Juan Cole, The Intercept, 28 octubre 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Juan Cole es catedrático Richard P. Mitchell de Historia en la Universidad de Michigan. Es autor de The Rubaiyat of Omar Khayyam: A New Translation From the Persian y Muhammad: Prophet of Peace Amid the Clash of Empires. Su último libro es Peace Movements in Islam. Su galardonado blog es Informed Comment. También es miembro no residente del Center for Conflict and Humanitarian Studies de Doha y de Democracy for the Arab World Now (DAWN).
Introducción de Nick Turse, editor de TomDispatch
Poco después de asumir el cargo en 2025, el presidente Donald Trump inició un enfrentamiento con el grupo yemení Ansarullah, a quienes los estadounidenses suelen llamar «los hutíes». Trump recibió un recordatorio sobre los límites del poder militar estadounidense, una lección que ya se había manifestado en lugares que van desde Corea, Laos y Vietnam hasta Afganistán, Somalia e Iraq. Las fuerzas armadas de Estados Unidos pueden causar grandes daños, pero son incapaces de ganar guerras, a menos que se enfrenten a adversarios débiles como Granada o Panamá. Tras provocar la muerte de numerosos civiles sin lograr doblegar la determinación de las fuerzas yemeníes, un escarmentado Trump decidió poner fin a la contienda.
Posteriormente, Trump libró una breve guerra contra Irán, afirmando haber «arrasado» sus instalaciones nucleares; acto seguido, empleó todo el poderío militar estadounidense para acabar con la vida de decenas de civiles desarmados —que viajaban en embarcaciones supuestamente vinculadas al narcotráfico— y secuestrar a Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, un país empobrecido y vulnerable.
En febrero, Trump lanzó una segunda guerra contra Irán, dado el fracaso de la intervención militar anterior. Ahora sostiene que, a pesar del conflicto de 2025, Irán estaba a solo dos semanas de desarrollar un misil nuclear. Esta segunda ofensiva siguió un patrón predecible: Estados Unidos logró destruir sin dificultad una escuela primaria, además de arrasar hospitales y edificios residenciales. Sin embargo, en el proceso, sus principales bases militares en Oriente Medio —pilares fundamentales de la proyección de poder estadounidense en la región durante décadas— quedaron (efectivamente) aniquiladas. Quedó al descubierto su incapacidad para protegerse a sí mismo o a sus aliados, así como la vulnerabilidad de su red global de bases, incluidas aquellas situadas dentro del propio territorio estadounidense.
Tras fracasar en dos ocasiones en su intento de derrotar a Irán —una potencia regional que atraviesa serias dificultades económicas—, Trump contempla ahora una tercera guerra contra el país persa. De llevarla a cabo, es probable que el conflicto desate una conflagración aún mayor en una región donde, desde hace semanas, Ansarallah viene atacando aeropuertos e infraestructuras petroleras de Arabia Saudí, así como a sus aliados locales en Yemen.
Para comprender las fuerzas que, en 2025, lograron un estancamiento frente a Trump —y aquellas con las que él se ha negado a enfrentarse en defensa de sus aliados saudíes en 2026—, Juan Cole, colaborador habitual de TomDispatch y autor del imprescindible Informed Comment, ofrece el análisis más exhaustivo que he visto sobre estos grupos —a los que la prensa convencional sigue llamando «milicia hutí»— y sobre cómo han dejado al descubierto una debilidad estadounidense no vista en generaciones.
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Los límites del poderío estadounidense
El fracaso de Tel Aviv y Washington a la hora de alcanzar sus objetivos bélicos en Irán ha desembocado en la retirada estadounidense más drástica de una región desde la huida de Estados Unidos de Vietnam en 1975. Esta sorprendente derrota —tras una generación de fracasos y estancamientos en guerras interminables— ha quedado patente a raíz de la reanudación de otro conflicto regional que ha recibido mucha menos atención que la fallida confrontación de la administración Trump con Teherán. Este otoño, las fuerzas que la mayoría de los estadounidenses conocen como «los hutíes» han llevado a cabo una «guerra relámpago» en su Yemen natal, atacando con misiles y drones la infraestructura aeronáutica y energética de Arabia Saudí. Al hacerlo, han puesto de relieve los límites del poder estadounidense y la creciente reducción de la presencia militar de Estados Unidos en Oriente Medio.
El prolongado conflicto entre Arabia Saudí y el grupo Ansarallah («los Auxiliares de Dios») —del norte de Yemen y liderado por el clan hutí— se reavivó en julio de 2026, cuando Arabia Saudí atacó el aeropuerto internacional de Saná para impedir el aterrizaje de una delegación hutí que regresaba del funeral, celebrado en Irán, del ayatolá Alí Jamenei tras su muerte. El gobierno de Ansarallah respondió lanzando sus propios ataques y, en octubre, logró cerrar brevemente un aeropuerto en territorio saudí. Esta guerra renovada se ha convertido en un conflicto regional: Pakistán, Turquía y, recientemente, Egipto se han comprometido a defender al reino saudí, aunque ninguna de estas potencias regionales parece dispuesta a llevar a cabo operaciones dentro del propio Yemen. Resulta especialmente notable la ausencia, en este conflicto, del aliado más poderoso de Arabia Saudí: Estados Unidos, dado que el presidente Donald Trump se ha negado reiteradamente a intervenir en favor de sus aliados saudíes.
La forma en que la prensa estadounidense suele presentar a Ansarallah —como una «milicia respaldada por Irán»— es inexacta, ya que el movimiento actúa por motivos locales y de nacionalismo árabe, y constituye, en la práctica, un gobierno de pleno derecho que controla a cerca del 80% de la población de Yemen. No obstante, recibe apoyo técnico y militar encubierto por parte de Irán; aunque, eso sí, a una escala muy lejana a la de los cientos de miles de millones de dólares en armamento de alta tecnología —desde kits para convertir bombas «tontas» de 907 kilos en municiones de precisión hasta avanzados misiles aire-aire— que Estados Unidos suministra a los saudíes. Irónicamente, la guerra de Trump contra Irán, librada en colaboración con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, debilitó a los saudíes y dejó al descubierto su vulnerabilidad ante ataques militares con drones y misiles iraníes, lo que los llevó a buscar una victoria simbólica frente a un enemigo menos formidable en el vecino Yemen. Sin embargo, las debilidades que quedaron expuestas por los drones iraníes contribuyeron a alentar una enérgica respuesta por parte de Ansarallah.
La increíble contracción de una superpotencia
La negativa de Estados Unidos a unirse a la guerra de Arabia Saudí señala un profundo deterioro de las capacidades y la posición de EE. UU. en Oriente Medio. Durante décadas, el ejército estadounidense dominó la región desde una red de unas 20 bases principales. La Marina de los EE. UU. operaba desde el cuartel general de la Quinta Flota en Manama, Baréin. La Fuerza Aérea estadounidense llevaba a cabo misiones desde la enorme base aérea de al-Udeid, en Catar, que albergaba a 10.000 efectivos estadounidenses. Miles de soldados de infantería estaban acuartelados en Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania. El Pentágono admitió que «los ataques iraníes dañaron y destruyeron cientos de edificios y estructuras en bases estadounidenses en Kuwait, Baréin, Catar, los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Iraq, Omán y Jordania durante el conflicto. Además, decenas de aeronaves estadounidenses fueron destruidas o dañadas durante la OEF».
La base naval de Manama —una de las instalaciones navales más importantes de Estados Unidos y sede de la Quinta Flota— fue destruida por ataques iraníes. (El secretario interino de la Marina, Hung Cao, admitió el mes pasado que Irán «hizo saltar por los aires Baréin»). La pérdida de Manama provocó escasez de suministros y una baja moral a bordo del USS Lincoln y otros buques que patrullaban el estrecho de Ormuz, lo que supuso un grave problema para el secretario de Defensa, Pete Hegseth.
Las oficinas de la CIA en la embajada de Estados Unidos en Riad fueron aniquiladas. Irán atacó el Centro de Operaciones Aéreas Combinadas —ya evacuado— en la base de al-Udeid, en Catar; un centro desde el cual el Pentágono había dirigido, durante décadas, ataques contra enemigos tan diversos como los talibanes o el ISIL, y que quedó totalmente inoperativo. Asimismo, todas las tropas estadounidenses fueron retiradas de Iraq, un proceso que se aceleró debido a la incapacidad de los sistemas de interceptación de misiles de EE. UU. para proteger a sus fuerzas frente a los ataques de Irán y de las milicias chiíes aliadas en el país.
El despliegue por parte de Irán de enjambres de drones Shahed obligó a Estados Unidos e Israel a agotar gran parte de sus reservas de interceptores, cuyo reemplazo resulta costoso y requiere mucho tiempo. Un Shahed básico cuesta apenas 20.000 dólares —aunque las nuevas versiones reforzadas son más costosas—, mientras que un interceptor Patriot cuesta 4 millones de dólares. Una de las razones por las que la Administración Trump podría mostrarse reticente a intervenir en Yemen es que, si Estados Unidos no puede realizar misiones desde al-Udeid y no tiene garantías de que las nuevas flotas de aviones de combate desplegadas en la región estén a salvo de Irán —dada la escasez de interceptores—, el Pentágono tendrá una capacidad limitada para rescatar a los pilotos estadounidenses que sean derribados sobre Yemen.
La profunda debilidad de Estados Unidos en Oriente Medio
Arabia Saudí inició una guerra contra el movimiento Ansarallah —que se encontraba en pleno ascenso— en 2015, después de que este llevara a cabo un golpe de Estado en la capital, Saná. El movimiento Ansarallah tiene sus raíces en el chiismo zaidí de Yemen, aunque es más radical que el zaidismo tradicional. (El chiismo zaidí difiere sustancialmente del chiismo iraní: no cuenta con ayatolás y mantiene relaciones relativamente buenas con los suníes).
Alrededor de un tercio de los yemeníes son zaidíes, quienes predominan en el norte del país. Muchos de ellos han sentido durante mucho tiempo un profundo resentimiento ante el dominio que Arabia Saudí —país vecino, suní y rico en petróleo— ha ejercido sobre su política y su cultura. La ideología oficial saudí es el wahabismo de línea dura, una forma puritana del islam que aboga por una interpretación literal del Corán. El proselitismo wahabí entre la población chií enfureció al clan hutí, cuyos seguidores comenzaron a rebelarse contra el gobierno del dictador militar Ali Abdullah Saleh en 2004. Sin embargo, tras la destitución de Saleh a raíz de las manifestaciones populares durante la Primavera Árabe en 2012, este se alió gradualmente con los hutíes; para 2015, cerca de la mitad del ejército yemení se había unido a sus filas, junto con algunas de las principales tribus suníes.
En respuesta al ascenso de los hutíes, una coalición liderada por Arabia Saudí —que incluía a los Emiratos Árabes Unidos— comenzó a bombardear Yemen en 2015. Hasta 2022, Estados Unidos —que por aquel entonces ejercía una hegemonía militar en la región— proporcionó a los saudíes asesoramiento estratégico, armamento y servicios de reabastecimiento en vuelo para sus aviones de combate en el conflicto yemení. No obstante, la tendencia de Riad a bombardear infraestructuras civiles, en lugar de limitarse a objetivos militares, generó tensiones entre ambos aliados. Si bien los saudíes y su coalición lograron expulsar a los hutíes de gran parte del sur del país, incluida Adén, no consiguieron desalojarlos del norte. Arabia Saudí reconoció implícitamente su fracaso al aceptar una tregua mediada por las Naciones Unidas en abril de 2022, la cual se mantuvo, en gran medida, hasta el verano pasado.
El efecto de las «guerras perpetuas»
Las «guerras perpetuas» de Estados Unidos contra los países de Oriente Medio que se niegan a aceptar el proyecto israelí o el neocolonialismo corporativo estadounidense contribuyeron a reavivar el conflicto entre Arabia Saudí y Yemen. Irán es el último gran Estado de la región que rechaza a Israel y permanece vedado a la inversión corporativa estadounidense; una postura que suscita gran parte de la animadversión de Washington. Por ello, a Netanyahu —quien gozaba de acceso privilegiado a la Sala de Situación de la Casa Blanca— le resultó sencillo convencer a Trump de atacar a Irán en febrero.
La ingenua suposición de Netanyahu y del entonces jefe del Mossad, David Barnea —según la cual la República Islámica se desmoronaría si Israel asesinaba al ayatolá Alí Jamenei y a cerca de medio centenar de altos cargos del régimen—, resultó ser una mera ilusión. La idea de que Irán sería vulnerable a un endurecimiento del bloqueo petrolero quedó desmentida por los sectores de línea dura que ascendieron al poder tras la muerte de Jamenei. Estos nuevos líderes, en su mayoría veteranos de la extenuante guerra entre Irán e Irak (1980-1988), adoptaron una política de «desmantelamiento» frente a Estados Unidos, neutralizando sus principales instalaciones militares en la región.
Al atacar con éxito a Arabia Saudí, Irán demostró que la capacidad del reino para protegerse es imperfecta y que su infraestructura es vulnerable.
Además, Irán lanzó ataques de precisión contra las instalaciones energéticas de sus vecinos árabes del Golfo que albergaban bases estadounidenses. Atacaron a la compañía petrolera nacional de Kuwait, así como sus yacimientos y refinerías. Inhabilitaron el 17% de la producción de la planta de gas natural de Ras Laffan, en Catar, a pesar de que Doha mantenía buenas relaciones con Teherán y había actuado como mediador a su favor. Teherán también atacó buques que transitaban por el estrecho de Ormuz, empleando misiles y drones, lo que provocó que las principales aseguradoras marítimas retiraran sus coberturas. Pocos magnates del sector naviero estarían dispuestos a arriesgar cargamentos valorados en miles de millones de dólares sin contar con un seguro.
Irán ha sumido al mundo en una crisis energética que recuerda a la de la década de 1970; una crisis que podría ser aún más devastadora si China no hubiera liberado petróleo de sus vastas reservas —tanto públicas como privadas— y reducido sus importaciones de crudo de 11,5 millones a menos de 9 millones de barriles diarios. Esta medida fue posible, en parte, gracias a su transición hacia los vehículos eléctricos, lo que le permitió ahorrar 1,5 millones de barriles al día. El elevado precio de la gasolina y el diésel afectó más a Asia que a Estados Unidos, aunque los precios subieron a escala mundial. Un tercio del helio mundial —esencial para refrigerar los chips informáticos durante su fabricación— proviene del Golfo; al verse interrumpido este suministro, el precio de los productos electrónicos aumentó.
Al atacar con éxito a Arabia Saudí, Irán demostró que la capacidad del reino para protegerse es imperfecta y que su infraestructura es vulnerable. Al bloquear el estrecho de Ormuz —de una manera que a Estados Unidos le resultó difícil revertir—, Irán puso de manifiesto la vulnerabilidad de arterias marítimas clave a nivel global; un hecho que el movimiento Ansarallah ya había evidenciado al atacar el tráfico marítimo en el mar Rojo, en protesta por el genocidio en Gaza.
Bloqueo contra bloqueo
Cuando los saudíes bombardearon el aeropuerto de Saná en julio de 2026, los líderes de Ansarallah llegaron a la conclusión de que Riad representaba una amenaza existencial constante para su Estado y que buscaba asfixiar la economía yemení, tal como Israel había hecho con Gaza. Además, intuían que el reino podría verse debilitado a raíz del fracaso de la guerra emprendida por Israel y Estados Unidos contra Irán. Del mismo modo que Irán había debilitado a los Estados árabes del Golfo mediante el bloqueo del estrecho de Ormuz, los hutíes creían que podían socavar gravemente la economía saudí bloqueando el tráfico marítimo de Riad a través de Bab el-Mandeb —el «estrecho de las Lágrimas»—, situado entre el mar Rojo y el golfo de Adén.
Las exportaciones saudíes a través del estrecho de Ormuz habían disminuido considerablemente. No obstante, el reino contaba con una válvula de escape: el oleoducto Este-Oeste que llega hasta Yanbu, a orillas del mar Rojo. Los buques que cargaban crudo en Yanbu se dirigían posteriormente a los principales mercados asiáticos de Arabia Saudí atravesando Bab el-Mandeb. Si Ansarallah lograba infundir temor a los capitanes de los petroleros ante este trayecto, podría reducir aún más los ingresos de Arabia Saudí. El portavoz hutí, Muhammad Abd al-Salam, advirtió que la prohibición del tráfico marítimo saudí no era más que el primer paso de una estrategia de represalia basada en la lógica de «bloqueo por bloqueo». La idea no era nueva: durante los siete años que duró la guerra entre Arabia Saudí y Yemen, tanto los saudíes como Estados Unidos habían intentado en repetidas ocasiones bloquear la importación de petróleo hacia el norte de Yemen.
En los tres meses siguientes, Ansarallah desplegó misiles y drones —fabricados a partir de modelos iraníes por ingenieros militares formados bajo el antiguo gobierno nacionalista de Ali Abdullah Saleh, muchos de los cuales se habían unido a las fuerzas de Ansarallah—, en lo que se ha denominado «complejo militar-industrial» yemení.
Del mismo modo que los sistemas de interceptación del reino se habían mostrado incapaces de evitar ataques iraníes contra objetivos como la sección de la CIA en la embajada de Estados Unidos en Riad, en ocasiones tampoco lograron detener la andanada de misiles y drones yemeníes. Se produjeron ataques contra refinerías e instalaciones petroleras, incluida la sede del gigante estatal Saudi Aramco, en Dhahran. En octubre, Ansarallah logró cerrar el aeropuerto internacional de Riad, tal como los saudíes habían intentado hacer con el de Saná en julio. Asimismo, Ansarallah salió de sus bastiones montañosos y lanzó una ofensiva hacia la costa suroccidental de Yemen, tomando el puerto estratégico de Moca, que domina el estrecho de Bab el-Mandeb. También avanzaron sobre Taiz —una ciudad industrial del interior con cerca de un millón de habitantes y uno de los últimos grandes núcleos de población que aún no estaba bajo su control—, en una campaña que puso a prueba la capacidad de resistencia del reducido gobierno de Rashad al-Alimi, respaldado por Arabia Saudí y asentado en Adén.
Montañeses vs jeques del petróleo
Al igual que la guerra de Vietnam fue uno de los muchos conflictos librados en el Tercer Mundo durante la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la guerra saudí-yemení de 2026 forma parte de una pugna más amplia entre Estados Unidos, Israel e Irán. No obstante, del mismo modo que Vietnam tuvo más que ver con el anticolonialismo, el nacionalismo y la soberanía vietnamitas que con el comunismo o la propiedad de los medios de producción, la guerra saudí-yemení responde más a la búsqueda de la autonomía yemení que a la laxa alianza de los hutíes con Irán. El conflicto no se libra principalmente entre el zaidismo y el wahhabismo —aunque las tensiones religiosas formen parte de la historia—, sino que hunde sus raíces, en mayor medida, en la lucha entre los montañeses yemeníes, sumidos en una pobreza extrema, y los jeques saudíes, poseedores de una riqueza fabulosa.
La élite gobernante saudí, de carácter plutocrático, mantiene estrechos vínculos con Washington y sostiene tratos secretos con los israelíes; con estos últimos comparte su desconfianza hacia la depauperada resistencia palestina. Asimismo, considera a Ansarallah como un instrumento de Irán en la península arábiga —una suerte de peón al servicio de Teherán— y como republicanos radicales que pretenden derrocar a las monarquías petroleras de la región en favor del populismo. Por su parte, Ansarallah se define a través de un nacionalismo árabe y un marcado sentimiento antiestadounidense que busca destinar los recursos petroleros a fines populistas. Además, han mostrado su disposición a atacar a Israel para defender a los palestinos de Gaza frente al genocidio.
La semana pasada, Ansarallah lanzó ataques contra diversos objetivos en Arabia Saudí, lo que ha provocado una mayor retirada de Washington de la región. Las fuerzas yemeníes atacaron el aeropuerto internacional Rey Fahd, en Dammam. Un portavoz de Ansarallah señaló que el grupo también tuvo como blanco el Ministerio de Defensa saudí en la capital, Riad, así como una instalación de Aramco en Yanbu y un aeropuerto en la ciudad meridional de Abha. Asimismo, surgieron informes sobre un ataque contra otro yacimiento petrolífero de Aramco.
«Los hutíes han intensificado sus hostilidades contra Arabia Saudí, incluidos ataques a aeropuertos civiles y otras infraestructuras críticas», escribió Tommy Pigott, portavoz del Departamento de Estado, en una publicación en X el 21 de octubre —tras una oleada de ataques—, en la que ordenó la salida de Arabia Saudí de «los empleados del gobierno estadounidense que no desempeñan funciones de emergencia, así como de sus familiares».
Se trata, sencillamente, de la prueba más reciente de la retirada regional más significativa de Estados Unidos en medio siglo, y un indicio del profundo declive militar estadounidense. El desenlace de su guerra con los saudíes no determinará el resultado de la confrontación entre Estados Unidos e Israel, por un lado, e Irán, por otro; no obstante, el mero hecho de que Ansarallah sea capaz de llevar a cabo tales acciones pone de manifiesto el profundo debilitamiento de la posición estadounidense en Oriente Medio.
Imagen de portada de Marsha Reid.