De cómo los medios de comunicación venden el genocidio palestino

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 24 agosto 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.

Los medios de comunicación occidentales fomentan el consenso en favor del genocidio. Normalizan la ocupación militar y el apartheid que Israel lleva practicando desde hace décadas. Ocultan las flagrantes violaciones del derecho internacional por parte de Israel. Perpetúan la falacia de que Israel es la víctima. Traicionan, desacreditan y demonizan el trabajo de los periodistas y profesionales de los medios de comunicación palestinos en Gaza, de los cuales al menos 220 han sido asesinados por Israel entre el 7 de octubre de 2023 y agosto de 2025. Aceptan pasivamente la draconiana censura israelí. Se conforman con tibias cartas de protesta ante la negativa de Israel a permitir la entrada de periodistas extranjeros en Gaza —un intento de Israel por enmascarar sus crímenes de guerra—. Amplifican las mentiras israelíes, desde bebés decapitados hasta agresiones sexuales generalizadas contra mujeres israelíes el 7 de octubre, para ocultar la verdad.

Cuando se escribe sobre Gaza, los verbos están en voz pasiva. No hay sujeto. Nadie rinde cuentas. El genocidio, al parecer, es un acto de Dios. No es diferente de un terremoto o un tsunami. Los clichés y los adjetivos opacos, como el «ciclo de violencia» o los «enfrentamientos», distorsionan y falsifican la realidad.

«Si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento», advirtió George Orwell.

Términos como «genocidio», «atrocidad», «limpieza étnica» y «territorios ocupados» desaparecen por arte de magia de los informes de los medios de comunicación sobre los palestinos, cuya resistencia se describe habitualmente como «salvaje» y «bárbara». Los editores dan instrucciones a los periodistas del New York Times para que eviten términos como «Palestina», «genocidio», «carnicería», «campo de refugiados» o «matanza» y «masacre» en referencia a los palestinos.

Los medios de comunicación repiten servilmente lo que Israel les proporciona. Los bombardeos intensivos se convierten en «ataques aéreos quirúrgicos». El uso de la hambruna como arma por parte de Israel se convierte en una «escasez de alimentos». El asesinato de civiles desarmados —incluidos niños— se convierte en «enfrentamientos». Los recintos de los colonos judíos, situados en lo alto de las colinas y con aspecto de fortalezas, se convierten en «barrios». El asesinato extrajudicial de un periodista o un médico se convierte en «fallecimiento».

El genocidio, al que se hace referencia como la «guerra entre Israel y Hamás», se justifica como «autodefensa», parte del mantra del «derecho de Israel a defenderse». Cuando se destruyen escuelas, hospitales, clínicas, ambulancias, mezquitas, iglesias y otros objetivos civiles, se les tilda de «centros de mando de Hamás» o se les ataca porque Hamás está «utilizando a civiles como escudos humanos» —algo que Israel hace habitualmente, cuando el ejército ata a los palestinos detenidos y les obliga a entrar en edificios y túneles que podrían contener trampas explosivas, por delante de las tropas israelíes—.

Cuando los israelíes son retenidos por Hamás, son «rehenes», incluso si prestan servicio en el ejército. Cuando los palestinos —incluidos los niños— son retenidos sin cargos ni juicio y desaparecen en centros de detención israelíes, donde la tortura es «generalizada» y «sistemática», son «prisioneros».

Los ataques con misiles contra campamentos de tiendas de campaña u hospitales se achacan a grupos armados palestinos que lanzan cohetes errantes. Si Israel reconoce los ataques —lo cual ocurre muy raramente—, se describen como un «trágico error».

Las instituciones civiles de Gaza se califican como «dirigidas por Hamás» para poner en duda la veracidad de sus informaciones. El New York Times suele matizar los comunicados del Ministerio de Sanidad de Gaza señalando que «no distingue entre civiles y combatientes», ocultando así la matanza de decenas de miles de civiles.

El resultado son algunos de los textos más enrevesados de la historia del periodismo, como el titular del New York Times del 5 de noviembre de 2023 que reza: «Las explosiones que, según los habitantes de Gaza, fueron un ataque aéreo, dejan numerosas víctimas en un barrio densamente poblado».

«Cuando los periodistas de Middle East Eye Mohamed Salama y Ahmed Abu Aziz, junto con el fotoperiodista de Reuters Hussam al-Masri y los independientes Moaz Abu Taha y Mariam Dagga —que habían trabajado con varios medios de comunicación, incluida Associated Press— fueron asesinados en un ataque de ‘doble golpe’ —diseñado para acabar con los equipos de primera intervención que acudían a atender a las víctimas de los ataques iniciales— en el Complejo Médico Nasser, ¿cómo respondieron las agencias de noticias occidentales?» Lo pregunté en mi columna «La traición a los periodistas palestinos».

«El ejército israelí afirma que los ataques contra el hospital de Gaza tenían como objetivo lo que, según ellos, era un cámara de Hamás», informó Associated Press.

«Las Fuerzas de Defensa de Israel afirman que el ataque al hospital iba dirigido contra un cámara de Hamás», anunció la CNN.

El cámara pertenecía a Reuters, que afirmó que Israel era «plenamente consciente» de que la agencia de noticias estaba grabando desde el hospital.

«Cuando el corresponsal de Al Jazeera, Anas Al Sharif, y otros tres periodistas fueron asesinados el 10 de agosto en su tienda de prensa cerca del hospital Al Shifa, ¿cómo se informó de ello en la prensa occidental?», pregunté.

«Israel mata a un periodista de Al Jazeera del que afirma que era un líder de Hamás», tituló Reuters su noticia, a pesar de que Al Sharif formaba parte de un equipo de Reuters que ganó un Premio Pulitzer en 2024.

El periódico alemán Bild publicó en portada una noticia titulada: «Matan en Gaza a un terrorista disfrazado de periodista».

«Las piruetas lingüísticas empleadas por los medios llegaron hasta el punto de redefinir palabras, vaciándolas de significado», escribe Assal Rad en «No digas Palestina: cómo los medios fabricaron el consentimiento para el genocidio»:

Los medios de comunicación dominantes no describieron las repetidas infracciones del alto el fuego por parte de Israel utilizando el lenguaje propio de una violación. En su lugar, la cobertura siguió los mismos patrones de racionalizar los ataques de Israel y repetir acríticamente las afirmaciones de Israel para justificar sus acciones. Mientras se seguía matando a palestinos —durante un «alto el fuego»— y el flujo de ayuda no alcanzaba el nivel de necesidad ni lo acordado, los medios occidentales enmarcaron estas violaciones flagrantes como «pruebas» o «desafíos» a un «alto el fuego inestable». Mientras organizaciones líderes en derechos humanos como Amnistía Internacional advertían de que el genocidio, de hecho, no había terminado, los medios de comunicación tradicionales siguieron presentándolo como una guerra con un «alto el fuego frágil».

Las palabras importan. Las palabras justifican las acciones. Si no hay genocidio, si Israel se está defendiendo en una guerra, Estados Unidos y los aliados europeos de Israel tienen derecho a proporcionar decenas de miles de millones de dólares en ayuda militar. Si se trata de una guerra iniciada por Hamás el 7 de octubre, entonces es posible lamentar la destrucción de Gaza y la matanza masiva perpetrada por Israel como el desafortunado resultado del ataque de Hamás.

Esta corrupción del lenguaje está diseñada, como señaló Orwell, para defender lo indefendible:

Cosas como la perpetuación del dominio británico en la India, las purgas y deportaciones rusas, el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón, pueden defenderse, sin duda, pero solo con argumentos demasiado brutales como para que la mayoría de la gente los afronte, y que no concuerdan con los objetivos declarados de los partidos políticos. Por ello, el lenguaje político tiene que consistir en gran medida en eufemismos, argumentos circulares y una vaguedad totalmente confusa. Se bombardean desde el aire pueblos indefensos, se expulsa a los habitantes al campo, se ametralla al ganado y se incendian las chozas con balas incendiarias: a esto se le llama «pacificación». A millones de campesinos se les arrebatan sus granjas y se les obliga a caminar penosamente por las carreteras con nada más que lo que pueden llevar encima: a esto se le llama «traslado de población» o «rectificación de fronteras». Se encarcela a personas durante años sin juicio, se les dispara por la nuca o se les envía a morir de escorbuto a los campamentos madereros del Ártico: a esto se le llama «eliminación de elementos poco fiables».

Adam Johnson, en «How to Sell a Genocide: The Media’s Complicity in the Destruction of Gaza (Cómo vender un genocidio: la complicidad de los medios de comunicación en la destrucción de Gaza)», analizó más de 12.000 artículos de The New York Times, The Washington Post, CNN.com, Politico, Axios, USA Today y The Associated Press, además de 5.000 segmentos televisivos emitidos en la CNN y la MSNBC. Su libro, fruto de una minuciosa investigación, es una acusación contundente contra la justificación del genocidio por parte de los medios de comunicación «liberales».

La CNN y The New York Times dieron instrucciones a sus editores y periodistas de que los ataques solo podían atribuirse a Israel después de la confirmación por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y las coordenadas GPS. Johnson cita a una fuente de la CNN:

Ya fuera en la redacción o sobre el terreno, no podíamos atribuir nada a Israel a menos que cumpliéramos con este requisito imposiblemente exigente de tener que llamarlo «explosión», hasta que geolocalizáramos el lugar de la explosión, enviáramos las coordenadas a los israelíes y les pidiéramos un comentario.

Puedes ver una entrevista con Johnson sobre su libro en The Electronic Intifada aquí.

Los periodistas de la CNN que informan sobre Israel y Palestina deben enviar sus trabajos para su revisión a la oficina de la cadena en Jerusalén antes de su emisión. La oficina de la CNN, al igual que todas las oficinas de noticias en Israel, está obligada a acatar las restricciones impuestas por los censores militares israelíes.

A los muy pocos palestinos que aparecen en la CNN y otros medios de comunicación tradicionales se les pregunta sistemáticamente —por lo general, incluso antes de que se les permita salir en antena— si «condenan» a Hamás. A los invitados que expresan siquiera una crítica moderada hacia Israel se les pregunta si Israel «tiene derecho a existir».

A nadie se le pregunta jamás si condena el sionismo, el apartheid, la limpieza étnica, el genocidio o la guerra de 100 años de Israel contra Palestina. Tampoco se les pregunta si los palestinos tienen derecho a defenderse —lo cual, según el derecho internacional, sí tienen, incluso con armas—.

Nuestros periodistas y medios de comunicación domesticados son, como señaló Robert Fisk, «prisioneros del lenguaje del poder». Repiten obedientemente el léxico oficial. Esto los convierte no solo en propagandistas, sino en cómplices del genocidio.

A quienes protestan contra el genocidio, incluidos los estudiantes en los campus universitarios —muchos de los cuales son judíos—, se les tacha de «partidarios de Hamás» y «antisemitas». Los periodistas buscan a los estudiantes sionistas, que suelen encontrarse refugiados en las casas Hillel de los campus, y que afirman «temer por su seguridad» a causa de las protestas. Los medios de comunicación prestan poca atención al aumento de la intolerancia antimusulmana o a la represión ejercida contra los estudiantes manifestantes, que incluye no solo la brutalidad policial y 3.000 detenciones y arrestos, sino también suspensiones, períodos de prueba, expulsiones, la retención de títulos y el despido de profesores solidarios.

Las consignas que reclaman la liberación de Palestina —entre ellas «Desde el río hasta el mar, Palestina será libre»— junto con la bandera palestina, se han tipificado como delito.

El mensaje es claro: las vidas judías importan. Las vidas palestinas, no.

«Los informes de los organismos de la ONU, de observadores de derechos humanos respetados, de revistas médicas y de personal médico profesional suelen ser tratados con respeto y se les da protagonismo en los medios de comunicación dominantes», escribe el historiador Rashid Khalidi en la introducción del libro de Robin Anderson, The Complicit Lens: US Media Coverage of Israel’s Genocide in Gaza:

No es así en esta guerra: por el contrario, si es que se citan tales fuentes, los medios de comunicación otorgan el mismo tratamiento a las escandalosas calumnias y difamaciones contra estas organizaciones y personas, difamaciones que producen en abundancia la legión de propagandistas profesionales de Israel y su miríada de defensores en EE. UU. Además de difamar a los críticos del genocidio de Israel tachándolos de partidarios de Hamás o simpatizantes del terrorismo, el arma principal de su arsenal de difamación es el uso indebido, sistemático y escandaloso de la acusación letal de antisemitismo.

La fuga masiva de lectores y espectadores de los medios de comunicación convencionales hacia las plataformas de redes sociales —que no filtran las noticias a través del lobby israelí, el Gobierno de EE. UU. o las grandes empresas— es un claro indicador de la bancarrota de los medios. La respuesta a esta fuga ha sido el «plataformicidio»: el uso de algoritmos, el «shadow banning», la restricción de las funciones de retransmisión en directo y el cierre de cuentas por parte de gigantes de las redes sociales como Facebook, Instagram, X, YouTube y TikTok, para reducir drásticamente el alcance de la información sobre Palestina.

Esta censura forma parte de un esfuerzo coordinado para ocultar al público el horror del genocidio.

Al hacer referencia constantemente al 7 de octubre, los medios occidentales sacan de contexto el genocidio. Ignoran el asedio de Gaza por parte de Israel, que dura ya 19 años. En los medios occidentales, el 7 de octubre se presenta como un acto «sin provocación previa». Se ignoran las masacres perpetradas por Israel contra palestinos desarmados en Gaza durante los inviernos de 2008 y 2009, así como sus ataques contra Gaza en 2012, 2014 y durante la Gran Marcha por el Retorno en 2018 y 2019.

Rara vez se menciona la Nakba de 1948 —cuando los sionistas europeos se apoderaron de más del 78% de la Palestina histórica, expulsaron violentamente a 750.000 palestinos, destruyeron más de 530 pueblos palestinos y mataron a 15.000 palestinos—. El 70% de los que fueron expulsados de sus hogares en 1948 se vieron obligados a refugiarse en Gaza.

El proyecto sionista se basa en fomentar la amnesia histórica.

«Una vez que Hamás quedó instituido como un grupo terrorista brutal cuyos miembros torturaban, desmembraban y decapitaban a bebés con regocijo y sin escrúpulos, no se necesitó ninguna explicación adicional», escribe Anderson en su libro. «Los medios de comunicación simplemente evitaron informar sobre el historial de violencia de Israel y, como resultado, los medios del establishment también ignoraron las condiciones de la vida cotidiana de los palestinos».

La ficción de que actualmente existe un alto el fuego en Gaza —Israel ha matado al menos a 1.286 palestinos y ha herido a 4.257 desde que supuestamente entró en vigor— se ha convertido en la excusa utilizada por los medios de comunicación occidentales para dar la espalda a Gaza. Esta negación del genocidio ha caracterizado la cobertura informativa desde sus inicios. Enmascara no solo los crímenes de Israel, sino también la intención declarada de Israel de llevar a cabo una limpieza étnica de todos los palestinos de Gaza. Neutraliza de hecho el derecho internacional. Y convierte en una burla la profesión del periodismo.

Cuando se produzca el último acto de limpieza étnica, los medios de comunicación occidentales, estoy seguro, seguirán bombardeándonos con propaganda israelí, eufemismos y clichés.

Y justificarán el genocidio hasta el final.

Ilustración de portada: «¡Alegría para el mundo!» (por Mr. Fish).

Voces del Mundo

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