Peter Oborne, Middle East Eye, 23 octubre 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

El nuevo libro de Peter Oborne: Complicit: Britain’s Role in the Destruction of Gaza, ha sido publicado recientemente por la editorial Or Books. Oborne fue galardonado en las categorías de mejor comentario/blog en 2022 y 2017, y además fue nombrado colaborador independiente («freelancer») del año en 2016 en los premios Drum Online Media Awards, por los artículos que escribió para Middle East Eye. Asimismo, en 2013 recibió el premio al columnista del año en los British Press Awards. En 2015, renunció a su puesto como columnista político principal del Daily Telegraph. Su obra más reciente es The Fate of Abraham: Why the West is Wrong about Islam, publicada en mayo por la editorial Simon & Schuster. Entre sus libros anteriores figuran The Triumph of the Political Class, The Rise of Political Lying, Why the West is Wrong about Nuclear Iran yThe Assault on Truth: Boris Johnson, Donald Trump and the Emergence of a New Moral Barbarism.
Tras recorrer un sendero y pasar junto a un montón de escombros, nos encontramos con una veintena de personas bien vestidas: son diplomáticos. Me uno a ellos en un recorrido por al-Bustan, un barrio palestino en la Jerusalén Oriental ocupada que ha sido condenado a la demolición.
Muchas viviendas ya han sido destruidas. Al-Bustan («el Huerto») está destinado a convertirse en un aparcamiento y una zona recreativa para los colonos; no para los residentes palestinos, quienes para entonces ya habrán sido expulsados.
Pasamos con dificultad junto a las ruinas de lo que solía ser una casa. En el jardín hay una caravana, donde nos recibe su propietario, Fakhri Abu Diab. Su esposa, Amina —madre de sus cinco hijos—, permanece cerca.
«Llegaron a las tres de la madrugada: soldados armados con pasamontañas negros me apuntaron con un arma a la cabeza», recuerda Fakhri sobre una incursión reciente. «Me llevaron con ellos para someterme a un interrogatorio».
En otra ocasión, le rompieron las gafas a Amina. Aterrorizada, «apretó tanto la mandíbula que se rompió los dientes».
Los diplomáticos se mueven inquietos. Fakhri y Amina, que ya han superado los sesenta años, han vivido en al-Bustan toda su vida. Fakhri preside el comité de residentes locales, pero no le queda mucho tiempo como residente en la zona.
Su vivienda actual —una solución temporal— tiene prevista su demolición en un plazo de 21 días a partir del 4 de octubre, fecha en la que se colocó una nueva orden de demolición en la puerta de su casa. No saben a dónde irán después.
«Cada vez que oigo excavadoras o cualquier tipo de maquinaria, mi reacción automática es pensar que vienen a por nosotros», comenta Fakhri a Middle East Eye.
Reconfigurar la demografía
Hay maletas preparadas justo al lado de la puerta. Fakhri explica que, a veces, las excavadoras llegan sin previo aviso y, a menudo, no dejan tiempo para recoger las pertenencias.
La municipalidad de Jerusalén ofrece a los palestinos la posibilidad de realizar una «autodemolición». Fakhri advierte: «Si no lo haces tú, la municipalidad lo hace por ti y te envía la factura».
Fakhri cuenta que tuvo que pagar 43.000 shekels (13.800 dólares) cuando destruyeron su vivienda.
Un par de diplomáticos revisan sus teléfonos móviles.
Alrededor de 1.500 palestinos vivían en Bustan, un barrio situado en el fondo de un valle, a media milla al suroeste de la mezquita de Al-Aqsa. El lugar está siendo destruido como parte de un proyecto a gran escala para reconfigurar la demografía de la Jerusalén Oriental ocupada.
Según un comunicado de la organización israelí de derechos humanos B’Tselem, estas demoliciones constituyen «una clara manifestación de una política israelí destinada a manipular el equilibrio demográfico y ‘judaizar’ el barrio mediante el uso de leyes discriminatorias».
La organización añade: «Estas medidas están diseñadas para ampliar la presencia y el control de Israel sobre una de las zonas más sensibles, tanto política como religiosamente, de la región; forman parte fundamental de un proceso más amplio de limpieza étnica que se está llevando a cabo actualmente en toda Cisjordania».
Mientras tanto, Fakhri lanza una súplica desesperada a los diplomáticos: «Pedimos al mundo que presione a Israel para que no demuela las casas que nos quedan. Tenemos derecho a vivir en paz y con seguridad en nuestros hogares. La comunidad internacional está permitiendo que Israel se sitúe por encima del derecho internacional. ¿Por qué temen a Israel, incluso cuando actúa en contra del derecho internacional?».
Relata que su casa fue demolida el día de San Valentín de 2024, un mes después de que Andrew Miller —quien entonces ocupaba el cargo de subsecretario adjunto de Estado de EE. UU. para asuntos israelí-palestinos— realizara una visita oficial a su hogar en Bustan.
«¿Para qué reunirnos con diplomáticos si, después, nuestras casas terminan siendo demolidas?», cuestiona Fakhri.
Dormir en automóviles
Fakhri comenta que también ha recibido la visita de tres representantes de países que fabrican las excavadoras utilizadas para destruir viviendas palestinas. «Estas herramientas fueron creadas para hacer avanzar la civilización, no para demolerla», afirma.
No hay muchos diplomáticos tomando notas. La mayoría provienen de Europa; algunos parecen aburridos, pero un delegado suizo se muestra sinceramente interesado.
«¿Qué pueden hacer para ayudarnos?», suplica Fakhri. «Hemos perdido la esperanza. Nos gustaría ver ayuda por parte de la comunidad internacional. No se nos permite tener una identidad ni un Estado. Queremos acciones, no solo palabras».
Añade una advertencia: «No sabemos cómo reaccionarán los jóvenes».
No hay diplomáticos británicos presentes; Israel expulsó a la mayoría de ellos del consulado británico la semana anterior, en represalia por la decisión del Reino Unido de imponer sanciones a los asentamientos en Cisjordania.
Este cambio de política ha llegado demasiado tarde para salvar Al-Bustan y, en cualquier caso, no es aplicable a esta situación.
Son la municipalidad de Jerusalén y el gobierno israelí —y no el terrorismo de los colonos— quienes están llevando a cabo una limpieza étnica de palestinos en los barrios de Jerusalén Oriental.
La organización israelí sin ánimo de lucro Ir Amim revela, en un informe demoledor publicado ayer titulado «Expulsión: la arquitectura estatal del despojo», que prácticamente todos los organismos gubernamentales israelíes participan en el desplazamiento forzoso de los habitantes de Jerusalén Oriental.
En otras palabras, los palestinos siguen estando totalmente abandonados, a pesar de la euforia que ha suscitado el cambio de política del Reino Unido.
Fakhri nos guía hacia el exterior, pasando junto a los escombros de lo que solía ser su hogar. A nuestra derecha hay un parque infantil, también condenado a la demolición. A la izquierda, un campo de fútbol. Lo mismo.
Todo será destruido: propiedades, servicios públicos, comunidades, familias, vidas, esperanzas.
Le pregunto a Fakhri adónde irá la gente. «No lo sabemos. Algunos están durmiendo ahora en sus coches».
Subimos unos escalones hasta llegar al salón de otra vivienda. Pertenece a Imad Badran, un hombre ciego de 56 años que está impugnando en los tribunales la orden de demolición que pesa sobre su casa.
«Tengo una discapacidad», afirma. «Vivo con mi esposa, que también tiene una discapacidad, y con nuestro hijo, cuya casa ya ha sido demolida. En mi situación, siendo ciego, ¿cómo puedo buscar un nuevo hogar? E incluso si hubiera un lugar al que ir, ¿cómo podría permitirme pagar entre 6.000 y 7.000 shekels al mes?».
«No hay necesidad de estas demoliciones», añade. «Si se llevan a cabo, me quedaré en la calle».
Súplicas ignoradas
Badran cuenta que le explicó todo esto a un funcionario de la municipalidad de Jerusalén, quien respondió: «Ese no es mi problema».
Uno de los diplomáticos intervino: «Es importante escuchar su voz y sus palabras».
Nuestra siguiente parada fue la visita a una anciana cuya casa había sido demolida el mes anterior; pero, al llegar, no estaba allí. Nos explicaron que nos había estado esperando fuera.
Era la primera vez que regresaba a lo que fue su hogar, y su hijo le envió un mensaje a Fakhri diciendo que la situación le resultaba demasiado dolorosa, que no podía ni hablar y que ya se había marchado.
La atención mundial está centrada en la oleada de pogromos perpetrados por colonos en toda la Cisjordania ocupada. Pocos días después de nuestra visita, un convoy en el que viajaban diplomáticos europeos fue rodeado y apedreado por colonos.
Estos despojos están ocurriendo por toda la Jerusalén Oriental ocupada y forman parte de un mismo programa de limpieza étnica.
Más tarde, Fakhri comentó a MEE que muchas personalidades destacadas han visitado Bustan para conocer su historia: el expresidente estadounidense Jimmy Carter, la expresidenta irlandesa Mary Robinson, el exrepresentante especial de EE. UU. para asuntos palestinos, Hady Amr, y el subsecretario general de la ONU para asuntos humanitarios, Tom Fletcher. También ha visitado el lugar Navi Pillay, la jurista sudafricana que recientemente fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz. Todos escucharon y fueron testigos de lo que se perpetraba, pero sin resultado alguno. Si la municipalidad de Jerusalén logra su propósito, Bustan —que hasta hace poco era una próspera comunidad palestina— terminará convirtiéndose en un aparcamiento.
Foto de portada facilitada: «Tenemos derecho a vivir en paz y con seguridad», afirma Fakhri Abu Diab, quien está siendo expulsado de su hogar en la zona de al-Bustan, en la Jerusalén Oriental ocupada.