La India y el futuro del planeta

John Feffer, Foreign Policy in Focus, 28 febrero 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


John Feffer, colaborador habitual de TomDispatch,  es autor de la novela distópica Splinterlands y de Frostlands, el segundo volumen de aquella

John Feffer, colaborador habitual de TomDispatch,  es autor de la novela distópica Splinterlands y de Frostlands, el segundo volumen de aquella. Completa la trilogía, de reciente aparición, Songlands.  Ha escrito también The Pandemic Pivot. Es director de Foreign Policy in Focus en el Institute for Policy Studies, donde está desarrollando un nuevo proyecto para una Transición Global Justa.

El modelo económico y de producción de energía de la India no es una amenaza para el mundo, pero sí lo es para la propia India, especialmente para su población más marginada.

En noviembre de 2021, la India adoptó dos controvertidas medidas climáticas que marcaron la reunión de la COP26 en Glasgow. En primer lugar, al comienzo de la reunión de la ONU, el primer ministro Narendra Modi anunció que la India se convertiría en un país neutro en carbono para 2070. A continuación, mientras los negociadores estaban elaborando un acuerdo final, India se unió a China, Australia, Arabia Saudí y un puñado de otros países para presionar y cambiar el lenguaje sobre el carbón de “eliminación gradual” a “reducción gradual”.

Establecer un objetivo de neutralidad en cuanto a emisiones de carbono y acordar incluso la reducción progresiva del carbón fueron dos pasos adelante para la India en cuestiones climáticas. Sin embargo, el país también recibió críticas por establecer un objetivo veinte años después de la fecha límite de 2050 fijada por los negociadores en el marco del acuerdo climático de París. Para los activistas del clima, desesperados por acabar con el uso del carbón, la mayor fuente de emisiones de carbono, el lenguaje diluido del acuerdo final fue una decepción aplastante.

La fecha de 2070 “es claramente inadecuada”, observa Basav Sen, director del Proyecto de Justicia Climática del Instituto de Estudios Políticos. “Un objetivo fijado en un futuro tan lejano es una excusa perfecta para que los responsables políticos no hagan nada hoy”.

Por otro lado, prosigue, “todo el discurso en torno a culpar a los países del Sur Global, en particular a algunos países que están algo mejor, como China e India, de ser los impulsores del cambio climático es poco sincero”. Las conversaciones de la ONU sobre el clima empezaron en 1992, pero tardaron 30 años en mencionar siquiera el elefante de la sala: los combustibles fósiles. ¿Fue eso culpa de la India, o colectivamente de gran parte del resto del mundo, incluidos los países más poderosos política y económicamente?”

Los activistas de la justicia climática se encuentran con un dilema en la India. Actualmente es el tercer mayor emisor de carbono del mundo, por detrás de China y Estados Unidos. Sin embargo, en términos per cápita, India solo emite 1,7 toneladas, lo que la sitúa muy por detrás de Estados Unidos (14,4), China (7,1), Francia (4,3) o incluso Tailandia (3,6).

Mientras tanto, los países más ricos del Norte Global son responsables de la mayor parte de las emisiones históricas de carbono desde la Revolución Industrial. Las emisiones acumuladas de la India, desde 1750, son aproximadamente una octava parte del total de Estados Unidos. “Todas estas grandiosas afirmaciones de cero emisiones para 2050 suponen que los países más ricos seguirán apropiándose de la mayor parte del presupuesto climático -65/70%- cuando representan menos del 20% de la población mundial”, señala Jayati Ghosh, profesor de economía de la Universidad de Massachusetts Amherst.

El aumento de las emisiones de carbono ha acompañado al rápido crecimiento económico de la India. En las dos últimas décadas, la economía india se ha expandido a un ritmo del 6-7%, y fue la que más creció en el mundo durante varios años en la década de 2010. Los costes de ese crecimiento se miden no solo en el dióxido de carbono liberado a la atmósfera.

“Durante los últimos 30-40 años, lo que se llama desarrollo en India, como en la mayor parte del Sur Global, ha traído algunos beneficios a ciertos segmentos de la comunidad”, explica Ashish Kothari, cofundador del Grupo de Acción Ambiental Kalpavriksh.

“Pero también ha traído consigo una inmensa cantidad de violencia contra la naturaleza y contra las comunidades que dependen en gran medida de la tierra, el agua y los bosques para su sustento y su vida. Hemos visto cómo se ha pasado de los medios de vida englobados en esos sistemas naturales a los trabajos muertos del sector moderno que son poco creativos y que matan el alma”.

En un seminario reciente, estos expertos en la situación de la India se preguntaron si este país está haciendo una transición de buena fe hacia la energía limpia, si está defendiendo a los pobres y desposeídos del mundo en sus declaraciones sobre la justicia climática y si representa una amenaza para el medio ambiente mundial por retrasar sus emisiones de carbono.

Su conclusión: Las políticas indias son, en última instancia, contraproducentes. “Aunque el modelo económico y de producción de energía de la India no es una amenaza para el mundo, sí lo es para la India, en particular para su población más marginada”, señala Basav Sen.

La política climática y energética de India

En su discurso anual del Día de la Independencia, el 15 de agosto de 2021, el primer ministro Narendra Modi se centró en el cambio climático. Al hablar del desarrollo del hidrógeno verde y azul, así como de la electrificación del sistema ferroviario del país, Modi planteó la necesidad de una transición energética limpia como algo fundamental para la competitividad económica del país, así como para sus necesidades generales de seguridad frente a Paquistán y China. Unos meses más tarde, en la reunión de la COP26, se comprometió a construir 500 gigavatios de energía renovable para garantizar que la mitad de la energía de la India provenga de algo distinto a los combustibles fósiles en 2030.

En lo que respecta a las energías renovables, la India no parte de cero. En 2020 era el cuarto país del mundo en potencia eólica instalada y el quinto en energía solar. Las energías renovables representan ahora casi el 40% de la capacidad energética instalada. Sin embargo, las energías renovables solo proporcionan alrededor del 12% de la electricidad total, mientras que el carbón genera alrededor del 65%. Como resultado, nueve de las 10 ciudades más contaminadas del mundo en términos de partículas están en la India.

“La actual dirección política del gobierno indio es precisamente lo contrario de un Green New Deal”, sostiene Jayati Ghosh. “No es nuevo, no es un acuerdo y no es verde en ninguna de sus formas”.

En lugar de un Green New Deal, el gobierno indio se ha aferrado a un viejo enfoque antiverde tanto en su estrategia de inversión como en la adopción de la desregulación medioambiental. “El gobierno está concediendo a las empresas más libertad para contaminar, deforestar, acaparar tierras y destruir el medio ambiente, todo ello en un intento de atraer la inversión privada”, continúa Ghosh. “Hemos desregulado hasta el punto de no poder controlar los mercados financieros y otras actividades privadas de inversión y consumo de forma profundamente perjudicial y muy desigual”.

“Hemos tenido aumentos masivos de las subvenciones fiscales y de las políticas financieras que promueven activamente la inversión marrón”, añade, “y casi nada comparado con lo que se necesita para la inversión pública que promueve, fomenta y subvenciona las inversiones verdes que necesitamos. Es una pena y una tragedia porque estas inversiones podrían generar más empleo y, obviamente, mejorar las condiciones de los mayores perdedores del cambio climático, muchos de los cuales residen en la India”.

Ashish Kothari atribuye la culpa de las políticas antiecológicas del gobierno indio a un “enfoque único a fin de conseguir un crecimiento económico del 8-10%. Todo lo demás se deja de lado, incluidos los derechos democráticos. Cuando la gente protesta sobre el terreno, se les tilda cada vez más no solo de estar contra el desarrollo sino también de ser antinacionales y secesionistas”.

Amparado en el nacionalismo, el gobierno indio ha recortado la normativa laboral y medioambiental, al tiempo que ha impulsado proyectos a gran escala para impulsar el crecimiento. “Hay mucho doble lenguaje en los presupuestos del gobierno, incluido el más reciente”, señala Kothari. “El primer ministro dijo hace un año que la COVID nos enseñó a ser autosuficientes, pero eso significa aumentar la extracción de carbón. Significa construir megaproyectos solares en nombre de la energía limpia, lo que implica acaparamiento de tierras de todo tipo, algo que desplaza a la gente. No hay casi nada en el presupuesto sobre la adaptación al clima, pero ya hay cientos de millones de personas en la India que se enfrentan a los impactos del cambio climático”.

En lugar de enormes proyectos solares y eólicos, “podría haberse producido un cambio mucho mayor hacia la energía renovable descentralizada bajo el control de la comunidad”, continúa, señalando que la generación solar en los tejados podría proporcionar entre el 35 y el 40% de las necesidades energéticas de Nueva Delhi. “Un aspecto quizá positivo en el último presupuesto del gobierno es una inversión mucho mayor en equipos solares para que los agricultores puedan bombear agua, aunque eso no resuelve el enorme problema del agotamiento de las aguas subterráneas”.

Muchas partes de la India rural no están conectadas a la red eléctrica. “Esa es una oportunidad para evitar por completo el desarrollo actual de la red, con generación de energía centralizada y enormes longitudes de líneas de transmisión, y pasar a la energía renovable descentralizada y controlada por la comunidad”, señala Basav Sen. “Si tienes una producción de energía centralizada, aunque sea una red estatal, las corporaciones tienen más oportunidades de conseguir contratos para proyectos de construcción masivos”.

Sen reconoce que puede haber espacio para instalaciones solares y eólicas de mayor tamaño en el conjunto de la energía de la India, pero insta a que “la adquisición de tierras se haga de una manera justa que tenga en cuenta los derechos a la tierra de las comunidades, incluidos los principios de consentimiento libre, previo e informado”. Lo ideal sería que estas grandes instalaciones fueran de propiedad comunitaria o pública. Mientras tanto, en lo que respecta a las fuentes renovables descentralizadas, se pregunta: “¿Cómo garantizamos que no sean solo los propietarios de clase media y acomodados los que coloquen paneles solares en sus tejados? ¿Cómo garantizamos que los beneficios de poseer energías renovables descentralizadas sean accesibles a toda la población?”

También sostiene que los sindicatos deben formar parte de cualquier debate sobre una transición económica justa en la India porque “hay sectores de la población que se han vuelto dependientes de los combustibles fósiles sin tener culpa alguna. Los más evidentes son los trabajadores de las minas de carbón y de las centrales eléctricas. Las comunidades locales alrededor de estas instalaciones, que sufren los efectos tóxicos, dependen también de estas grandes operaciones industriales de combustibles fósiles como parte importante de la economía local”.

Además de la generación de energía, el gobierno indio está impulsando políticas agrícolas no ecológicas. El último presupuesto del gobierno “ha subvencionado los fertilizantes químicos aún más de lo que se presupuestó el año pasado”, informa Ashish Kothari. “Es uno de nuestros mayores desembolsos presupuestarios, y eso no es fácil de cambiar de la noche a la mañana. Lo que deberíamos ver es una eliminación progresiva y un cambio hacia una agricultura orgánica o natural más diversa desde el punto de vista biológico. Muchos grupos de agricultores lo intentan, pero el apoyo del gobierno es bastante escaso. El gobierno no lo va a hacer por sí solo. Necesita que haya presiones por parte  de los movimientos populares y de la sociedad civil”.

Los peores efectos de las políticas energéticas del gobierno indio recaen de forma desproporcionada en los ciudadanos más pobres del país. “Los habitantes de las ciudades indias respiran uno de los aires más contaminados del mundo”, señala Basav Sen. “Una semana después de la COP26, se cerraron algunas centrales eléctricas cerca de Nueva Delhi por una emergencia de la calidad del aire, lo que demuestra la gravedad del problema de la contaminación atmosférica. Y no se trata solo de las ciudades. Los habitantes de las zonas rurales de la India -en especial los indígenas, los adivasi– están perdiendo sus tierras y el acceso a sus medios de vida debido a la expansión de la minería del carbón y la industria pesada, como la extracción de minerales metálicos y las grandes presas”.

La desigualdad del impacto puede medirse en las huellas de carbono relativas de los distintos segmentos de la sociedad india. Según el último Informe Mundial sobre la Desigualdad, la élite india deja una huella de carbono muy grande.

“La media de la India es de 2 megatoneladas de emisiones de carbono al año por persona”, señala Jayati Ghosh. “Pero solo son 0,4 megatones para la mitad inferior de la población, frente a los 32 megatones del 1% superior. Esas 32 megatoneladas per cápita al año son seis veces lo que emite la mitad inferior de la UE y tres veces lo que emite la mitad inferior de la población estadounidense”.

La geopolítica de las emisiones de carbono

El gobierno indio ha criticado a menudo las negociaciones sobre el clima por imponer restricciones injustas al crecimiento económico del Sur Global. “La justicia climática exige que [con] el poco espacio de carbono que aún tenemos, los países en desarrollo deberían tener suficiente espacio para crecer”, dijo Narendra Modi ya en 2015.

“No hay duda de que las economías avanzadas han sido explotadoras e hipócritas en muchos aspectos”, señala Jayati Ghosh, “y lo que es peor, siguen siendo profundamente injustas y obstaculizan activamente cualquier intento de alivio climático”.

La posición de la India sobre el carbón ha sido criticada con vehemencia, pero la declaración de la COP ni siquiera mencionó el resto de combustibles fósiles de los que tanto depende el mundo industrializado. “Si se analiza el gas natural a lo largo de su ciclo de vida, es casi tan malo como el carbón en términos de gases de efecto invernadero”, señala Basav Sen. “Hay que tener en cuenta las fugas de metano de la producción de gas y de los gasoductos. El metano es 80 veces más potente que el dióxido de carbono en un período de 20 años. Ha habido un tremendo pico de metano en todo el mundo gracias a la revolución del fracking liderada por Estados Unidos. Los países que son grandes productores de petróleo y gas -y Estados Unidos es, con mucho, el mayor productor de petróleo y gas del mundo- tenían un interés estratégico en no mencionar el petróleo y el gas en los acuerdos que salieran de la COP26”.

La brecha entre la retórica y la realidad es quizá más evidente en torno a la financiación del clima. En 2008 los países más ricos prometieron movilizar 100.000 millones de dólares al año hasta 2020 para que el Fondo Climático de la ONU los utilizara para mitigar el impacto del cambio climático en el Sur Global y ayudar a los países de allí a adaptarse a las nuevas condiciones medioambientales. En 2019 el fondo solo llegó a los 80.000 millones de dólares, y probablemente no se alcanzará la cifra prometida hasta 2023. Mientras tanto, las necesidades de mitigación y adaptación no han hecho más que crecer -por no hablar de las pérdidas y daños sufridos a causa del cambio climático- y requerirán una contribución anual mucho mayor.

“En un momento en que los gobiernos de los países avanzados pueden sacar dinero de la chistera, billones y billones de dólares para gastarlos en ellos mismos”, dice Jayati Ghosh, “resulta que no pueden reunir esta pequeña cantidad que es absolutamente necesaria para salvar el planeta”.

El Norte Global ha sido igualmente tacaño en la cuestión de los derechos de propiedad intelectual. “Los monopolios de los derechos de propiedad intelectual se han utilizado para privilegiar a las corporaciones con sede en el Norte y negar a los países en desarrollo y a los productores de los países en desarrollo la tecnología esencial que les permita mitigar y aliviar el cambio climático”, continúa. “Y cuando los países en desarrollo intentan proporcionar sus propias subvenciones o desarrollar sus propios conocimientos en áreas cruciales como las energías renovables, se enfrentan a sanciones comerciales de la Organización Mundial del Comercio, a menudo iniciadas por los sindicatos de los países desarrollados”.

Incluso cuando los países más ricos critican a la India por aferrarse al carbón, ellos mismos siguen dependiendo de los combustibles fósiles (incluido el carbón). Mientras tanto, las instituciones multilaterales siguen financiando proyectos de combustibles fósiles. “Hay algunas excepciones muy publicitadas, pero el Banco Asiático de Desarrollo sigue apoyando mayoritariamente las inversiones en carbón”, señala Ghosh. “El Banco Mundial también. Los mercados financieros privados lo están haciendo mucho peor. Están apoyando enormemente las inversiones en carbón, y no hay prácticas reguladoras que lo impidan”.

Basav Sen está de acuerdo en que los bancos multilaterales pregonan su historial de impulso a las renovables, pero actúan de forma diferente por debajo de la mesa. “No conceden préstamos directamente a los proyectos, sino a los bancos a través de la CFI, la rama de préstamos al sector privado de los Bancos Mundiales”, explica. “Esos bancos privados aprueban luego préstamos a proyectos de combustibles fósiles”.

Dado el desequilibrio de poder mundial en cuestiones climáticas entre el Norte y el Sur, la India se ha erigido con frecuencia en la voz de los países más pobres en las negociaciones de la ONU. Pero, como señala Basav Sen, la India no defiende realmente los derechos de los más marginados.

“Aunque mucha de la retórica del gobierno indio sobre las desigualdades globales en las emisiones y la lucha contra el cambio climático es exactamente correcta, también es interesada”, argumenta. “Si el gobierno fuera sincero en su retórica, alinearía su posición con los países más vulnerables ante el clima. Las naciones insulares del Pacífico han formado un bloque de naciones vulnerables al clima que intenta negociar colectivamente en las conversaciones de la ONU sobre el clima. La India no forma parte de ese bloque ni alinea sus posiciones de negociación en la COP con esos países”.

No es una cuestión de solidaridad lejana. “Si se observa qué partes del mundo están más afectadas por las temperaturas extremas, las olas de calor, la desertificación y la escasez de agua, muchas de ellas están en el sur de Asia”, señala. “Así que, al no alinearse con los más vulnerables al clima en el mundo, la India no está defendiendo los intereses de su propio pueblo”. Este interés colectivo debería extenderse también al cambio climático. “Sí, otros países mucho más empobrecidos deberían ser los primeros en recibir financiación para el clima”, continúa Sen. “Pero debido a la magnitud de las desigualdades mundiales y al gran número de personas pobres en la India, tiene que haber financiación climática también para la India. Así pues, el gobierno de la India debería exigir el tipo de financiación climática para que todo el Sur Global acelere la transición energética”.

Mientras tanto, muchos países, incluida la propia India, esconden sus emisiones de carbono y su dependencia de los combustibles fósiles detrás de este concepto de “cero carbono neto”. El “cero” suena tranquilizador, pero el “neto” ofrece una cláusula de escape. Algunos de los peores contaminantes del mundo argumentan que sus bosques y otros sumideros de carbono equilibran sus fábricas, granjas y coches que emiten carbono.

“La hipótesis es que podemos seguir contaminando siempre que nos ocupemos de la contaminación de alguna otra manera”, explica Sen. “Podemos seguir emitiendo si plantamos miles de árboles. Pero si seguimos produciendo gases de efecto invernadero, significará que seguiremos emitiendo partículas y dióxido de azufre y óxido de nitrógeno y otras toxinas atmosféricas que seguirán envenenando a las personas que se encuentren en las proximidades del humo que se escupe. ¿Y qué pasa con las violaciones de los derechos de la tierra donde se plantan esos árboles? ¿A quién se le quita el sustento? ¿Y son los árboles adecuados? ¿Son invasivos? ¿Cómo afectarán a las aguas subterráneas?”.

La plantación de árboles es un camino benigno hacia el cero neto en comparación con otras tácticas. En Islandia, una máquina succiona el dióxido de carbono del aire y lo secuestra en la roca bajo tierra. “A primera vista, esto es absurdo”, continúa Sen, “porque estás gastando una enorme cantidad de capital y energía para succionar trazas de gas de la atmósfera. Todo ello porque no se está dispuesto a tomar las difíciles decisiones políticas de reducir las industrias de combustibles fósiles contaminantes”.

Una transición impulsada desde abajo

A pesar de las medidas adoptadas por el gobierno indio para reprimir la resistencia a sus políticas, los movimientos sociales han hecho oír su voz. En 2020, por ejemplo, los agricultores comenzaron a movilizarse contra tres leyes aprobadas por el Parlamento que liberalizaban la venta, el precio y el almacenamiento de los productos agrícolas. Tras un año de protestas, Modi se vio obligado a retirar las leyes.

La resistencia no proviene solo de los agricultores. “Ha habido una movilización de las comunidades contra la minería y el extractivismo”, informa Ashish Kothari. “Las mujeres y los jóvenes se han movilizado. No solo se oponen a este o aquel proyecto, sino a las estructuras de dominación. Están diciendo cada vez más que tenemos que vivir una vida respetuosa con la naturaleza y no solo centrada en lo humano”.

Cita varias docenas de ejemplos de comunidades de toda la India que no solo han sobrevivido en las condiciones de encierro de la COVID, sino que han prosperado. “Cinco mil agricultoras dalit -las antiguas ‘intocables’, el sector más marginado de la población india- han recuperado una diversidad de semillas locales, han colectivizado gran parte de sus operaciones y han compartido conocimientos”, afirma. “Han luchado por el derecho de las mujeres a la tierra. Han creado no solo seguridad alimentaria, sino soberanía alimentaria, lo que significa el control total de todo lo relacionado con la agricultura. Su agricultura es más respetuosa con el clima y más resistente que la Revolución Verde que promueve el gobierno”.

Kothari ayudó a poner en marcha la plataforma nacional Vikalp Sangam, que ha contribuido a recopilar cientos de historias de innovación de base en toda la India, desde el ecoturismo en Meghalaya y el biogás a partir de estiércol de vaca en Tamil Nadu, hasta el resurgimiento de una variedad tradicional de mijo en Nagaland y el desarrollo de eco-rickshaws en el Punjab.

Estas transformaciones se dividen en cinco grandes categorías: política, económica, social, cultural y ecológica. En el ámbito político, el swaraj o autogobierno se ha traducido en el anclaje de la toma de decisiones a nivel de barrio, pueblo e institución local. En la economía, la autosuficiencia local se traduce en la toma de control de los medios de producción por parte de los trabajadores y en el fomento de una economía del cuidado y el reparto.

En el plano social, “estas iniciativas han luchado contra las formas tradicionales y neoliberales de desigualdad, y han reivindicado los bienes comunes en términos de conocimiento y cultura”, señala Kothari. “Estos movimientos dicen que el conocimiento debe estar en los bienes comunes, no en lo privatizado, al igual que la tierra debe estar en lo común y no en lo privatizado”. Los movimientos sociales también insisten en mantener la asombrosa diversidad lingüística y cultural de la India, y consideran fundamental el mantenimiento de los procesos ecológicos.

“Se trata de cooperación, no de competencia”, concluye. “Se trata de lo colectivo, no de lo individual y lo egoísta. No se trata sólo de los derechos humanos, sino de los derechos del resto de la naturaleza”.

Llama a este enfoque eco-swaraj y lo compara con visiones del mundo similares en todo el mundo, como el concepto latinoamericano del buen vivir, el sumak kawsay en los Andes, el ubuntu en Sudáfrica, el kyosei en Japón y el minobattsiiwiin (de los nativos norteamericanos). Al aplicar este enfoque a los Nuevos Acuerdos Verdes, que Kothari reconoce que son mejores que las formas convencionales de economía, se ponen de manifiesto ciertas limitaciones. Abarcando las cinco transformaciones necesarias, pide un Rainbow New Deal, una confluencia de alternativas que se traduce, en hindi, en vikalp sangam.

A través de la organización mundial La Vía Campesina se ha logrado un vínculo local-global que moviliza a varios millones de pequeños agricultores en todo el mundo, incluida la India. “Combinan soluciones muy locales -la agroecología local basada en los pequeños agricultores- con la defensa y las acciones globales a nivel de la ONU y la FAO”, señala.

A nivel comunitario, Kothari se muestra prudentemente optimista sobre la posibilidad de que los agricultores hindúes se pasen a la agroecología. Por ejemplo, los agricultores suministran cada vez más productos directamente a los consumidores. “Los agricultores tienen clientes fijos, se eliminan los intermediarios explotadores y se obtienen alimentos sanos”, afirma. “Esto crea la posibilidad de miles de mercados locales de agricultores en nuestras ciudades. Este cambio agroecológico puede producirse a lo grande en los próximos 5-10 años, pero solo si hay apoyo político, apoyo de la sociedad civil y un impulso de los movimientos de agricultores”.

Según la cobertura informativa fuera de la India, las recientes protestas de los agricultores en la India parecían centrarse únicamente en la eliminación de las ayudas a los precios y otras características de las nuevas leyes agrícolas. Pero el movimiento era más diverso. “Muchas de las reivindicaciones realizadas a lo largo de los años han girado en torno a los problemas ecológicos y los derechos sobre la tierra, los problemas de las mujeres agricultoras y los habitantes de los bosques”, señala Jayati Ghosh. “No es cierto que el movimiento haya estado en contra de la agroecología. Muchos grupos de agricultores reconocen desde hace tiempo la importancia de la agroecología y de las tecnologías medioambientales más avanzadas”.

El reto es que los agricultores operan con un margen estrecho y, por tanto, tienen aversión al riesgo. “La agricultura es una actividad despiadada en la que los precios siempre están en tu contra, y las políticas comerciales liberalizadas de la India lo empeoran”, reconoce. La agroecología, incluida la gestión natural de los plaguicidas, es más intensiva en mano de obra, por lo que la promoción de estas técnicas requerirá “mucho más apoyo público”.

Respuesta del Norte Global

La India necesita urgentemente cambiar sus políticas climáticas. También lo necesitan los gobiernos del Norte Global. Pero los habitantes del Norte Global también necesitan adquirir una comprensión más profunda de las relaciones desiguales que se dan en la política climática internacional.

“Me llama la atención la falta de conocimiento y conciencia incluso de los progresistas sobre algunas cuestiones básicas de la desigualdad global y sobre cómo sus propias estrategias acentúan la desigualdad global”, señala Jayati Ghosh. “Pensemos en la falta de financiación para el clima. Aquí, en Estados Unidos, la gente está discutiendo por 100.000 o 200.000 millones de dólares en un determinado plan de becas para niños, y no son conscientes de que Estados Unidos no ha cumplido su promesa de 20.000 millones de dólares al año para la financiación del clima en los últimos doce años. ¿Por qué los progresistas no están luchando por esto? ¿Por qué los progresistas apuestan por un impuesto fronterizo sobre el carbono, que es esencialmente un dispositivo proteccionista, sin hablar de compensar a los países en desarrollo cuyas economías y exportaciones se verían afectadas?”

El problema se extiende a los ciudadanos de a pie. “Actualmente vivo en el noreste de Estados Unidos, donde todo el mundo es progresista y ecológico”, explica. “Compran coches eléctricos, ponen paneles solares en las casas y reciclan con entusiasmo. Pocas de estas personas son conscientes de los enormes costes medioambientales de la extracción de los insumos que se utilizan en las baterías de litio, en los coches eléctricos y en los paneles solares. También es necesario que haya más conciencia de que el material para reciclar se exporta, se envía a países fronterizos donde se clasifica en condiciones perjudiciales y contaminantes”.

Ashish Kothari está de acuerdo. “Hice un estudio crítico del Green New Deal de Bernie Sanders”, recuerda. “En algunos aspectos, es un documento bastante revolucionario comparado con lo que han ofrecido los políticos de la corriente principal. Pero tiene enormes puntos ciegos. Uno de ellos es el consumismo, vinculado a las desigualdades globales Norte-Sur; por ejemplo, dice que todos los estadounidenses tendrán vehículos eléctricos en lugar de diésel o petróleo. Pero eso es solo porque la extracción de litio no se producirá en Estados Unidos o, si llegara a darse, tendrá lugar en los patios traseros de las comunidades marginadas”.

El imperativo de hacer crecer las economías -y el suministro de energía asociado a ese crecimiento- no es exclusivo del Sur Global. El gobierno francés presionó recientemente a su principal productor de electricidad, EDF, que es en su mayoría propiedad del Estado y controla los 58 reactores nucleares del país, para que redujera sus precios y aliviara la presión sobre las empresas y los consumidores. Pero EDF tiene dificultades para reducir sus ingresos cuando tiene que administrar su flota de reactores envejecidos e invertir en la construcción de otros nuevos. Esto es un problema no solo para Francia, sino para el resto de Europa, que depende en gran medida de la electricidad francesa.

“Europa consume diez veces más energía de la que necesita”, señala Kothari. “¿Qué tal si reducimos el consumo de energía y eliminamos así la dependencia de la energía nuclear francesa? La renovación del sistema de este modo -lo que los movimientos llaman decrecimiento en Europa- no formó parte del debate reciente en torno a esta crisis”.

Un futuro sostenible depende, pues, no solo de las fuentes de energía, sino de la propia cantidad de energía producida. “Si no cuestionamos también los niveles y tipos de consumo de energía en las ciudades, especialmente por parte de la clase media y los ricos como yo, no podremos hacer frente al cambio climático”, concluye Kothari. “Si la demanda de energía sigue aumentando, ninguna fuente de energía del mundo será sostenible”.

Voces del Mundo

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