Meron Rapoport, +972.com Magazine, 27 agosto 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Meron Rapoport es un periodista y escritor israelí, ganador del Premio Internacional de Periodismo de Nápoles por una investigación sobre el robo de olivos a sus propietarios palestinos. Exdirector del Departamento de Noticias de Haaretz, actualmente trabaja como periodista independiente.
(En colaboración con Local Call)
Poco más de un mes después del 7 de octubre de 2023, el Canal 12 de Israel publicó su primera proyección de escaños en la Knesset tras el ataque de Hamás. Como era de esperar, los resultados fueron catastróficos para el primer ministro Benjamin Netanyahu.
Su partido, el Likud, que había obtenido 32 de los 120 escaños de la Knesset en las elecciones celebradas apenas un año antes, se situaba en las encuestas en tan solo 17 escaños, cerca de su peor resultado de la historia. La coalición de gobierno, que sumaba 64 escaños, había caído a 45 en la encuesta. El camino de Netanyahu hacia la salida del poder y la ruina política parecía prácticamente allanado.
Casi tres años después, la coalición de Netanyahu sigue sin alcanzar la mayoría, y las encuestas la sitúan, en general, entre 49 y 54 escaños. Sin embargo, en comparación con su situación inmediatamente después del 7 de octubre, ha vuelto con fuerza a la contienda, y otra victoria de Netanyahu no es en absoluto inconcebible. Tampoco se puede afirmar con certeza que las encuestas realizadas por el encuestador Shlomo Filber, afín a Netanyahu, y por el Canal 14 —que suelen otorgar al bloque gobernante una mayoría— sean totalmente erróneas.
En los últimos tres años, la coalición ha superado casi todos los retos parlamentarios a los que se ha enfrentado. Ha aprobado presupuestos y leyes fundamentales para su programa, e incluso se ha ampliado: con la incorporación de Gideon Sa’ar y cuatro miembros de su partido al «gobierno de emergencia» tras los acontecimientos del 7 de octubre, la coalición cuenta ahora con 68 escaños, frente a los 64 que tenía inicialmente.
Existen varias explicaciones posibles para la notable estabilidad del Gobierno tras lo que fue, sin duda, uno de los fracasos más graves de la historia de Israel. Pero la explicación más convincente es que el Gobierno ha convertido la guerra en una situación permanente, sin un final claro. Nada ilustra mejor esto que el mantra de Netanyahu sobre la «victoria total», un concepto cuyo significado ni siquiera se ha molestado en definir.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, el ministro de Defensa, Israel Katz, y el jefe del Estado Mayor del ejército, Eyal Zamir, asisten a la ceremonia de graduación de un curso de oficiales de las FDI en el sur de Israel, el 25 de junio de 2026. (Flash90)
La guerra, en sus diversas formas —aniquilación y expulsión en Gaza; ocupación y destrucción en el Líbano; guerra distante con Irán; expansión de los asentamientos, confiscaciones de tierras y desplazamiento de palestinos en Cisjordania—, ha cumplido dos funciones políticas a la vez. Ha sido el pegamento que ha mantenido unida a una coalición plagada de contradicciones y tensiones internas. Y ha proporcionado al Gobierno legitimidad pública incluso entre los sectores de la población que le son hostiles, incluidos muchos de los que pasaron años protestando contra Netanyahu en las calles de Tel Aviv.
Aunque el apoyo al propio Netanyahu era escaso, el respaldo a sus campañas militares en Irán, Líbano y Gaza se mantuvo alto. Cisjordania es el único escenario en el que las acciones del ejército y su apoyo a los pogromos perpetrados por los colonos no gozan del mismo amplio consenso. Sin embargo, incluso allí, el desacuerdo rara vez se ha traducido en una oposición activa a las políticas del Gobierno o a las milicias de colonos que actúan como sus representantes.
Las raíces de la guerra eterna
Ha habido varios incentivos políticos concretos para mantener la guerra durante casi tres años. Los socios de coalición de extrema derecha de Netanyahu —el sionismo religioso de Bezalel Smotrich y el Otzma Yehudit de Itamar Ben Gvir—, junto con figuras destacadas del Likud, se opusieron desde el principio a cualquier acuerdo que supusiera la liberación de los rehenes israelíes a cambio de un alto el fuego y la retirada israelí de Gaza. Netanyahu comprendió, por tanto, que aceptar tal acuerdo podría provocar la caída de su Gobierno.
Cuando Smotrich se jactó recientemente de tener una «influencia decisiva» sobre la guerra, y de que sin él el ejército quizá nunca habría entrado en Rafah, no hablaba sin fundamento. Puede que Netanyahu sea el dueño de la expresión «victoria total», pero de no ser por las limitaciones impuestas por su coalición, es muy posible que hubiera buscado una salida anticipada de la guerra por motivos de interés político propio.

Benjamin Netanyahu habla con el ministro de Hacienda, Bezalel Smotrich, en la sala plenaria de la Knesset, en Jerusalén, el 5 de enero de 2026. (Yonatan Sindel/Flash90)
Junto a estos grandes cálculos políticos hay otros más mezquinos, aunque quizá no menos trascendentales. Casi inmediatamente después del 7 de octubre, la oposición y la sociedad civil comenzaron a reclamar una comisión estatal de investigación sobre los fallos de seguridad que rodearon el ataque liderado por Hamás. Conscientes de que dicha investigación supondría una condena contundente de las políticas impulsadas por el hombre que se autodenomina «el señor Seguridad», los responsables del Gobierno insistieron en que solo podría comenzar una vez que la guerra hubiera terminado. Casi tres años después, no se ha creado dicha comisión y la guerra continúa.
Una guerra interminable también beneficia al establishment militar. Las afirmaciones autocomplacientes y exageradas del portavoz del ejército sobre el número de «terroristas» abatidos en los últimos tres años dan la impresión de una institución que intenta llenar el abismo creado por su fracaso del 7 de octubre con montañas de cadáveres palestinos, libaneses e iraníes, y con la devastación de sus ciudades e infraestructuras.
Pero lo que ha resultado especialmente letal es la convergencia entre la necesidad política de supervivencia de la coalición y la perspectiva entreguista, incluso genocida, que se afianzó entre gran parte de la opinión pública judío-israelí tras el 7 de octubre.
Sin pretender justificar la horrible y criminal masacre de Hamás, una posible conclusión del 7 de octubre fue que la continua evasión por parte de Israel de la cuestión de los derechos palestinos, al tiempo que mantenía la ocupación en Cisjordania y el asedio a Gaza, hizo inevitable una explosión. Los palestinos llevaban años advirtiendo de esto —desde las facciones más radicales hasta los responsables conciliadores de la Autoridad Palestina comprometidos con el diálogo político con Israel, pasando por activistas judíos de la izquierda radical israelí—.

Palestinos desplazados se dirigen hacia el norte por la calle al-Rashid, en la zona de Nuseirat de la Franja de Gaza, el 13 de febrero de 2025. (Ali Hassan/Flash90)
Sin embargo, la conclusión a la que llegó la abrumadora mayoría de los israelíes judíos fue la contraria. El 7 de octubre se consideró una prueba de que los palestinos siempre habían querido «arrojarlos al mar»; de que el error de Israel había sido mostrarse demasiado moderado; y de que, por lo tanto, la única respuesta posible era algo parecido al «Plan Decisivo» de Smotrich: expulsión, destrucción y aniquilación.
Y en el momento crítico, la derecha ofreció a la sociedad judío-israelí una respuesta arraigada en un precedente histórico que todo israelí conoce, aunque esté enterrado en su subconsciente: la Nakba, o la aniquilación del pueblo palestino. La facilidad con la que la frase «no hay inocentes en Gaza» se convirtió en sentido común entre la opinión pública israelí supuso, quizás, la mayor victoria política de la derecha.
Los israelíes judíos aceptaron la guerra como única opción, la normalizaron y la integraron en su vida cotidiana. Como resultado, llegó a parecer razonable que los ciudadanos prestaran cientos de días de servicio de reserva cada año, o que el presupuesto de defensa alcanzara proporciones monstruosas.
La sociedad israelí convirtió los demonios que ella misma había creado en política. Los israelíes mostraron una indiferencia extraordinaria hacia la vida de los palestinos, respaldaron de forma abrumadora el plan de «reasentamiento» de Donald Trump para los habitantes de Gaza y, en gran medida, se regocijaron ante la capacidad de Israel para ejercer una fuerza prácticamente sin límites en Gaza, el Líbano e Irán. La fama del rabino Avraham Zarbiv, el «jefe de las excavadoras» de Israel en Gaza, y el reciente vídeo de campaña «boom-boom» del ministro de Defensa, Israel Katz, son fruto de este proceso.

El rabino Avraham Zarbiv, que saltó a la fama como el «jefe de las excavadoras» de Israel en Gaza, junto al presidente del Knesset, Amir Ohana, y la ministra de Transporte, Miri Regev, en una ceremonia en honor a los portadores de la antorcha con motivo del 78.º Día de la Independencia de Israel, celebrada en el Knesset de Jerusalén el 20 de abril de 2026. (Yonatan Sindel/Flash90)
En noviembre de 2023, apenas 36 días después del inicio de la guerra, Netanyahu declaró que entre los objetivos de Israel se incluían el control de seguridad indefinido sobre Gaza y evitar el regreso allí de la Autoridad Palestina. Estaba claro que estaba cediendo a la presión de la derecha. Pero también estaba claro, como escribí en aquel momento, que esos objetivos eran inalcanzables. Al adoptarlos, Netanyahu estaba, en la práctica, «apostando por una guerra muy larga —quizá incluso interminable—».
Por esas mismas fechas, Netanyahu invocó el mandamiento bíblico de «recordar lo que os hizo Amalec» en una carta dirigida a los soldados israelíes. La combinación de esos dos elementos —unos objetivos políticos inalcanzables y la descripción del enemigo como una entidad ante la que el compromiso no solo es indeseable, sino bíblicamente inconcebible— sentó las bases para una guerra que, en la práctica, no se puede ganar.
Amalec solo puede ser sometido por la fuerza y aniquilado. Y dado que este «Amalec» contemporáneo se ha expandido hasta abarcar prácticamente todo Oriente Medio —Hizbolá en el Líbano, los hutíes en Yemen y, por supuesto, Irán, la supuesta «cabeza de la serpiente»—, la promesa de una «victoria total» supera ahora no solo las capacidades de Israel, sino las de cualquier país del mundo, incluidos Estados Unidos.
El talón de Aquiles de Netanyahu
Es precisamente aquí, en el abismo que separa las grandilocuentes promesas de Netanyahu de un nuevo Oriente Medio —uno alineado con Israel y purgado de enemigos que insisten en la autodeterminación palestina— y la imposibilidad fundamental de hacerlas realidad, donde se encuentra el talón de Aquiles de Netanyahu. Porque esa misma «guerra eterna» que permitió al primer ministro y a su coalición salir del abismo político tras octubre de 2023 podría, en última instancia, impedirles ganar las elecciones de octubre de 2026.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, asiste a una votación en la sala plenaria de la Knesset, en Jerusalén, el 16 de julio de 2026. (Yonatan Sindel/Flash90)
La mayoría de los israelíes comprenden, de forma consciente o no, que la «victoria total» es inalcanzable. A pesar de toda la matanza y la destrucción que Israel ha causado en toda la región, y a pesar del inmenso precio que los propios israelíes han pagado en vidas, seguridad económica y bienestar social, hoy no se sienten sustancialmente más seguros que la mañana del 7 de octubre.
Esa contradicción ha sido evidente a lo largo de toda la guerra. Alimentó las protestas lideradas por las familias de los rehenes, que se negaron a sacrificar a sus seres queridos en aras de unos objetivos militares que consideraban imposibles. También mantuvo vivo cierto grado de crítica mediática hacia Netanyahu: Aunque la mayoría de los medios se abstuvieron de cuestionar la suposición de que Israel no tenía más remedio que seguir luchando, destacaron repetidamente la brecha entre la retórica grandilocuente de Netanyahu y la realidad.
También ha intensificado la batalla sobre el servicio militar obligatorio de los ultraortodoxos, quizás el tema más humillante y divisivo dentro de la coalición de derecha en la actualidad. Si Israel está destinado a una guerra interminable en múltiples frentes, simplemente no hay suficientes soldados para sostenerla.
Los israelíes pueden ver que, tras tres años, Hamás sigue en Gaza y los palestinos no han desaparecido. Hizbolá sigue existiendo, a pesar de la devastación infligida al sur del Líbano. Pero el momento en que la brecha entre las ambiciones imperiales de Israel y la realidad objetiva se hizo más difícil de ocultar tras la última guerra con Irán. Israel no solo fracasó rotundamente a la hora de alcanzar sus objetivos, sino que salió debilitado, casi totalmente a merced del presidente Donald Trump y, en cierta medida, también de Irán.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, visita el lugar donde un misil balístico iraní impactó y causó daños en el Instituto Weizmann de Rehovot, el 20 de junio de 2025. (Itai Ron/Pool)
El fracaso de la guerra con Irán también ha hecho que los israelíes sean más conscientes del aislamiento internacional en el que su Gobierno los había sumido.
Puede que interpreten la hostilidad hacia Israel como antisemitismo, pero también ven cómo en Estados Unidos ganan las elecciones candidatos al Congreso que describen las acciones de Israel en Gaza como un genocidio. Escuchan a figuras de la derecha como Tucker Carlson presentar a Israel como una amenaza para Estados Unidos y para el mundo. Les preocupa cada vez más identificarse como israelíes cuando viajan al extranjero y eligen sus destinos de vacaciones en función del nivel de sentimiento propalestino. También leen que las potencias regionales están formando alianzas militares cuyo objetivo, apenas disimulado, es contrarrestar la amenaza israelí.
También en Cisjordania, la derecha está empezando a enfrentarse a las consecuencias de su propio «éxito excesivo». Para Smotrich y los de su calaña, el Líbano, Irán e incluso Gaza siempre han sido escenarios secundarios. El núcleo del proyecto es Cisjordania. Allí, la derecha ha invertido enormes recursos: cientos de asentamientos avanzados, explotaciones agrícolas y nuevos asentamientos de gran envergadura; la destrucción de campos de refugiados y el desplazamiento de decenas de miles de sus residentes; el estrangulamiento de la economía palestina; y el debilitamiento sistemático de la Autoridad Palestina.
Pero, a pesar de estos «éxitos», la «privatización» de la violencia en Cisjordania por parte de la derecha —que, en la práctica, la externaliza a las milicias de colonos— también ha hecho que el ejército parezca débil e impotente. Las consecuencias de este proceso se están haciendo ahora evidentes en el asedio de las familias palestinas de Qusra por parte de los colonos, lo que está dando lugar a un espectáculo con el que una parte significativa de los israelíes se siente incómoda.
¿Acabará la «guerra eterna» cultivada por la derecha para salvarse de la catástrofe del 7 de octubre provocando, en última instancia, su propia caída? Aún es demasiado pronto para saberlo. Con la excepción de ciertas voces de los demócratas de la izquierda sionista, ninguno de los partidos judíos de la oposición israelí cuestiona verdaderamente el paradigma de la guerra permanente. Algunos líderes de la oposición, entre ellos el ex primer ministro Naftali Bennett y Avigdor Lieberman, llegan incluso a atacar a Netanyahu desde la derecha, acusándole de ser «demasiado blando» y de no «ir hasta el final».
Foto de portada: El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, asiste a una votación en la sala plenaria de la Knesset, en Jerusalén, el 16 de julio de 2026. (Yonatan Sindel/Flash90)