Joseph Massad, Middle East Eye, 31 agosto 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Joseph Massad es profesor de Política Árabe Moderna e Historia Intelectual en la Universidad de Columbia, Nueva York. Es autor de numerosos libros y artículos académicos y periodísticos. Entre sus libros figuran Colonial Effects: The Making of National Identity in Jordan; Desiring Arabs; The Persistence of the Palestinian Question: Essays on Zionism and the Palestinians y, más recientemente, Islam in Liberalism. Sus libros y artículos se han traducido a una docena de idiomas.
La reciente oleada de decenas de miles de refugiados económicos marroquíes y de otros países africanos que intentan llegar a la colonia española de Ceuta ha reavivado las exigencias marroquíes de que España devuelva Ceuta y Melilla —conocidas en árabe como Sabtah y Maliliah— a Marruecos.
Al menos 141 personas murieron durante la travesía, mientras que la mayoría de quienes lograron cruzar fueron devueltos por la fuerza o «voluntariamente».
Viajar desde Ceuta o Melilla a la España peninsular por aire o por mar requiere pasar por controles españoles de pasaportes y documentos de viaje, lo que significa que ni siquiera los refugiados que entran en las dos colonias de asentamiento pueden seguir su camino.
No obstante, el gobierno racista italiano de la primera ministra Giorgia Meloni respondió introduciendo controles fronterizos específicos en el aire y en el mar para los ciudadanos no comunitarios procedentes de España, con el fin de evitar que entre ellos se encontraran árabes y africanos.
España, indignada, tomó represalias imponiendo controles fronterizos temporales similares a los vuelos y barcos procedentes de Italia. Marruecos, por su parte, propuso conversaciones con España sobre el futuro estatus de ambos territorios, lo que los españoles rechazaron de plano.
El hecho de que Marruecos lo hiciera en medio de su alianza reforzada con EE. UU. e Israel, ambos hostiles al Gobierno socialista de Madrid, plantea dudas sobre sus motivaciones.
Conquista colonial
Marruecos era el único territorio del norte de África que no pertenecía al Imperio otomano, gobernado por una dinastía local desde el siglo XVII. En 1415, durante la «Reconquista», Portugal conquistó el enclave marroquí de Sabtah (la actual Ceuta), que pasó a manos de España cuando se disolvió la Unión Ibérica en 1640 y fue cedido formalmente en virtud del Tratado de Lisboa de 1668. España, por su parte, había conquistado el enclave de Maliliah (la actual Melilla) en 1497.
Ambas ciudades coloniales siguen hoy bajo dominio español, a pesar de los repetidos intentos marroquíes por recuperarlas entre los siglos XVIII y XX.
Se utilizaron como colonias penales en el siglo XVIII, antes de ser declaradas puertos francos en 1906. España también se aventuró a conquistar la ciudad marroquí de Tetuán para ampliar su control en torno a «Ceuta», lo que desencadenó la guerra hispano-marroquí de 1859-1860.
La derrota de España en la guerra hispano-estadounidense de 1898 y la pérdida de Filipinas y de sus colonias del Caribe reavivaron sus pretensiones sobre el territorio marroquí. Francia, que estaba invadiendo otras colonias españolas en África, también albergaba ambiciones coloniales en Marruecos.
El Tratado de París de 1900 delimitó las colonias españolas en el Río de Oro (más tarde Sáhara Español y, posteriormente, Sáhara Occidental) y África Ecuatorial, o Guinea española. Estos territorios, limítrofes con colonias francesas, constituían una parte truncada de las conquistas africanas originales de España.
Las zonas de influencia francesa y española en Marruecos quedaron posteriormente delimitadas en 1904 en virtud de la Entente cordiale anglo-francesa, que reconocía sus respectivas reivindicaciones coloniales en el norte de África, en Egipto y en Marruecos, a condición de que Francia cediera a España parte del territorio marroquí.
A finales de 1904, Francia reconoció una zona española que abarcaba una franja del norte de Marruecos, incluidas Ceuta y Melilla, que se extendía hacia el oeste a lo largo de toda la costa mediterránea, pero sin llegar hasta la frontera con Argelia al este. Tánger, un enclave costero dentro de esta zona, quedó internacionalizado.
La zona de al-Saqiyah al-Hamra, en el sur, adyacente al Río de Oro —ambas formarían más tarde el «Sáhara español»—, también quedó excluida del acuerdo.
A estos acuerdos les siguió el Tratado de Fez de 1912, que estableció el protectorado francés sobre el territorio marroquí. Ese mismo año, Francia concedió a España el derecho a establecer su propio protectorado en la zona delimitada en 1904.
La resistencia del Rif
Incluso antes de establecer su protectorado, España ya había invadido territorio marroquí desde Maliliah en 1909 y desde Larache (al-‘Ara’ish), en la costa atlántica, en 1911.
España pretendía explotar los yacimientos de hierro de las montañas del Rif, situadas en el norte de Marruecos, lo que provocó la represalia de los rifianos, que mataron a siete trabajadores españoles. Al menos 1.000 soldados españoles murieron en la incursión y ocupación de la región montañosa que se produjo a continuación.
En 1913, 40.000 soldados españoles ocuparon Tetuán, la capital del protectorado. Las fuerzas españolas cometieron atrocidades generalizadas, saqueando hogares y violando a mujeres marroquíes. Su violencia precipitó un gran éxodo desde la ciudad hacia las montañas, donde los refugiados se unieron a los rebeldes.
La situación se agravó tras la Primera Guerra Mundial, cuando España emprendió una campaña de «pacificación» en el Rif. Entre 1919 y 1921, las fuerzas españolas invadieron y ocuparon territorios y localidades que, aunque nominalmente formaban parte del protectorado, permanecían fuera de su control.
Estas incursiones provocaron una importante resistencia liderada por Muhammad ‘Abd al-Karim al-Khattabi, conocido en las fuentes europeas como «Abd El Krim».
Mientras España se preparaba para invadir el Rif desde la localidad de Anwal (Annual) y por mar desde la bahía de al-Husaymah, ‘Abd al-Karim lanzó un ataque preventivo el 17 de julio de 1921, en el que murieron cientos de soldados españoles, entre ellos varios mandos.
Tras doce años de victorias en territorio marroquí, los españoles se enfrentaron a la derrota. Los rifianos liberaron sus tierras, deteniéndose a las puertas de Maliliah. En la retirada de Anwal, España había sufrido entre 13.000 y 19.000 bajas.
Aunque España logró recuperar algunos territorios, cualquier intento de aproximación naval se topó con la resistencia rifiana, que en marzo de 1922 hundió el buque de guerra español Juan de Juanes. ‘Abd al-Karim rechazó las exigencias españolas de que liberara a sus prisioneros de guerra, y pidió a cambio una compensación económica y la liberación de los cautivos marroquíes.
Tras muchas vacilaciones, España accedió y le pagó cuatro millones de pesetas, lo que equivaldría hoy a unos 11,6 millones de dólares. De los 570 prisioneros españoles retenidos por los rifianos, 326 sobrevivieron; el resto murió de tifus, junto con algunos de sus captores.
En septiembre de 1921, ‘Abd al-Karim proclamó la República del Rif, con capital en Ajdir, en el Mediterráneo, junto a la bahía de al-Husaymah.
La república sobrevivió hasta 1926, repeliendo varias incursiones españolas. En 1924, mientras los españoles se reagrupaban, se retiraron de la ciudad de Shafshawan (Chaouen), donde se enfrentaron a los rifianos, que les infligieron entre 17.000 y 20.000 bajas.
El general Miguel Primo de Rivera, que se convirtió en gobernador del protectorado en el otoño de 1923, declaró que, a pesar de que la «sangre española» marcaba el «camino de la civilización», la venganza contra los marroquíes sería «rápida y severa». En el verano de 1925, las fuerzas de ‘Abd al-Karim habían avanzado hacia el sur y arrollado a las tropas francesas al norte de Fez.
Los mandos franceses y españoles se reunieron en Madrid en junio de 1925 para coordinar una invasión de la República del Rif. Reunieron 123.000 efectivos —aunque algunas estimaciones sitúan la cifra en medio millón— frente a 12.000 combatientes rifianos. Las fuerzas europeas atacaron en septiembre, sitiando la república al acercarse el invierno y restringiendo sus suministros de alimentos y sal.
Los intentos de ‘Abd al-Karim por negociar fracasaron. En la primavera de 1926, España había lanzado un asalto naval contra Al-Husaymah. Utilizó cuatro tipos de gas venenoso, incluido el gas mostaza, contra civiles y combatientes para romper la tenaz resistencia rifiana y ganar la guerra. Las tropas españolas mutilaron a sus víctimas marroquíes, ensartando partes de sus cuerpos en brochetas.
‘Abd al-Karim se rindió a los franceses en mayo de 1926. Fue exiliado junto con su familia y otros 150 rifianos a La Reunión, la isla ocupada por Francia en el océano Índico, antes de escapar a El Cairo en 1947.
En total, 10.000 rifianos perdieron la vida defendiendo sus tierras. A lo largo de cinco años de combates, unos 43.500 soldados españoles murieron, resultaron heridos o fueron dados por desaparecidos.
Alegando que carecía de jurisdicción, la Sociedad de Naciones se negó a intervenir en la guerra del Rif incluso después de que España utilizara gas venenoso; el racismo de sus miembros europeos fue, sin duda, un factor determinante.
La República del Rif fue la segunda república independiente que se proclamó en el mundo árabe, tras la República de Tripolitania en 1918, y no se estableció ninguna otra hasta la Segunda Guerra Mundial.
Éxodo de colonos
En vísperas de la independencia de Marruecos en 1956, vivían en el país 350.000 colonos franceses. En ese año, el protectorado español contaba con 91.000 colonos españoles, además de otros 26.000 en la zona francesa y 21.500 en Tánger, que tenía estatus internacional.
En total, a mediados de la década de 1950 vivían en Marruecos cerca de medio millón de colonos europeos, de los cuales casi tres cuartas partes eran franceses.
Tras la elección del gobierno del Frente Popular en España en 1936, el líder nacionalista marroquí en ascenso ‘Abd al-Khaliq Turris fundó el Partido de la Reforma Nacional en la zona española. La izquierda española no apoyaba la independencia de Marruecos.
Sin embargo, los militares rebeldes de derechas que sumieron a España en la guerra civil intentaron cooptar a los nacionalistas marroquíes, principalmente para reclutar a rifianos que lucharan de su lado. Entre 60.000 y 70.000 marroquíes lucharon a las órdenes del general Francisco Franco, cuyas fuerzas controlaban la zona española de Marruecos.
En Sabtah y Maliliah, los judíos autóctonos se mezclaban con aquellos cuyos antepasados habían huido de la Reconquista. A finales del siglo XIX, la población judía urbana se había convertido en una mezcla sefardí de judíos españoles y marroquíes que se referían a los del campo como «bereberes».
Oleadas de judíos procedentes de Tetuán y de las zonas rurales de Marruecos emigraron a las colonias desde la década de 1880 hasta la primera década del siglo XX.
Los sionistas comenzaron a centrar su atención en ellos en 1919, a pesar de que entre la comunidad judía local prevalecía la opinión de que el sionismo era un movimiento ashkenazí no religioso. Sin embargo, a instancias de su rabino, los judíos acaudalados de Ceuta recaudaron 100.000 francos para los sionistas en 1921.
En 1922 se había constituido en Ceuta la Federación Sionista Ibero-Marroquí bajo el liderazgo de Ignacio Bauer-Landauer, cuya familia había representado a la Casa de Rothschild en España desde mediados del siglo XIX. En aquellos años aún no se producía emigración judía a Palestina.
En la década de 1950, los nacionalistas anticolonialistas marroquíes de la zona española, al igual que sus compatriotas de la zona francesa, movilizaban a la población en favor de la independencia.
España se resistió a sus esfuerzos antes de acabar cediendo. El rey Mohammed V de Marruecos viajó a España en abril de 1956 para ultimar los acuerdos. El estatus de zona internacional de Tánger fue abolido en julio de 1956, aunque conservó un estatus administrativo especial hasta julio de 1960.
La independencia marroquí de España provocó la marcha de muchos colonos españoles, 92.000 personas, lo que suponía el 9,4% de la población del protectorado. En aquel momento, había 21.500 colonos españoles en Tánger y 25.698 en el protectorado francés. Ifni contaba con otros 3.500, una cifra que fue aumentando a medida que llegaban colonos procedentes de los territorios que España había cedido; en 1967, su número ascendía a 11.984, incluido el personal militar.
En el «Sáhara Español», permanecieron 20.126 colonos hasta la retirada de España en 1975. Muchos colonos también se quedaron en el antiguo protectorado español tras la independencia, mientras que otros se marcharon gradualmente, acelerándose las salidas de forma significativa en 1957. España no abandonó Ifni hasta 1969 y, desde entonces, ha conservado sus colonias de Ceuta y Melilla.
La Corona marroquí no consideraba que las dos colonias formaran parte del reino en 1956, aunque los nacionalistas sí lo hacían.
En 1971, el Ministerio de Trabajo español contabilizó 43.498 españoles en Marruecos: 8.082 en el antiguo protectorado español, 26.668 en el antiguo protectorado francés y 9.295 en Tánger.
Otra oleada de repatriaciones se produjo tras un decreto de 1973 que marroquinizaba las empresas de propiedad extranjera, los puestos de trabajo y las tierras nacionalizadas. Entre junio de 1974 y diciembre de 1975, unas 20.000 familias de colonos españoles se repatriaron a España.
A principios de 1980, los consulados españoles solo contabilizaban 8.094 trabajadores españoles en Marruecos, el 80% de los cuales se concentraba en Tánger y Casablanca. La numerosa colonia española de Casablanca, que ascendía a 20.500 personas antes de la marroquización de las tierras de 1973, se había reducido a unos 2.500 habitantes en 1986.
Descolonización selectiva
Hoy en día, los españoles constituyen casi la mitad de la población de las dos colonias de Sabtah y Maliliah. Forman una ligera mayoría en Sabtah, o Ceuta, mientras que los marroquíes autóctonos tienen una estrecha mayoría en Maliliah, o Melilla.
A raíz de la reciente oleada migratoria hacia Ceuta, han resurgido las reivindicaciones marroquíes para la devolución de Sabtah y Maliliah. El 22 de agosto, el ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, declaró que Marruecos «se aferraría a su derecho histórico y geográfico» sobre ambas ciudades, y pidió la creación de una comisión de diálogo permanente para negociar su regreso «al seno de la patria».
Días más tarde, el ministro marroquí de los Habices y Asuntos Islámicos, Ahmed Toufiq, evocó las «ciudades ocupadas» del norte de África en el palacio real de Rabat, durante una ceremonia con motivo del cumpleaños del Profeta presidida por el rey Mohammed VI.
España respondió de forma terminante, insistiendo en que nunca renunciaría a la soberanía sobre sus colonias. «Ceuta y Melilla son españolas», afirmó la portavoz del Gobierno, Elma Saiz. «Son nuestras fronteras meridionales, así como las fronteras de Europa. No hay nada más que añadir».
Sigue sin estar claro adónde conducirán las exigencias marroquíes, especialmente teniendo en cuenta el apoyo de la administración Trump a la reivindicación de Marruecos sobre el Sáhara Occidental frente a las reivindicaciones indígenas del pueblo saharaui y de la República Árabe Saharaui Democrática proclamada por el Frente Polisario en 1976, reconocida por más de dos docenas de países.
Las reivindicaciones han resurgido en medio de la creciente hostilidad de Estados Unidos e Israel hacia España, a raíz de la condena por parte de Madrid del genocidio y las políticas coloniales de Israel hacia los palestinos. Marruecos, por su parte, tiene sus propios motivos de queja.
Su ofensiva territorial podría deberse menos a un sincero sentimiento nacional que al deseo de castigar a España por negarse a reconocer la plena soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental —a pesar de que ha respaldado el plan de autonomía de Marruecos para el territorio— y por mantener buenas relaciones con Argelia, que apoya la independencia saharaui y está aliada con el Frente Polisario.
Aunque la administración Trump ha reafirmado su apoyo a la soberanía española sobre Ceuta y Melilla, un informe del Congreso de EE. UU. que describía ambas ciudades como situadas en territorio marroquí y fomentaba el diálogo diplomático entre Rabat y Madrid ha despertado la alarma. España insiste en que su estatus no es negociable.
No está claro hasta qué punto será sostenible la postura española, dada la estrecha alianza de Marruecos con Israel bajo el mandato del primer ministro Benjamín Netanyahu y la hostilidad constante de Trump hacia el Gobierno socialista español. Madrid denegó a Washington el uso de sus bases militares para la guerra contra Irán y retiró a su embajadora en Israel a raíz del genocidio en Gaza.
Muchos en España creen que el país está pagando ahora por ese desafío, y políticos y comentaristas culpan a Israel y a EE. UU. de avivar la crisis de Ceuta como represalia.
El embajador israelí ante la ONU, Danny Danon, avivó esas sospechas al publicar en X que ya era hora de que España explicara por qué «sigue manteniendo enclaves coloniales en África». El ministro de Transportes español, Óscar Puente, compartió la publicación y comentó: «Bueno, parece que todo se está aclarando bastante».
La alianza antipalestina de Marruecos con Trump e Israel no puede determinar el futuro de las dos colonias de asentamiento. Ese futuro debe basarse en un auténtico impulso hacia la descolonización, que se aplique por igual a Sabtah y Maliliah, al Sáhara Occidental y a todos los territorios palestinos, libaneses y sirios colonizados por Israel.
Foto de portada: Un agente de policía español monta guardia mientras los migrantes esperan a ser registrados en el barrio de Loma Colmenar de Ceuta, el 31 de agosto de 2026. (Antonio Sempere/AFP)