específico. Es decir, que existe un grupo títere de Irán llamado «rebeldes hutíes» que lucha contra un «gobierno reconocido internacionalmente»; o bien es esto, o quizá se hayan topado con informes sobre la crisis humanitaria. Incluso las agencias de noticias que se muestran críticas con Arabia Saudí suelen distorsionar la realidad.
«Hutíes» no es el nombre del grupo que lucha en Yemen; el nombre de su partido es Ansarallah. Al-Huti es el nombre de un clan de la provincia de Saada, en el norte de Yemen. Tampoco son «rebeldes»: controlan la capital del país y presiden un gobierno que gobierna a la mayoría de la población yemení. Desde que tomaron el poder, alrededor de dos tercios de las fuerzas armadas de la nación se han alineado con Ansarallah.
Otro mito habitual sobre el grupo es que fue fundado por Irán, con la ayuda de este y/o que actúa como su representante, lo cual también es totalmente falso. Los orígenes del grupo comenzaron a gestarse en la década de los noventa, cuando un erudito islámico llamado Hussein al-Huti fundó una organización denominada «Juventud Creyente», como movimiento de renacimiento del islam zaidí.
Hussein al-Huti decidió liderar dicho movimiento como reacción a la intromisión de Arabia Saudí en el pensamiento y la práctica islámicos en todo Yemen, y se opuso a la creciente tendencia del salafismo y el wahabismo en su país. A menudo se oye decir que Ansarallah son chiíes, lo cual es técnicamente correcto, pero no son del mismo tipo que los chiíes que existen en Irán, Iraq y el Líbano, por ejemplo. En cambio, el islam zaidí se acerca en muchos aspectos al islam suní. Los primeros líderes espirituales del movimiento también se mostraron notablemente críticos con Irán y se pronunciaron abiertamente en contra de diversas prácticas de la República Islámica.
En el año 2004, Hussein al-Huti se había convertido en un problema para el dictador del país, Ali Abdullah Saleh, lo que desencadenó una campaña de detenciones que acabó provocando su muerte y desencadenando violentos enfrentamientos.
Avanzamos rápidamente hasta el año 2011, cuando estalla la Primavera Árabe. El pueblo yemení se levantó por millones, derrocando al presidente Ali Abdullah Saleh tras 33 años en el poder. El pueblo lo había acusado de malgastar la riqueza de la nación y de representar los intereses de Occidente, junto con Arabia Saudí, entre otros cargos. A principios de 2012, el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) medió en un acuerdo de traspaso de poder que se firmó en Riad.
A continuación, el vicepresidente del dictador, Abdrabbuh Mansour Hadi, se presentó a unas elecciones con un único candidato, boicoteadas por muchos partidos yemeníes, antes de tomar posesión como nuevo presidente del país. A Hadi se le concedió legitimidad como presidente provisional, y se suponía que debía permanecer en el cargo durante dos años como líder de transición.
En septiembre de 2014, el presidente Hadi comenzó a suscitar fuerte oposición al ser percibido como igual de corrupto que su predecesor, lo que llevó a Ansarallah a aliarse con sus rivales políticos históricos, leales al presidente derrocado Saleh, para tomar el control de la capital del país, Saná. El presidente Hadi había dimitido antes de huir posteriormente a la ciudad portuaria meridional de Adén, a la que proclamó capital provisional, y allí anunció a continuación que retiraba su dimisión, solicitando una intervención extranjera para reinstaurarse como líder.
En marzo de 2015, los saudíes decidieron entonces liderar una coalición para invadir Yemen y derrocar a su gobierno. Esto se llevó a cabo tras recibir luz verde de la administración Obama. Estados Unidos, el Reino Unido, Israel y los países de la UE participarían todos en la guerra de una forma u otra, ya fuera entrenando a militantes para enfrentarse a Ansarallah, enviando armas, prestando ayuda logística o, en algunos casos, llevando a cabo ataques directos.
En 2017, el comité revolucionario de Ansarallah, creado para gobernar Yemen, rompió con los partidarios cercanos a Ali Abdullah Saleh y, posteriormente, formó gobierno, eligiendo a un primer ministro y a un presidente. En 2022, el conflicto entraría en un alto el fuego negociado por la ONU, tras los avances de Yemen en materia de misiles y drones.
Mientras tanto, el denominado «gobierno reconocido internacionalmente» de Yemen perdería incluso a su figura representativa. El expresidente Hadi cedería oficialmente el poder a lo que se denominó el Consejo de Liderazgo Presidencial yemení, liderado por Rashad al-Alimi. Se trataba de un órgano representativo que se constituyó en el Hotel Ritz-Carlton de Riad, en Arabia Saudí. Ese órgano se denomina hoy en día el llamado «gobierno reconocido» de Yemen, y el hombre al que ahora se refieren como «presidente» —que nunca fue elegido— reside en Arabia Saudí.
En 2019, la administración alternativa, respaldada por los saudíes en la ciudad sureña de Adén, había llegado incluso a firmar un acuerdo de reparto de poder con un grupo afín a los Emiratos Árabes Unidos denominado Consejo de Transición del Sur (CTS), lo que permitía a la facción separatista compartir el poder. A principios de este año, el CTS intentó arrebatar territorio a los aliados de Arabia Saudí, logrando un éxito temporal, antes de que Arabia Saudí desafiara directamente a los Emiratos Árabes Unidos, obligándolos a abandonar a sus aliados. Como resultado, todos los partidarios del CTS cambiaron de bando.
Tanto las fuerzas aliadas de Arabia Saudí como las de los Emiratos Árabes Unidos han recurrido a antiguos combatientes de Al Qaida y a mercenarios extranjeros, y han solicitado ayuda occidental en su lucha contra los dirigentes de Ansarallah y las Fuerzas Armadas yemeníes bajo su mando.
¿Por qué siguen mintiéndoles?
Hay una razón por la que los medios de comunicación casi nunca hablan de la guerra en Yemen, y solo abordan el tema brevemente cuando surge. Si hablaran más de ello, su propaganda sencillamente no aguantaría.
Los Estados miembros de las Naciones Unidas siguen creyendo esta historia de fantasía sobre Yemen y reconocen a un grupo de «tíos» yemeníes afincados en Arabia Saudí como gobierno legítimo y soberano. Esto es tan absurdo como el hecho de que Arabia Saudí saliera elegida para el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y obtuviera un papel protagonista tan solo unos meses después de iniciar su guerra contra Yemen. Al fin y al cabo, el dinero manda, y los Estados árabes que formaron la coalición liderada por Arabia Saudí eran simplemente más ricos e importantes como para pensar en ponerse del lado de Ansarallah.
La oposición a Ansarallah en Occidente no tiene nada que ver con los derechos humanos ni con los derechos de las mujeres; tampoco se trata de una oposición a un grupo dictatorial que gobierna un país. Basta con echar un vistazo a cualquier otro país de la Península Arábiga que sea un gran aliado de EE. UU. y de Occidente en general; no son precisamente democracias liberales.
Contra Yemen se desató un conflicto de 11 años de duración —que incluyó un bloqueo inhumano que provocó la peor crisis humanitaria del mundo hasta el genocidio de Gaza— porque este país se atrevió a desafiar el poder de EE. UU., Israel y los países del Golfo.
Si Ansarallah logra, mediante su contrabloqueo a Arabia Saudí y sus acciones terrestres, liberar todo el territorio yemení de las fuerzas extranjeras que actúan como intermediarios, se convertirá en la única potencia árabe que sea a la vez independiente y que apoye la causa palestina. Al fin y al cabo, el único Gobierno árabe que ordenó acciones militares e impuso un bloqueo a Israel, como reacción al genocidio de Gaza, fue el Gobierno yemení con sede en Saná. Yemen no solo tiene poder para bloquear el estrecho de Bab al-Mandab y asfixiar el suministro mundial de petróleo, sino que también podría destruir por completo las instalaciones petroleras de toda la Península Arábiga si así lo decidiera. Se trata de una baza importante en la guerra regional en curso, una baza que puede ayudar a asestar un golpe decisivo a la alianza entre EE. UU. e Israel en la región. El destino de Yemen podría determinar el destino de todo el mundo árabe; al menos, eso es lo que temen las corruptas dictaduras árabes y los regímenes títeres de EE. UU. en toda la región.
Foto de portada: Ataques de Israel sobre la capital yemení, Saná (captura de vídeo)