Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 26 septiembre 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.
Donald Trump muestra los rasgos clásicos de los psicópatas: encanto superficial, grandiosidad y presunción, necesidad de estimulación constante, tendencia a la mentira, al engaño y a la manipulación, e incapacidad para sentir remordimiento o culpa.
Pero ¿es malvado?
Si, como escribe la filósofa Susan Nieman, el mal no es simplemente lo contrario del bien, sino que le es hostil; si el objetivo del mal es destruir todas las distinciones morales, entonces Trump cumple los requisitos para ser considerado malvado. Para Trump, la moralidad es cosa de perdedores. Toda la vida es transaccional. El interés propio y el enriquecimiento personal se anteponen a cualquier otra consideración. Nadie más importa.
En su nuevo libro, «Call It Evil: Understanding the Trump Era», Neiman sostiene que el mal «no es la crueldad, sino algo mucho peor: las ideas que permiten que la crueldad se convierta en algo habitual».
Y continúa:
Hay una diferencia entre calificar una acción de «malvada» y calificar otra de «delito». Los delitos son actos para los que contamos con procedimientos —al menos para castigarlos, si no para prevenirlos—. Esto significa que un delito puede encajar de alguna manera en el resto de nuestra experiencia. Calificar una acción de «malvada» es sugerir que no puede hacerse, y que, por lo tanto, amenaza la confianza en el mundo que necesitamos para desenvolvernos en él. No hay ninguna señal que marque la frontera entre lo maligno y lo atroz. Lo maligno es lo que se dice cuando se queda uno boquiabierto al percibir que se ha traspasado un límite.
Trump traspasa un límite tras otro. Declara guerras por capricho. Se enriquece a sí mismo y a su familia con tramas relacionadas con las criptomonedas, con las que ha ganado más de mil millones de dólares. Ordena asesinatos y el secuestro de jefes de Estado. Utiliza miles de millones de dólares de los contribuyentes para sostener el genocidio en Palestina y, desde enero de 2025, ha proporcionado más de 20.000 millones de dólares en nuevas ventas de armas a Israel. Desmantela los departamentos gubernamentales destinados a ayudar a los más vulnerables e infla el presupuesto de guerra. Crea fuerzas paramilitares ilegales para aterrorizar a ciudadanos e inmigrantes. Ataca e intenta censurar a los medios de comunicación.
En resumen, hace lo que hacen todos los que perpetran el mal.
Fomenta un mundo en el que nada es sagrado y en el que no existen la democracia ni las virtudes cívicas.
Los conceptos de equidad, decoro, justicia y empatía se ven destruidos por la administración Trump. Su amenaza de aniquilar a Irán —es decir, de llevar a cabo un genocidio—, anunciada precisamente en las Naciones Unidas, es recibido con indiferencia por un público adormecido por su vacuidad moral.
«Una vez que la supremacía del interés propio se consagra como realismo de sentido común, en lugar de como una idea filosófica, las capacidades morales como la empatía y la vergüenza pasan a ser no solo ingenuas, sino sospechosas», escribe Neiman. «Los sádicos existen y causan un dolor infinito. Pero las formas más comunes del mal surgen de la idea de que solo los necios creen en algo que no sea su propio beneficio».
Las instituciones diseñadas para proteger la democracia, salvaguardar las virtudes cívicas y fomentar la igualdad —incluidos los tribunales, los bufetes de abogados, las universidades y los medios de comunicación, todos ellos capturados por la clase multimillonaria— se pusieron rápidamente de rodillas para ganarse el favor de la Casa Blanca de Trump. Los titanes de Silicon Valley lo colmaron a él y a su campaña con millones de dólares. Las supuestas virtudes que estas instituciones y personas afirmaban defender quedaron descartadas. Estas virtudes, como demostraron, no eran más que imagen de marca, arte escénico, una farsa.
Para un público enfurecido, la codicia y la crueldad evidentes de Trump son preferibles a la hipocresía astuta de los políticos, tanto republicanos como demócratas, que le precedieron. Él no se dedica a fingir empatía como ellos. De hecho, parece incapaz de sentir empatía.
Una vez que la moralidad es cosa de tontos, la virtud deja de tener sentido. Una vez que creemos que debemos quedarnos con todo lo que podamos, incluso a costa de quienes nos rodean, nos rendimos ante el mal.
«A diferencia del resto de nosotros, él muestra de forma permanente esa combinación de motivos que, según nos dicen, son las verdaderas fuerzas que impulsan el comportamiento humano», escribe Neiman sobre Trump:
Tampoco parece entender nada más. Aunque reconoce que otras personas —también conocidas como «perdedores»— tienen normas, no tiene ni idea de cómo funcionan estas, que llevan a la gente a anteponer el interés general al propio para respetarlas. Al actuar en la escena internacional como los despiadados genes de Richard Dawkins, ha atraído a millones de seguidores que nos dicen que admiran su autenticidad. Esto no significa que sus seguidores sean deplorables. Puede que no sean malvados en absoluto, pero en un mundo en el que el interés propio implacable suele camuflarse con colores suaves, encuentran refrescante su franqueza. Han oído tantas veces que la gente oculta el puro interés propio que realmente mueve las cosas, que se sienten aliviados al ver a un hombre que nunca lo oculta.
El peor mal, argumenta Neiman, «puede ser la negación del mal, así como el desdén por cualquier bondad que pueda oponerse a él. Cuando el interés propio se convierte en la base de la razón, el mal ya no necesita justificarse. Ya se ha confundido con la racionalidad».
Este mal nos conduce por el camino ya conocido hacia el fascismo. Fue Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto durante el primer mandato de Trump, quien nos lo advirtió, calificando a Trump de «fascista hasta la médula».
Los medios de comunicación —demasiado cobardes para tildar a Trump de fascista— prefieren el término «autoritario», que, como señala Neiman, puede ser una palabra más llevadera, pero «no hará que el fascismo sea más llevadero».
El autoritarismo, señala ella:
Es un término que puede resultar útil para describir a ciertos profesores alemanes y a los regímenes militares latinoamericanos de carácter más moderado. ¿Pero un país en el que hombres enmascarados deportan a personas a parajes desolados que nunca han visto? ¿Tropas de combate que ocupan las principales ciudades y disparan contra ciudadanos que se manifiestan pacíficamente? ¿Un gobierno que coacciona a los medios de comunicación, a las universidades y a otros países para que se plieguen a su voluntad? ¿Un ejército que hace volar por los aires a pescadores con la más mínima justificación y luego inicia el tipo de guerras que condenó el Tribunal Militar Internacional de Núremberg? Tal y como escribió en 1946: «Iniciar una guerra de agresión no solo es un crimen internacional, es el crimen internacional supremo, que solo se diferencia de otros crímenes de guerra en que encierra en sí mismo todo el mal acumulado». Sería fácil seguir, pero enumerar crímenes no tiene sentido. Antes de que estas palabras se impriman, la administración habrá encontrado innumerables formas nuevas de burlar el Estado de derecho.
Estamos en serios apuros.
La podredumbre moral de nuestra sociedad precedió a Trump. Él es su conclusión lógica. Es la apoteosis de una cultura en la que la codicia, la explotación y el interés propio —los principios fundamentales del neoliberalismo— se erigen como las fuerzas definitorias de la existencia humana.
Debemos luchar mientras podamos. Pero para ello es necesario que recuperemos el lenguaje del bien y del mal. Requiere que tomemos decisiones morales y que aceptemos el sacrificio personal. Nos exige poner nombre a la desolación que tenemos ante nosotros, sin apartar la mirada del monolito fascista que se está consolidando.
Negar estas verdades y negarnos a plantar cara al mal nos condenará a la esclavitud.
Expresar estas verdades y ponernos del lado de los oprimidos y los marginados, incluso a costa de nuestra propia seguridad económica y física, nos liberará.
Imagen de portada: El gran dictador (por Mr. Fish).