Sami Al-Arian, Middle East Eye, 28 agosto 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Sami Al-Arian es el director del Centro para el Islam y Asuntos Globales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul. Originario de Palestina, vivió en Estados Unidos durante cuatro décadas (1975-2015), donde fue académico titular, destacado orador y activista de derechos humanos antes de trasladarse a Turquía. Es autor de varios estudios y libros. Pueden ponerse en contacto con él en: nolandsman1948@gmail.com.
Algunos momentos en la historia de los movimientos de liberación exigen valentía para actuar; otros, igual valentía para esperar.
La Operación Inundación de Al-Aqsa, el 7 de octubre de 2023, fue una decisión audaz que destrozó las suposiciones que habían regido la cuestión palestina durante años.
Volvió a situar a Palestina en el centro de la política mundial, expuso la ilusión de que podía ser controlada o eludida, y confrontó a Israel y a sus aliados occidentales con un conflicto que se habían convencido de que podía contenerse indefinidamente.
Nada de lo que siguió justifica transferir la responsabilidad de la destrucción de Gaza de quienes la destruyeron a quienes se resistieron.
La responsabilidad de la devastación de Gaza, la matanza de sus civiles y la destrucción de sus hogares, hospitales, universidades y colegios recae en quienes la llevaron a cabo. Las críticas a la estrategia palestina no deben convertirse nunca en un mecanismo para exculpar a los responsables y a quienes los apoyan.
La magnitud de ese sacrificio exige un análisis más riguroso de cómo se está gestionando políticamente.
Hamas se enfrenta hoy quizá a la transición más difícil de su historia. El movimiento que entró en la «Inundación de Al-Aqsa» como organización de resistencia armada se enfrenta ahora a una enorme presión para salir de la guerra desarmado, apartado del gobierno de Gaza, integrado en un sistema político palestino reconstruido y dependiente de acuerdos diseñados principalmente por EE. UU. e Israel con el apoyo tácito de los mediadores regionales.
La flexibilidad táctica es indispensable para cualquier movimiento de resistencia, pero debe estar al servicio de una estrategia coherente, en lugar de ir desplazándola gradualmente.
Hay cuatro acontecimientos que deberían preocupar a cualquiera que crea que la resistencia debe preservar su independencia: la trayectoria política señalada por el documento de Hamás de 2017, la gestión de las negociaciones de posguerra, la creciente presión para el desarme y el reacercamiento del movimiento a sus antiguos rivales alineados con Fatah.
Una apuesta política
El «Documento de Principios y Políticas Generales» de Hamás de 2017, publicado mucho antes de la «Inundación de Al-Aqsa», se interpretó ampliamente como un intento de mostrar al mundo una imagen más pragmática. En él se aceptaba un Estado palestino soberano dentro de las fronteras del 4 de junio de 1967 como fórmula de consenso nacional, al tiempo que se rechazaba reconocer la legitimidad del Estado sionista y se mantenía el derecho a la resistencia.
Esta postura tenía una larga tradición. Ya en 2009, Jaled Meshaal, entonces jefe de la oficina política de Hamás, declaró al New York Times que su grupo «había aceptado un Estado palestino dentro de las fronteras de 1967, incluida Jerusalén Este, el desmantelamiento de los asentamientos y el derecho al retorno de los refugiados palestinos sobre la base de una tregua a largo plazo».
El documento representaba una apuesta política: que la moderación rompería el aislamiento del movimiento y abriría puertas en Europa y más allá.
Varias figuras europeas debatieron si esto justificaba el diálogo. El ex primer ministro británico Tony Blair, tras dejar su cargo como enviado del Cuarteto para Oriente Medio —que incluía a EE. UU., la UE, la ONU y Rusia—, cortejó a los dirigentes de Hamás y más tarde reconoció que el boicot impuesto tras la victoria del movimiento en las elecciones de 2006 había sido un error. Sin embargo, la apertura política más amplia nunca llegó.
Ahí radica la lección: un movimiento de liberación debe distinguir entre la flexibilidad a cambio de beneficios políticos concretos y las concesiones ofrecidas con la esperanza de obtener la aceptación occidental. El verdadero peligro es un proceso en el que cada concesión se convierte en el punto de partida para la siguiente.
Fatah ya recorrió ese camino hace décadas, presentando cada concesión como la puerta de entrada al siguiente avance diplomático: el reconocimiento debía generar reciprocidad, la negociación conducir a la creación de un Estado y la cooperación en materia de seguridad fomentar la confianza, mientras se suponía que el propio acuerdo de Oslo era transitorio.
En cambio, lo transitorio se convirtió en permanente a medida que los asentamientos se expandían, la ocupación se intensificaba y la soberanía se reducía, dejando a Fatah hoy en día como una sombra de lo que fue.
Hamás debería estudiar esa experiencia y negarse rotundamente a ceder jamás una posición estratégica a cambio de una promesa de reciprocidad futura. La aprobación occidental no debe ser un objetivo nacional palestino.
Influencia desperdiciada
La segunda preocupación es más inmediata. Las negociaciones son una contienda de intereses que se libra mediante el poder de negociación; sin embargo, desde que la guerra entró en su fase diplomática, Hamás se ha mostrado repetidamente dispuesto a renunciar a su influencia antes de asegurarse beneficios recíprocos y exigibles.
La liberación del soldado israelo-estadounidense Edan Alexander en mayo de 2025 se presentó como un gesto de buena voluntad destinado a reabrir el espacio diplomático, pero la buena voluntad solo tiene valor en una negociación cuando la otra parte la trata como algo a lo que hay que corresponder.
La prueba más importante llegó con la iniciativa de Gaza del presidente estadounidense Donald Trump en septiembre de 2025. En su respuesta inicial, Hamás accedió a liberar a los cautivos israelíes, vivos y muertos, en el marco de la fórmula de intercambio, y aceptó la transferencia de la administración de Gaza a un órgano tecnocrático palestino independiente.
Sin embargo, en lo que respecta al futuro general de Gaza y a los derechos fundamentales de los palestinos, insistió en que esas cuestiones debían enmarcarse en un contexto nacional global.
Yo había defendido precisamente este enfoque días antes de que el movimiento emitiera su respuesta el 3 de octubre de 2025.
Una vez intercambiados los rehenes y cumplido ese compromiso, Hamás debería haber considerado la posibilidad de dar un paso atrás en las negociaciones directas sobre las cuestiones de mayor alcance, ya que los líderes de la resistencia no tienen por qué llevar a cabo todas las negociaciones por sí mismos.
Podría haber confiado las negociaciones a negociadores palestinos independientes y experimentados, versados en derecho internacional, diplomacia, política estadounidense, prácticas de negociación israelíes, cartografía y acuerdos de seguridad, mientras que ellos mismos definían los objetivos y las líneas rojas.
Una de las tragedias de la experiencia negociadora palestina desde la década de 1980 ha sido la repetida confusión entre la legitimidad revolucionaria y la competencia negociadora, lo que constituyó uno de los errores más costosos de Fatah bajo el liderazgo de Yasser Arafat.
El historial de Oslo pone de manifiesto esta asimetría. Israel contó con equipos especializados, generales en activo y el veterano abogado del Ministerio de Asuntos Exteriores Joel Singer; como el propio Mahmud Abás reconoció más tarde, los palestinos negociaban frente a «una delegación experimentada y capaz» sin disponer de una experiencia comparable por su parte. La negociación es una profesión, y reconocer que a un movimiento le falta esa capacidad cuesta mucho menos que fingir lo contrario.
Los vietnamitas lo entendieron bien. A lo largo de las largas conversaciones de París, Hanói trató la diplomacia como un instrumento más dentro de una estrategia política y militar más amplia: el Politburó fijaba los objetivos y las concesiones admisibles, mientras que negociadores veteranos como Le Duc Tho llevaban a cabo las negociaciones.
Cuando las negociaciones iban más allá de las posiciones que los dirigentes estaban dispuestos a aceptar, se ordenaba a los negociadores que volvieran al acuerdo anterior como base para el acuerdo. El arte consistía en saber qué se podía negociar, qué había que preservar y cuándo el compromiso servía al objetivo general.
Más allá de las armas
Estas cuestiones se han vuelto urgentes porque Hamás ha pasado de debatir sobre la gobernanza a barajar fórmulas relativas a sus armas.
Las propuestas recientes prevén que se almacenen o se transfieran como parte de un acuerdo de desmilitarización vinculado a la retirada israelí, un enfoque que Israel ha rechazado al insistir en que primero se produzca un desarme completo. ¿De verdad se espera que los palestinos entreguen sus armas mientras los tanques siguen en la frontera?
El patrón resulta familiar al de los años de Oslo: una concesión palestina pasa a formar parte del historial diplomático, Israel rechaza el acuerdo por considerarlo insuficiente y la siguiente negociación parte de esa concesión en lugar de partir de la posición que la precedió. La recompensa por una concesión no correspondida suele ser otra exigencia.
El desarme afecta, por tanto, a la identidad y al propósito estratégico del propio movimiento. La moderación puede ser en sí misma una forma de resistencia, y Hamás no tiene por qué volver a gobernar Gaza: renunciar a la administración directa podría incluso liberar al movimiento de la contradicción entre gobernar a una población sitiada y funcionar como organización de resistencia. Dejar el gobierno y abandonar la resistencia son propuestas totalmente diferentes.
El mayor peligro es que un movimiento agotado por la guerra y sometido a una presión extraordinaria por parte de los mediadores y las potencias internacionales pueda transformarse, de forma gradual, en una mera facción palestina más que busca un lugar en un orden electoral cuyos parámetros han diseñado otros.
La transformación de Fatah se produjo exactamente de esa manera. Una concesión se justificó por razones tácticas, otra fue necesaria para preservar el proceso político y otra se exigió para demostrar seriedad, hasta que una organización creada para liberar Palestina se convirtió en el componente gobernante de una autoridad que opera bajo la ocupación.
El acercamiento del movimiento a sus antiguos rivales en la esfera de influencia de Fatah forma parte del mismo conjunto de preocupaciones. En agosto, Hamás se reunió con responsables del Bloque de Reforma Democrática del antiguo jefe de seguridad de Gaza, Mohammed Dahlan, en unos contactos que un responsable de Hamás confirmó a Al Jazeera, antes de las elecciones legislativas palestinas previstas para noviembre.
Semanas antes, un alto asesor había afirmado que Dahlan intervino en las negociaciones sobre el desarme a través de contactos directos con el yerno del presidente de EE. UU., Jared Kushner.
Las circunstancias políticas cambian y antiguos adversarios se reúnen. Sin embargo, Hamás debería preguntarse qué propósito persiguen estos regresos y por qué las mismas potencias que ahora presionan para su desarme parecen sentirse tan cómodas con ellos.
Paciencia estratégica
Los defensores del rumbo actual preguntarán cuál es la alternativa, y la respuesta es la paciencia estratégica: un movimiento sometido a una presión inmensa no tiene por qué resolver todas las cuestiones de inmediato. Hamás puede cumplir los acuerdos limitados que ha suscrito, al tiempo que se niega a negociar cuestiones que pertenecen al pueblo palestino en su conjunto, aprovechando el tiempo que transcurra para reorganizarse mientras se aclara el panorama.
La región ha cambiado desde 2023 de formas cuyas consecuencias aún se están desarrollando. Un número cada vez mayor de analistas sostiene que el enfrentamiento entre Irán, Israel y EE. UU. podría dejar a Teherán en una posición estratégicamente más fuerte de lo que muchos esperaban. Washington y Tel Aviv, por su parte, han gastado un enorme capital militar, político y diplomático.
La propia Gaza sigue bajo un frágil alto el fuego, sin que se haya resuelto la secuencia de la retirada y el desarme israelíes. ¿Por qué debería Hamás negociar como si el equilibrio de poder actual fuera permanente?
Las elecciones son un instrumento legítimo de representación popular, y las instituciones palestinas necesitan urgentemente una renovación tras años de estancamiento y de erosión de la legitimidad democrática. Participar en ellas es una cosa; permitir que redefinan la relación del movimiento con la resistencia es otra muy distinta. Hamás debe dejar claro cuáles considera ahora sus constantes estratégicas y cómo encajan en ellas las formas de resistencia armadas, populares, políticas, legales y diplomáticas. Estas cuestiones no pueden resolverse mediante acuerdos fragmentarios negociados bajo presión.
Hay un momento para luchar, un momento para negociar y un momento simplemente para mantener la propia posición, lo que a veces no es más que la negativa a hacer concesiones irreversibles bajo una presión temporal.
La «Inundación de Al-Aqsa» supuso un coste humano casi inimaginable para Gaza, y ese coste nunca debe utilizarse para deslegitimar la resistencia palestina ni para desviar la responsabilidad de quienes devastaron la Franja. La magnitud del sacrificio palestino tampoco exime a los líderes palestinos de su responsabilidad estratégica: un movimiento de resistencia debe proteger el valor político de los sacrificios realizados en nombre de su causa.
Hamás puede abandonar el Gobierno de Gaza, presentarse a las elecciones en las condiciones adecuadas y negociar cuando las circunstancias lo requieran, sin permitir que las concesiones tácticas realizadas bajo una presión extraordinaria redefinan sus principios. Cuando su propia capacidad de negociación sea insuficiente, debería tener la confianza necesaria para confiar la negociación a profesionales, conservando al mismo tiempo la autoridad para establecer las líneas rojas.
El peligro más grave al que se enfrenta Hamás ahora se encuentra más allá del campo de batalla. Tras haber sobrevivido a una de las guerras más destructivas de la historia moderna, podría ir cediendo poco a poco en la mesa de negociaciones lo que sus adversarios no lograron por la fuerza.
Lo que Israel no pudo acabar mediante el poderío militar y el genocidio no debería cederse a través de la letra pequeña de un acuerdo urdido en Washington.
Foto de portada: Combatientes de Hamás aseguran la zona mientras trabajadores egipcios y funcionarios de la Cruz Roja buscan los restos del último prisionero israelí en el barrio de Zeitoun, en la ciudad de Gaza, el 8 de diciembre de 2025. (Omar al-Qattaa/AFP)