Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 29 octubre 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.
DUBLÍN: Hace una mañana ventosa y nublada en la costa irlandesa. Estoy de pie en la azotea de la torre Martello, observando a los bañistas que se lanzan desde una roca hacia el «Forty Foot», en la bahía de Dublín, junto a la playa de Sandycove. Sostengo entre mis manos el «Ulises» de James Joyce.
Sin más compañía que el viento, abro el libro. Leo el primer capítulo, que Joyce —quien vivió brevemente en esta fortificación costera ya en desuso— ambientó precisamente en esta torre.
«El imponente y rollizo Buck Mulligan bajó desde lo alto de la escalera, portando un cuenco de espuma de afeitar sobre el cual descansaban, cruzados, un espejo y una navaja de afeitar», leo. «Una bata amarilla, sin ceñir, era sostenida suavemente a su espalda por la brisa matutina. Alzó el cuenco y entonó: Introibo ad altare Dei».
La traducción del latín es «Me acercaré al altar de Dios», las palabras con las que, durante siglos, ha comenzado la misa en la Iglesia católica.
En este primer capítulo se percibe un hedor a corrupción: Mulligan oficia una misa sombría ante Stephen Dedalus, quien ha rechazado la petición de su madre de rezar junto a su lecho de muerte. Dedalus, expulsado de la casa de su padre, pronto se ve obligado a abandonar la torre para vagar por Dublín. Su negativa a doblegarse ante la autoridad —ya sea la de la Iglesia católica o la de los colonizadores británicos— lo convierte en un paria, al igual que al protagonista de la novela, Leopold Bloom.
Nosotros también estamos quedándonos huérfanos en nuestra propia tierra.
Hago frente a la barbarie que me rodea a través de la lectura. Me refugio en mundos y vidas de otros tiempos. Disfruto del lirismo y la musicalidad de la gran literatura. Presto atención a la sabiduría de nuestros antepasados.
Joyce detesta lo que todos deberíamos detestar: la guerra, la violencia, el nacionalismo —incluido el nacionalismo irlandés—, los capitalistas codiciosos, los comentaristas y periodistas fatuos, los pseudointelectuales, los soñadores utópicos, los políticos pomposos, los matones y los brutos.
Desconfía de las causas y de los ideales nobles. Joyce sabe que, cuanto más grandilocuente es la retórica —«esas grandes palabras que nos hacen tan desgraciados», como dice Dedalus en la novela—, mayor es la exigencia de sacrificios humanos. Él narra las debilidades, las peculiaridades y las luchas que definen nuestras vidas. Al igual que V. S. Pritchett —otro escritor al que admiro—, nos recuerda que nadie es una persona común.
Los héroes de Joyce no aparecen en carteles de reclutamiento incitando a los jóvenes a luchar en la locura suicida de la Primera Guerra Mundial, conflicto que estaba en curso mientras él escribía gran parte de la novela. Las funciones corporales de Bloom —incluidas la defecación y la masturbación— se describen con detalle; escenas que provocaron que el libro fuera prohibido por obscenidad en Estados Unidos y Gran Bretaña, y en la Unión Soviética por «no ajustarse a la política del realismo socialista».
Pero el objetivo era traer a Bloom al ámbito de lo terrenal. Bloom es inconfundiblemente humano, está lleno de pathos, de empatía y de un anhelo desesperado de amor. El heroísmo, nos muestra Joyce, se define por la capacidad de soportar el sufrimiento, en lugar de infligirlo.
En este mundo hay muchas cosas —desde el genocidio en Gaza hasta la consolidación del fascismo en Estados Unidos— que invitan a la desesperación. Pero, cuando esta se vuelve abrumadora, queda el consuelo reconfortante de novelas como Ulises, cuya trama transcurre en un solo día: el 16 de junio de 1904. La obra presenta, de forma inesperada, a un vendedor de publicidad judío como héroe —un Odiseo moderno— que lucha por preservar la bondad y la amabilidad en un mundo donde triunfan los crueles y los desalmados.
Los individuos vulgares —como el patán y mujeriego Blazes Boylan en la novela, o incluso Donald Trump— carecen de la capacidad de introspección que posee Bloom. Para ellos, las palabras ocultan más de lo que revelan.
Los personajes de Joyce están retratados con toda nuestra complejidad, ambigüedad e inconsistencia humanas. Luchan contra los fragmentos contradictorios y en conflicto de la naturaleza humana: nuestra pluralidad de identidades.
Joyce, quien vivió en un exilio autoimpuesto en París, no se relacionaba con las grandes figuras literarias ni con los personajes de moda que se reunían en los exclusivos salones del Faubourg Saint-Germain. Su círculo íntimo estaba compuesto por camareros, vendedores de fruta, empleados de banco y conserjes de hotel. Aquellos salones fascinaron a Marcel Proust, hasta que este se topó con su crueldad e hipocresía en el volumen final de «En busca del tiempo perdido».
Joyce sentía poco interés por los eruditos, los pretenciosos y los pedantes. En una cena en París, para consternación de los anfitriones, no conversó con Proust sobre modernismo o literatura, sino sobre sus dolencias físicas y su gusto compartido por las trufas de chocolate negro.
Proust, recordaba Joyce, «solo hablaba de duquesas, mientras que a mí me interesaban más sus doncellas».
Los críticos marxistas, al igual que muchos de los contemporáneos de Joyce, reaccionaron con rechazo ante su representación de nuestra naturaleza humana —irremediablemente imperfecta— y su desdén por el mito del progreso humano. Para Joyce, no nos dirigimos hacia una utopía sin clases, ni hacia ninguna otra utopía.
«No sé por qué me atacan», le dijo Joyce a su amigo Eugene Jolas. «En ninguno de mis libros hay nadie que valga más de mil libras».
Él comprende que los mitos nacionales se utilizan para ocultar nuestra inminente mortalidad, para dotar de sentido al caos y para engañarnos haciéndonos creer que somos algo más grande de lo que en realidad somos.
Joyce se deleita en el desorden de la vida, desmantelando nuestros autoengaños y las formas en que nos presentamos ante el mundo. Destruye los relatos binarios y fatuos que tejemos en nombre de la moral convencional.
«Si acudimos a él pensando que tal vez sea el apóstol de la fraternidad, nos muestra a hermanos enzarzados en violentas disputas», escribe Richard Ellmann en su biografía de Joyce. «Si buscamos en él a un defensor de la familia, nos presenta a su protagonista central: el cornudo. Si le pedimos que celebre al individuo aislado, Joyce nos muestra cómo el aislamiento lo vuelve hosco e indefenso. Si buscamos al portavoz de la vida, él nos presenta a los muertos».
Al atardecer, con nubes de lluvia cerniéndose sobre nosotros, me dirijo al cementerio de Glasnevin, en Dublín, para visitar las tumbas de célebres revolucionarios, entre ellos Roger Casement. Casement, quien denunció las atrocidades cometidas por los belgas en el Congo, fue un feroz opositor del Imperio británico —un imperio que, según describe Dedalus, se compone de «cerveza, carne de res, negocios, biblias, bulldogs, acorazados, sodomía y obispos»—.
Casement fue enterrado originalmente en los terrenos de la prisión de Pentonville, en Londres, donde fue ahorcado por traición tras intentar introducir de contrabando —desde Alemania— 20.000 fusiles Mosin-Nagant modelo 1891, además de ametralladoras y millones de cartuchos, con el fin de armar a los nacionalistas irlandeses para el malogrado levantamiento de 1916. Su cuerpo fue repatriado a Irlanda en 1965; allí, en Dublín, permaneció en capilla ardiente durante cinco días y recibió un funeral de Estado con todos los honores, incluidos los militares.
Me detengo ante las tumbas de los revolucionarios irlandeses Michael Collins y la condesa Constance Markievicz. Alzo la vista hacia la torre de granito de 180 pies (unos 55 metros) que señala la sepultura de Daniel O’Connell, el líder nacionalista del siglo XIX. Me detengo ante la tumba de Maud Gonne, la actriz y activista a quien el poeta William Butler Yeats comparó con Helena de Troya y que rechazó sus numerosas propuestas de matrimonio.
«He extendido mis sueños bajo tus pies —escribe Yeats—. Camina con cuidado, porque pisas mis sueños».
Joyce estructura los capítulos de su libro basándose en los episodios de «La Odisea», pero sus intenciones difieren radicalmente de las de Homero. Homero celebra la destreza militar y las hazañas bélicas que Joyce desprecia. Los críticos se han dedicado —haciéndonos perder el tiempo— a escudriñar «Ulises» y la obra de Homero en busca de paralelismos, confundiendo la superestructura de Joyce con su visión.
Joyce sitúa el sexto capítulo en este cementerio de 124 acres que hoy alberga a un millón y medio de almas. En «La Odisea», Odiseo desciende al Hades para encontrarse con el profeta Tiresias y averiguar cómo regresar a Ítaca. En manos de Joyce, el Hades no evoca espíritus ni profecías, sino la terrible irrevocabilidad de la muerte.
Bloom asiste al funeral de Paddy Dignam, un borracho, en el cementerio. Bloom lamenta la pérdida de su hijo, Rudy, quien falleció once días después de nacer, una década atrás; lo imagina como un niño pequeño vestido con el uniforme de Eton. Recuerda a su padre, que se quitó la vida ingiriendo veneno y que, en su nota de suicidio, le pidió a Bloom que cuidara de su perro, Athos. Le atormenta saber que, esa misma tarde, su esposa, Molly, tiene una cita con su amante, Blazes Boylan. Soporta los comentarios antisemitas del resto de asistentes al funeral. Contempla la parcela donde están enterrados Rudy y su madre, e imagina su propio entierro.
Observa las hectáreas de tumbas a su alrededor, con sus «ángulos entristecidos, cruces, columnas rotas, panteones familiares, esperanzas de piedra que rezan con la mirada alzada».
«¡Cuántos!», dice. «Todos los que están aquí caminaron una vez por Dublín. Fieles difuntos. Tal y como sois ahora, así fuimos nosotros en su día».
Se fija en el encargado del cementerio, que viste una «levita bien cortada», y sospecha que está evaluando a los dolientes «para ver quién será el siguiente».
«Bueno, es un largo descanso», piensa, refiriéndose a quienes yacen enterrados a su alrededor. «Ya no sientes nada. Es el momento lo que sientes. Debe de ser algo terriblemente desagradable. Al principio, no te lo puedes creer. Tiene que haber un error: debe de ser otra persona. Prueba en la casa de enfrente. Espera, yo quería hacerlo. Todavía no lo he hecho. Luego, la oscura cámara mortuoria. Piden luz. Susurros a tu alrededor. ¿Te gustaría ver a un sacerdote? Después, desvaríos y divagaciones. El delirio: todo lo que ocultaste durante toda tu vida. La agonía. Su sueño no es natural. Presiónale el párpado inferior. Observa cómo se le afila la nariz, cómo se le hunde la mandíbula, si tiene las plantas de los pies amarillas. Quítale la almohada y remátalo en el suelo, ya que está condenado. El diablo, en ese cuadro de la muerte del pecador, le muestra a una mujer. Él, en camisa, se muere por abrazarla. El acto final de Lucia. ¿Acaso no volveré a verte nunca más? ¡Pum! Exhala el último aliento. Por fin se ha ido. La gente habla un poco de ti, y luego te olvida. No olvides rezar por él. Tenlo presente en tus oraciones. Incluso a Parnell. El «Día de la Hiedra» va cayendo en el olvido. Y luego, todos siguen el mismo camino: van cayendo en un agujero, uno tras otro».
Ve «una rata gris y obesa» junto a una cripta y piensa: «Uno de estos bichos daría buena cuenta de cualquiera. Le dejarían los huesos limpios, fuera quien fuera… Me pregunto si se corre la voz cada vez que bajan a alguien nuevo. Una comunicación subterránea. Eso lo aprendimos de ellos. No me extrañaría nada. Es un buen banquete para ellos. Las moscas aparecen antes incluso de que el cuerpo esté bien frío. Se han enterado de lo de Dignam. El hedor no les importa lo más mínimo».
Hay pasajes de «Ulises» que deberían leerse en voz alta. Joyce escribió sobre el barrio rojo de Dublín, Nighttown, como si fuera una obra de teatro. Los nombres de los personajes aparecen en mayúsculas y hay acotaciones escénicas en cursiva. El soliloquio de Molly al final del libro, que carece de signos de puntuación, también se aprecia mejor al escucharlo, como pude comprobar cuando Eunice Wong lo interpretó en el escenario en Nueva York. La RTÉ, la cadena nacional de Irlanda, produjo un audiolibro de «Ulises» en 1982 con un actor diferente para cada personaje. Pueden acceder a la grabación aquí.
No nos espera un buen final. Los muros se nos echan encima. Nosotros también nos estamos convirtiendo en marginados. Novelas como «Ulises», tal y como dice Dedalus, proporcionan «la afirmación eterna» del espíritu humano. Nos recuerdan por qué estamos en este mundo. Nos hacen sentir menos solos. Alimentan nuestras almas.
Ilustración de portada: Nuestra odisea (por Mr. Fish).