La geopolítica de la guerra de Ucrania

Alfred McCoy, TomDispatch.com, 10 marzo 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Alfred W. McCoy, colaborador habitual de TomDispatch, es profesor Harrington de historia en la Universidad de Wisconsin-Madison. Es autor de: In the Shadows of the American Century: The Rise and Decline of U.S. Global Power(Dispatch Books). Su nuevo libro, recién publicado, es: To Govern the Globe: World Orders and Catastrophic Change.

Vladimir Putin y Xi Jinping en la lucha por Eurasia

Al igual que el incesante roce de las placas tectónicas de la Tierra produce terremotos y erupciones volcánicas, la interminable lucha de las superpotencias por el dominio de Eurasia está cargada de tensiones y conflictos armados. Bajo el visible estallido de la guerra en Ucrania y el enfrentamiento naval entre Estados Unidos y China en el mar de la China Meridional, está produciéndose un cambio subyacente en el poder geopolítico en la vasta masa terrestre euroasiática, el epicentro del poder global en un planeta que cambia rápidamente y se recalienta. Tómense un momento para mirar atrás conmigo y tratar de entender lo que está sucediendo en este mundo cada vez más agitado.

Si la geología explica las erupciones de la Tierra, la geopolítica es la herramienta que necesitamos para comprender el significado más profundo de la devastadora guerra de Ucrania y de los acontecimientos que han conducido a esta crisis. Como explico en mi reciente libro, To Govern the Globe: World Orders and Catastrophic Change, la geopolítica es en esencia un método para la gestión del imperio mediante el uso de la geografía (aire, mar y tierra) para maximizar la ventaja militar y económica. A diferencia de las naciones convencionales, cuyos pueblos pueden movilizarse fácilmente para la autodefensa, los imperios son, a causa de su alcance extraterritorial y de los peligros inherentes a cualquier despliegue militar en el extranjero, una forma de gobierno sorprendentemente frágil. Para que un imperio tenga una oportunidad de sobrevivir frente a formidables adversidades, se requiere una arquitectura geopolítica resistente.

Durante casi cien años, las teorías geopolíticas de un oscuro geógrafo victoriano, Sir Halford Mackinder, han tenido una profunda influencia en una sucesión de líderes que buscaban construir o romper imperios en Eurasia -incluyendo a Adolf Hitler, el asesor de seguridad nacional de Estados Unidos, Zbigniew Brzezinski, y, más recientemente, Vladimir Putin-. En un ensayo académico publicado en 1904, cuando el ferrocarril transiberiano estaba completando su recorrido de 8.000 kilómetros desde Moscú hasta Vladivostok, Mackinder argumentó que las futuras vías férreas unirían a Eurasia en una masa terrestre unitaria que, junto con África, formarían lo que denominó la “isla mundial” tricontinental. Cuando llegara ese día, Rusia, en alianza con otra potencia terrestre como Alemania -y, en nuestra época, podríamos añadir China-, podría expandirse por el interminable “corazón” central de Eurasia, permitiendo, predijo: “El uso de vastos recursos continentales para la construcción de flotas, y el imperio del mundo estaría a la vista”.

Al iniciarse la Conferencia de Paz de Versalles en 1919, al final de la Primera Guerra Mundial, Mackinder convirtió ese ensayo seminal en una máxima memorable sobre la relación entre las regiones de Europa del Este, como Ucrania, el corazón de Asia central y el poder global: Quien domine el este de Europa, domina el Heartland (el corazón de la Tierra); quien domine el Heartland, reina en la ‘Isla del Mundo’; quien domine la ‘Isla del Mundo’, gobierna el mundo entero”.

En el centro de los recientes conflictos en ambos extremos de Eurasia se encuentra una entente entre China y Rusia que el mundo no había visto desde la alianza chino-soviética al comienzo de la Guerra Fría. Para comprender la importancia de esta evolución, congelemos dos momentos clave de la historia mundial: la reunión en Moscú del líder comunista chino Mao Zedong con el soviético Iósif Stalin en diciembre de 1949 y la cumbre de Vladimir Putin en Pekín con Xi Jinping el mes pasado.

Para evitar comparaciones fáciles, hay que tener en cuenta el contexto histórico de cada uno de esos encuentros. Cuando Mao llegó a Moscú apenas unas semanas después de proclamar la República Popular en octubre de 1949, China había quedado devastada por una guerra de nueve años contra Japón que mató a 20 millones de personas y una guerra civil de cinco años que dejó siete millones más de muertos

En cambio, tras derrotar a Hitler, hacerse con un imperio en Europa del Este, reconstruir su economía socialista y probar una bomba atómica, convirtiendo a la Unión Soviética en una superpotencia, Stalin estaba en la cima de su poder. En contraste con el ejército chino de infantería mal equipada, la Unión Soviética tenía un ejército moderno con los mejores tanques, aviones de combate y misiles del mundo. Como principal comunista del mundo, Stalin era “el jefe” y Mao llegó a Moscú como el suplicante.

Cuando Mao conoció a Stalin

Durante su viaje de dos meses a Moscú, que comenzó en diciembre de 1949, Mao buscó la ayuda económica que necesitaba desesperadamente para reconstruir su devastada tierra y el apoyo militar para la liberación de la isla de Taiwán. En un telegrama aparentemente eufórico enviado a sus camaradas en Pekín, Mao escribió:

“Llegué a Moscú el 16 y me reuní con Stalin durante dos horas a las diez de la noche. Se trataron temas como la posibilidad de la paz, el tratado, el préstamo, Taiwán y la publicación de mis obras seleccionadas”.

Pero Stalin sorprendió a Mao al negarse a renunciar a las concesiones territoriales en el norte de China que Moscú había ganado en la Conferencia de Yalta de 1945, diciendo que la cuestión no podía siquiera discutirse hasta una posterior reunión. Durante los siguientes 17 días, Mao se enfrió literalmente a base de esperar durante un gélido invierno moscovita dentro de una dacha llena de corrientes de aire donde, como recordaría más tarde, “me enfadé tanto que una vez golpeé la mesa”.

Finalmente, el 2 de enero de 1950, Mao telegrafió a los dirigentes comunistas de Pekín:

Nuestro trabajo aquí ha logrado un importante avance en los últimos dos días. El camarada Stalin ha accedido finalmente a…  firmar un nuevo Tratado de Amistad Chino-Soviético”.

Con la renuncia de Rusia a sus reivindicaciones territoriales a cambio de garantías sobre la desmilitarización de la larga frontera entre ambos países, sus líderes firmaron un Tratado de Amistad y Alianza en febrero de 1950. A su vez, esto provocó un repentino flujo de ayuda soviética a China, cuya nueva constitución proclamaba su “indestructible amistad” con la Unión Soviética.

Pero Stalin ya había plantado la semilla de la división chino-soviética que se avecinaba, amargando a Mao, que más tarde dijo que los rusos “nunca han tenido fe en el pueblo chino y Stalin estaba entre los peores”.

Al principio, la alianza con China resultó ser para Moscú una importante baza en la Guerra Fría. Después de todo, ahora tenía un útil sustituto asiático capaz de arrastrar a Estados Unidos a un costoso conflicto en Corea sin que los soviéticos sufrieran ninguna baja. En octubre de 1950, las tropas chinas cruzaron el río Yalu y se adentraron en una vorágine coreana que se prolongaría durante tres años y le costaría a China 208.000 soldados muertos, así como el 40% de su presupuesto.

Tras la muerte de Stalin en mayo de 1953 y el armisticio coreano dos meses después, el nuevo líder soviético, Nikita Jruschov, trató de reparar las relaciones presidiendo un programa masivo, aunque claramente desigual, de ayuda económica a China. Sin embargo, también se negó a ayudar a ese país a construir una bomba atómica. Sería un “enorme desperdicio”, dijo, ya que China estaba segura bajo el paraguas nuclear soviético. Al mismo tiempo, exigió la explotación conjunta de las minas de uranio que los científicos soviéticos habían descubierto en el suroeste de China.

Durante los cuatro años siguientes, esas tensiones nucleares iniciales se convirtieron en una ruptura chino-soviética abierta. En septiembre de 1959, Jruschov visitó Pekín para una desastrosa reunión de siete horas con Mao. En 1962 Mao puso fin por completo a las relaciones diplomáticas, culpando a Moscú de no haber lanzado un ataque nuclear contra Estados Unidos durante la crisis de los misiles de Cuba de ese año.

En octubre de 1964, el ensayo con éxito de una bomba nuclear de 22 kilotones por parte de China marcó su llegada como actor principal en la escena mundial. Esa bomba no solo la convirtió en una potencia mundial independiente, sino que transformó la ruptura chino-soviética de una guerra de palabras en una confrontación militar masiva. En 1968 la Unión Soviética contaba con 16 divisiones, 1.200 aviones a reacción y 120 misiles de medio alcance desplegados a lo largo de la frontera chino-soviética. Mientras tanto, China planeaba un ataque soviético por lo que se puso a construir una “ciudad subterránea” reforzada nuclearmente que se extendía a lo largo de unos 50 kilómetros cuadrados bajo Pekín.

La estrategia de Washington en la Guerra Fría

Más que ningún otro acontecimiento desde la Segunda Guerra Mundial, la efímera alianza chino-soviética cambió el curso de la historia mundial, transformando la Guerra Fría de una lucha de poder regional por Europa del Este en un volátil conflicto global. China no solo era la nación más grande del mundo, con 550 millones de habitantes, es decir, el 20% de toda la humanidad, sino que su nuevo gobierno comunista estaba decidido a revertir medio siglo de explotación imperialista y caos interno que habían mermado su influencia internacional.

El ascenso de China y el conflicto de Corea obligaron a Washington a revisar radicalmente su estrategia de lucha en la Guerra Fría. En lugar de centrarse en la OTAN y en Europa para contener a la Unión Soviética tras el Telón de Acero, Washington forjó ahora pactos de defensa mutua desde Japón hasta Australia para asegurar el litoral del Pacífico. Durante los últimos 70 años, ese borde insular fortificado ha sido el punto de apoyo del poder global de Washington, permitiéndole defender un continente (América del Norte) mientras domina otro (Eurasia).

Para unir esos dos extremos axiales de Eurasia en un perímetro estratégico, el Washington de la Guerra Fría rodeó el borde meridional del continente euroasiático con cadenas de acero, que incluían tres flotas navales, cientos de aviones de combate y una serie de pactos de defensa mutua que se extendían desde la OTAN en Europa hasta el ANZUS en el Pacífico Sur. Tardó una década, pero una vez que Washington aceptó que la ruptura chino-soviética era real, empezó a cultivar tardíamente una entente con Pekín que dejaría a la Unión Soviética cada vez más aislada geopolíticamente, contribuyendo a su implosión definitiva y al fin de la Guerra Fría en 1991.

Esta deriva dejó a Estados Unidos convertida en la potencia dominante del mundo. Sin embargo, incluso sin un rival cercano en el planeta, Washington se negó a cobrar su “dividendo de la paz”. En lugar de ello, mantuvo sus cadenas de acero que rodean Eurasia -incluyendo esas tres flotas navales y cientos de bases militares-, al tiempo que realizaba múltiples incursiones militares en Oriente Medio (algunas desastrosas) e incluso formaba recientemente una nueva alianza cuadrilateral con Australia, India y Japón en el océano Índico. Durante quince años, tras la admisión de Pekín en la Organización Mundial del Comercio en 2001, una alianza económica de facto con China le permitió también a Estados Unidos un crecimiento económico sostenido.

Cuando Putin se reunió con Xi

El mes pasado, cuando Vladimir Putin se reunió con Xi Jinping en Pekín al comienzo de los Juegos Olímpicos de Invierno, se produjo una sorprendente inversión del momento Stalin-Mao de setenta años antes. Mientras que la economía postsoviética de Rusia sigue siendo más pequeña que la de Canadá y depende excesivamente de las exportaciones de petróleo, China se ha convertido en la potencia industrial del planeta, con la mayor economía del mundo (medida en poder adquisitivo) y una población diez veces superior a la de Rusia. El ejército pesado de Moscú sigue dependiendo de los tanques de estilo soviético y de su arsenal nuclear. China, en cambio, ha construido la mayor armada del mundo, su sistema global de satélites más seguro y su armada de misiles más ágil, coronada por misiles hipersónicos de última generación cuya velocidad de 6.000 kilómetros por hora puede derrotar cualquier defensa.

Esta vez, por tanto, fue el líder ruso quien acudió a la capital china como suplicante. Con las tropas rusas concentradas en las fronteras de Ucrania y las sanciones económicas de Estados Unidos en ciernes, Putin necesitaba desesperadamente el respaldo diplomático de Pekín. Después de años de cultivar a China ofreciéndole oleoductos y gasoductos compartidos y maniobras militares conjuntas en el Pacífico, Putin estaba ahora liquidando sus fichas políticas.

En su reunión del 4 de febrero, Putin y Xi se basaron en 37 encuentros anteriores para proclamar nada menos que una alianza ad hoc destinada a sacudir el mundo. Como base de su nuevo “sistema de gobernanza global”, prometieron “mejorar la conectividad de las infraestructuras de transporte para que la logística en el continente euroasiático fuera fluida y…  avanzar de forma constante en los principales proyectos de cooperación en materia de petróleo y gas”. Estas palabras ganaron peso con el anuncio de que Rusia gastaría otros 118.000 millones de dólares en nuevos oleoductos y gasoductos hacia China. (Ya se habían invertido 400.000 millones de dólares en 2014, cuando Rusia se enfrentó a las sanciones europeas por la toma de Crimea a Ucrania). El resultado: se está construyendo una infraestructura integrada de petróleo y gas chino-rusa desde el mar del Norte hasta el mar del Sur de China.

En una declaración histórica de 5.300 palabras, Xi y Putin proclamaron que el “mundo está atravesando cambios trascendentales”, lo que crea una “redistribución del poder” y “una creciente demanda de… liderazgo” (que Pekín y Moscú pretendían claramente aportar). Tras denunciar los mal disimulados “intentos hegemónicos” de Washington, ambas partes acordaron “oponerse a la… injerencia en los asuntos internos de Estados soberanos con el pretexto de proteger la democracia y los derechos humanos”.

Para construir un sistema alternativo de crecimiento económico global en Eurasia, los líderes planearon fusionar la proyectada “Unión Económica Euroasiática” de Putin con la ya en marcha Iniciativa del Cinturón y la Ruta de Xi, de un billón de dólares, para promover “una mayor interconexión entre las regiones de Asia-Pacífico y Eurasia”. Se proclamó que sus relaciones eran “superiores a las alianzas políticas y militares de la época de la Guerra Fría”, una referencia oblicua a la tensa relación Mao-Stalin, los dos líderes afirmaron que su entente no tiene “límites… ni áreas ‘prohibidas’ de cooperación”.  En cuanto a las cuestiones estratégicas, las dos partes se opusieron rotundamente a la expansión de la OTAN, a cualquier movimiento hacia la independencia de Taiwán y a las “revoluciones de colores” como la que derrocó al cliente ucraniano de Moscú en 2014.

Ante la invasión de Ucrania apenas tres semanas después, Putin consiguió lo que tanto necesitaba. A cambio de alimentar el voraz apetito de China por la energía (en un planeta ya sumido en una crisis climática de primer orden), Putin logró una condena a la injerencia de Estados Unidos en “su” esfera. Además, se ganó el apoyo diplomático de Pekín -por más que los dirigentes chinos se muestren reticentes ante los acontecimientos en Ucrania- una vez que comenzó la invasión. Aunque China ha sido el principal socio comercial de Ucrania desde 2019, Pekín dejó de lado esos lazos y su propia defensa de la soberanía inviolable para evitar calificar la intervención de Putin de “invasión”.

Un planeta que Mackinder difícilmente reconocería

De hecho, incluso antes de la invasión de Ucrania, Rusia y China estaban llevando a cabo una estrategia de aumentar la presión lenta e implacable en ambos extremos de Eurasia, esperando que las cadenas de acero estadounidenses que rodean ese vasto continente se rompieran tarde o temprano. Piensen en ello como una estrategia de empuja-empuja-golpea.

Durante los últimos quince años, Putin ha respondido a la OTAN precisamente de esa manera. En primer lugar, mediante la vigilancia y la influencia económica, Moscú ha tratado de mantener a los Estados clientes en su órbita, algo que Putin aprendió de sus cuatro años como agente del KGB trabajando con la policía secreta de la Stasi de Alemania Oriental a finales de la década de 1980. A continuación, si un autócrata favorecido es desafiado por manifestantes prodemocráticos o por un rival regional, se envían unos cuantos miles de fuerzas especiales rusas para estabilizar la situación. Sin embargo, si un Estado cliente intenta escapar de la órbita de Moscú, Putin pasa rápidamente a la intervención militar masiva y a la expropiación de enclaves de amortiguación, como hizo primero en Georgia y ahora en Ucrania. Con esta estrategia puede estar en camino de recuperar partes significativas de la antigua esfera de influencia soviética en Europa del Este, Asia Central y Oriente Medio.

Al sur de Moscú, en las siempre volátiles montañas del Cáucaso, Putin aplastó el breve coqueteo de la OTAN con Georgia en 2008 gracias a una invasión masiva y a la expropiación de las provincias de Osetia del Norte y Abjasia. Tras décadas de enfrentamientos entre las antiguas repúblicas soviéticas de Armenia y Azerbaiyán, Rusia envió recientemente miles de fuerzas de “mantenimiento de la paz” para resolver el conflicto a favor del régimen leal y pro-Moscú de Azerbaiyán. Más al este, cuando los manifestantes democráticos desafiaron al aliado local de Moscú en Kazajstán en enero, miles de tropas rusas -bajo la rúbrica de la versión moscovita de la OTAN- volaron a la antigua capital, Almaty, donde ayudaron a aplastar las protestas, matando a docenas e hiriendo a cientos de manifestantes.

En Oriente Medio, donde Washington apoyó a los rebeldes de la malograda Primavera Árabe que intentaron derrocar al gobernante de Siria, Bashar al-Asad, Moscú tiene establecida una enorme base aérea en Latakia, en el noroeste de ese país, desde la que ha bombardeado ciudades rebeldes como Alepo hasta convertirlas en escombros, al tiempo que sirve de contrapeso estratégico a las bases estadounidenses en el golfo Pérsico.

Pero el principal impulso de Moscú ha sido en Europa del Este. Allí, Putin respaldó al hombre fuerte de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, para aplastar a la oposición democrática después de haber amañado las elecciones de 2020, y convertir así a Minsk en un virtual Estado cliente. Mientras tanto, ha estado presionando implacablemente contra Ucrania desde que su fiel cliente allí fue derrocado en la “revolución de color” de Maidan en 2014. Primero se apoderó de Crimea en 2014 y luego armó a los rebeldes separatistas en la región oriental de ese país adyacente a Rusia. El mes pasado, tras proclamar que “la Ucrania moderna fue creada enteramente por Rusia”, Putin reconoció la “independencia” de esos dos enclaves separatistas, de forma muy parecida a lo que había hecho años antes en Georgia.

El 24 de febrero, el presidente ruso envió cerca de 200.000 soldados a través de las fronteras de Ucrania para apoderarse de gran parte del país y de su capital, Kiev, así como para sustituir a su arisco presidente por una marioneta flexible. Mientras aumentaban las sanciones internacionales y Europa consideraba la posibilidad de proporcionar a Ucrania aviones de combate, Putin puso ominosamente sus fuerzas nucleares en alerta máxima para dejar claro que no toleraría ninguna interferencia en su invasión.

Mientras tanto, en el extremo oriental de Eurasia, China ha seguido una estrategia de empuje algo similar, aunque más sutil, con el golpe aún por llegar. A partir de 2014, Pekín comenzó a dragar media docena de bases militares en los atolones del mar de China Meridional, transformando lentamente su papel de puertos pesqueros en bases militares de pleno derecho que ahora desafían a cualquier patrulla naval estadounidense que pase. Luego vinieron escuadrones de cazas sobre el estrecho de Taiwán y el mar de la China Oriental, seguidos, el pasado octubre, por una flota conjunta chino-rusa de diez barcos que navegaron provocativamente alrededor de Japón en lo que antes se consideraba aguas estadounidenses no desafiadas.

Si Xi sigue el libro de jugadas de Putin, entonces todo ese empuje/empuje podría llevar a un golpe; posiblemente a una invasión de Taiwán para reclamar las tierras que Pekín ve como parte integral de China, de la misma manera que Putin ve a Ucrania como una antigua provincia imperial rusa que nunca debería haber sido cedida.

Si Pekín ataca a Taiwán, Washington podría verse incapacitado para hacer algo militarmente, excepto expresar su admiración por la heroica pero inútil resistencia de la isla. Si Washington enviara sus portaaviones al estrecho de Taiwán, serían hundidos en cuestión de horas por los formidables misiles DF-21D “asesinos de portaaviones” de China o sus imparables misiles hipersónicos. Y una vez que Taiwán desapareciera, la posición de Washington en el litoral del Pacífico podría romperse de forma efectiva y decidirse una retirada hacia el Pacífico medio.

Todo esto parece posible sobre el papel. Sin embargo, en la sombría realidad de las invasiones y los enfrentamientos militares reales, en medio de la muerte de miles de civiles inocentes, y en un planeta que ha visto días mejores, es probable que la propia naturaleza de la geopolítica esté en juego. Sí, es posible que, si Washington es zarandeado entre los bordes oriental y occidental de Eurasia con erupciones periódicas de combate armado de la entente Xi-Putin, sus cadenas de acero puedan tensarse y finalmente romperse, desalojándolo efectivamente de esa masa de tierra estratégica.

Sin embargo, dada la alianza entre China y Rusia, basada en el comercio de combustibles fósiles, aunque Vladimir Putin no se hunda debido a su invasión potencialmente desastrosa de Ucrania, tanto Pekín como Moscú pueden verse afectados en los próximos años por una transición energética problemática y el cambio climático. El fantasma de Sir Halford Mackinder podría entonces señalarnos no solo que el poder de Estados Unidos se desvanecerá con la pérdida de Eurasia, sino que muchos otros poderes podrían desvanecerse también en un planeta cada vez más caliente y en peligro de extinción como él no podría haber imaginado en vida.

Voces del Mundo

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