Cantando a la sombra del muro: «Hadestown» como espejo del apartheid global y el capitalismo extremo, precursora de la postura de Macklemore

Fawzia Afzal-Khan, CounterPunch.org, 22 septiembre 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Fawzia Afzal-Khan es profesora visitante en la Universidad de Princeton y académica distinguida en la Universidad Estatal de Montclair. Su último libro se titula «Siren Song: Understanding Pakistan Through Its Women Singers». Puede contactarse con ella en khanf@mail.montclair.edu

Hadestown, de Anaïs Mitchell, es una alegoría de una urgencia asombrosa sobre las crisis interrelacionadas de nuestro mundo moderno, que encaja a la perfección con la maquinaria del capitalismo global, la destrucción ecológica y la violencia sancionada por el Estado. Para quienes estamos profundamente inmersos en el trabajo de solidaridad con Palestina —navegando por los agotadores pero necesarios ciclos de escribir ensayos de investigación, impartir conferencias académicas y sumarnos a las marchas de protesta contra el genocidio en curso en Gaza—, asistir a esa obra no es una evasión momentánea hacia el mito. Al contrario, es un encuentro confrontativo con una realidad devastadoramente familiar.

Fui a ver este musical por primera vez el día de mi cumpleaños, cuando ya me acercaba al final de mis sesenta. Ha sido un año marcado por el agravamiento del ecocidio, el genocidio y las guerras en todas partes. Sin embargo, también fue un año de profundo despertar, en el que personas de todo el mundo se enfrentaron al horror del genocidio y el apartheid israelíes, junto con la influencia descontrolada del AIPAC y el lobby sionista en la política estadounidense. El submundo industrial del musical no es una fantasía; es un espejo de un panorama mundial al borde de una transformación estructural.

La arquitectura del ecocidio y el muro imperial

En el oscuro corazón de Hadestown se erige un monumento al miedo y la exclusión, que cobra vida en el escalofriante himno «Why We Build the Wall». El muro de Hades es una lección magistral sobre la psicología de la segregación: se construyó para «mantener nuestra libertad» dejando fuera a los desesperados, bajo el falso pretexto de que la escasez de recursos la causan los pobres y no quienes acaparan. En reconocimiento a la capacidad única de Mitchell para entretejer estos temas profundamente políticos, medioambientales y humanos atemporales en melodías folclóricas accesibles, la revista Time la nombró una de las 100 personas más influyentes del mundo en 2020.

El escenario que construye se superpone directamente a la brutal geografía de nuestro mundo. Es la misma lógica imperial que animó el muro fronterizo de Donald Trump contra los migrantes mexicanos y centroamericanos. Es el gemelo estructural de los muros del apartheid construidos por Israel para fragmentar el territorio palestino, asfixiar pueblos y cortar el acceso de los indígenas a recursos vitales como el agua y los olivares ancestrales. Este ecocidio —la destrucción sistemática del medio ambiente para desmantelar la capacidad de un pueblo de sobrevivir en su tierra— es una táctica de desplazamiento utilizada como arma. Ya sea en Cisjordania, Gaza o la frontera entre Estados Unidos y México, el muro existe para proteger la abundancia robada al criminalizar la supervivencia de los desposeídos.

Es fundamental que la lucha contra esta arquitectura se extienda. Debemos propiciar el cambio no solo para salvar a los pueblos del «Tercer Mundo» oprimidos, sino también a nuestros hermanos y hermanas del llamado «Primer Mundo», que se ha convertido ahora en un espejo de la misma destrucción que desató sobre el resto de nosotros.

Metrópolis y la rutina del capitalismo extremo

El paisaje visual y temático de Hadestown se inspira en gran medida en el vocabulario distópico de la obra maestra muda de Fritz Lang de 1927, Metrópolis. Al igual que la película de Lang dividía el mundo entre la élite adinerada que vivía en torres inmaculadas y los trabajadores anónimos que manejaban las salas de máquinas subterráneas, Hadestown pone al descubierto un sistema de capitalismo extremo diseñado exclusivamente para servir a los intereses de unos pocos.

En «Chant» y «Way Down Hadestown», los trabajadores funcionan literalmente como engranajes. Se les despoja de sus nombres, sus recuerdos y su humanidad, y se les transforma en una mano de obra dócil que construye la misma jaula que los mantiene cautivos. Hades es el director ejecutivo por excelencia (con reminiscencias de Peter Thiel, Mark Zuckerberg y Elon Musk): se aprovecha de la inminente inanición física de Eurídice para atarla a un contrato inflexible. Se trata de una cruda representación de cómo el capitalismo global utiliza la pobreza como arma, obligando a las poblaciones vulnerables a una sumisión motivada por la supervivencia, mientras que una clase multimillonaria acumula una riqueza obscena a costa de su sometimiento.

Sin embargo, este control capitalista no es inquebrantable. Estamos viendo grietas en la armadura. Incluso en las entrañas de la bestia, las recientes primarias políticas en Estados Unidos han sido testigo de la derrota de varios candidatos financiados por el AIPAC. Las inspiradoras victorias electorales de candidatos como AlSayed y Angie Dixon, a quienes los grupos de interés especial superaron en gasto electoral en una proporción de 20 a 1, demuestran que el dominio financiero de la clase dominante puede romperse cuando las comunidades se organizan.

La canción de Orfeo (y la de Macklemore): el arte como herramienta de resistencia revolucionaria

Frente a esta maquinaria aplastante, la canción de Orfeo funciona como algo mucho más grande que una hermosa melodía; es un acto radical de resistencia política y cultural. Su música actúa como catalizador, rompiendo momentáneamente el hechizo del inframundo y recordando a los trabajadores anónimos el cielo, el viento y su propia humanidad robada.

Esta transformación es precisamente el propósito del arte revolucionario. Se hace eco del legado histórico de los archivos intelectuales y poéticos que exploro en mi propia investigación para Al Janoub (El Sur Global), una revista de la Universidad de Birzeit en Ramala dedicada a las luchas compartidas de los pueblos colonizados y anteriormente colonizados. La melodía de Orfeo respira el mismo aire desafiante que la profunda solidaridad intelectual forjada entre pensadores pakistaníes y palestinos como Eqbal Ahmad y Edward Said. Conlleva el desafío rítmico de poetas como Mahmoud Darwish, Faiz Ahmed Faiz y Fahmida Riaz, cuyos versos insistían en la liberación más allá de las fronteras. En un mundo en el que el dinero, el poder y la influencia gravitan hacia quienes se someten a multimillonarios como Robert Kraft, Hadestown se erige, en cambio, como precursor de la reciente exclusión en la vida real de Macklemore de la gira de conciertos encabezada por Ed Sheeran, instándonos a tomar la decisión de ser un Macklemore: nuestro Orfeo de nuestros días.

Cuando cantamos en las calles durante las marchas de protesta, estamos invocando precisamente este linaje que va desde Orfeo hasta Macklemore. Durante una marcha de protesta celebrada en enero de 2024 en la ciudad de Nueva York, canté los versos del poeta sufí punjabi Baba Bulleh Shah en honor a los activistas encarcelados del Teatro de la Libertad de Yenin, llamando urgentemente la atención sobre el genocidio de Gaza. Cantando con feroz solidaridad, expliqué a la multitud que la invocación atemporal de Bulleh Shah para traer de vuelta al ser querido perdido ejercerá su antiguo hechizo y devolverá Palestina a su pueblo.

Este es el mismo espíritu de resistencia cultural que enseño a mis estudiantes universitarios cuando estudiamos el Teatro de la Libertad de Yenin. Al igual que los personajes del musical de Mitchell, los miembros del Teatro de la Libertad utilizan el escenario como primera línea de batalla. A pesar de haber sido atacado, asaltado y desarraigado repetidamente por las fuerzas de ocupación, el teatro sigue creando, demostrando que la destrucción de la infraestructura física no puede acabar con el espíritu de resistencia.

Como acaba de señalar mi amiga, la activista por la justicia social y cantante de formación operística Lorna Gonsalves, la semana pasada en su concierto en Peekskill —a modo de introducción a su versión de la canción de Pete Seeger dedicada a Joe Hill (un activista ejecutado por un delito que no cometió)—: «Puedes matar a la persona, pero no puedes matar al movimiento». Es una verdad que concuerda con lo que Woody Guthrie nos recordó en una tradición consagrada de la resistencia musical estadounidense: «¡Vosotros, fascistas, estáis condenados a perder!».

La trampa colonial: divide y vencerás, y la duda sobre uno mismo

El trágico clímax del momento en que Orfeo y Eurídice salen del inframundo ofrece una profunda visión psicológica de la mecánica de las luchas de liberación. Cuando Orfeo se da la vuelta, no se trata simplemente de un fracaso romántico; es una victoria sistémica para el opresor.

La tragedia demuestra cómo los sistemas de opresión diseñados por la clase dominante generan una intensa duda sobre uno mismo entre quienes se atreven a resistir. Hermes nos recuerda que la táctica principal del poder es psicológica: divide y vencerás. Al obligar a los oprimidos a cuestionar a sus propios compañeros, su propia estrategia y la posibilidad de su victoria, el aparato colonial enfrenta a los revolucionarios entre sí. Se trata de una antigua y calculada estrategia colonial diseñada para garantizar que la pesada carga de la subyugación recaiga, en última instancia, sobre las propias dudas de los oprimidos.

La ruptura del círculo vicioso: destrucción, renacimiento y un nuevo orden mundial

Sin embargo, el poder definitivo de Hadestown reside en su negativa a sucumbir al nihilismo absoluto. Al caer el telón, Hermes guía al elenco para reiniciar la historia, reconociendo explícitamente que, aunque saben cómo termina, la cantan de todos modos. Al igual que las pruebas cíclicas de Yenin, la destrucción en Hadestown no es la última palabra: es el doloroso preludio del renacimiento.

Hoy nos encontramos al borde de un nuevo orden mundial en profunda transformación, y la actual escalada de la opresión global es una señal de que los poderes fácticos están asustados. Las grietas en la fachada imperial se están ampliando. Vemos rayos de esperanza en las fracturas de la hegemonía occidental: en el valor ejemplar y desafiante de Irán, que se opone a los dictados imperiales —aunque critiquemos su política interna de género—, y en la resistencia armada de Ansarallah, que se niega a permitir que el comercio mundial continúe sin obstáculos mientras se produce un genocidio. Además, los avances tangibles hacia la unidad del Sur Global —que se manifiestan en alianzas que se resisten explícitamente a los dictados del dólar estadounidense— indican que la economía del submundo ya no es absoluta.

Hadestown no nos deja la garantía de una victoria fácil, sino un mandato revolucionario. Estamos atrapados en un bucle de violencia, ecocidio y codicia, pero la canción da a entender que, si cantamos lo suficientemente alto, marchamos lo suficiente y forjamos alianzas lo suficientemente sólidas en todo el Sur Global, finalmente cambiaremos el final.

Debemos hacerlo.

Todos nos convertiremos en Macklemore.

Imagen de portada: Detalle del cartel de Hadestown.

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