Serbia tras la victoria arrolladora de los estudiantes: la «caja negra» en el Parlamento

Biljana Bankovska, CounterPunch.org, 2 noviembre 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Biljana Bankovska es profesora de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de San Cirilo y San Metodio en Skopie y miembro de la Fundación Transnacional para la Investigación de la Paz y el Futuro (TFF) en Lund, Suecia. Es, asimismo, profesora de la European Peace University en Austria, y la intelectual pública más influyente de Macedonia.

Las protestas estudiantiles en Serbia, que comenzaron a raíz del trágico suceso ocurrido en Novi Sad en noviembre de 2024, solo aparecían ocasionalmente en las portadas de los medios de comunicación internacionales. Esto no es de extrañar, dado que en todo el mundo se están produciendo al mismo tiempo tantos acontecimientos dramáticos y trascendentales, y los Balcanes hace tiempo que dejaron de ser un foco de atención internacional.

El mandato de Aleksandar Vučić se caracterizó por su capacidad para satisfacer y apaciguar a los actores externos: fue recibido calurosamente en Bruselas, se reunió con Zelensky en Belgrado, estableció vínculos económicos y de seguridad tanto con Israel como con Rusia, estuvo a punto de cerrar un acuerdo comercial histórico con la familia Trump, mientras que, para China, la región servía de centro neurálgico que unía Europa Central y Oriental con la Unión Europea. En estas circunstancias, el descontento de la generación más joven y la movilización gradual de amplios estratos sociales contra las condiciones internas se trataron como un «asunto interno de un Estado soberano». Al menos, esa era la apariencia.

El movimiento estudiantil fue retratado como un huérfano geopolítico, aunque sigue sin estar claro cómo un huérfano así pudo sobrevivir durante dos años —desde el punto de vista organizativo, logístico, en términos de cobertura mediática, plataformas digitales, algoritmos, etcétera—. Surgen preguntas sobre el origen del interés por el desenlace de este nudo gordiano geopolítico; algunos sugieren que deberíamos «seguir el rastro del dinero», ya que los fondos fluían discretamente a través de diversos canales. Los métodos del movimiento, sobre todo durante el periodo en el que afirmaba no estar interesado en el poder, sino en la justicia para las víctimas de la catástrofe de Novi Sad, provocaron una sensación de déjà vu en cualquiera que hubiera vivido o presenciado una revolución de colores. Sin embargo, esa interpretación fue rechazada enérgicamente por quienes consideran que el movimiento es auténtica política de base, de la que, según sostienen, podríamos aprender cómo es la verdadera democracia directa. Pero las asambleas plenarias que solo buscaban justicia cambiaron, quizá debido a la obstinación y la arrogancia de Vučić. Esto abrió el camino a una lucha abierta por el poder. El resultado electoral está ahora claro, al menos en lo que respecta al ganador. Todo lo demás sigue envuelto en la niebla.

De no ser por el breve texto que publiqué en Substack antes de las elecciones del 25 de octubre, este análisis también podría parecer algo escrito por un general tras la batalla. Aun así, es justo admitir que la «avalancha» de la victoria de la Lista Estudiantil —la enorme participación y el resultado cristalino— sorprendió incluso a quienes conocen la política serbia, y la cultura política serbia en particular, mucho mejor y desde mucho más cerca. A veces, parece que salir de la euforia de la victoria trae consigo una resaca también para muchos de aquellos que, hasta ayer, formaban un bloque opositor aparentemente monolítico contra lo que llamaban «el Mal». ¿Y ahora qué? ¿Qué hay que hacer? Se ha acabado la época en la que cualquier pregunta sobre los objetivos programáticos, las prioridades estratégicas y las soluciones prácticas que exige la realidad podía descartarse fácilmente. Hasta el mismo momento de las elecciones, la respuesta de los representantes de la Lista Estudiantil fue unánime: ya pensaremos en eso mañana; por ahora, nuestro objetivo es derrocar al régimen.

Pero apenas unos días después de las elecciones, muchos señalan, con razón, el enigma del «experimento serbio». Uno de los que comprendió la trayectoria del movimiento —y lo que él consideraba su único camino hacia el éxito— ya en 2025 fue el brillante pensador y catedrático Branko Milanović. Su opinión, que parece haber sido tomada como un consejo, era que el movimiento solo podría tener éxito si se mantenía apolítico y se adhería a la práctica de la antipolítica. La enorme ira acumulada contra Vučić era el único punto de convergencia entre la extrema derecha, la extrema izquierda y los liberales de centro. Pero ser apolítico es un arma de doble filo.

La Lista Estudiantil no había presentado ningún programa político claro, y mucho menos ideológico, sino más bien once puntos que equivalían a una lista de deseos, expresados en vagas promesas sobre la creación de «cualquier Estado decente». Cada vez que un ala intentaba hacer hincapié en una postura concreta —por ejemplo, romper los estrechos lazos con Moscú—, corría el riesgo de perder unos cuantos puntos porcentuales de apoyo público. El resultado era similar cada vez que se presentaba a la UE y a la OTAN como objetivos estratégicos clave. Dondequiera que se dirigieran algunas partes del movimiento, se topaban con un campo minado político. Por lo tanto, la opción más sencilla era movilizarse contra Vučić y exigir la caída de su Gobierno. Y Vučić, generosamente, lo hizo posible.

Sin embargo, aquí hay un problema más profundo, que va mucho más allá de Serbia. En toda la región de los Balcanes, cada vez que la gente empieza a cuestionar los cimientos de su orden político y social, se oye un estribillo familiar: «Por favor, no filosoféis», o «Hay demasiada politización». La política se considera un asunto sucio, la filosofía un lujo innecesario y el debate ideológico un obstáculo para sacar las cosas adelante. Yo diría precisamente lo contrario. El problema de nuestras sociedades no es que haya demasiada política significativa, sino muy poca. No nos faltan las maniobras políticas, los cultos a la personalidad ni las luchas por el poder. Lo que falta es un debate abierto sobre el tipo de sociedad que queremos construir, a qué intereses debe servir el Estado y qué entendemos por justicia, igualdad, solidaridad social y soberanía.

No se trata de cuestiones filosóficas abstractas. Son los cimientos sobre los que debe construirse cualquier contrato social significativo. Un movimiento no puede limitarse a posponerlas hasta después de la victoria, como si las respuestas fueran a surgir automáticamente una vez derrocados los antiguos gobernantes. El cambio real requiere deliberación filosófica, decisiones morales y claridad ideológica sobre las cuestiones fundamentales que dividen a la sociedad y determinan su futuro. Un enemigo común no es un programa político común. La ira puede llevar a la gente a la calle; la indignación moral puede alimentar una protesta; una exigencia común de rendición de cuentas puede derrocar a un gobierno. Ninguna de estas cosas, por sí sola, responde a la pregunta de qué debería suceder a continuación.

Aquí es donde se hacen evidentes los límites de la antipolítica. Puede ser una forma eficaz de unir a la gente contra un gobierno en el poder, especialmente uno que haya desacreditado el orden político establecido. Pero, por sí sola, no puede sentar las bases de uno nuevo. El problema no es que un movimiento reúna a personas con convicciones ideológicas diferentes. El problema surge cuando esas diferencias se ocultan, se descartan por irrelevantes o se posponen indefinidamente en nombre de la unidad. No desaparecen simplemente porque el movimiento se niegue a debatirlas. Vuelven a surgir cuando hay que tomar decisiones —sobre la economía, el trabajo, los servicios públicos, la propiedad, la política exterior, las alianzas militares y la distribución del poder y los recursos—. Si estas cuestiones quedan sin respuesta, el movimiento corre el riesgo de cambiar a los responsables políticos sin alterar las estructuras de poder subyacentes.

La negativa a entablar un debate ideológico no convierte la política en algo neutral. Tampoco elimina la influencia de los intereses económicos, las élites tecnocráticas o los actores externos. Por el contrario, cuando un movimiento se niega a definir su horizonte político, otros pueden definirlo en su nombre. El lenguaje de la antipolítica puede convertirse así en una forma de eludir precisamente aquellas cuestiones que más importan a la gente corriente: quién es el propietario, quién decide, quién se beneficia, quién asume los costes y cuyos intereses quedan excluidos de las decisiones que determinan sus vidas. Desde una perspectiva de izquierdas, estas no son cuestiones secundarias que deban abordarse tras el restablecimiento de la democracia procedimental. Son fundamentales para lo que debería significar, en primer lugar, el cambio político.

En un momento en el que los jóvenes de toda Europa, y de Francia en particular, se manifiestan a una escala que no se veía desde hacía décadas, el caso serbio —una victoria lograda por medios no violentos, con largas marchas y bolígrafos en la mano— parece un pequeño milagro. Las reacciones en los países vecinos son similares, sobre todo entre los jóvenes: ¿por qué no aprendemos algo de los estudiantes serbios? ¿Por qué guardamos silencio? ¿Por qué somos apáticos? La única excepción, por supuesto, es Albania, donde las protestas podrían intensificarse precisamente a raíz de los acontecimientos en el país vecino.

Este es el peor momento posible para un análisis racional de lo que vendrá después. ¿Cómo se pasa de la antipolítica a la política, de la protesta a las leyes y las decisiones, y de la movilización al funcionamiento de las instituciones y los mecanismos de la democracia procedimental? Para quienes aún creen en la versión idealizada del movimiento estudiantil que derrotó al Mal, el realismo es difícil de aceptar. Están dispuestos a tachar a cualquiera que plantee dudas de ser un elemento pro-Vučić, si no algo peor.

Sin embargo, la región cuenta con bastantes personas sensatas, de cabello canoso y con suficientes recuerdos como para ofrecer una valoración más sobria. Merece la pena tener en cuenta las palabras de Nenad Čanak y Žarko Puhovski, por ejemplo. Čanak, político y activista de Voivodina —la provincia donde Vučić sufrió una derrota aplastante—, ha planteado una tesis que merece atención. Parafraseándolo, sostiene que la victoria de la Lista Estudiantil supuso el fin del sistema multipartidista serbio, arrasándolo por completo. Describió la propia lista —que carece de líder, estructura o programa reconocibles— como una «caja negra» introducida en el Parlamento. Puhovski expresó un escepticismo similar, argumentando que la lista tiene de todo menos estudiantes: sus miembros son o bien totalmente anónimos o bien tienen «biografías blanqueadas», mientras que la combinación ideológica de ultraderechistas y extremistas de izquierda es imposible. Yo la llamé una «mezcla de aceite y agua», o quizás, más acertadamente, «fuego y agua».

La rápida y pacífica concesión de Vučić supuso una gran sorpresa, pero también un alivio: se había evitado la guerra civil. Vučić había reconocido las señales incluso antes de que concluyera la votación y eligió lo que consideró la jugada de ajedrez más acertada: reconocer la derrota al tiempo que se posicionaba como líder de la oposición parlamentaria. Se trata de una posición bastante cómoda, con un mandato de diputado y una presencia en la escena política desde la que observar y esperar a que la Lista Estudiantil cometa errores. Puede que incluso le suponga un alivio que ahora sean otros quienes tengan que ocuparse de Kosovo, de la presión de la UE, de la creciente crisis económica y social, de las sanciones rusas, de la guerra en Ucrania, etcétera. Si es que no acaba siendo detenido…

Mientras escribo esto, los nombres de quienes asumirán el poder siguen siendo en gran medida desconocidos, a pesar de la enorme mayoría parlamentaria de la que disponen. El Parlamento serbio está ahora dominado de forma abrumadora por dos bandos políticos, con unos pocos representantes de minorías que ocupan escaños garantizados. El Parlamento actual refleja una Serbia dividida desde los tiempos del socialista del siglo XIX Svetozar Marković. Lo mismo ocurre con la sociedad, agobiada por el resentimiento mutuo. La victoria fue pacífica, pero las profundas divisiones y el odio siguen ardiendo bajo la superficie, y difícilmente será posible contenerlos. Para quienes están en la izquierda, quizá la señal más preocupante sea que el nombre que se baraja para el futuro primer ministro es el de un hombre del sector bancario. Habrá otras sorpresas y, a finales de año, habrá que elegir a un nuevo presidente de la República. Poco a poco, la «caja negra» se abrirá en el escenario y saldrán a la luz las figuras a las que el movimiento estudiantil dotó de una imagen de inocencia y combatividad. Por ahora, resulta extraño oír a adultos hablar de sí mismos como «nosotros, los de la Lista Estudiantil».

En este momento, resulta difícil ofrecer una previsión completa, pero una cosa está clara: aún quedan decepciones por venir, para unos u otros, quizá para todos. La lista y el movimiento reunieron a personas con diferentes convicciones y expectativas, incluidos estudiantes que ni siquiera lograron representación política ni capacidad de acción. La lista vencedora es, en ese sentido, también un reflejo a pequeña escala de una Serbia dividida. La cuestión es si sus miembros podrán convertir esa diversidad en un auténtico debate democrático sobre el futuro del país, en lugar de ocultarla tras la retórica de la unidad. Si no pueden, es muy posible que la «caja negra» produzca un cambio de personal sin transformar las relaciones sociales y económicas que determinan la vida de las personas.

Al parecer, lo que sigue sin estar claro es quién es el técnico de laboratorio, quién construyó el laboratorio y con qué propósito. Pero la verdad es que, en los llamados Balcanes Occidentales, los experimentos no son nada nuevo, al igual que los cocineros.

Este artículo ha sido auspiciado por Globetrotter y No Cold War.

Imagen de portada: Sergio Oren – CC BY 0

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