De cómo la comunidad internacional traicionó a Gaza y, en el proceso, se autodestruyó (con Norman Finkelstein)

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 5 noviembre 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que trabajó durante casi dos décadas como corresponsal extranjero para The New York Times, la National Public Radio y otros medios en Latinoamérica, Oriente Medio y los Balcanes. Formó parte del equipo de reporteros de The New York Times que ganó un Premio Pulitzer por su cobertura del terrorismo global. Hedges es miembro del Nation Institute y autor de numerosos libros, entre ellos War is a Force That Gives Us Meaning.

Introducción

Las mayores injusticias del mundo suelen quedar ocultas tras volúmenes de un lenguaje jurídico complejo e incomprensible, inaccesible para el público general. El genocidio de los palestinos en Gaza constituye un ejemplo atroz de cómo las más altas instituciones jurídicas internacionales parecen limitarse a una mera apariencia de defensa del derecho internacional, cuando en realidad están plagadas de corrupción y ambiciones políticas que han permitido a la entidad sionista perpetrar crímenes de guerra y una limpieza étnica continuos.

En su libro más reciente, Gaza’s Gravediggers: An Inquiry into Corruption in High Places —que bien podría considerarse la culminación de toda una vida dedicada a documentar el Estado colonial de asentamientos de Israel—, el profesor Norman Finkelstein expone detalladamente los hechos que ocurren en Gaza, contrastándolos con las afirmaciones erróneas formuladas por las Naciones Unidas y los tribunales internacionales. En este episodio de The Chris Hedges Report, Finkelstein conversa con Chris Hedges sobre las «deficiencias» y el «fraude flagrante» que caracterizan lo que él denomina «focos de corrupción dentro del sistema internacional».

Finkelstein lleva a cabo la ardua tarea de analizar, una por una, las discrepancias presentes en los informes judiciales sobre Palestina, demostrando su falta de verosimilitud. Se trata de un cometido complejo, pues, como él mismo señala: «Existe una gran distancia mental entre percibir intuitivamente que algo no encaja y lograr demostrarlo». Afortunadamente, existen numerosos informes —elaborados por diversos organismos, incluidas las Naciones Unidas y grupos de derechos humanos— que han documentado exhaustivamente las atrocidades que tienen lugar en Gaza. Finkelstein se apoya en este corpus documental para contraponer las afirmaciones carentes de pruebas de ciertos funcionarios jurídicos internacionales —más preocupados por su propia carrera que por la justicia— con la abrumadora cantidad de informes sobre Gaza realizados por las organizaciones humanitarias más creíbles del mundo.

Hedges y Finkelstein analizan cómo los jueces de la Corte Internacional de Justicia y los comisionados de las Naciones Unidas tergiversan los hechos, seleccionan sus fuentes de manera interesada y manipulan los acontecimientos, ya sea para ganar notoriedad o para salvaguardar sus propias trayectorias profesionales. Asimismo, examinan las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en particular la Resolución 2803, que estableció una «Junta de Paz» que, literalmente, otorgó al presidente Trump el control sobre Gaza. Esto, sumado a la incapacidad del Consejo de Seguridad de la ONU para condenar el ataque estadounidense-israelí contra Irán —lo que Finkelstein califica como «la violación más descarada y flagrante de la Carta de la ONU»—, conduce a la lamentable conclusión de que estas instituciones «ya no son árbitros válidos del derecho internacional».

Transcripción de la entrevista

Chris Hedges:

El profesor Norman Finkelstein, uno de nuestros académicos más destacados en el estudio del conflicto entre palestinos e israelíes, arremete en su nuevo libro, Gaza’s Gravediggers: An Inquiry into Corruption in High Places («Los sepultureros de Gaza: una investigación sobre la corrupción en las altas esferas»), contra la comunidad internacional y las organizaciones humanitarias —incluidas las Naciones Unidas— por su fracaso absoluto a la hora de hacer cumplir el derecho internacional y detener el genocidio en Gaza. Según demuestra, estas instituciones son, en el mejor de los casos, impotentes y, en el peor, cómplices.

Finkelstein desmantela las mentiras israelíes mediante hechos y pruebas irrefutables; refuta, por ejemplo, la acusación de Israel de que Hamás utilizó la violación como arma de guerra. Sitúa el genocidio en su contexto histórico adecuado, explicando que este no comenzó el 7 de octubre —cuando Hamás y otros combatientes llevaron a cabo una incursión en Israel—, sino que constituye la culminación de décadas de desposesión, discriminación, violencia y robo de tierras por parte de Israel.

El profesor Finkelstein expone, de manera minuciosa y metódica, las pruebas recopiladas a partir de informes sobre derechos humanos y documentos jurídicos para, como él mismo escribe, «dejar claro que Israel no ha emprendido una guerra, sino una empresa cualitativamente distinta: el asesinato o la persecución deliberada y sistemática de los miembros de un grupo específico —definido por una etnia, una identidad nacional, etc.—, con la intención de destruir, total o parcialmente, a dicho grupo». «Esta empresa genocida —afirma— no solo es incompatible con las leyes de la guerra, sino que, de hecho, las contradice». Finkelstein desenmascara a aquellos funcionarios internacionales que actúan como colaboradores al servicio de Israel, desarticulando una a una sus afirmaciones absurdas. Asimismo, deja patente que el genocidio israelí es un proyecto nacional, respaldado mayoritariamente por la sociedad israelí.

«Este libro —escribe— es la culminación de toda una vida de trabajo». Ya durante sus estudios de doctorado en Princeton, Finkelstein comenzó a desmantelar los mitos históricos utilizados para justificar el Estado colonial de asentamientos de Israel; algo que, como señala con ironía, le dejó «no solo sin empleo, sino en una situación muy distinta: inempleable». Aunque es tratado como un paria por las instituciones académicas y los medios de comunicación, es uno de los estudiosos forenses más importantes de nuestra nación; alguien que, al servicio de la justicia y la verdad, denuncia incansablemente las malas prácticas en los ámbitos político, académico y periodístico. «Decir la verdad es revolucionario», escribió Antonio Gramsci; «nada es más destructivo para la revolución que las ilusiones, y nada la beneficia más que la verdad clara y abierta».

Este libro constituye un ejemplo excelente de los estándares que Gramsci exigía. El profesor Finkelstein ha pasado décadas luchando contra Israel y su poderoso lobby, y ha pagado un precio muy alto, no solo en lo que respecta a su carrera, sino también a su bienestar emocional. Él afirma que este será, muy posiblemente, su último libro. Está agotado. Necesita un respiro mental. Si esto es así, este libro constituirá el broche de oro a una vida dedicada al intelecto, algo que pocos pueden igualar.

Me acompaña para hablar sobre «Los sepultureros de Gaza: una investigación sobre la corrupción en las altas esferas» («Gaza’s Gravediggers: An Inquiry into Corruption in High Places») el profesor Norman Finkelstein. Es un libro extraordinario; como siempre, destaca por la solidez de su investigación, de modo que, al terminar su lectura, resulta imposible plantear argumento alguno en su contra. Un aspecto que me fascinó —y que considero fundamental en la obra— es que, incluso aquellas instituciones que han intentado —podríamos mencionar a la Corte Penal Internacional (CPI) y otras— reconocer el genocidio, se quedan cortas a la hora de caracterizar la resistencia palestina. Comencemos por el principio del libro. Arrancas con un análisis fascinante —del que ya hemos hablado anteriormente— sobre la revuelta de esclavos liderada por Nat Turner, y citas a Charles Sumner en el contexto de la abolición. Pero ¿por qué no situamos de nuevo el contexto de lo ocurrido el 7 de octubre para, después, adentrarnos en el capítulo titulado «Fantasías de violación»?

Norman Finkelstein:

En realidad, el libro comienza con un prólogo que pretende sintetizar al máximo otra obra mía: «Gaza: una investigación sobre su martirio» («GAZA: An Inquest into Its Martyrdom»). En ese libro —publicado, si no recuerdo mal, en 2018—, mi objetivo era simplemente restaurar el contexto de la situación en Gaza, y lo hice con un nivel de detalle sumamente minucioso. Al empezar este nuevo libro, «Los sepultureros de Gaza», tenía claro que quería evitar dos cosas. En primer lugar, no iba a repetir lo expuesto en «Gaza: una investigación». Me planteé que el libro ya existe; es un libro publicado en 2018. Quien desee leerlo, podrá hacerlo. Pero no voy a intentar recapitular todo lo que expuse en él. Por tanto, lo que presento aquí es una síntesis sumamente esquemática de «GAZA: An Inquest». Eso es algo que decidí no hacer.

Lo segundo que decidí no hacer es algo un poco distinto. Verás: cuando escribí «GAZA: An Inquest», nadie conocía los antecedentes históricos sobre Gaza. Se habían redactado muchos informes de derechos humanos acerca de la situación allí, especialmente tras cada una de las oleadas de matanzas de alta tecnología perpetradas por Israel en Gaza. Hubo un informe voluminoso después de que Israel lanzara la «Operación Plomo Fundido» entre 2008 y 2009 —creo que fue del 26 de diciembre al 17 de enero—, lo que Amnistía Internacional denominó «22 días de muerte y destrucción». Tras dicha operación, se publicó un informe exhaustivo y de gran relevancia histórica. La comisión de la ONU, encargada de investigar los crímenes cometidos tanto por Israel como por Hamás durante la «Operación Plomo Fundido», estuvo presidida por Richard Goldstone, un jurista sudafricano de prestigio internacional. Pero, lo que es más importante para nuestros fines, Goldstone no solo era judío, sino que se declaraba sionista; participaba activamente en causas israelíes y él mismo se definía como sionista. Él y los otros tres miembros de la comisión elaboraron un documento demoledor sobre lo que ocurrió durante aquellos 22 días de muerte y destrucción.

Por tanto, cuando aparecieron esos documentos, muy poca gente los había leído. El Informe Goldstone sí se leyó, pero había muchos otros que nadie había consultado, salvo un puñado de activistas o personas vinculadas al ámbito de los derechos humanos. En el fondo, lo que intentaba hacer era dejar constancia por escrito de un registro histórico —en gran medida desconocido— a modo de documento histórico. Era una especie de réquiem. No esperaba que se vendiera muy bien; de hecho, al final del libro escribí: «No espero que nadie lea este libro».

Chris Hedges:

Yo lo leí. Yo lo leí.

Norman Finkelstein:

Pero reconocerás que hubo muy poca gente. Era un libro académico, publicado por una editorial universitaria: University of California Press. Me inspiré en una obra de finales del siglo XIX, escrita por una activista que defendía a los nativos americanos: Helen Hunt Jackson. El libro se titulaba A Century of Dishonor («Un siglo de deshonor»). Por cierto, a Theodore Roosevelt le horrorizaba ese libro; de hecho, dedicó bastantes páginas de su extensa historia del Oeste a arremeter contra Helen Hunt Jackson. Pero nadie leía aquel libro. Un día me lo encontré en una estantería de la biblioteca, le quité el polvo y las telarañas, y lo leí. Supuse que con mi libro pasaría lo mismo: se quedaría en la estantería de una biblioteca —suponiendo que las bibliotecas sobrevivan, lo cual es cuestionable— y, tal vez dentro de cien años, alguien lo descubra. El propósito de Inquest era ofrecer un volumen que preservara la historia real —al igual que A Century of Dishonor— sobre todos los tratados que Estados Unidos había roto con los nativos americanos, así como los asesinatos y el caos que se desataron a raíz de ello.

Cuando empecé mi nuevo libro, Gaza’s Gravediggers («Los sepultureros de Gaza»), se trataba de una labor en cierto modo superflua. Los hechos ya se conocían y habían tenido una gran difusión. Es cierto que gran parte de esa información circuló a través de TikTok, pero, para quienes buscaban un registro escrito, ahí estaba disponible. De hecho, para cuando estaba escribiendo este libro, Sudáfrica ya había presentado lo que se denomina «memorial» —es decir, su argumentación jurídica— ante la Corte Internacional de Justicia en relación con el caso de genocidio propiamente dicho. Lo que el tribunal resolvió fue algo distinto: las llamadas «medidas provisionales». No entraré en detalles sobre esto ahora, a menos que les interese, pero el memorial sudafricano consta de 750 páginas, acompañadas de 4.000 páginas de documentación. Entonces, ¿realmente hace falta que yo escriba un libro sobre ese tema? Todas las organizaciones de derechos humanos ya habían publicado numerosos informes extensos. Para aquel entonces, la Comisión de Investigación de la ONU ya había difundido seis informes específicos sobre los sucesos del 7 de octubre y el periodo posterior. Por lo tanto, decidí no hacerlo; me pareció que sería superfluo. Lo que, a mi juicio, no estaba bien documentado eran las deficiencias —o, en algunos casos, algo más grave que simples deficiencias: un fraude absoluto— que se perpetraron en lo que denominé «focos de corrupción» dentro del sistema internacional; focos de destrucción presentes en las Comisiones de Investigación de la ONU y en la labor de la representante especial del secretario general Guterres sobre la violencia sexual en los conflictos —concretamente, en el informe de Pramila Patten—. Asimismo, hubo jueces que, en mi opinión, actuaron de manera deshonrosa —y más que deshonrosa— tanto en la Corte Internacional de Justicia (CIJ) como en la Corte Penal Internacional (CPI).

Ese fue, pues, el propósito del libro. Me gusta revisar los expedientes judiciales y, cuando considero que una afirmación no es verosímil, trato de demostrar su inverosimilitud; esto requiere una gran dosis de concentración y un examen minucioso. Como ya he dicho, en cierto sentido, todo depende del tipo de biógrafo que uno sea: si odias a la persona sobre la que escribes, no puedes ser un buen biógrafo. Del mismo modo, si detestas este tipo de trabajo, simplemente no puedes realizarlo; es una labor extenuante y sumamente meticulosa. Lo más difícil es ser honesto. Lo más complicado es analizar un argumento e intentar descubrir qué es lo que falla en él; por qué no suena bien, por qué hay algo que no encaja. Pero ¿sabes qué? Existe una enorme distancia mental entre percibir intuitivamente que algo no cuadra y lograr demostrarlo. En varias ocasiones —como en el caso de la vicepresidenta de la Corte Internacional de Justicia (CIJ), la jueza Sebutinde—, me propuse no dejar ni el más mínimo margen de duda. Quiero que esa mujer quede fuera del tribunal; que sea apartada, destituida, expulsada… llámalo como quieras, pero tiene que salir de la Corte. Dediqué cien páginas a examinar los expedientes judiciales para demostrar que sus planteamientos no se sostienen; lo que ella dice carece de coherencia. Como he señalado en diversas ocasiones: «La virtud singular de la verdad es que todo encaja». Si tomas las piezas —como en un rompecabezas, con sus distintas formas y lugares—, al final todo encaja. La desventaja singular de la verdad es que, a veces, no encaja.

Chris Hedges:

Hablemos, pues, específicamente de la jueza Sebutinde. Podemos empezar por ahí antes de pasar al Informe Patten. ¿Cuál es tu crítica? ¿Qué es exactamente lo que has diseccionado?

Norman Finkelstein:

Diría que mi crítica a la jueza Sebutinde abarca varios aspectos. Para que tus oyentes se sitúen, permíteme ponerla en contexto. Es de Uganda y ocupa el cargo de vicepresidenta del tribunal. Durante un breve periodo —tras la salida del juez Nawaf Salam, quien pasó a ser primer ministro del Líbano—, ella ejerció como presidenta del tribunal. Fue un periodo breve, pero coincidió con el caso sobre el genocidio en Gaza.

Ahora bien, mi principal crítica a la jueza Sebutinde se compone, diría yo, de varios puntos. En primer lugar —como seguramente sabes, Chris, al igual que muchos de tus oyentes—, existe un registro exhaustivo sobre el genocidio en Gaza. Personas como Piers Morgan se quejan constantemente de que no se permite el acceso a los periodistas; y, efectivamente, es un problema que Israel les impida la entrada —lo cual, desde su perspectiva, responde a una razón muy concreta—. Sin embargo, el hecho de que se haya vetado a los periodistas no significa que no contemos con un registro sumamente sólido y fidedigno de lo ocurrido en Gaza. ¿Por qué? Porque todas las organizaciones de derechos humanos y humanitarias del mundo tienen presencia allí. Contábamos con informes de cada una de ellas: de la UNCTAD, del Banco Mundial, de Save the Children, de la UNESCO… Se trata de un volumen ingente de informes que, en esencia, llegan a las mismas conclusiones. No existía discrepancia alguna entre las organizaciones humanitarias, las de derechos humanos y los organismos de las Naciones Unidas.

Por tanto, la jueza Sebutinde se enfrenta a un problema considerable. Si pretende demostrar que Israel no es culpable —por ejemplo, de utilizar el hambre como arma de guerra—, ¿en qué fuentes podría apoyarse? Recordemos que la Corte Internacional de Justicia es el brazo jurídico de las Naciones Unidas. Así pues, para refutar la acusación de que Israel emplea el hambre como arma de guerra, habría que sostener que todos los organismos de la ONU están mintiendo —tanto individual como colectivamente— y que existe una gran conspiración orquestada por el sistema internacional en su conjunto, en todas sus instancias. Incluso organizaciones estadounidenses, como la Agencia para el Desarrollo Internacional —dirigida en aquel momento por Samantha Power—, coinciden en lo mismo. Todas las organizaciones humanitarias y de derechos humanos sostienen exactamente lo mismo. No había discrepancias; no existía, por emplear un término habitual en los medios, ninguna controversia sobre lo que estaba ocurriendo en Gaza.

Así pues, la jueza Sebutinde se enfrentaba a un problema importante. ¿Y cómo lo resuelve? Citando únicamente fuentes israelíes. Solo encontré una mención —una sola— a una fuente de la ONU, la cual, en realidad, era irrelevante porque hacía referencia a un periodo temporal distinto. Por eso, en el libro he incluido extensas tablas que citan a cientos de organizaciones de la ONU, de ayuda humanitaria internacional y de derechos humanos que afirman una cosa, mientras que la pobre de la jueza Sebutinde se limita a citar a Israel. Eso no resulta creíble.

No es creíble por muchas razones. En primer lugar, si uno pretende sostener que todas estas organizaciones internacionales están mintiendo —porque, en la práctica, eso es lo que se está diciendo: que no hay hambruna en Gaza, que no existe un problema de hambre en la Franja y que los alimentos se distribuyen de manera equitativa—, entonces, al hacer tal afirmación, uno está obligado a demostrar cómo es que mienten. No se puede actuar como si todas estas pruebas no existieran. Si existe una montaña de pruebas —como he señalado en repetidas ocasiones al hablar de quienes niegan el Holocausto (quienes, por supuesto, tienen derecho a decir lo que quieran)—, para que a uno lo tomen en serio, es necesario refutar esa montaña de pruebas que se ha presentado para demostrar que el Holocausto nazi efectivamente ocurrió. Uno puede decir lo que le plazca, sin duda, pero no puede pretender ser tomado en serio ante la opinión pública si no se dedica a refutar esa montaña de pruebas. Ella no hace tal cosa; simplemente sigue adelante como si dichas pruebas nunca hubieran existido.

En segundo lugar, el tribunal —al igual que la mayoría de los sistemas judiciales— cuenta con normas sobre la admisibilidad y valoración de las pruebas. Estas normas incluyen, por ejemplo, un concepto que resultará familiar a todos los oyentes: el principio de que las pruebas que van en contra de los propios intereses tienen mayor peso que aquellas que los favorecen. Aunque suene a planteamiento complejo o rimbombante, es algo muy sencillo. Si Adolf Hitler dijera que no había cámaras de gas, uno diría: «Bueno, sí, eso es exactamente lo que él diría». Pero si Himmler dijera que sí había cámaras de gas, uno diría que se trata de una prueba bastante contundente, ya que, sin duda, afirmar algo así va en contra de sus propios intereses. Su única prueba es Israel. Eso no constituye una prueba seria. Es como si Hitler dijera que no había cámaras de gas. Ese era un aspecto.

El otro aspecto es que todo su argumento, sencillamente, no se sostiene. Lo que ella plantea en enero —y lo explico para beneficio de tus oyentes, a modo de contexto— es que la cuestión ante el tribunal no era si Israel había cometido un genocidio, sino si Israel estaba cometiendo un genocidio de manera plausible, lo cual obliga a dictar lo que se denomina «medidas provisionales». En términos jurídicos estadounidenses, esto equivale a una medida cautelar preliminar. Pongamos un ejemplo: si existen pruebas contundentes de que un marido maltrata físicamente a su esposa, eso no significa necesariamente que sea culpable; sin embargo, si las pruebas son lo suficientemente sólidas, es necesario emitir una orden de alejamiento temporal para separarlos. Esto no constituye una sentencia condenatoria; sencillamente —dicho de forma directa—, se busca garantizar que la parte afectada siga con vida para cuando llegue el momento del juicio. Lo mismo ocurre en los casos de genocidio: si existe una posibilidad razonable de que un Estado esté cometiendo un genocidio, es preciso dictar «medidas provisionales» para asegurar que, cuando el caso llegue a ser juzgado, aún quede población con vida. Aunque parezca mentira, es probable que el caso principal no llegue ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) antes de 2030. Sí, por increíble que parezca. Israel tiene de plazo hasta 2029 —si no me equivoco— para responder a la memoria presentada, la cual consta de 750 páginas, acompañadas de 4.000 páginas de documentación. Tienen hasta 2029.

Por tanto, dado que el asunto no llegará ante el tribunal hasta 2030, es fundamental garantizar que la población siga existiendo para cuando la CIJ dicte sentencia. Si analizamos el caso que ella plantea —el relativo a las medidas provisionales—, este fue presentado ante el tribunal en enero, y posteriormente en febrero, marzo y mayo; es decir, en cuatro ocasiones. Sudáfrica insistió reiteradamente, señalando: «La situación está empeorando; es necesario dictar más medidas provisionales». Así pues, cada vez que los jueces presentaban una opinión mayoritaria, una opinión separada o una opinión disidente, al analizar el conjunto, sus argumentos no resultaban coherentes. Lo que ella afirma en marzo contradice lo que dijo en enero; lo que sostiene en mayo contradice lo que planteó en marzo. No tenía ningún sentido. Era evidente que se dejaba llevar por los vientos políticos.

En cuanto al tercer aspecto —que abordo con cierto detalle—, no es solo que ella cite fuentes israelíes, sino que, lisa y llanamente, las copia. Sus escritos presentados ante el tribunal eran un mero «cortar y pegar»; hasta tal punto —y esto ya es el colmo— que, en uno de sus escritos —concretamente en uno de sus votos particulares—, según me comentó un investigador de Gaza (cuyo nombre no puedo revelar), ella plagió —literalmente, palabra por palabra— el 33% de su texto a partir de materiales de propagandistas proisraelíes. En el libro, esto se detalla de forma minuciosa: un pasaje tras otro, uno tras otro, uno tras otro.

Obviamente, ella simplemente está plagiando, o quienquiera que haya escrito el texto estaba plagiando. La gente se vuelve perezosa; por eso, quien lo escribió olvidó borrar el enlace a la wiki. Así que ahí aparece el hipervínculo a la wiki. Fue un desastre absoluto. Y, cada vez que ella parece exponer sus propias ideas, lo que dice —por ejemplo, afirmar que la Sociedad de Naciones otorgó el mandato sobre Palestina a Gran Bretaña (en 1922 o 1923, según cómo se cuente) con el fin de ofrecer refugio a las víctimas del Holocausto— resulta revelador. 1922. Según ella, el propósito del mandato era dar refugio a las víctimas del Holocausto.

Chris Hedges:

Pero, Norm, esto encaja —y el informe Patten también lo hace— con la propaganda israelí, o hasbará; eso en primer lugar. Y, en segundo lugar, creo que, como tú mismo has señalado, resulta útil para las carreras y el ascenso profesional de estas personas. Mencionaste el informe Goldstone; lo cierto es que lo destruyeron, hasta el punto de que él terminó teniendo que retractarse públicamente de su propio trabajo.

Norman Finkelstein:

Creo que ahora no es el momento de especular sobre el caso Goldstone. Mi opinión —basada en razones que explico detalladamente en el libro— es que le chantajeraron. Cualquiera puede tener «esqueletos en el armario», o bien alguien cercano a uno puede tenerlos. La hija de Goldstone vivía en Israel; ella había emigrado —lo que llaman aliá— y residía allí. Es fácil imaginar que consiguieron información comprometedora sobre ella: tal vez ella tenía una aventura, o quizás su marido la tenía. Entonces, ella acude a su padre y le suplica: «Por favor, por favor, repudia el informe. Van a destruirme. Van a destruir a nuestra familia. Van a destruir a tu nieto».

Quizás recuerdes que la comunidad judía en Sudáfrica le impidió a Goldstone asistir al bar mitzvá de su nieto. Fueron, sencillamente, implacables. Así pues, eso es lo que creo que ocurrió en el caso de Goldstone. En cuanto a los diversos personajes que analizo en mi libro actual —diría que, probablemente, en el caso de Pramila Patten—, se trató simplemente de puro oportunismo profesional. Ella iba a defender la «causa de las mujeres», y ellos lo sabían. Sabían que sería fácilmente susceptible a los halagos y al atractivo de la fama. Cuando Sheryl Sandberg presentó su película propagandística titulada «Gritos antes del silencio» (Screams Before Silence), en la que se afirmaba que Hamás había convertido la violación y la violencia sexual en un arma, utilizándolas como táctica de guerra, ¿quién apareció en el estreno en Nueva York? Pramila Patten. Por tanto, en su caso, creo que fue, sencillamente, una cuestión de oportunismo profesional.

En el caso de Navi Pillay y la Comisión de Investigación de la ONU…

Chris Hedges:

Permíteme interrumpirte un momento. Ella acaba de ganar el Premio Nobel. Pero, según tu libro, su trayectoria es ambivalente.

Norman Finkelstein:

Sí, es totalmente correcto, Chris. Es una trayectoria ambivalente porque la ONU es, en última instancia, una institución política; lo que significa que está sujeta a todo tipo de presiones políticas. Cuando publicaron el informe sobre Hamás, Israel —por razones que podemos analizar si quieres— estableció que el tema de las violaciones por parte de Hamás fuera su «línea roja». Ahí fue donde se plantaron. Y si negabas las violaciones y la violencia sexual atribuidas a Hamás, te convertías, en la práctica, en alguien equivalente a un negacionista del Holocausto; además, te tildaban de misógino, ya que estaban aprovechando el movimiento «Me Too» —bajo la premisa de «creer a las mujeres» y todo eso—. Así que convirtieron ese asunto en su línea roja. Por otra parte, se trataba de una cuestión relacionada con las mujeres —o, al menos, así es como se presenta—. Navi Pillay es mujer y, para empezar, forma parte de toda la estructura institucional de la ONU; pero, además —y esto no es un detalle menor, sino uno de gran relevancia—, la ONU es una institución que, en teoría, promueve los derechos de las mujeres. Se supone que es la vanguardia, la punta de lanza de los derechos humanos en este momento preciso. Por tanto, creo que, en el momento en que publicó aquel informe, la presión le resultó irresistible. Por aquel entonces, el genocidio en Gaza aún estaba en sus primeras etapas. Así que, en el caso de Navi Pillay —o, mejor dicho, en el de ese informe, en el que claramente se nota su mano—, resulta interesante observar que, si lees lo que escribieron, verás que no aceptan las pruebas presentadas por Israel sobre violaciones y violencia sexual. No las aceptan. Ella afirma: «No tenemos motivos razonables para suponer que se cometieran violaciones el 7 de octubre».

Entonces, ¿qué hace ella? ¿Recuerdas que hace un momento mencioné que, cuando las pruebas van en contra de la jueza Sebutinde, esta se ve obligada a apoyarse en Israel, dado que no hay nada más a lo que recurrir? Existe una documentación sumamente extensa sobre lo ocurrido el 7 de octubre y con posterioridad a esa fecha, elaborada por las organizaciones de derechos humanos y humanitarias más creíbles del mundo. Entonces, ¿qué hace Navi Pillay? Es interesante lo que hace: empieza a inventar casos de violencia sexual —o lo que denominan, utilizando el término técnico, «violencia sexual y de género»— que resultan absolutamente ridículos. Quizás alguien piense: «Finkelstein, eso es una hipérbole». Lo cierto es que —aunque a muchos les sorprenda— yo no recurro a las hipérboles. Ocurre algo parecido a lo que sucedió con Raul Hilberg, el mayor experto en el Holocausto nazi, cuando le presionaron para opinar sobre mi libro The Holocaust Industry —algo que él no quería hacer públicamente—. Su comentario —y me gustaría que los oyentes reflexionaran sobre esto antes de descartarme tachándome de exagerado o polémico— fue: «Las conclusiones de Finkelstein son conservadoras». Es un hecho. Me aseguro escrupulosamente de no ir ni un ápice, ni un milímetro, ni una pizca más allá de lo que indican las pruebas. En parte, se debe a un compromiso riguroso con la verdad; pero, además, sé que si me aparto, aunque sea un ápice de los datos, me crucifican. Me crucifican. Dirían: «Finkelstein afirmó esto, pero miren lo que dicen las pruebas». Por tanto, para preservar mi reputación, debo tener muchísimo cuidado de no ir ni un ápice, ni la más mínima pizca, más allá de lo que demuestran las pruebas.

Entonces, ¿qué es lo que hace Navi Pillay? Te daré un ejemplo, aunque el libro, como saben, está lleno de ejemplos al respecto. Cuando Hamás entró en Gaza el 7 de octubre, muchos lo hicieron en motocicletas. Dos personas por motocicleta. Y, más allá de las matanzas, los asesinatos y el caos, tomaron rehenes. Pues bien, toman a una mujer como rehén. Ella va sentada entre los dos hombres en la motocicleta mientras salen de Gaza. ¿Entienden? ¿Y qué dice Navi Pillay? Dice: «Esto es violencia sexual». ¿Por qué? Lo denomina «intimidad forzada». Sostiene que, dado que una mujer va sentada entre dos hombres, se trata de violencia sexual debido a esa «intimidad forzada». ¡Eso es una absoluta estupidez!

Ella desempeñó un papel extraordinario durante el movimiento contra el apartheid. Si no recuerdo mal, llegó a ser abogada de Nelson Mandela en algún momento. Por tanto, jamás pretenderé restar valor a sus logros. Lo que sí diré es que, al igual que la mayoría de las personas dentro del sistema de la ONU —algo que tú sabes mejor que yo, sin duda—, están expuestas a todo tipo de presiones políticas. En este caso, la presión resultó insoportable para ella, y empezó a hacer ciertas declaraciones. Como explico en el libro —donde analizo muchísimos ejemplos—, hubo casos de mujeres que operaban equipos de tecnología militar altamente sofisticados —algo así como sistemas de «protección activa»—; pues bien, ¿sabes qué dijo ella? ¡Dijo que eran civiles! ¿De qué estamos hablando? ¡Es algo totalmente ridículo!

Chris Hedges:

Pero Mehdi Hasan hace algo parecido. Es decir, si uno llega a criticar a Israel con tanta intensidad, para evitar ser marginado por completo, termina teniendo que demonizar a los palestinos. ¿No consiste precisamente en eso todo este juego?

Norman Finkelstein:

Todos conocemos la expresión «falsa equivalencia» o «falso equilibrio». Por tanto, si se va a acusar —como hacen algunos, tal como hizo la Comisión de Investigación— a Israel de violación y violencia sexual, entonces también hay que acusar a Hamás. Pero creo que ese es solo un aspecto. El otro, como ya he mencionado, es que ahí es donde Israel trazó su «línea roja». Y fue una jugada astuta, porque aprovecharon el actual clima ideológico —lo que a veces se denomina la «cultura woke»—, en el que, si uno cuestiona de cualquier modo lo que estos supuestos «testigos» relataron sobre las violaciones el 7 de octubre, se le tacha inmediatamente de misógino, cómplice del patriarcado o algo por el estilo. Así pues, se trataba de una línea roja muy difícil de cuestionar o sobre la cual plantear dudas.

Mi impresión inicial fue que no creía que las acusaciones fueran ciertas, aunque, desde luego, existía la posibilidad de que lo fueran. Mi escepticismo provenía de diversas interacciones personales que había tenido con habitantes de Gaza; no obstante, no descarté las acusaciones de plano. Pero, a medida que fui examinando los registros, me planteé: ¿a qué conclusión nos lleva todo esto? Para los oyentes que no hayan leído el libro ni mis escritos recientes sobre este tema —las violaciones y la violencia sexual—, analicemos una prueba que yo calificaría de contundente y «contradictoria», es decir, una prueba que refuta la versión oficial. Tomemos, por ejemplo, un elemento concreto: existe una llamada «Comisión Civil Israelí sobre Violencia Sexual y Violaciones» que afirma: «Hemos recopilado 10.000 fotografías y fragmentos digitales relacionados con el 7 de octubre». Diez mil. Y añaden: «Se necesitarían 1.800 horas para revisar todo este material fotográfico y digital». 1.800 horas. Hagamos un cálculo rápido: 1.800 horas. Si tú, Chris, te sentaras a revisar, de manera muy minuciosa y concienzuda, el material probatorio fotográfico y digital… Supongamos que dedicaras ocho horas al día, siete días a la semana, a esta tarea: tardarías más de siete meses en examinar todo ese material. Estamos hablando de pruebas que provienen de diversas fuentes: sistemas de circuito cerrado de televisión (CCTV), cámaras de tráfico, cámaras corporales, cámaras instaladas en vehículos, teléfonos iPhone y, en el caso de los militantes de Hamás —a quienes se les incautó material digital—, también cámaras instaladas en vehículos, cámaras corporales y cámaras tipo GoPro. Es, por tanto, un espectro tecnológico muy amplio. Y todo esto se refiere a una zona relativamente acotada: el entorno de la Franja de Gaza. Bien, pues aquí surge la pregunta: no hay ni una sola imagen de una violación o de violencia sexual. Ni una. Ni una sola entre las 10.000 fotografías y archivos digitales. No solo no muestran violaciones; es que no muestran ningún tipo de violencia sexual. No hay nada. ¿Cómo explicas este hecho?

La tesis central del informe de la Comisión Civil —que consta de 286 páginas— es que Hamás instrumentalizó la violación y la violencia sexual con el fin de destrozar psicológica y emocionalmente a la sociedad israelí. Esa era su meta; ese era su objetivo. Su intención era difundir imágenes de todos estos actos de violencia sexual, incluidas las violaciones, para quebrar el espíritu nacional y la psique de la sociedad israelí. Pues bien, si no publicaron ninguna imagen de violaciones u otras formas de violencia sexual, la única conclusión posible es que no las tenían. Si su objetivo era difundir tales imágenes para destrozar la psique israelí, el hecho de que no publicaran ninguna implica que no disponían de ellas. Y si no las tenían, debe ser porque tales actos no ocurrieron.

Tomemos otro ejemplo: el caso de los rehenes. Tienen personas bajo su custodia; si el propósito de la violencia sexual era destrozar la psique israelí, ¿por qué no difundieron imágenes de violaciones a los rehenes? Solo hay una razón posible: porque no tenían imágenes de violaciones a los rehenes; y si no tenían las imágenes, es que eso no sucedió. En mi opinión, partiendo de su propia premisa, no cabe ninguna otra conclusión. Me baso en su propia premisa: que el propósito de las violaciones y la violencia sexual era infligir un daño emocional y psicológico, o aterrorizar a la sociedad israelí. Si se parte de esa premisa —tal como expuse en un texto que publiqué en la web—, entonces sus hallazgos constituyen la prueba más contundente de la que disponemos hasta la fecha de que no se produjo violencia sexual.

Chris Hedges:

Quiero concluir refiriéndome a las Naciones Unidas, en particular al respaldo del Consejo de Seguridad al «plan de paz para Gaza» propuesto por Trump.

Norman Finkelstein:

Las Naciones Unidas han entrado en un periodo de marcado declive, y la Resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU, del 17 de noviembre, constituye un indicio de ese declive; pues la esencia de dicha resolución fue blanquear, eliminar, actuar como si no existiera, todo un corpus de ochenta años —algo realmente pasmoso— de jurisprudencia y derecho de la ONU, elementos que, en parte, fueron validados a través de opiniones consultivas de la Corte Internacional de Justicia. Una de ellas se emitió en julio de 2004; la segunda, en julio de 2024. Esta resolución anuló ochenta años de derecho de la ONU relativo al conflicto entre Israel y Palestina.

Para aquellos de tus oyentes que nunca hayan consultado una resolución de la ONU sobre este tema, cabe señalar que dichas resoluciones suelen comenzar con lo que se denomina «párrafos preambulares» o preámbulo. Estos párrafos exponen toda la historia jurídica del conflicto: se remontan, por lo general, a noviembre de 1947, con la Resolución de Partición de la ONU. Luego, abarcan las resoluciones aprobadas inmediatamente después de la guerra de 1947-1949 —a veces llamada primera guerra árabe-israelí—, continúan con la Resolución 242 de la ONU de 1967 y la Resolución 338 de 1973. Asimismo, incluyen todas las resoluciones de la ONU sobre la ilegalidad de los asentamientos y aquellas que definen a Cisjordania —incluida Jerusalén Oriental— y a Gaza como territorio ocupado. Pues bien, aunque parezca mentira, estos párrafos preambulares pueden ocupar entre cuatro y siete páginas; es una historia sumamente extensa.

En la Resolución 2803 de la ONU, sin embargo, no hay párrafos preambulares: toda la historia jurídica ha sido anulada. En su lugar —y para aquellos oyentes que no deseen repasar todo el sórdido y miserable desarrollo de los acontecimientos—, ha ocurrido algo difícil de creer y de asimilar; a mí mismo me llevó cerca de una semana, maldiciendo por la calle, lograr reconciliarme provisionalmente con la situación. Se le entregó Gaza a Donald Trump. Gaza quedó en manos de Donald Trump. Se creó un organismo denominado «Consejo para la Paz», cuya presidencia se le asignó a Donald Trump. Este Consejo no posee ninguna facultad que Donald Trump no pueda vetar; él tiene la capacidad de bloquear cualquier iniciativa que emane de dicho órgano. El único requisito que el Consejo de Seguridad de la ONU le impuso a Donald Trump es que, cada seis meses —nótese que se utiliza el término «debería» y no «debe»—, informe al Consejo de Seguridad sobre los avances en Gaza. Eso es todo. En la práctica, él puede hacer exactamente lo que le plazca, sin ninguna restricción ni limitación, ya sea interna o externa. Se trata de la Resolución 2803 de la ONU. No hay límites a su poder. Ninguno. Absolutamente ninguno.

De hecho, cuando se le preguntó a Jared Kushner, dijo: «Vamos a tratar a Gaza como si fuera una propiedad privada». Eso fue lo que dijo: «Trataremos a Gaza como si fuera una propiedad privada»; y, hay que reconocerle a ese memo colosal que, en este caso, decía la verdad. El Consejo de Seguridad de la ONU le entregó la escritura de Gaza a Trump Inc. Ahora es simplemente una propiedad más en la cartera de Trump Inc. Es cierto. Es repugnantemente cierto, pero es verdad. No existe un precedente histórico para esto, salvo cuando el Congreso de Berlín le entregó, en la práctica, el Congo al rey Leopoldo de Bélgica. Él lo trató —y, tras el Congreso de Berlín, esto quedó validado— como una propiedad suya; y, durante el tiempo que ejerció su dominio sobre el Congo, entre diez y quince millones de congoleños fueron asesinados en el marco del comercio de marfil y caucho. Entre diez y quince millones; una cifra que, como diría Oprah, resulta casi imposible de asimilar. Entre diez y quince millones de congoleños fueron asesinados.

Y en un momento dado, Jared Kushner —ese saco de excrementos condensados— dijo: «Si Hamás no se desarma, le daremos a Israel luz verde para terminar el trabajo». Terminar el trabajo. ¿Quién es este tipo? ¿Quién se cree que es? Todos sus logros en la vida fueron comprados por su padre. No es más que una especie de engendro, un producto de una «acción afirmativa» para los ricos. Y ahí anda él, caminando tan erguido con sus trajes de Ralph Lauren, como si fuera alguien importante. Es como ese tal Marco Rubio, con su complejo de Napoleón; todos ellos actúan como si fueran sumamente importantes. Es, sinceramente, un espectáculo penoso. Y luego está Nikolay Mladenov. Se hace llamar «alto representante para Gaza». Más bien es el «bajo escroto» de Gaza. Todos se comportan así: «Vamos a dejar que Israel termine el trabajo, que termine el genocidio». «Soy el alto representante para Gaza». Pues no, no lo eres. Eres un miserable saco de mierda. Y créanme —aunque me hayan criticado por ello, lo diré 10.000 veces—: si corren la misma suerte que, digamos, Heydrich y otros «altos representantes» del Reich, no derramaré ni una sola lágrima por ellos.

Si la gente de Gaza no ha sufrido ya lo suficiente desde 1948 como para que ahora los pongan bajo la «tutela» del señor Trump, el señor Kushner y el señor Mladenov —a quien llamo el «vomitivo señor Mladenov»—, entonces, si les espera un destino fulminante a manos de aquellos a quienes han atormentado, no seré yo quien cuestione la sabiduría de tal desenlace. Como dijo Tony Blair —otro monstruo involucrado en el asunto de Gaza; sí, él presentó el primer informe ante la ONU y forma parte de ese «comité de paz» para Gaza—, cuando Sadam Husein fue… ¿acaso no lo ahorcaron? No recuerdo…

Chris Hedges:

Sí, lo ahorcaron.

Norman Finkelstein:

Cuando Tony Blair dijo: «Estoy en contra de la pena de muerte», añadió: «Sin embargo, creo que el mundo es un lugar mejor sin Sadam Husein». Y yo digo: «Lo mismo te deseo a ti, Tony Blair, si llegas a correr esa misma suerte. Y lo mismo para el señor Kushner y el señor Mladenov, si corren esa misma suerte». Así que, para beneficio de tus oyentes que tal vez quieran conocer un poco el contexto, la pregunta es: ¿por qué ocurrió esto? La votación en el Consejo de Seguridad sobre la Resolución 2803 fue de 15 a 0. Y, como todo oyente —o al menos todo oyente de su programa— sabe, los rusos y los chinos forman parte del Consejo de Seguridad. Los rusos y los chinos tienen derecho a veto. ¿Por qué no ejercieron su poder de veto? La respuesta la dieron los propios rusos y chinos. ¿Y saben cuál fue? Todos los Estados musulmanes y árabes apoyaron la resolución. Desde Indonesia hasta Pakistán y Turquía. Y luego, los sospechosos habituales —Egipto, Jordania, Arabia Saudí, Catar, Argelia—, e incluso —prepárense— el Estado de Palestina, apoyaron la resolución. Entonces, los rusos y los chinos dijeron: «Nos enfrentamos a un dilema. Creemos que la resolución es terrible. Pero si la vetamos…». La amenaza era que Trump pondría fin al alto el fuego y daría rienda suelta a los israelíes de nuevo. Y dijeron: «Nos culparían a nosotros por haber ejercido el veto». Así que —usando una expresión estadounidense— dijeron: «No podemos ser más papistas que el Papa. Si todos los Estados árabes musulmanes la apoyan, entonces nosotros también tenemos que hacerlo». No votaron a favor, se abstuvieron; pero los rusos señalaron dos cosas. Primero: «Este es un día negro en la historia de las Naciones Unidas». Y segundo —sus últimas palabras fueron—: «No digan que no se lo advertimos». Sabían exactamente lo que iba a suceder. No digan que no se lo advertimos. Por mi parte, al final mismo del libro, escribí estas últimas palabras: «El 17 de noviembre de 2025, la ONU se había convertido en un cadáver en descomposición». Quienes conocen la historia del socialismo y del comunismo recordarán que, el 4 de agosto de 1914, cuando el Partido Socialdemócrata Alemán votó a favor de conceder créditos de guerra al gobierno alemán para respaldarlo en la Primera Guerra Mundial, Rosa Luxemburgo pronunció una frase célebre: «El Partido Socialdemócrata Alemán se ha convertido en un cadáver en descomposición». Eso es precisamente lo que sentí respecto al sistema de la ONU tras aquella resolución; una impresión que se vio plenamente confirmada cuando Israel y Estados Unidos llevaron a cabo la violación más descarada y flagrante de la Carta de las Naciones Unidas al atacar a Irán, sin que el Consejo de Seguridad emitiera condena alguna.

En ese momento, a mi juicio, las leyes de la guerra habían dejado de existir. Ya no servían como árbitros válidos del derecho internacional. Todo había terminado. Siendo así, Irán tenía pleno derecho a hacer lo que fuera necesario para preservar su independencia nacional y su integridad territorial. No tenía obligaciones para con nadie. No me vengan a decir que Irán violó el derecho internacional al atacar a los Estados del Golfo —llegando incluso, en algún momento, a atacar objetivos civiles en dichos países—. ¡No! Mi pregunta para los Estados del Golfo es: «¿Condenaron ustedes el ataque contra Irán? ¿Lo hicieron?». Si no lo hicieron, ahórrense sus lamentos. El derecho internacional ya no existe. Ahórrense sus lamentos. Irán tiene derecho a hacer todo lo que sea preciso para preservar su independencia nacional y su integridad territorial. Por tanto, si consideramos tanto esa resolución del Consejo de Seguridad sobre Gaza como el silencio absoluto que guardó la ONU tras la agresión estadounidense-israelí contra Irán, hay que concluir que la ONU está muerta. Así es.

Ahora bien, hay personas que comparten mi análisis —a quienes respeto profundamente— que aún albergan la esperanza de que la organización pueda ser revivida, resucitada o rejuvenecida. Quizás sea posible; no quiero descartar esa opción, pero, a día de hoy, está muerta. Está muerta. El mandato del secretario general, António Guterres, llega a su fin este diciembre; y, a mi parecer, es un desenlace sumamente triste. Si bien no tuvo una actuación nefasta durante todo el genocidio en Gaza, hubo momentos en los que sí fue deplorable. En el libro analizo esos episodios en los que su comportamiento resultó absolutamente vergonzoso; me provocó una indignación profunda, no solo por el acto en sí, sino por la desfachatez y la deshonestidad con las que actuó. Fue una cobardía descarada.

Permíteme citar un último ejemplo. Muchos de nosotros —probablemente tú también— vivimos con gran intensidad la jornada del 26 de enero de 2024, cuando la Corte Internacional de Justicia (CIJ) iba a emitir su dictamen sobre la demanda presentada por Sudáfrica, la cual sostenía que Israel estaba cometiendo, de manera verosímil, un genocidio. Por consiguiente, el tribunal debía dictar medidas provisionales para garantizar la supervivencia de la población de Gaza mientras el proceso judicial seguía su curso. Aquí siempre me gusta reconocer mis errores. No podría haber estado más equivocado. Cuando la gente hablaba de llevar el caso ante la CIJ, yo decía: «¿Es broma? ¿De verdad creen que un tribunal en el que están Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania, China —con sus problemas respecto al Tíbet y a la…—?». ¿Cómo se llama la minoría musulmana en China?

Chris Hedges:

Los uigures.

Norman Finkelstein:

Los uigures. «¿Creen que estos países van a votar a favor de una resolución que afirme que es plausible que Israel esté cometiendo un genocidio? Es ridículo. Eso nunca va a suceder». Pues bien, ¿saben qué? ¿Están preparados para esto? Todavía hoy se me hace un nudo en la garganta al recordarlo. La votación fue de quince contra dos. Los únicos dos votos en contra fueron el de Israel —que tenía derecho a un representante en el tribunal, dado que el caso estaba dirigido específicamente contra él— y el de Sebutinde, la agente de Israel. 15 a 2. Fue un momento para recordar.

No sé si lo escucharon. Si lo hicieron, verán que las presentaciones de la parte sudafricana fueron profundamente conmovedoras. Fue una especie de «coalición arcoíris». Había dos hombres blancos de edad avanzada: John Dugard y aquel sujeto de Oxford… ya me vendrá el nombre. También había una mujer india de Sudáfrica, una mujer irlandesa y un hombre africano, un hombre negro sudafricano. La composición del grupo era hermosa. Y las presentaciones fueron profundamente conmovedoras; resultaron contundentes tanto en lo emocional como en los hechos. Fue un momento emocionante, un momento verdaderamente extraordinario. La presidenta del tribunal era Joan Donoghue, la jueza estadounidense; ella leyó el veredicto. ¿Entienden? Por un instante, uno podía volver a creer en eso que llamamos justicia, incluso cuando es articulada por el máximo órgano judicial del mundo —que es, irónicamente, el último lugar donde uno debería buscar justicia, ya que allí se concentra toda la política mundial; toda la política del planeta alcanza su punto álgido en ese tribunal—. Parecía imposible que lo hicieran, pero lo hicieron. Y fue algo profundamente conmovedor. Fue como respirar aire fresco; incluso en los lugares más lúgubres —incluso en las prisiones—, se pudo sentir. Estoy seguro de que los reclusos que escucharon aquel veredicto experimentaron una sensación de euforia. ¿Y qué sucede después? Cuatro meses después, la jueza Donoghue ya había dejado el tribunal debido a la finalización de su mandato. Participó en un programa británico —que desde entonces ha sido suspendido— llamado HARDtalk. ¿Y sabes qué dijo en HARDtalk? Dice: «Nunca dijimos que fuera plausible que Israel hubiera cometido un genocidio en Gaza».

¿Qué fue eso? O, como dicen los jóvenes, ¿qué demonios? Has leído el veredicto. ¿De qué estás hablando? ¿Por qué lo hizo? Era evidente. Ya no estaba en el tribunal. Necesitaba un trabajo. Y cargaba con el lastre de aquel veredicto. Así que, para conseguir un empleo en un bufete de abogados estadounidense, tenía que renegar, repudiar el veredicto. Y, sin el menor pudor, de forma vergonzosa, simplemente mintió. Una mentira. Una mentira rotunda. Si no estoy diciendo la verdad, Joan Donoghue, te llamo mentirosa. Una mentirosa redomada. ¡Demándame por difamación! Me encantaría ir a juicio por eso. Bueno, en realidad ya monté mi propio «mini-juicio». Analicé todo el expediente judicial —con gran minuciosidad, a lo largo de 58 páginas en el libro—. Lo dejé para el último capítulo porque fue una tarea sumamente difícil, laboriosa y técnica, debido a toda esa jerga jurídica absurda —esas expresiones estúpidas que utilizan, como «derechos plausibles»—. Lo analizo a fondo. Lo reservé para el cuarto capítulo porque sabía que, a menos que uno fuera realmente intrépido, sería difícil terminarlo. Es un capítulo duro. Pero creo que John Dugard —el sudafricano, que fue un representante de alto nivel— lo leyó. Por cierto, mencioné a dos hombres mayores; el otro era Vaughan Lowe, de Oxford. Cuando uno envejece, la memoria a veces tarda en responder; al final vuelve, pero requiere tiempo.

John Dugard lo leyó y comentó que era un trabajo increíble. Sí, fue muy difícil. Me costó mucho. Sabía que lo que ella decía era mentira. Pero, como dijo una vez Raul Hilberg —y es una frase que merece la pena reflexionar, Chris, ya que tú también eres un escritor serio—… Raul Hilberg jugaba en otra liga en lo que respecta al Holocausto nazi. Resultaba casi aterradora la cantidad de información que albergaba en su cabeza. Era, sencillamente, asombroso. En cualquier caso, él dijo una vez —y ahora lo cito—: «El Holocausto ocurrió, pero demostrarlo no es tan sencillo». Y es verdad. Le llevó tres de los volúmenes más tediosos que se han escrito jamás en la historia de la humanidad. No hay adjetivos. No hay adverbios. No hay nada. Es solo un texto árido, salpicado de diagramas incomprensibles que todavía me cuestan trabajo cuando vuelvo a leer la obra. Demostrarlo no es fácil.

Ahora sabía que ella estaba mintiendo, pero demostrarlo no era fácil. Y, en lo que respecta al libro —para mí, ahora que me acerco al final de mi vida—, este tipo de cuestiones son como un cubo de Rubik. Es un juego. ¿Cómo demuestras que algo no es cierto? Créeme: no soy un genio, pero mi mente es razonablemente competente. Es algo mentalmente agotador, que exige un esfuerzo mental enorme. No hay alivio, ni respiro. Cuando estoy en la calle, cuando salgo a correr, intento descifrar qué es lo que falla en ese argumento. ¿Qué es lo que falla? Hay algo que no encaja.

Así pues, el libro es complejo, pero se trata de un juego mental. Si quieres ver cómo desmantelar una mentira —no mediante la simple contraposición de pruebas veraces frente a la mentira, no—, el método consiste en adentrarse en la propia mentira para demostrar que no se sostiene. Es una mentira. Eso es precisamente lo que hice con la jueza Joan Donoghue. Me adentré en la mentira y demostré, basándome en sus propios términos, que lo que ella afirma no puede ser cierto. No se trata de decir: «Este juez sostiene esto, aquel otro juez sostiene aquello…»; no. Ese es un tipo de argumentación legítimo, pero no resulta ni de lejos tan demoledor como una implosión interna del propio argumento. Eso es lo que hago, y lo que siempre he hecho. Es lo que hice con John Pierce…

Chris Hedges:

Lo sé.

Norman Finkelstein:

Hace cuarenta años. Todos los demás decían: «Bah, eso no es más que propaganda sionista» —que, en efecto, lo era—, pero eso no demuestra que no sea cierto. Hay que entrar en el argumento y demostrar que las piezas no encajan. Aquí hay algo turbio. Y de eso trata el libro.

Chris Hedges:

Es una obra magnífica. «Los sepultureros de Gaza: una investigación sobre la corrupción en las altas esferas». Se hace todo lo que dices que hacen, y más. Quiero dar las gracias a Milena y a Max, que han producido el programa. Pueden encontrarme en ChrisHedges.substack.com.

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