La niña de Gaza del trozo de tela azul

Mats Svensson, CounterPunch.org, 4 noviembre 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Mats Svensson, exdiplomático sueco, lleva desde 2003 siguiendo de cerca la ocupación de Palestina. Es autor de «Crimes, Victims and Witnesses – Apartheid in Palestine (Crímenes, víctimas y testigos: el apartheid en Palestina)» (Real African Publishers) y Apartheid is a Crime – Portraits of Israeli Occupation (El apartheid es un crimen: retratos de la ocupación israelí)» (Cunepress, 2020). Se puede contactar con Mats en isbjorn2001@hotmail.com

Sus abuelos nunca empezaron por la partida. Empezaron por la casa.

Cuando sus abuelos hablaban, hablaban de la casa: una casa de piedra. Siempre decían «casa de piedra» despacio, como si la propia palabra aún pudiera contener algo, como si pudiera permanecer si se pronunciaba con suficiente cuidado. Hablaban de una puerta que nunca estaba cerrada con llave, de un patio donde la luz se prolongaba más por la tarde, de agua que no era preciso medir.

Decían que lo habían tenido todo.

Pero nunca explicaron qué era lo que eso significaba.

A veces se quedaban ahí. Su abuelo bajaba la mirada y su abuela se limpiaba las manos en el delantal, aunque no tuviera nada en ellas.

La niña aprendió a no preguntar. Solo entendía que había un momento en cada historia en el que la voz cambiaba y no podía seguir adelante.

Ahora tiene treinta y cinco años, ni mayor ni joven, y sabe dónde se sitúa ese momento.

Su casa ya no está.

No la que ellos mencionaban. Otra, más pequeña, provisional en aspectos que nadie expresaba en voz alta, pero aún así un lugar donde cada cosa tenía su sitio.

Dijeron que se eso también se había acabado.

Que desapareció.

No recuerda el sonido, solo lo que vino después: cómo cambió el aire, como si se hubiera retirado algo invisible, como si todo lo que tenía un sitio ya no lo tuviera.

No hay nada a lo que volver. Ni su documento de identidad, ni la ropa que dobló la noche anterior, ni esas pequeñas cosas a las que nunca se le ocurrió poner nombre.

Su hija tuvo algo en su día, algo suave. Intenta recordar de qué color era, pero no puede.

No lo cuentan todo. No hace falta.

Cada día desaparece algo: no de lo que se relata, ni de lo que aparece en los mapas.

Cosas más pequeñas: una cuchara desgastada por el uso, una taza que duró más de lo esperado, un trozo de tela que en su día perteneció a otra cosa.

Cosas que permanecen hasta que dejan de hacerlo.

Ahora se sientan juntas, no por ternura, sino porque la distancia se ha vuelto incierta, algo que puede abrirse con demasiada rapidez.

La niña sostiene el trozo de tela.

Azul.

Lo frota entre los dedos, lentamente, como si aún pudiera haber algo dentro, como si pudiera recordarlo a través de ella.

Por la mañana, la mujer desenreda el pelo de la niña con las manos. No hay cepillo. Primero se humedece los dedos, con cuidado, solo lo justo. La niña permanece quieta.

A veces, la niña se registra los bolsillos, uno por uno, como si debiera haber algo allí. Pero su mano sale vacía. Se la mira un momento y luego vuelve a intentarlo.

Por la noche, se acuestan una al lado de la otra. La niña coge la mano de su madre y se la lleva a la cara, como si la devolviera al lugar al que pertenece. La mujer deja que permanezca allí.

Son pequeñas cosas. Cosas que nadie escribe.

Una tarde, la niña no busca su mano. No ocurre de repente; simplemente, la mano permanece sobre la manta, inmóvil, en lugar de buscar. La mujer no se mueve.

Por la mañana, la niña no pide nada.

La mujer piensa en sus abuelos y en cómo terminaron sus historias: no solo porque no pudieran continuar, sino porque llegó un punto a partir del cual las preguntas dejaron de tener sentido.

La niña toma la tela y la dobla con cuidado, una vez, luego otra. La mujer reconoce el gesto antes de comprender el por qué.

Recuerda las manos de su abuela, la forma en que doblaban lo que quedaba, como si el orden pudiera mantener algo más en su sitio.

La niña le entrega la tela. La mujer la dobla una vez más, con más precisión esta vez, y la colocan entre ambas. Durante un rato, permanece allí.

Más tarde, la niña se la guarda en el bolsillo. Esta vez, se queda ahí.

El bolsillo ya no está vacío.

Bastó un instante para perderlo todo. Han hecho falta todos estos años para comprender lo que eso significaba.

Cada día, algo desaparece. Cada día, algo más —casi nada— se conserva. Hasta que ya no queda nada.

Hasta que ya no hay nada a lo que volver.

Foto de portada de Imad El Byed.

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