Simon Tisdall, The Guardian, 6 septiembre 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Simon Tisdall es comentarista de asuntos internacionales de The Guardian.
¡No levanten la vista! El mundo es un caos. El cielo podría derrumbarse en cualquier momento. Guerras interminables, crisis humanitarias cada vez más graves, autoritarismo en auge, democracias disfuncionales, extremismo racial y religioso desenfrenado y una anarquía sin control proyectan una nube oscura al comenzar el nuevo año político en Occidente. Si a todo ello le sumamos una asombrosa desigualdad económica mundial, la codicia corporativa e individual, el endeudamiento irresponsable de los gobiernos, las peligrosas apuestas por la inteligencia artificial, el colapso climático y la proliferación de armas nucleares, empieza a perfilarse un panorama mundial verdaderamente apocalíptico. Es suficiente para que cualquiera cierre los ojos, se tape los oídos y lance un grito al estilo de Munch. Y la situación no hace más que empeorar.
Los líderes demócratas que prometen un futuro mejor, más seguro y optimista —lo que el recién nombrado primer ministro británico, Andy Burnham, denomina una «nueva era de posibilidades»— no pueden escapar a este contexto internacional más amplio. La agitación de la semana pasada en los mercados mundiales de bonos, desencadenada por factores externos, dejó al gobierno de Burnham, falto de liquidez, lidiando con un fuerte aumento de los costes de financiación antes incluso de que hubiera podido empezar a trabajar. El hecho de que eligiera Ucrania para su primer viaje al extranjero, aunque simbólicamente importante, puso de relieve otra cruda realidad. Como uno de los principales opositores a la invasión de Vladímir Putin, el Reino Unido se encuentra ahora en un estado de guerra de facto con Rusia —y expuesto a un ataque—. Argentina, también, está fijando su mirada en las vulnerabilidades defensivas del Reino Unido. Este no es el tipo de posibilidades que Burnham había previsto.
No es de extrañar que algunos analistas crean que la tercera guerra mundial ya ha comenzado. Quienes afirman que esto es demasiado dramático deberían considerar las siguientes instantáneas de la situación mundial en 2026. Desde Kiev hasta Khorramshahr, Kordofán y Kachin, los conflictos estallan y se apaciguan, pero nunca parecen terminar. La agresión total de Rusia en Ucrania, que ahora consiste principalmente en intentos diarios de asesinar y aterrorizar a la población civil, entra en su quinto año. Trump ha perdido su apuesta con Irán, pero sigue matando y bombardeando sin que se vislumbre un final. En el sur de Sudán, se cometen atrocidades espantosas sin que nadie las frene. En Myanmar, continúa la guerra popular contra una junta brutal. La respuesta de Israel a las masacres de 2023 ha desencadenado una guerra regional en curso que envuelve a Palestina, el Líbano y Siria Yemen, Iraq, Irán y los Estados del Golfo. A nivel mundial, hay cifras récord de personas desplazadas por los conflictos.
Cada vez más interconectadas, estas guerras amenazan con fundirse en una conflagración global incontrolable. El sistema de alianzas, pilar fundamental del orden posterior a 1945, se está devorando a sí mismo. Donald Trump se burla de Europa y de la OTAN con aranceles, retiradas de tropas, pullas e insultos en un momento de extrema vulnerabilidad. Canadá y Estados Unidos están en pie de guerra mientras el matón de la Casa Blanca amenaza estúpidamente a Venezuela —o con una anexión al estilo de Groenlandia—. China ayuda a Corea del Norte, que a su vez ayuda a Rusia, que ayuda a Irán, que ayuda a Hizbolá y a los hutíes. En Japón, Corea del Sur, Filipinas y Australia, China se cierne amenazadoramente a medida que se deterioran las alianzas con Washington. En Taiwán, crece el temor a una invasión, agravado por la obsequiosa política de apaciguamiento de Trump hacia Xi Jinping.
Donald Trump y Xi Jinping en Pekín, 15 de mayo de 2026. Foto: Mark Schiefelbein/AP Pool/AP
Mires donde mires, las crisis humanitarias provocadas por la guerra, la crisis climática o las catástrofes naturales están generando migraciones masivas caóticas, desnutrición y enfermedades. Cada vez más, el sufrimiento desborda un sistema de ayuda liderado por la ONU, paralizado por los recortes de financiación de EE. UU. y el Reino Unido. En la fértil Cisjordania, 900.000 palestinos, cuyas casas y granjas están asediadas por colonos extremistas, se encuentran ahora en situación de inseguridad alimentaria, según el Programa Mundial de Alimentos. En Somalia, millones de personas pasan hambre en medio de una sequía sin precedentes y de las inundaciones previstas relacionadas con El Niño. Colombia y Afganistán se enfrentan a peligros similares. Las atrocidades humanitarias y contra los derechos humanos también adoptan formas individuales. En Hong Kong, por ejemplo, un enfermo Jimmy Lai, valiente defensor de la libertad de expresión, languidece en régimen de aislamiento 23 horas al día, una víctima torturada del odio del comunismo chino hacia la democracia y los derechos civiles.
La volatilidad de los mercados de bonos podría ser el menor de los problemas económicos y financieros del mundo. ¿Se avecina una crisis, similar a la de 2008, pero aún peor? Las señales son inquietantes. Estados Unidos acaba de alcanzar la cifra récord de 40 billones de dólares en deuda pública. Francia, el Reino Unido, Japón y otros países también están sumidos en el déficit. Los déficits por cuenta corriente inmanejables, el aumento de la inflación y el enorme y agotador desvío de la inversión hacia empresas tecnológicas de IA sobrevaloradas apuntan a lo que los analistas de mercado denominan ingeniosamente una «corrección desordenada». Según algunas estimaciones, el fabricante de chips Nvidia, junto con Amazon, Google, Meta y Microsoft, «representan» aproximadamente el 23% de todo el mercado bursátil estadounidense. Mientras tanto, este invierno se avecinan precios inasequibles de la energía y los alimentos en el hemisferio norte, agravados por la eterna locura de Trump en Oriente Medio. En el peor de los casos, todo esto podría traducirse en una recesión mundial y en una inestabilidad política aún mayor. Es una burbuja gigantesca a punto de estallar.
Los peligros existenciales que plantean la crisis climática y el calentamiento global no deberían necesitar mayor explicación tras la aterradora catástrofe de las inundaciones en Nepal y el Tíbet. Igualmente hostil para la vida en la Tierra, de una forma evitable y provocada por el ser humano, es la rápida proliferación de armas nucleares, incluidas las denominadas armas nucleares «de campo de batalla» o tácticas, que tienen más probabilidades de ser utilizadas en zonas de guerra como Ucrania o Irán. Los nueve Estados poseedores de armas nucleares están ampliando o modernizando sus arsenales, con China a la cabeza. Países como Corea del Sur y Arabia Saudí sopesan sus opciones nucleares. Y ahora esta carrera armamentística atómica se está extendiendo al espacio. Realmente no parece haber límite alguno para el implacable y fatal impulso de la humanidad hacia la autodestrucción.
Los valores fundamentales de las sociedades liberales posteriores a la Ilustración se ven asediados por doquier. El Estado de derecho se incumple de forma habitual. Mientras Putin y el israelí Benjamin Netanyahu hacen caso omiso de las órdenes de detención por crímenes de guerra, Trump y su untuoso adulador, Marco Rubio, trabajan activamente para destruir la Corte Penal Internacional. En toda Europa, los racistas, los chiflados y los intolerantes de extrema derecha ganan terreno político, como se ha vuelto a ver este fin de semana en el estado de Sajonia-Anhalt, en el este de Alemania. El año que viene, Francia se enfrentará a su propio y fatídico momento de la verdad. En Estados Unidos, Trump, con el respaldo de una mayoría complaciente en el Congreso y de jueces deshonrosos del Tribunal Supremo, está construyendo una «dictadura constitucional» para socavar futuras elecciones, simbolizada por un repugnante «Arco de Trump» de 250 pies de altura. Que suenen las alarmas: la democracia estadounidense y toda la tradición democrática occidental corren un grave peligro.
¿Qué hay que hacer? ¿Hay algún consuelo? En primer lugar, los pilares fundamentales del orden posterior a 1945, aunque muy maltrechos, siguen prácticamente intactos. La ONU y la mayoría de sus organismos, la Corte Internacional de Justicia y las alianzas democráticas occidentales colaborativas y multinacionales, como la UE, la OTAN y el G7, han sobrevivido hasta ahora a la agitación actual. En segundo lugar, la era de los tiranos está llegando a su fin. La mayoría de estos ancianos enfadados tienen como destino las residencias de ancianos, la cárcel o la tumba. Ojalá su legado de miedo y odio muera con ellos. Por último, las generaciones más jóvenes de muchos «países de potencia media» y en desarrollo —como ilustra el movimiento juvenil de protesta indio «Cockroach»— están dejando clara su repulsa y su rechazo hacia el estado actual del mundo. Al igual que Burnham, creen fervientemente en el poder de las posibilidades y del cambio.
El futuro no está en manos de matones políticos y asesinos, de dictadores y megalómanos, sino en manos de la gente corriente de todo el mundo. Depende de millones y millones de actos individuales cotidianos de bondad, altruismo, fe y valentía. Así que no se desanimen. Mantengan los ojos abiertos. Desatasquen sus oídos. ¡Y no miren hacia abajo!
Foto de portada: Sentada organizada por el partido Cockroach Janta, un movimiento de protesta juvenil indio, Delhi, 6 de junio de 2026. (Adnan Abidi/Reuters)