¿Cómo responderá Irán al «Día D económico» de Trump?

Shahir Shahidsaless, Middle East Eye, 27 agosto 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Shahir Shahidsaless es un analista político iraní-canadiense y periodista independiente que escribe sobre asuntos internos y exteriores de Irán, Oriente Medio y la política exterior de EE. UU. en la región. Es coautor de «Iran and the United States: An Insider’s View on the Failed Past and the Road to Peace (Irán y Estados Unidos: una visión desde dentro sobre el pasado fallido y el camino hacia la paz)». Colabora con varios sitios web especializados en Oriente Medio. Su cuenta de X es @ShShahidsaless.

Tras días de intensa tensión, la administración Trump ha dado a conocer lo que denomina el «Día D económico» contra Irán.

El secretario del Tesoro de EE. UU., Bessent, prometió la campaña de sanciones más dura de la historia, tras la amenaza del presidente Donald Trump de «aplastar» a Irán con una guerra económica «a una escala sin precedentes» a menos que Teherán cediera a las exigencias de Washington.

Sin embargo, el régimen de sanciones que Bessent describió el lunes contenía sorprendentemente pocos detalles concretos. Incluso antes del anuncio, miles de personas y entidades, tanto iraníes como no iraníes, ya se enfrentaban a sanciones estadounidenses.

La aparente novedad radica menos en sancionar al propio Irán que en amenazar a los países, las empresas y las redes financieras que sigan haciendo negocios con Teherán. Bessent incluso tomó prestada una frase del manual del expresidente estadounidense George W. Bush: «O estás con nosotros o estás contra nosotros».

Según los datos aduaneros iraníes, el país comercia con 178 Estados, pero China y los Emiratos Árabes Unidos son los más importantes.

China es el mayor comprador de petróleo de Irán. La Comisión de Revisión Económica y de Seguridad EE. UU.-China afirma que Pekín adquiere «más del 90%» de las exportaciones de crudo iraní.

Los Emiratos Árabes Unidos, por su parte, han sido durante mucho tiempo un conducto crucial que conecta a Irán con el comercio mundial y le ayuda a eludir las sanciones. Según datos de la Organización Mundial del Comercio, en 2024, Irán obtuvo el 30,6% de sus importaciones, por un valor aproximado de 21.000 millones de dólares, de los Emiratos Árabes Unidos.

Esa cifra por sí sola no refleja el papel más amplio que desempeñan las empresas pantalla, los canales bancarios y las casas de cambio con sede en Dubái a la hora de facilitar el comercio iraní.

Una prueba más importante

Los Emiratos Árabes Unidos han anunciado ahora la suspensión del comercio y las transacciones relacionadas con Irán, una medida que, según Bessent, «no ha sido una coincidencia». Sin embargo, no está claro en qué medida sigue funcionando el comercio bilateral.

Desde que comenzó la guerra, los Emiratos Árabes Unidos han sufrido más ataques con misiles y drones iraníes que cualquier otro Estado de la región, con casi 3.000 dirigidos contra ellos. Por lo tanto, el anuncio podría limitarse a formalizar una ruptura que la guerra ya había provocado en gran medida.

China supone la prueba de fuego más importante. Cuando se le preguntó si Pekín sería objeto de sanciones, Bessent respondió que «nadie está fuera del alcance de las sanciones estadounidenses».

China reaccionó de inmediato: el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Lin Jian, advirtió de que las medidas intensificarían las tensiones y prometió que Pekín tomaría «todas las medidas necesarias» para proteger sus intereses.

Washington ya ha puesto esto a prueba anteriormente. En mayo, después de que EE. UU. sancionara a cinco refinerías chinas por comprar petróleo iraní, Pekín, según se informa, les ordenó que ignoraran las sanciones y les ofreció protección. Esto plantea la pregunta fundamental: ¿está Washington realmente preparado para una confrontación económica más amplia con China por Irán?

Hay un problema más amplio. Una campaña de esta envergadura requiere una amplia cooperación internacional, Sin embargo, Trump ha desencadenado al mismo tiempo conflictos comerciales y políticos tanto con aliados como con rivales, desde Canadá y Europa hasta China. El contexto internacional dista mucho del de la época de Obama, cuando incluso China y Rusia apoyaban las sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU contra Irán.

Mientras tanto, las sanciones se aplican junto con un bloqueo marítimo que ya ha provocado una fuerte caída de las exportaciones de petróleo iraní. Entonces, ¿qué aporta exactamente Bessent? ¿Se trata de una arquitectura de sanciones verdaderamente nueva, respaldada por una aplicación mucho más estricta, o es en parte una guerra psicológica, destinada a convencer a Teherán de que el colapso económico es inevitable a menos que capitule?

También podría haber una dimensión relacionada con la psicología de los mercados. La administración Trump tiene todos los motivos para mitigar las consecuencias económicas internas de la guerra. Este mes de agosto, el precio medio nacional de un galón de gasolina normal se perfila como el más alto de la historia. Trump y su Administración han afirmado en repetidas ocasiones que el petróleo fluye a raudales por el estrecho de Ormuz, pero los sistemas de seguimiento de buques no lo detectan.

Independientemente de los efectos a largo plazo, el anuncio de Bessent surtió efecto de inmediato: las acciones subieron, el Brent cayó en picado y el mercado de bonos se tranquilizó.

Posibles trayectorias

La cuestión clave es cómo responderá Teherán. Desde la perspectiva de Irán, la situación actual no puede prolongarse indefinidamente.

El debate sobre qué hacer a continuación ya es palpable entre los dirigentes. El presidente Masoud Pezeshkian y el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf —que encabeza el equipo negociador iraní— han hecho hincapié tanto en los peligros económicos de prolongar el conflicto como en la necesidad de alcanzar un acuerdo.

El 21 de agosto, Ghalibaf hizo una declaración inusualmente contundente: «Por mucho poder militar que tengamos, si la gente pasa hambre, no aguantaremos». Pezeshkian argumentó ese mismo día que Irán debería poner fin a la guerra ahora, mientras aún se considera en una posición de fuerza.

Por otra parte, Mohsen Rezaei, recientemente nombrado secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional —el máximo órgano de seguridad de Irán—, parece estar a favor de ejercer una mayor contrapresión. Rezaei y el líder supremo se han opuesto al enfoque de Pezeshkian y Ghalibaf desde las negociaciones de Islamabad.

En este contexto, hay tres posibles escenarios que me parecen plausibles, ordenados, en mi opinión, de mayor a menor probabilidad.

En primer lugar, Teherán podría intentar aguantar hasta las elecciones al Congreso de EE. UU. del 3 de noviembre, calculando que una victoria arrolladora de los demócratas en ambas cámaras podría dotar al Congreso de la influencia política y financiera necesaria para obligar a Trump a reducir o poner fin a la guerra.

Esa posibilidad no puede descartarse. La carrera a la Casa Blanca, un modelo de predicción electoral basado en datos que incorpora encuestas, historial electoral, recaudación de fondos y otros factores, y que realiza miles de simulaciones tras cada actualización, otorga actualmente a los demócratas un 76% de posibilidades de ganar la Cámara de Representantes y un 53% de posibilidades de hacerse con el Senado.

Más llamativa aún es la tendencia: justo antes de la guerra, los republicanos aventajaban a los demócratas por un 77% frente a un 23% en las previsiones para el Senado. Ahora los demócratas lideran con un 53% frente a un 47%, lo que supone un cambio de 60 puntos.

Hasta noviembre, Teherán podría, por lo tanto, evitar una escalada importante, mantener el estrecho de Ormuz efectivamente cerrado y continuar con los ataques periódicos a los petroleros para mantener la presión sobre los mercados petroleros y, por extensión, sobre la administración Trump.

Reanudación de la mediación

En segundo lugar, podría alcanzarse un acuerdo negociado antes de las elecciones a través de los canales de mediación que están volviendo a activarse, en particular Pakistán y Omán. Probablemente, Irán tendría que reabrir realmente el estrecho de Ormuz, abandonar su exigencia de que el acuerdo ponga también fin a la guerra del Líbano, garantizar el cese de los ataques hutíes y reafirmar que no fabricará un arma nuclear.

La reanudación de la mediación por parte de Pakistán da cierto peso a este escenario. Poco después del anuncio de Bessent, las esperanzas de que se llegara a un acuerdo contribuyeron a que el Brent cayera por debajo de los 88 dólares.

Mohsin Naqvi, ministro del Interior de Pakistán, declaró el lunes que él y el jefe del Ejército, Asim Munir, mantuvieron una «reunión muy positiva y productiva» con el presidente iraní, durante la cual «se lograron avances significativos».

Naqvi añadió: «Seguimos teniendo la esperanza de que este impulso ayude a allanar el camino para un mayor progreso y una paz duradera en la región».

En tercer lugar, Teherán podría llegar a la conclusión de que esperar se ha vuelto más peligroso que la escalada, e iniciar otra ronda de combates.

Las declaraciones de Rezaei del pasado fin de semana ofrecen una indicación clara de lo que podría suponer dicha estrategia. Advirtió de que, aunque hasta ahora Irán solo había atacado bases militares, si Washington intensificara su guerra económica, las empresas petroleras estadounidenses y otras empresas comerciales que operan en la región también podrían convertirse en objetivos.

Esta ha sido una de las amenazas más claras de Teherán en los últimos tiempos al identificar explícitamente a las empresas petroleras estadounidenses como posibles objetivos. La actividad empresarial y la inversión estadounidenses en toda la región, especialmente en Arabia Saudí, Catar y los Emiratos Árabes Unidos, se han expandido considerablemente en los últimos años.

El objetivo de una nueva escalada no sería necesariamente la victoria militar. Más bien, Teherán podría intentar provocar una perturbación lo suficientemente grave en los flujos energéticos regionales como para hacer que los precios del petróleo se disparen, aumentar los precios de la gasolina y la inflación en EE. UU., y obligar a Washington a reconsiderar los costes económicos y políticos de continuar la guerra.

Por lo tanto, la ofensiva de Bessent podría tener una consecuencia no deseada. Al reducir progresivamente las opciones de Teherán, podría acabar haciendo que la escalada pareciera menos una elección que una necesidad.

Foto de portada: El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, asiste a una rueda de prensa en la capital, Teherán, el 8 de agosto de 2026. (Oficina Presidencial de Irán/AFP)

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