Mahyar Ramezankhani, Middle East Eye, 24 agosto 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Mahyar Ramezankhani es profesor de economía y analista económico. Posee un doctorado en economía por la Universidad de Teherán.
El estrecho de Ormuz ha estado prácticamente cerrado durante la mayor parte de los últimos seis meses. El crudo Brent cotiza ligeramente por debajo de los 90 dólares el barril y subió cerca de un 5% en una sola sesión a principios de este mes.
Sin embargo, cuando el Fondo Monetario Internacional (FMI) revisó su pronóstico global el 8 de julio, redujo el crecimiento para 2026 del 3,1% al 3,0%, una décima de punto porcentual debido al cierre del punto de estrangulamiento petrolero más importante del mundo y a cinco meses de guerra. El mercado petrolero se ha reajustado; la economía mundial apenas se ha movido.
La anomalía más reveladora se encuentra dentro de Irán. Según cualquier interpretación convencional, la economía iraní debería estar en caída libre.
En abril, el FMI recortó su pronóstico para Irán en 2026 en 7,2 puntos porcentuales, pasando de un crecimiento del 1,1% a una contracción del 6,1%. En su actualización de julio, revisó ligeramente esta previsión, situando la contracción en el 5,4%.
Los precios al consumidor en junio fueron un 88,6% superiores a los del año anterior; los alimentos, las bebidas y el tabaco subieron un 134,6%, mientras que la carne roja y las aves de corral aumentaron un 178%.
El lunes, el rial alcanzó los 2 millones por dólar tras conocerse que Washington se preparaba para anunciar nuevas sanciones.
La producción de gas ha caído aproximadamente 230 millones de metros cúbicos diarios, frente a los 650 millones previos a la guerra; la gasolina ya presentaba un déficit de unos 20 millones de litros diarios antes del inicio de los combates, y las ciudades racionan la electricidad.
Sin embargo, el desempleo oficial se sitúa en tan solo el 7,5%. Se pagan los salarios y las pensiones. Los comercios están abastecidos. No ha habido crisis bancaria, ni impago soberano, ni quiebra desordenada de ninguna gran empresa.
Sea lo que sea, no se trata del colapso que más de cinco meses de bombardeos y bloqueo naval producirían en casi cualquier otro lugar.
Nada que retirar
La explicación es interesante, porque invierte lo que los economistas suelen decir a los gobiernos. Casi todas las características que hacen de Irán un lugar poco propicio para invertir capital en tiempos de paz —la propiedad concentrada, el racionamiento de divisas, el aislamiento casi total de las finanzas globales, un puñado de actores cuasi estatales que dominan la economía de exportación— son precisamente las que están absorbiendo la guerra.
Comencemos con el mecanismo más simple: no hay nada que retirar. Irán tiene una deuda externa insignificante y prácticamente ninguna inversión extranjera de cartera. No puede haber fuga de capitales sin capital extranjero.
La Bolsa de Teherán cerró el 28 de febrero al comenzar los ataques estadounidenses e israelíes contra Teherán y permaneció cerrada durante unos 80 días. Un mercado sin inversores extranjeros puede simplemente desconectarse.
Lo que sucedió cuando reabrió en mayo es aún más extraño. El índice Tedpix había caído a alrededor de 3,7 millones de puntos antes del cierre, muy por debajo de los 4,5 millones que alcanzó a principios de año. Superó los 5,9 millones a principios de julio —un máximo histórico, alcanzado en el quinto mes de la guerra— antes de volver a caer por debajo de los 5 millones en una semana.
Interpretar el repunte como confianza es un error. Con tasas de depósito profundamente negativas en términos reales y divisas racionadas, los ahorradores iraníes no tienen dónde más invertir su dinero. Ajustado al rial, la ganancia no es realmente una ganancia: el índice subió porque las salidas estaban cerradas y volvió a caer en el momento en que se rompió el marco de alto el fuego que había impulsado brevemente la moneda.
Además, existe la concentración, que en tiempos de guerra funciona como un sistema de asignación. Cuando se interrumpió el suministro de materia prima a los complejos petroquímicos de Asaluyeh y Mahshahr, el gobierno detuvo por completo las exportaciones petroquímicas para mantener operativas las plantas nacionales.
Un mercado abierto habría requerido señales de precios, contratos renegociados y varios meses. Irán necesitó dar instrucciones a quizás una docena de entidades. La pérdida de eficiencia que supone el monopolio en tiempos de paz se traduce en capacidad de mando en tiempos de guerra, e Irán la ha estado acumulando durante 15 años.
En tercer lugar, las soluciones alternativas no fueron improvisadas bajo fuego. Antes de la guerra, Irán transportaba entre 1,4 y 1,8 millones de barriles diarios a través de una flota de varios cientos de buques cisterna antiguos, y la mayor parte se destinaba a refinerías independientes en Shandong, China, con descuentos de entre 10 y 15 dólares respecto al Brent.
Las rutas terrestres hacia Iraq, Turquía y Pakistán, así como las conexiones ferroviarias hacia Rusia y China, se construyeron cuando el transporte marítimo solo estaba sancionado, no bloqueado. El Ministerio de Petróleo afirma haber vendido 11.500 millones de dólares en crudo durante los combates y otros 6.500 millones durante el alto el fuego, generando más del 60% de los ingresos presupuestados para el año.
Las sanciones no debilitaron esta infraestructura; la impulsaron.
Los hogares pagan las consecuencias
Aquí, el argumento debe reconocer algo. Lo que está sucediendo no es una absorción de impactos, sino una transferencia de impactos.
En una economía integrada, una guerra se refleja en los balances: impagos, quiebras, desplome de capitales, un mercado de bonos que obliga al gobierno a actuar en cuestión de semanas. En una economía cerrada con un tipo de cambio múltiple racionado, se refleja en los precios.
El economista Hadi Kahalzadeh, del Instituto Quincy, declaró a Al Jazeera que los impactos absorbidos mediante la inflación y la depreciación de la moneda mantienen los productos en las estanterías de las tiendas, pero los hacen cada vez más inaccesibles. El sistema sigue funcionando, pero los costes recaen directamente sobre los hogares.
El salario mínimo mensual ahora equivale a unos 87 dólares al tipo de cambio del mercado libre. Un estudio de un centro de estudios afiliado al fondo estatal de pensiones de Irán proyectó que la pobreza aumentaría de alrededor del 30% hace cinco años al 45% este año. La previsión no falló; los hogares pagaron el pato.
La lealtad de la que depende el sistema también es condicional. La misma concentración que permite al Estado dirigir los recursos otorga a un pequeño número de exportadores la mayor oportunidad de arbitraje del país.
La Organización de Inspección General de Irán informó el mes pasado que más de 20.000 exportadores no habían repatriado 94.000 millones de euros (107.000 millones de dólares) en ganancias, y que los fideicomisarios designados para recuperar los ingresos petroleros sancionados retenían al menos 11.000 millones de dólares. Un sistema que se puede controlar también puede explotarse, y los actores que hacen posible ese control lo están explotando.
El coste más profundo es lo que no se gasta. La formación bruta de capital fijo ya se estaba contrayendo antes de que cayera la primera bomba. Una economía que se mantiene a flote devaluando su moneda, racionando sus dólares y posponiendo el mantenimiento de sus refinerías y su red eléctrica está consumiendo su propio capital. Esta es una estrategia con una estructura temporal, y probablemente a corto plazo.
Nada de esto justifica el aislamiento. Justifica la distinción entre dos conceptos que el consenso posterior a 1990 fusionó: integración y seguridad no son lo mismo. Irán ha construido una economía excepcionalmente difícil de quebrar y, por las mismas razones, también excepcionalmente difícil de hacer crecer. El FMI prevé un crecimiento del 3,2% para 2027, lo que representa un rebote tras un impacto mínimo, no una recuperación.
En pocas palabras, las sanciones frenaron el desarrollo de Irán y, al mismo tiempo, lo endurecieron. El país se vio privado de una década de crecimiento y, a cambio, obtuvo una tolerancia al castigo que pocas economías abiertas poseen.
Para quienes consideran la presión económica como una palanca, este hallazgo merece ser analizado detenidamente. La ausencia de un colapso no indica que la presión esté a punto de surtir efecto, sino que quince años de presión ya han sentado las bases de lo que ahora la absorbe.
Foto de portada: Billetes de banco iraníes (Atta Kenare/AFP).