Ahmed Dremly, +972 Magazine, 3 noviembre 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Ahmed Dremly es un periodista de Gaza cuyos escritos han aparecido en Middle East Eye, Mondoweiss, The Electronic Intifada, The Intercept, Al-Monitor, entre otros. Actualmente estudia en Italia, tras haber salido de Gaza en mayo de 2026.
Cada día, Rida Eliwa, de 60 años, envía a sus nietos huérfanos en distintas direcciones a buscar comida. Con 36 menores a su cargo, depende casi exclusivamente de las distribuciones benéficas y de las sobras que le ofrecen sus vecinos desplazados. A menudo, lo único que puede darles es pan y té.
«No tenemos dinero para comprar las verduras o la harina blanca que aún quedan en el mercado», declaró a la revista +972 Magazine.
Las autoridades israelíes siguen afirmando que hay abundancia de alimentos en Gaza. Sin embargo, aunque un número limitado de camiones —tanto comerciales como de ayuda humanitaria— ha vuelto a entrar en la Franja de forma intermitente desde el llamado «alto el fuego» de octubre de 2025, los productos frescos y la carne siguen siendo escasos y están fuera del alcance de muchos palestinos desplazados.
Según la Autoridad de Cruces y Fronteras de la Autoridad Palestina, el número de camiones comerciales que entraron en Gaza en octubre disminuyó más de un 50% respecto a septiembre, mientras que el volumen total de camiones que accedieron a la Franja cayó más de una cuarta parte. Ahora, la falta de financiación en uno de los principales proveedores de ayuda alimentaria en Gaza amenaza con agravar la crisis de hambre.
El mes pasado, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU anunció recortes significativos en su asistencia dentro de la Franja: tras haber brindado apoyo a 1,6 millones de palestinos, ahora solo puede atender a 1,1 millones. Esta noticia ha despertado el temor a un retorno de la hambruna, a medida que se reducen los suministros de alimentos y los comedores comunitarios se ven obligados a limitar sus operaciones.

Llegada de paquetes de alimentos distribuidos por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU en el campo de refugiados de Nuseirat, en el centro de la Franja de Gaza, el 20 de octubre de 2026. (Ali Hassan/Flash90)
Los recortes se producen a medida que se acerca el invierno, lo que amenaza con agravar las dificultades a las que se enfrentan cientos de miles de palestinos. Según la ONU, casi un millón de residentes malviven en refugios improvisados con un riesgo de moderado a alto de inundaciones, mientras Israel sigue impidiendo la reconstrucción en el enclave.
Entretanto, la producción diaria de comidas preparadas ha disminuido un 12%, situándose en aproximadamente 614.000 raciones, debido a las limitaciones de financiación; al mismo tiempo, la escasez de combustible, aceite para motores y otros suministros esenciales pone en peligro los servicios de salud y de abastecimiento de agua. Para los palestinos con enfermedades crónicas o alergias alimentarias, la falta de alimentos asequibles supone riesgos adicionales, obligando a algunos a elegir entre pasar hambre o consumir alimentos que podrían comprometer aún más su salud.
Para Eliwa, la perspectiva de nuevos recortes en la ayuda resulta especialmente aterradora. Antes de octubre de 2023, vivía con su extensa familia en el barrio de Al-Shuja’iya, en la ciudad de Gaza. Desde entonces, ha sido desplazada en 24 ocasiones. Seis de sus hijos han muerto en ataques israelíes; cinco de ellos fallecieron en un único bombardeo contra la tienda de campaña donde se refugiaba la familia, en el oeste de la ciudad de Gaza, en septiembre de 2025.
«Muchos de mis nietos resultaron heridos, y yo también sufrí lesiones graves en un riñón y en la cabeza», relató. «Salí del hospital por mi cuenta porque mi marido y yo éramos los únicos que podíamos hacernos cargo de los 36 nietos de la familia».
Eliwa y su familia viven ahora en una tienda de campaña junto a la costa mediterránea, en el oeste de la ciudad de Gaza, sin posibilidad de regresar a su hogar destruido, que se encuentra más allá de la «Línea Amarilla», en una zona bajo control militar israelí.
«Antes de las recientes restricciones israelíes y del anuncio del PMA, ya nos costaba mucho alimentar a los niños», explicó. «No sé qué será de nosotros en los próximos días».
Pero es el hambre de sus nietos lo que la hace sentirse más impotente. «Los niños lloran». «Tienen hambre y necesitan comer, pero no tengo nada que darles. Pongo un cuenco con agua al fuego y les miento, diciéndoles que estoy cocinando, hasta que se distraen o se quedan dormidos. Prefiero que un misil nos mate a todos antes que seguir soportando más dolor».

Palestinos reciben paquetes de alimentos distribuidos por el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU en el campo de refugiados de Nuseirat, en el centro de la Franja de Gaza, el 20 de octubre de 2026. (Ali Hassan/Flash90)
«Sus cuerpos no van a poder sobrevivir a otra hambruna»
Iman Heriz, de 42 años, padece una alergia al trigo que hace que la creciente escasez de alimentos en Gaza sea especialmente peligrosa para ella. Tras ser desplazada de su hogar en el barrio de Al-Nafaq, en la ciudad de Gaza —destruido durante la incursión terrestre israelí a principios de octubre de 2025—, ahora vive con su familia (compuesta por cuatro personas) en la pequeña casa de un pariente en las cercanías.
A diferencia de la enfermedad celíaca, un trastorno autoinmune desencadenado por el gluten, la alergia al trigo es una reacción alérgica a ciertas proteínas presentes en este cereal. Los síntomas pueden variar desde dolor abdominal y náuseas hasta hinchazón y, en casos graves, anafilaxia, una reacción que pone en peligro la vida. Para controlar esta afección es necesario evitar los alimentos a base de trigo, incluidos muchos tipos de pan y pasta; productos básicos que, para las familias en Gaza, resultan cada vez más difíciles de sustituir.
Cuando Heriz se enteró a través de las redes sociales de los recortes en la ayuda previstos por el PMA, recordó de inmediato la grave hambruna que sufrió en marzo de 2024, cuando se vio obligada a consumir alimentos que la enfermaban.
«Tuve que comer lo que hubiera disponible, como pasta, aunque contuviera gluten», explicó. «Esto me provocaba hinchazón y dolor abdominal, además de mareos persistentes. Me desmayé varias veces. Ahora, ante la escasez y el precio extremadamente elevado de las verduras, he empezado a experimentar de nuevo el mismo dolor».
Su familia solo logra hacer una comida al día, generalmente lentejas o arroz sin verduras. En ocasiones, Heriz prefiere no comer nada antes que arriesgarse a sufrir otra dolorosa reacción. «A veces paso el día bebiendo solo agua», relató. «Siento hambre, pero al menos evito el dolor en el estómago».
Los recursos de la familia se agotaron hace mucho tiempo. «Somos una familia sencilla. No podemos permitirnos alimentos caros. Mi padre era albañil y, durante los últimos tres años, ha vendido todas sus herramientas y materiales para poder comprarnos comida».
A Heriz le preocupan especialmente sus padres, ambos ya cerca de los 80 años, cuya salud se ha deteriorado debido a la presión que suponen las continuas escaseces de alimentos. «Sus cuerpos no pueden resistir otra vez la inanición», afirmó. «El año pasado, mi padre cayó en coma a causa de la angustia y el hambre. No logramos conseguir suficiente comida para alimentarlo».

Reparto de ayuda alimentaria en la Franja de Gaza, 26 de septiembre de 2026. (Ali Hassan/Flash90)
A pesar de estas condiciones, el año pasado Heriz siguió trabajando en su doctorado en contabilidad; a menudo, se veía obligada a comer cualquier cosa que hubiera disponible, simplemente para poder concentrarse. «Estaba agotada y tenía hambre, pero necesitaba trabajar», recordó sobre marzo de 2025. «Tenía que comer lo que hubiera a mano para poder concentrarme y terminar mi trabajo».
«Espero que las fuerzas israelíes permitan la entrada de verduras, carne, fruta y pollo, y que el PMA (Programa Mundial de Alimentos) vuelva a aumentar la ayuda alimentaria para las personas desplazadas en Gaza, proporcionando mayores cantidades de alimentos de mejor calidad», añadió.
Llorando de dolor por hambre
Para Rima Al-Draimli, de 43 años, que padece insuficiencia renal y requiere diálisis tres veces por semana, el acceso a alimentos nutritivos es fundamental para mantener sus fuerzas.
Ante el temor de sufrir otro periodo de hambre extrema, ella y su esposo reunieron recientemente el poco dinero que les quedaba y fueron al mercado para abastecerse de comida. Sin embargo, allí encontraron muy poco de lo que necesitaban.
«Los estantes estaban llenos de galletas, postres y bebidas energéticas, mientras que los alimentos saludables —como carne, verduras, miel y fruta— eran difíciles de encontrar», señaló.
Al-Draimli ya ha soportado dos periodos de hambre severa durante la guerra, momentos en los que los precios, disparados, hicieron que incluso los productos básicos quedaran fuera del alcance de su familia.
«Durante la primera y la segunda hambruna, lloraba de hambre», relató. «Sentía como si mi cuerpo se estuviera consumiendo a sí mismo. Sufría mareos y dolores estomacales, y perdí 14 kilogramos. No podíamos comprar harina blanca cuando llegó a costar casi 30 dólares el kilogramo».
Foto de portada: Reparto de ayuda alimentaria en la Franja de Gaza, 26 de septiembre de 2026. (Ali Hassan/Flash90)