«Un hombre sentenciado»: Diversos funcionarios afirman que Hegseth debe marcharse

Nick Turse, The Intercept, 5 noviembre 2026

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Nick Turse es un destacado reportero de The Intercept que es miembro del Type Media Center. Entre sus libros, cabe destacar: “Next Time They’ll Come to Count the Dead: War and Survival in South Sudan” y, con anterioridad, “Tomorrow’s Battlefield: U.S. Proxy Wars and Secret Ops in Africa” y “Kill Anything That Moves: The Real American War in Vietnam”. Ha escrito para el New York Times, Los Angeles Times, San Francisco Chronicle, The Nation y Village Voice, entre otras publicaciones. Ha recibido el premio Ridenhour de periodismo de investigación, el premio James Aronson de periodismo sobre justicia social y una beca Guggenheim.

En vísperas de las elecciones de mitad de mandato —consideradas por muchos como un referéndum sobre la guerra en Irán—, el jefe del Pentágono, Pete Hegseth, presentó «FORTRESS America» (Fortaleza Estados Unidos), un proyecto destinado a permitir que las bases militares estadounidenses resistan un asedio de 90 días. Sin embargo, tras la arrolladora victoria demócrata, es el propio Hegseth quien se ve cada vez más asediado dentro de su propia fortaleza —el Pentágono— y en el Capitolio, donde se enfrenta a un posible proceso de destitución respaldado por ambos partidos.

Tras una contundente derrota electoral que otorgó a los demócratas un firme control de la Cámara de Representantes y del Senado, Hegseth se ha convertido en el blanco de legisladores a quienes ha tratado con total desprecio durante los últimos dos años, ocultando información básica al Congreso y destituyendo a altos mandos militares que contaban con el apoyo de ambos partidos. «Una de las primeras cosas que haremos ahora que somos mayoría es echar a Pete Hegseth de la ciudad», declaró el congresista demócrata por Nueva York, Hakeem Jeffries —quien ahora se perfila como próximo presidente de la Cámara de Representantes—, durante un mitin de campaña poco antes del día de las elecciones. Al ser consultado el miércoles sobre el autodenominado «secretario de Guerra», Jeffries respondió: «Pero ¿es que todavía sigue por ahí Pete Hegseth?».

A medida que la «ola azul» alcanzaba su punto álgido el martes, los nubarrones comenzaron a acumularse en el horizonte de Hegseth. «Vamos a ir a por Hegseth», anunció la congresista demócrata por Connecticut, Rosa DeLauro —quien se prepara para retomar la presidencia del influyente Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes—, tras su holgada victoria el martes. «¡Se busca abogado!», publicó en X el congresista Robert Garcia, de California, el demócrata de mayor rango en el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes. A ambos se unirá en la Cámara la demócrata Nancy Lacore —una exalmirante de la Marina que fue destituida por Hegseth—, quien se alzó con la victoria en un distrito tradicionalmente republicano de Carolina del Sur.

Para el miércoles por la noche, el ambiente en el Pentágono sugería que los días de Hegseth estaban contados; de hecho, ya circulaban nombres de posibles sustitutos. «Es un hombre sentenciado», comentó un funcionario. Un exfuncionario de Defensa coincidió: «A él se le atribuye el fracaso en Irán. Ahora, es solo cuestión de tiempo». El congresista republicano por Kentucky, Thomas Massie —con el apoyo de algunos demócratas—, tiene previsto arremeter contra Hegseth la próxima semana mediante la presentación de ocho cargos de destitución (impeachment) por delitos graves y faltas.

Ante la creciente presión contra Hegseth —tanto dentro de las filas militares y el Pentágono como en el Capitolio— y los rumores de que la Casa Blanca podría prescindir de él tras la estrepitosa derrota electoral, The Intercept consultó a seis funcionarios (actuales y antiguos) del Departamento de Defensa, además de otras fuentes en el Capitolio; la mayoría solicitó el anonimato para poder hablar con libertad. Según estas fuentes, Hegseth ha socavado el Estado de derecho; ha causado un daño irreparable a las fuerzas armadas estadounidenses mediante purgas de altos mandos y de aquellos que se niegan a jurarle lealtad; ha impulsado investigaciones implacables sobre filtraciones; ha fomentado el extremismo religioso; y ha degradado el departamento que dirige a causa de una serie interminable de escándalos, payasadas propias de una «guerra cultural» y políticas carentes de sentido.

Uno de los funcionarios, Wes J. Bryant —quien hasta el año pasado trabajaba como asesor sénior en la identificación de objetivos y analista de políticas en el Pentágono—, respaldó los cargos técnicos presentados por Massie, los cuales acusan a Hegseth de ejecuciones extrajudiciales y de librar una guerra ilegal, entre otros delitos. «Está ejerciendo terrorismo de Estado. Es, al cien por cien, un criminal de guerra. Debe ser procesado», afirmó Bryant, quien fue apartado de su puesto en el Pentágono tras denunciar los intentos de Hegseth de debilitar las protecciones para la población civil.

Hegseth —exoficial de la Guardia Nacional del Ejército convertido en presentador de Fox News y, posteriormente, en secretario de Guerra— asumió el cargo en medio de una tormenta de escándalos durante su proceso de confirmación. Entre ellos figuraban acusaciones de mala gestión financiera en organizaciones sin fines de lucro para veteranos donde trabajó, consumo excesivo de alcohol y embriaguez en público, infidelidad conyugal y agresión sexual.

Su gestión al frente del Pentágono ha sido igualmente tumultuosa, marcada por una serie de episodios deplorables —tanto de gran trascendencia como de carácter más simbólico y vergonzoso—, comenzando por el «caso Signal»: el envío de planes de guerra secretos a través de mensajes, lo cual puso a las tropas en peligro, sumado a otros fallos posteriores en la seguridad digital. El inspector general del propio Pentágono concluyó el pasado diciembre que «Hegseth violó los protocolos de seguridad y puso en peligro a las tropas y los objetivos de Estados Unidos al utilizar un dispositivo personal para compartir detalles operativos confidenciales a través de Signal, una aplicación de mensajería no clasificada».

Sin embargo, esos escándalos han resultado ser solo el punto álgido de su mandato. Desde entonces, Hegseth ha estado bajo constante escrutinio y críticas por la purga de altos mandos militares —muchos de ellos mujeres y miembros de minorías—; su incapacidad para derrotar a los hutíes de Yemen en 2025 o ganar la guerra contra Irán en 2026; un ataque contra una escuela primaria en Minab (Irán) que acabó con la vida de más de 150 civiles, en su mayoría niños; su campaña de ejecuciones extrajudiciales contra embarcaciones sospechosas de transportar drogas; sus esfuerzos por socavar la transparencia, anular la rendición de cuentas, debilitar la justicia militar y reducir la protección de los civiles en zonas de conflicto; su defensa abierta de no ofrecer «cuartel» (clemencia) a los enemigos, lo cual constituye un crimen de guerra; la instalación de un estudio de maquillaje en el Pentágono financiado por los contribuyentes; una fijación inmadura y antinatural con la violencia; su obsesión por los niveles de testosterona de las tropas; y una campaña de censura que sustituyó al cuerpo de prensa del Pentágono por «influencers» que actuaban como meros propagandistas, entre otras distracciones, disfunciones y pataletas.

El secretario de prensa del Pentágono, Kingsley Wilson, y otros portavoces de alto nivel no han respondido a preguntas detalladas ni a las reiteradas solicitudes de comentarios.

La presión sobre Hegseth

En abril, la congresista Yassamin Ansari (demócrata por Arizona) presentó seis cargos para un proceso de destitución (impeachment) contra Hegseth, que incluyen violaciones del derecho de los conflictos armados, ataques contra civiles, abuso de poder y obstrucción a la labor de supervisión del Congreso. «¡Destituyan a Pete Hegseth!», escribió Ansari el miércoles al citar una publicación de Hegseth en la red social X.

En septiembre, Massie estuvo a punto de forzar una votación para destituir a Hegseth basándose en ocho cargos. A medida que la iniciativa ganaba el apoyo de ambos partidos, el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, decidió posponer el asunto y envió a los congresistas a casa antes de la votación programada. Sin embargo, Massie —quien fue derrotado en las primarias republicanas de mayo, en lo que fueron las primarias más costosas de la historia para la Cámara de Representantes— sigue decidido a lograr la destitución de Hegseth y planea forzar una votación sobre la medida.

«Creo que hay más de un 50 por ciento de probabilidades de que salga adelante», declaró Massie a Roll Call poco antes del día de las elecciones, expresando su confianza en que todos los demócratas y algunos republicanos se unirían a su iniciativa. El miércoles por la noche, Massie reafirmó su postura en X: «Solo hay un escenario en el que no volveré a presentar los cargos para la destitución: que Hegseth dimita».

La oficina de Massie no ha respondido a una solicitud de comentarios.

Tras la contundente victoria electoral del martes, un alto asesor del Congreso comentó a The Intercept que, a su juicio, la creciente indignación podría llevar a destacados republicanos —que pronto dejarán sus cargos— a votar a favor de la destitución de Hegseth. «Hay republicanos de alto rango en el ámbito de la seguridad nacional que están furiosos y, sinceramente, le atribuyen a él gran parte de sus derrotas electorales. Están indignados», señaló. «Necesitan canalizar esa rabia hacia algún lado. Así que se preguntan: ¿Qué daño puede haber en votar a favor de la destitución de Hegseth?»

«La cúpula demócrata quiere centrarse en la vida cotidiana de la gente y en la asequibilidad, no en someter a Hegseth a un proceso de destitución. Pero aquí estamos. Vamos a votar sobre la destitución por culpa de Tom Massie. Va a suceder», señaló un alto asesor. «Este ajuste de cuentas es inevitable, queramos o no. Así que, ¿por qué no?».

El demócrata por California Ro Khanna, miembro del Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes —quien ha protagonizado varios enfrentamientos con Hegseth durante las audiencias—, declaró a The Intercept que apoya la destitución y considera que existen «buenas probabilidades» de que prospere. Por su parte, el congresista por Washington Adam Smith, el demócrata de mayor rango en dicho comité, prometió el miércoles ejercer una supervisión rigurosa sobre el Pentágono y respaldó los esfuerzos para destituir a Hegseth. «Vamos a ir tras la corrupción y la falta de transparencia», afirmó Smith al Seattle Times al exponer sus planes para exigir responsabilidades al departamento, al tiempo que expresaba su apoyo a la iniciativa de Massie para promover la destitución.

En 250 años, la Cámara de Representantes solo ha sometido a un proceso de destitución (impeachment) a dos secretarios del gabinete: William Belknap, secretario de Guerra, en 1876; y Alejandro Mayorkas, secretario de Seguridad Nacional, en 2024. En ambos casos, el Senado no dictó una condena. Si la iniciativa de destitución de Massie prosperara en la Cámara, probablemente fracasaría en el Senado, donde el líder de la mayoría, John Thune (republicano por Dakota del Sur), no tendría ningún incentivo para someterla a votación, señaló un asesor legislativo que trabaja para un miembro del Comité de Servicios Armados.

Sin embargo, algunos analistas pronostican que Hegseth podría no aguantar hasta la semana que viene, y mucho menos hasta el final del mes o del año.

El miércoles por la tarde, cuando se le preguntó a Trump si estaba considerando reemplazar a Hegseth, respondió a los periodistas: «No, creo que está haciendo un muy buen trabajo». Un exfuncionario del Pentágono calificó este respaldo público de Trump como «el beso de la muerte». Otro funcionario actual del Departamento de Defensa coincidió: «Podría quedarse sin su cobertura desde arriba», comentó, empleando un término de la jerga militar para referirse a la protección proveniente de los niveles superiores. El presidente, añadió el funcionario, «te quiere mucho… hasta el momento en que decide dejarte tirado a los pies de los caballos».

Mientras los republicanos intentan comprender las razones de su derrota, muchos señalan la guerra con Irán; entre ellos, el vicepresidente JD Vance. «La razón por la que perdimos es la guerra», escribió en X. Un asesor republicano en el Capitolio sugirió que Hegseth «podría convertirse fácilmente en el chivo expiatorio del presidente». Otro asesor de alto nivel coincidió, señalando que Hegseth «podría ser destituido para evitar mayores situaciones embarazosas».

«Si Hegseth logra permanecer en el cargo y superar este momento, el Comité de Supervisión se le vendrá encima con toda su fuerza», afirmó el miércoles el asesor de alto nivel. «¿Seguirá Hegseth bloqueando? Sí. Pero esperen a que empiecen a llegar las citaciones judiciales».

Los comités del Congreso cuentan con amplias facultades de investigación, incluida la autoridad para citar a funcionarios de la administración a declarar bajo juramento y obligarlos a entregar documentos. Smith indicó que Hegseth y el subsecretario de Defensa, Steve Feinberg, serían los primeros en la lista para comparecer. «No hemos recibido un informe sobre el ataque a la escuela de niñas en Minab. ¿Cómo es que no tenemos claridad sobre el ataque en Kuwait que acabó con la vida de seis militares? ¿Por qué no nos han dicho cuál es el coste real que han asumido nuestras bases destruidas en Oriente Medio?», declaró Smith al Seattle Times. «Hay un sinfín de cuestiones que podríamos analizar a fondo».

Otro miembro del personal señaló que un escrutinio renovado sobre los abusos en el ejercicio de los poderes de guerra —como los ataques contra embarcaciones, en particular la táctica de «doble impacto» revelada inicialmente por The Intercept—, sumado al memorando secreto de la Oficina de Asesoría Jurídica que justificaba legalmente dichas operaciones, así como los costes ocultos, las bajas estadounidenses, las víctimas civiles y la destrucción de bases de EE. UU. durante la guerra contra Irán, abriría una «caja de Pandora» para Hegseth.

En el Senado, los demócratas han planteado la destitución de Hegseth como condición para colaborar en leyes clave durante el periodo de sesiones de fin de mandato. Por su parte, sus colegas republicanos también han empezado a distanciarse de Hegseth, a medida que este ha ido apartando a altos mandos militares con quienes ellos mantienen vínculos estrechos. «Ven a Hegseth como la próxima Kristi Noem», comentó una fuente del Capitolio, en referencia a la exsecretaria de Seguridad Nacional, quien este año fue relegada al puesto de enviada especial para la recién creada coalición «Escudo de las Américas», después de que influyentes senadores republicanos le retiraran su apoyo.

El martes, el senador republicano por Carolina del Norte, Thom Tillis —quien se encuentra al final de su mandato—, advirtió a Hegseth sobre un inminente «ajuste de cuentas» durante el periodo de sesiones de transición (conocido como lame-duck session). «Él es una de las razones por las que no contamos con la financiación ni con las garantías que necesitamos para la defensa», afirmó. «Creo que, tras las elecciones, debemos determinar si es, o no, la persona más adecuada para trasladar esas necesidades al Congreso».

El rechazo hacia Hegseth trasciende, además, los círculos políticos de Washington. Según una encuesta de la Universidad Quinnipiac realizada en septiembre, solo el 32% de los votantes aprueba su gestión, mientras que el 57% la desaprueba; se trata de su nivel de aprobación más bajo hasta la fecha y una cifra históricamente nefasta. (A modo de comparación, hacia el final de su mandato en 2018, James Mattis —el primer secretario de Defensa de Trump— contaba con un 50% de aprobación y apenas un 13% de desaprobación). La impopularidad de Hegseth es aún mayor en los círculos militares: el 64% de los miembros en activo, veteranos y familiares de militares lo desaprueban, según un sondeo reciente de Common Defense, una organización de base formada por veteranos. El mes pasado, una encuesta de Politico reveló que el 63% de los votantes demócratas en las elecciones de mitad de mandato apoyarían un proceso de destitución contra el jefe del Pentágono.

Enemigos internos

El secretario de Defensa también se enfrenta a duras críticas dentro del propio Pentágono, según señalan funcionarios actuales y antiguos. Aseguran que Hegseth es detestado en todo el edificio por oficiales que, por ahora, se mantienen a la espera, aguardando a que fracase estrepitosamente o sea destituido.

Dentro del Pentágono y entre las filas militares, Hegseth es objeto de burlas y recibe apodos como «No Tab Pete» —en alusión a su falta de insignias militares de prestigio, como la de los Rangers—, «Whiskey Pete» o «Dumb McNamara» (en referencia a Robert McNamara, secretario de Defensa durante la guerra de Vietnam, a quien se responsabiliza de una cantidad incalculable de muertes y sufrimientos). Asimismo, ha sido duramente criticado dentro de su departamento por un comportamiento errático; en particular, por su implacable purga de altos mandos y funcionarios de alto rango, una medida que, según fuentes internas, busca erradicar las opiniones disidentes, así como a las minorías raciales y a las mujeres.

Para imponer una disciplina estricta, sofocar escándalos, ocultar información básica al pueblo estadounidense y amedrentar a quienes disienten, Hegseth ha recurrido al uso incesante de pruebas de polígrafo con los funcionarios, incluidos los altos mandos. Varios funcionarios se negaron a responder preguntas, aduciendo esta razón; uno de ellos comparó su situación con la vida bajo un régimen totalitario. Los subordinados de Hegseth también han presionado e intimidado a las oficinas de las que, según sospechan, se filtran informaciones. Estas acciones han generado un mayor malestar tanto en el Pentágono como en el conjunto del estamento de defensa. «Cuantas más personas valiosas expulsa de las fuerzas armadas, más crece el resentimiento», señaló un funcionario en activo.

El teniente general Brett Sylvia —quien desempeñaba las funciones de director de estrategia, planes y políticas en el Estado Mayor Conjunto, bajo las órdenes del presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine— fue destituido recientemente. «Va a tener graves problemas», declaró Trump, quien al parecer creía que el general era una mujer. «Estamos decididos a dar con quienes filtran información». Sylvia había sustituido al teniente general Joseph McGee, a quien Hegseth obligó a abandonar su puesto el año pasado. Aunque no mencionó a Sylvia por su nombre, Sean Parnell, portavoz del Pentágono, lanzó un ataque a través de las redes sociales: «Tras una exhaustiva investigación de la Oficina de Investigaciones Especiales (OSI) de la Fuerza Aérea, el Departamento ha tomado las medidas de personal necesarias para proteger información sensible», publicó en X. «Prometimos encontrarlos, y hablábamos en serio».

Entre otras víctimas de la campaña de Hegseth se encuentran el general Charles «CQ» Brown Jr. (presidente del Estado Mayor Conjunto), la almirante Lisa Franchetti (jefa de Operaciones Navales), el general David Allvin (jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea), la almirante Linda Fagan (comandante de la Guardia Costera), la teniente general Jennifer Short (asistente militar principal del secretario de Defensa), la vicealmirante Shoshana Chatfield (representante militar de EE. UU. ante el Comité Militar de la OTAN) y Lacore —exvicealmirante y jefe de la Reserva Naval, ahora probablemente representante electo—, entre otros.

Los funcionarios señalaron que los esfuerzos de Hegseth por transformar las fuerzas armadas han causado un grave daño a la institución. «Cuando sometes a la gente a pruebas de polígrafo, despides a quienes cuestionan el statu quo y cortas sistemáticamente cualquier debate, terminas perdiendo, sin duda, a los mejores líderes», afirmó un exoficial de alto rango que prestó servicio en el Pentágono bajo la gestión de Hegseth. «Estás asfixiando la iniciativa y creando una cultura de personas que solo dicen ‘sí’ a todo».

Los funcionarios lamentaron, en repetidas ocasiones, el daño a largo plazo que sufrirá el Pentágono, incluso después de que Hegseth deje el cargo. «Está purgando a toda una generación de grandes líderes militares, y hará falta otra generación entera para recuperarse de esto», declaró el senador Mark Kelly (demócrata por Arizona), ex piloto de combate de la Marina que ha sido blanco de los ataques de Hegseth. El exoficial de alto rango coincidió con esta apreciación: «Si las cosas se hacen bien, la selección de talento se planifica con diez años de antelación», explicó, señalando que los ascensos son un proceso a largo plazo. «Se trata de lo que ocurrirá dentro de años. Pero a estas personas las están despidiendo y obligando a marcharse. Las estamos perdiendo. Es un impacto generacional que está perjudicando a las fuerzas armadas».

En su discurso de septiembre sobre el «estado de las fuerzas armadas», dirigido a más de 500 oficiales subalternos y personal de tropa, Hegseth declaró: «Ya no somos el Departamento ‘woke’ ni el Departamento débil. En pocas palabras: nada de gordos, nada de trans, nada de barbudos, nada de raros, nada de cobardes, nada de radicales». Y añadió: «Se acabaron los payasos ideológicos. Llegan los vaqueros patriotas; y, por si fuera poco, con pruebas de testosterona».

Varios funcionarios establecieron una relación entre la obsesión de Hegseth por la virilidad y la testosterona, y su fijación infantil con la «letalidad», su glorificación de la violencia y su sed de sangre. «Máxima letalidad, no una legalidad tibia», señaló un funcionario, citando una frase de Hegseth. «Ese tipo de lenguaje, sumado a la muerte —muy, muy real— de civiles —incluida la difusión online de lo que son, lisa y llanamente, vídeos de asesinatos reales (snuff films), como los ataques contra embarcaciones de los narcos—, es prueba de una mente enferma».

Las consecuencias reales de la obsesión de Hegseth por la «letalidad» han sido devastadoras. Bajo su mando, el Pentágono ha desmantelado su principal centro dedicado a prevenir bajas civiles en zonas de guerra. Asimismo, eliminó las restricciones impuestas a los comandantes militares, «permitiendo que sus generales predilectos hicieran lo que quisieran», comentó uno de los exfuncionarios de Defensa. Esto derivó, por ejemplo, en un aumento significativo de las bajas civiles durante los ataques contra el gobierno hutí en Yemen en 2025, sin que por ello se lograran los objetivos militares. Según el propio recuento del Pentágono, los ataques estadounidenses causaron la muerte de 153 civiles y heridas a casi 250 durante la campaña de bombardeos aéreos y navales, denominada «Operación Rough Rider». Un funcionario en activo declaró a The Intercept que estas cifras eran «una estimación a la baja». De acuerdo con el Yemen Data Project, al menos 238 civiles murieron y 467 resultaron heridos.

Varias fuentes destacaron especialmente el intento de Hegseth —finalmente bloqueado por Trump— de transmitir en directo la ejecución mediante un pelotón de fusilamiento de Nidal Hasan, quien mató a 13 personas al abrir fuego en Fort Hood en 2009. «Esta obsesión por la violencia performativa es un sello distintivo de las dictaduras fascistas», señaló Bryant. La doctrina de letalidad de Hegseth, añadió, «no solo está en consonancia con la glorificación y el deleite en la violencia y el asesinato que lo caracterizan, sino que resulta pueril e ignorante desde una perspectiva operativa y estratégica, ya que el acto de matar y la letalidad son solo un aspecto relativamente menor de lo que hacen las fuerzas armadas».

Otros funcionarios también pusieron el foco en la peculiar y rígida versión del cristianismo violento que promueve Hegseth. Un exfuncionario señaló que los servicios de oración mensuales que Hegseth organizaba en el Pentágono sembraban la discordia dentro de la institución. «Yo jamás asistiría a esa mierda», comentó un funcionario en activo, refiriéndose específicamente a un servicio celebrado en marzo en el que Hegseth citó el Salmo 3, pidiendo a Dios que «rompiera los dientes de los impíos» y que respaldara la «violencia de acción abrumadora» de las tropas «contra aquellos que no merecen piedad alguna». Dicho funcionario calificó el cristianismo de Hegseth como una «abominación» y «una afrenta a las enseñanzas de Jesucristo».

Bryant, especialista retirado en selección de objetivos para operaciones especiales de la Fuerza Aérea y coautor del libro Hunting the Caliphate: America’s War on ISIS and the Dawn of the Strike Cell, comparó la interpretación del cristianismo de Hegseth con la variante puritana de la religión que practican los enemigos de Estados Unidos en el marco de la «guerra contra el terrorismo». «Su supuesta ‘guerra contra lo woke’ es, en realidad, una cruzada nacionalista cristiana de extrema derecha. Su versión distorsionada del cristianismo es tan extremista como lo son la sharia del ISIS o la de los talibanes en relación con el islam. Y eso es precisamente lo que él está introduciendo y propagando dentro de las fuerzas armadas».

Hegseth no ha dudado en tachar de traidores a todo tipo de personas, desde veteranos que sirven en el Congreso hasta miembros de la prensa, llegando a calificar el periodismo riguroso sobre las fuerzas armadas como algo «fundamentalmente antiestadounidense». Añadió: «Es algo enfermizo. Es una traición a la nación. En realidad, es alta traición». Hegseth intenta a menudo presentar las críticas a su departamento como una forma de difamar a las tropas, con el fin de fomentar una división —un «nosotros» frente a «ellos»— entre los militares y el pueblo estadounidense al que sirven.

Durante su discurso sobre el estado de las fuerzas armadas en septiembre, Hegseth describió a los militares como seres superiores a los civiles. «Verán, en las salas de profesores de la Ivy League nunca los entenderán, y no pasa nada, porque ellos jamás podrían hacer lo que ustedes hacen. Los medios de comunicación los tergiversarán, y no pasa nada. Porque, en el fondo, saben que ustedes son la verdadera razón por la que viven en libertad. Les tienen envidia porque ustedes realizan tareas reales cada día», afirmó Hegseth, un millonario formado en la Ivy League que trabajó para Fox News. «La letalidad es su carta de presentación… El mundo exterior no puede comprender esto; por tanto, manténganse fieles a este departamento. No querrán parecer civiles, porque son diferentes, están apartados del resto. Son guerreros». Y añadió: «Ustedes son el verdadero 1 por ciento».

Varios funcionarios señalaron que el empeño de Hegseth por presentar a las fuerzas armadas como superiores al resto de la población estadounidense es contrario a los valores militares, y resulta especialmente alarmante bajo una administración que ya ha desplegado tropas en ciudades estadounidenses y que amenaza con volver a hacerlo. «Lo peor sería que desplegáramos al ejército en las calles de las ciudades, como ocurrió el año pasado en California. Me refiero a situaciones en las que los militares interactúan de forma violenta con nuestra ciudadanía», comentó un exoficial de alto rango. «Han allanado el camino hacia unas fuerzas armadas más dóciles, dejando que sean los hombres y mujeres armados quienes deban decidir si las órdenes —procedentes del presidente que elegimos y del secretario de Defensa que él ha nombrado— son legales. Es peligroso».

Bryant, quien ocupó el cargo de jefe de la sección de evaluación de daños a civiles en el Pentágono, señaló que la dicotomía planteada por Hegseth encarna precisamente ese elitismo que él dice despreciar. «Nuestras fuerzas armadas, al igual que nuestro gobierno, no solo deben estar al servicio del pueblo, sino que deben emanar del propio pueblo», declaró a The Intercept. «Al observar los regímenes militares fascistas, tanto actuales como a lo largo de la historia, un rasgo distintivo es la estricta separación entre la clase militar —o de guerreros— y la población civil. Es algo fundamentalmente antiestadounidense y peligroso».

Los seis funcionarios, de una forma u otra, arremetieron contra Hegseth, calificándolo de inmaduro, vergonzoso y carente de seriedad. «Imaginen a cualquier otro secretario de Defensa hablando de llenar el Pentágono de ‘vaqueros patriotas’», comentó uno de los exfuncionarios. «Cualquiera de ellos habría sido expulsado de inmediato». Un funcionario en activo afirmó que Hegseth es, sin lugar a dudas, el «peor secretario de Defensa que se recuerda» y que la votación de Massie a favor de su destitución no va a llegar lo suficientemente pronto. Este funcionario señaló que harían falta años para revertir el daño que Hegseth ha causado a las fuerzas armadas; no obstante, ya sea mediante un proceso de destitución, un despido por parte de Trump o una renuncia forzada, el primer paso es librar al Pentágono de su presencia. «Hegseth», sentenció, «tiene que irse».

Foto de portada: Pete Hegseth asiste a la reunión informal de ministros de Defensa de la ASEAN en Cebú, en el centro de Filipinas, el 28 de octubre de 2026. (Jam Sta Rosa/Pool Photo vía AP).

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