XXV aniversario del 11-S: Trump encuentra nuevos objetivos para la interminable guerra antiterrorista de Estados Unidos

Belén Fernández, Middle East Eye, 9 septiembre 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Belen Fernández es columnista de Al Jazeera y escritora. Su último libro es: The Darien Gap: A Reporter’s Journey through the Deadly Crossroads of the Americas (Rutgers University Press, 2025).

El 11 de septiembre de 2001, conducía hacia el trabajo por la autopista de Austin, Texas, cuando escuché en la radio la noticia de que unos aviones se habían estrellado contra el World Trade Center y el Pentágono.

Mientras estuve a punto de estrellar mi propio coche al intentar llamar por teléfono a mi mejor amiga en Nueva York, recuerdo haber pensado que íbamos a oír hablar mucho de esa fecha concreta durante mucho tiempo.

Efectivamente, ya ha pasado un cuarto de siglo desde el 11-S, y los acontecimientos de aquel día siguen marcando la vida cotidiana en Estados Unidos —por muy trillado que suene decirlo—.

Quienes tenemos la edad suficiente quizá recordemos el panorama anterior al 11-S, cuando aún era posible pasar el control de seguridad del aeropuerto con una botella de agua y champú, y los musulmanes podían acudir a la mezquita sin ser perseguidos por informantes del FBI.

Y aunque Estados Unidos nunca fue exactamente todo lo que se decía que era en términos de democracia y respeto por los derechos fundamentales, el 11-S acabó definitivamente con el derecho a la intimidad y otras libertades civiles sobre las que se sustentaba el país.

Es evidente que las consecuencias del 11-S fueron bastante más catastróficas, tanto física como psicológicamente, para muchas personas más allá de las fronteras de EE. UU., como los millones de personas —desde Afganistán hasta Iraq y más allá— que fueron asesinadas, mutiladas, irradiadas o que sufrieron otros tipos de ataques en el marco de la denominada «guerra global contra el terrorismo».

Recordemos también las torturas sistemáticas de la CIA en diversos «centros secretos» internacionales y una cierta e infame colonia penal ilegal de EE. UU. en territorio cubano ocupado.

Definición de terrorismo

Se ha vuelto casi tedioso tener que repetir, una y otra vez, que esta supuesta guerra contra el terrorismo ha constituido en sí misma terrorismo puro y simple —al menos si nos basamos, por ejemplo, en la definición de la palabra que ofrece el diccionario Cambridge: «Acción violenta o amenazas destinadas a causar miedo entre la población, con el fin de alcanzar objetivos políticos».

De hecho, no hace falta decir que la costumbre del ejército estadounidense de llevar a cabo matanzas indiscriminadas ha contribuido en gran medida a infundir miedo entre la gente corriente. Los ataques con drones contra bodas no son más que un ejemplo de, ejem, «acción violenta».

Según la versión oficial, por supuesto, Estados Unidos es siempre y para siempre una víctima del terrorismo, en lugar de su principal autor —una línea que propagan constantemente los vergonzosos medios de comunicación corporativos, que se niegan bajo cualquier circunstancia a decirle la verdad al poder—.

Sin duda, Estados Unidos ha tenido que dar lo mejor de sí mismo en todo lo relativo al papel de víctima del terrorismo frente a Israel, que se niega a ceder su autoproclamada posición como la víctima número uno del terrorismo en la historia del mundo —por mucho que haya aterrorizado a los palestinos durante mucho tiempo—.

Como era de esperar, Israel no tardó en subirse al carro de la «guerra contra el terrorismo» tras el 11-S, allanando el camino para lo que acabaría siendo un genocidio a gran escala en la Franja de Gaza, que ahora avanza a buen ritmo con el respaldo de EE. UU. y a pesar de un supuesto alto el fuego.

Aterrorizados

Cabe mencionar que, además de sembrar el terror por todo el mundo, el Gobierno de EE. UU. ha hecho un trabajo estupendo a la hora de infundir miedo entre sus propios ciudadanos para promover sus objetivos políticos.

Inmediatamente después de los atentados del 11-S, la gente corriente en EE. UU. era propensa a creer que, si no empezábamos a bombardear otros países a diestro y siniestro, todos seríamos aniquilados por aviones fumigadores que esparcieran ántrax o algo peor.

Es cierto que George W. Bush —bajo cuyo mandato presidencial se produjo el 11-S y que, por lo tanto, estaba al frente de llevar al país a la guerra— no era precisamente el guerrero más intimidante, quizá debido, en parte, a su incapacidad patológica para formular frases coherentes.

Sin embargo, afortunadamente para el esfuerzo bélico, otros personajes más aterradores respaldaban al presidente.

Entre ellos se encontraba el difunto Dick Cheney, vicepresidente de Bush, que apareció en la lista de 2012 de la revista Foreign Policy de los «100 pensadores globales más influyentes», acompañado del encantador elogio: «Si asustarnos hasta la locura fuera una religión, Dick Cheney sería su sumo sacerdote».

Y aunque es discutible si asustar a todo el mundo hasta la locura deba considerarse «una gran idea», la mentalidad belicista posterior al 11-S sin duda funcionó bien para justificar todo tipo de fechorías del Gobierno tanto en el país como en el extranjero y, en general, para consolidar un orden mundial basado en el principio de que Estados Unidos puede hacer lo que le dé la gana.

Un cuarto de siglo después, el actual «guerrero en jefe» de EE. UU., Donald Trump, ha llevado la tradición de hacer lo que le dé la gana a otro nivel con una política exterior maníaca que no se ve limitada en absoluto por obligaciones legales internacionales ni por consideraciones éticas.

Desde intentar desatar el apocalipsis sobre Irán hasta asesinar extrajudicialmente a pescadores y otras personas en el Caribe, pasando por secuestrar a jefes de Estado extranjeros y renombrar de forma espontánea masas de agua, Trump ha insuflado nueva vida a la impunidad imperial.

El presidente también ha ampliado el alcance de la «guerra contra el terrorismo», de tal manera que los antiguos mecanismos «antiterroristas» desarrollados tras el 11-S se están empleando ahora contra los inmigrantes indocumentados y contra cualquier otra persona que no le guste a Trump.

Y eso, por decirlo suavemente, debería ser más que suficiente para tenernos a todos aterrorizados.

Foto de portada: Una captura de pantalla de un vídeo publicado por el Mando Sur de EE. UU. muestra un ataque estadounidense contra una embarcación en el Pacífico oriental, en el que, según el ejército, murieron dos personas, el 23 de enero de 2026. (AFP/cuenta X del Mando Sur de EE. UU./Material de prensa)

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