Henry Giroux, CounterPunch.org, 6 noviembre 2026
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Henry A. Giroux ocupa actualmente la cátedra de Estudios de Interés Público de la Universidad McMaster en el Departamento de Estudios Ingleses y Culturales y es Paulo Freire Distinguished Scholar in Critical Pedagogy. Sus libros más recientes son: The Terror of the Unforeseen (Los Angeles Review of Books, 2019), On Critical Pedagogy, 2ª edición (Bloomsbury, 2020); Race, Politics, and Pandemic Pedagogy: Education in a Time of Crisis (Bloomsbury 2021); Pedagogy of Resistance: Against Manufactured Ignorance (Bloomsbury 2022) e Insurrections: Education in the Age of Counter-Revolutionary Politics (Bloomsbury, 2023), y, en coautoría con Anthony DiMaggio, Fascism on Trial: Education and the Possibility of Democracy (Bloomsbury, 2025). Giroux es también miembro de la junta directiva de Truthout.
Con la aplastante victoria del Partido Demócrata, parece haber llegado la hora de la verdad para Trump y las fuerzas de extrema derecha y nacionalistas blancas que han convertido la crueldad en un principio de gobierno y el odio en un lenguaje político. Algo se ha roto en la maquinaria del miedo. Las viejas ideas fascistas, la política del odio racial y el implacable ataque a la dignidad humana se han topado con un momento de resistencia. Demasiado sufrimiento, demasiada miseria, demasiada violencia autoritaria. Demasiada sangre en las calles, demasiadas muertes, gritos y un silencio ensordecedor. Ya basta, al menos por el momento. El régimen de Trump ha puesto al descubierto algunos de los impulsos más oscuros de la vida política, resucitando los fantasmas de un pasado que debería habernos enseñado adónde conduce inevitablemente la glorificación de la violencia de Estado, la limpieza étnica, el aplastamiento de la disidencia y la crueldad organizada. Su legado queda plasmado en la expansión del Estado carcelario, la astronómica inversión en prisiones y castigos, el despliegue de agentes de represión enmascarados por todo el país y la adopción sin remordimientos de un lenguaje de limpieza étnica que despoja a poblaciones enteras de su humanidad y destruye vidas y libertades civiles.
Sin embargo, las celebraciones que ahora dominan los medios liberales y generalistas corren el riesgo de convertir esta victoria electoral en un ejercicio de amnesia histórica. La derrota de Trump se está celebrando como un rechazo aplastante a la extrema derecha, como si las condiciones políticas que hicieron posible su ascenso hubieran desaparecido de repente. En esta narrativa triunfalista falta un análisis serio de la propia complicidad del Partido Demócrata en la creación de esas condiciones. Desde Clinton hasta Obama, los gobiernos demócratas adoptaron políticas neoliberales que agravaron la desigualdad económica, reforzaron el poder de las grandes empresas, debilitaron las instituciones de la clase trabajadora y contribuyeron a crear el panorama social y político en el que el autoritarismo pudo prosperar. La dirección del partido tampoco puede eludir su responsabilidad por su apoyo a la guerra genocida de Israel en Gaza, su exportación de armas militares atroces y su lealtad general a un orden autoritario y colonizador, sostenido mediante la violencia y el despojo. No se puede confiar el desmantelamiento de las mismas estructuras de poder que ha ayudado a legitimar y preservar a un partido tan profundamente implicado en la maquinaria del capitalismo neoliberal.
Durante un fugaz instante, la democracia quizá pueda volver a respirar. Pero respirar no es sinónimo de liberación, y una victoria electoral no sustituye al desmantelamiento del orden capitalista mafioso que engendra el autoritarismo, se alimenta del sufrimiento humano, mercantiliza todos los aspectos de la vida y convierte al fascismo en una posibilidad permanente. Las fuerzas que dieron lugar a Trump no surgieron de la noche a la mañana, ni desaparecerán con unas elecciones. Están arraigados en instituciones que concentran la riqueza, generan miedo, normalizan la desigualdad y transforman el sufrimiento humano en una fuente de beneficios y poder político. Puede que Trump sea derrotado en las urnas, pero el trumpismo no puede ser derrotado sin hacer frente a los cimientos económicos, políticos y culturales de un sistema que convierte la codicia en virtud, la crueldad en política, el racismo en una insignia de honor y la desechabilidad humana en un principio de gobierno.
A menos que se desmantelen esos cimientos, la pesadilla volverá, quizá con una máscara diferente. El huevo de la serpiente, por invocar la inquietante metáfora asociada a Ingmar Bergman, es una advertencia de que el fascismo no desaparece simplemente cuando sus representantes políticos son derrotados. Yace bajo la superficie de sociedades aparentemente democráticas, alimentado por las fuerzas oscuras y volátiles de un orden capitalista que engendra desigualdad, autoritarismo y crueldad organizada. Brecht comprendió que no se podía hacer frente al fascismo sin poner al descubierto las relaciones de poder capitalistas que lo engendran. Sus semillas venenosas permanecen incrustadas en la maquinaria política, económica y cultural del capitalismo mafioso, a la espera de las condiciones en las que puedan volver a eclosionar. El fascismo puede sufrir una derrota electoral, pero la serpiente sobrevive, sostenida por el mismo sistema que le dio vida.
Hay otra lección histórica que no puede quedar sepultada bajo las celebraciones de una victoria electoral: la necesidad de recuperar el espíritu de los juicios de Núremberg. Núremberg estableció un principio que nunca debe olvidarse: quienes organizan, autorizan y cometen crímenes de Estado no pueden esconderse tras la autoridad del Gobierno ni esgrimir la excusa de cumplir órdenes. El régimen de Trump ha dejado tras de sí un historial de acciones que exigen una investigación penal, desde el asesinato de personas a bordo de embarcaciones en aguas internacionales —incluidos ataques que, según han advertido expertos jurídicos, podrían constituir crímenes de guerra— hasta el secuestro, el encarcelamiento y la deportación de personas, en violación de los derechos fundamentales y las garantías procesales.
El Partido Demócrata tiene la responsabilidad de garantizar que se investiguen estos abusos y que los responsables —desde Pete Hegseth hasta Stephen Miller y otros que dirigieron o facilitaron dichas políticas— rindan cuentas siempre que las pruebas demuestren su responsabilidad penal. No puede haber reconciliación a costa de la justicia, ni sanación nacional basada en el olvido organizado, ni renovación democrática que conceda impunidad a quienes convirtieron la maquinaria del Estado en un instrumento de terror. La lección de Núremberg no es que la historia se repita de forma idéntica, sino que los crímenes cometidos al amparo del poder del Estado deben ser sacados a la luz, juzgados y castigados mediante el Estado de derecho. Sin rendición de cuentas, la promesa de una victoria electoral con el espíritu de revivir los valores y las políticas democráticas se convierte en otro eslogan vacío, y se da vía libre al regreso de las fuerzas de la violencia autoritaria.
No quiero subestimar la magnitud de lo que supone una reprimenda política histórica. Como señala Ryan Bort, los demócratas arrasaron en la Cámara de Representantes y el Senado, se hicieron con gobernaciones que antes se consideraban fuera de su alcance e infligieron una derrota aplastante a Trump y al Partido Republicano. Como me recuerda acertadamente Jeffrey St. Clair en un correo electrónico, no hay por qué avergonzarse de celebrar, aunque sea por un momento, «la aplastante derrota de algunas de las personas más corruptas del planeta». Tampoco deberíamos minimizar el rechazo a los obscenos esfuerzos de Elon Musk por comprar poder político, la capacidad de los votantes para superar el ataque a los derechos de voto y «la manipulación electoral extrema permitida por el Tribunal Supremo, o el triunfo de El Sayed, que llevó a cabo una campaña propalestina frente al AIPAC y los islamófobos». En conjunto, estas victorias suponen un contundente rechazo a la maquinaria del odio racial, el dominio de los multimillonarios y el régimen autoritario. Sin embargo, la celebración no debe sustituir a la rendición de cuentas política. La derrota del trumpismo en las urnas, por muy histórica que sea, no significa que se hayan desmantelado las fuerzas económicas, políticas y culturales que la provocaron.
La posibilidad de una transformación genuina no surgirá del agotado liderazgo de un Partido Demócrata que no está dispuesto a romper con el orden capitalista al que sirve. Surgirá de las calles, de los trabajadores organizados, de los jóvenes que se niegan a ser borrados de la historia y de las luchas colectivas que rechazan la política del miedo, la austeridad, el odio racial y la precariedad. Las elecciones pueden interrumpir la marcha hacia el autoritarismo —una función pedagógica crucial—, pero no pueden eliminar las condiciones —la miríada de fuerzas económicas, políticas y culturales— que hacen posible el fascismo. La tarea ahora es convertir este momento de resistencia en una lucha sostenida contra las estructuras de poder que han hecho que la democracia esté cada vez más subordinada a la riqueza, el militarismo y el dominio corporativo. El futuro no puede confiarse a las élites políticas de traje y corbata, que prometen rescatar la democracia al tiempo que preservan el orden económico que la está destruyendo. La lucha no consiste simplemente en derrotar a un líder autoritario, sino en desmantelar un sistema que hace posible el autoritarismo y en construir un mundo en el que la justicia, la igualdad, la libertad colectiva y la dignidad humana se conviertan en los cimientos de la vida democrática.
Foto de portada de Nathaniel St. Clair.