Bailando el vals con los mercaderes de la muerte en marcha hacia el Armagedón

Chris Hedges, ScheerPost, 14 marzo 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un periodista ganador del Premio Pulitzer que fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times, donde ejerció como jefe de la Oficina de Oriente Medio y jefe de la Oficina de los Balcanes del periódico. Entre sus libros figuran: American Fascists: The Christian Right and the War on AmericaDeath of the Liberal Class,  War is a Force That Gives Us Meaning y Days of Destruction, Days of Revolt  una colaboración con el dibujante de cómics y periodista Joe Sacco. Anteriormente trabajó en el extranjero para The Dallas Morning News, The Christian Science Monitor y NPR. Es el presentador del programa On Contact, nominado a los premios Emmy.

La Guerra Fría, de 1945 a 1989, fue una bacanal salvaje para los fabricantes de armas, el Pentágono, la CIA, los diplomáticos que enfrentaron a un país con otro en el tablero de ajedrez mundial, y las corporaciones globales capaces de saquear y expoliar equiparando el capitalismo depredador con la libertad. En nombre de la seguridad nacional, los Guerreros del Frío, muchos de ellos autoidentificados como liberales, demonizaron a los trabajadores, a los medios de comunicación independientes, a las organizaciones de derechos humanos y a quienes se oponían a la economía de guerra permanente y a la militarización de la sociedad estadounidense, tildándolos de blandos con el comunismo.

Por eso la han resucitado.

La decisión de desdeñar la posibilidad de una coexistencia pacífica con Rusia al final de la Guerra Fría es uno de los crímenes más atroces de finales del siglo XX. El peligro de provocar a Rusia se comprendió universalmente con el colapso de la Unión Soviética, incluso por parte de élites políticas tan diversas como Henry Kissinger y George F. Kennan, quien calificó la expansión de la OTAN en Europa Central como “el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era posterior a la Guerra Fría”.

Esta provocación, una violación de la promesa de no expandir la OTAN más allá de las fronteras de una Alemania unificada, ha hecho que Polonia, Hungría, la República Checa, Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia, Albania, Croacia, Montenegro y Macedonia del Norte se incorporen a la alianza militar occidental. Esta traición se vio agravada por la decisión de estacionar tropas de la OTAN, incluidas miles de tropas estadounidenses, en Europa del Este, otra violación de un acuerdo hecho por Washington con Moscú. La invasión rusa de Ucrania, quizá un objetivo cínico de la alianza occidental, ha consolidado ahora una OTAN en expansión y resurgida y un militarismo desenfrenado e incontrolable. Los maestros de la guerra pueden estar extasiados, pero las posibles consecuencias, incluida una conflagración mundial, son aterradoras.

La paz ha sido sacrificada por la hegemonía global de EEUU. Se ha sacrificado por los miles de millones de beneficios obtenidos por la industria armamentística. La paz podría haber visto cómo los recursos del Estado se invertían en las personas en lugar de en los sistemas de control. Podría habernos permitido abordar la emergencia climática. Pero gritamos paz, paz, y no hay paz. Las naciones se rearmaron frenéticamente, amenazando con la guerra nuclear. Se preparan para lo peor, asegurando que lo peor sucederá.

Y qué importa si el Amazonas está llegando a su punto de inflexión final, donde los árboles pronto comenzarán a morir en masa. ¿Y si el hielo terrestre y las plataformas de hielo se derriten desde abajo a un ritmo mucho más rápido de lo previsto? Y qué importa si las temperaturas se disparan, huracanes monstruosos, inundaciones, sequías e incendios forestales devastan la tierra. Ante la crisis existencial más grave que ha sufrido la especie humana, y la mayoría de las demás especies, las élites gobernantes atizan un conflicto que está haciendo subir el precio del petróleo y turboalimentando la industria de extracción de combustibles fósiles. Es una locura colectiva.

El corte del carnicero / Ilustración de Mr. Fish.

La marcha hacia un conflicto prolongado con Rusia y China será contraproducente. El esfuerzo desesperado por contrarrestar la constante pérdida de dominio económico de Estados Unidos no se compensará con el dominio militar. Si Rusia y China consiguen crear un sistema financiero global alternativo, que no utilice el dólar estadounidense como moneda de reserva mundial, esto señalará el colapso del imperio estadounidense. El valor del dólar caerá en picado. Los bonos del Tesoro, utilizados para financiar la enorme deuda de Estados Unidos, dejarán de tener valor. Las sanciones financieras utilizadas para paralizar a Rusia serán, me temo, el mecanismo que nos mate, si no nos inmolamos primero en una guerra termonuclear.

Washington planea convertir a Ucrania en Chechenia o en el antiguo Afganistán, cuando la administración Carter, bajo la influencia del consejero de seguridad nacional Zbigniew Brzezinski, de estilo svengaliano, equipó y armó a los yihadistas radicales que se transformarían en los talibanes y en Al Qaida en la lucha contra los soviéticos. No será bueno para Rusia. No será bueno para Estados Unidos. No será bueno para Ucrania, ya que hacer sangrar a Rusia requerirá ríos de sangre ucraniana. La decisión de destruir la economía rusa, de convertir la guerra de Ucrania en un atolladero para Rusia y de derrocar el régimen de Vladimir Putin abrirá la caja de Pandora de los males. La ingeniería social masiva -miren Afganistán, Iraq, Siria, Libia o Vietnam- tiene su propia fuerza centrífuga. Destruye a los que juegan a ser Dios.

La guerra de Ucrania ha silenciado los últimos vestigios de la izquierda. Casi todo el mundo se ha apuntado vertiginosamente a la gran cruzada contra la última encarnación del mal, Vladimir Putin, que, como todos nuestros enemigos, se ha convertido en el nuevo Hitler. Estados Unidos dará 13.600 millones de dólares en ayuda militar y humanitaria a Ucrania, y la administración Biden autorizó el sábado 200 millones de dólares adicionales en ayuda militar. La fuerza de despliegue rápido de la UE de 5.000 efectivos, el reclutamiento de toda Europa del Este, incluida Ucrania, en la OTAN, la reconfiguración de los ejércitos del antiguo bloque soviético a las armas y la tecnología de la OTAN, todo ello se ha acelerado. Alemania, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, se está rearmando masivamente. Ha levantado su prohibición de exportar armas. Su nuevo presupuesto militar es el doble del anterior, con la promesa de aumentar el presupuesto a más del 2% del PIB, lo que haría que su ejército pasara de ser el séptimo más grande del mundo al tercero, detrás de China y Estados Unidos. Los grupos de combate de la OTAN se duplicarán en los países bálticos, con más de 6.000 soldados. Se enviarán grupos de combate a Rumanía y Eslovaquia. Washington duplicará el número de tropas estadounidenses estacionadas en Polonia hasta llegar a 9.000. Suecia y Finlandia están considerando abandonar su estatus de neutralidad para integrarse en la OTAN.

Esta es una receta para la guerra global. La historia, así como todos los conflictos que he cubierto como corresponsal de guerra, han demostrado que cuando comienzan las posturas militares, a menudo se necesita poco para hacer arder la pira funeraria. Un error. Una extralimitación. Una apuesta militar de más. Una provocación de más. Un acto de desesperación.

La amenaza de Rusia de atacar los convoyes de armas a Ucrania desde Occidente; su ataque aéreo a una base militar en el oeste de Ucrania, a 12 millas de la frontera polaca, que es una zona de concentración de mercenarios extranjeros; la declaración del presidente polaco Andrzej Duda de que el uso de armas de destrucción masiva, como las armas químicas, por parte de Rusia contra Ucrania, sería un “cambio de juego” que podría obligar a la OTAN a reconsiderar su decisión de abstenerse de intervenir militarmente de forma directa… todos son acontecimientos ominosos que empujan a la alianza a una guerra abierta con Rusia.

Una vez que se desplieguen las fuerzas militares, incluso si se supone que están en una postura defensiva, la trampa del oso está preparada. Se necesita muy poco para activar el resorte. La vasta burocracia militar, ligada a alianzas y compromisos internacionales, junto con planes y calendarios detallados, cuando empieza a rodar hacia adelante, se vuelve imparable. No está impulsada por la lógica, sino por la acción y la reacción, como aprendió Europa en las dos guerras mundiales.

La hipocresía moral de Estados Unidos es asombrosa. Los crímenes que Rusia está llevando a cabo en Ucrania se equiparan con creces a los cometidos por Washington en Oriente Medio durante las dos últimas décadas, incluido el acto de guerra preventiva, que según las leyes posteriores a Nuremberg es un acto criminal de agresión. Solo en contadas ocasiones se pone de manifiesto esta hipocresía, como cuando la embajadora de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, Linda Thomas-Greenfield, declaró ante el organismo: “Hemos visto vídeos de las fuerzas rusas trasladando armamento excepcionalmente letal a Ucrania, que no tiene cabida en el campo de batalla. Eso incluye municiones de racimo y bombas de vacío que están prohibidas por la Convención de Ginebra”. Horas más tarde, la transcripción oficial de su comentario fue modificada para añadir las palabras “si van dirigidas contra civiles”. Esto se debe a que Estados Unidos, que al igual que Rusia nunca ratificó el tratado de la Convención sobre Municiones en Racimo, utiliza regularmente municiones en racimo. Las utilizó en Vietnam, Laos, Camboya e Iraq. Las ha proporcionado a Arabia Saudí para que las utilice en Yemen. Rusia todavía no se ha acercado a la cifra de muertes de civiles a causa de las municiones de racimo suministradas por el ejército estadounidense.

Los Dr. Strangeloves, como zombis que se levantan de las fosas comunes que crearon en todo el mundo, vuelven a avivar nuevas campañas de matanza industrial. Nada de diplomacia. Ningún intento de abordar los legítimos agravios de nuestros adversarios. Ningún freno al militarismo desenfrenado. Ninguna capacidad de ver el mundo desde otra perspectiva. Ninguna capacidad de comprender la realidad fuera de los confines de la rúbrica binaria del bien y el mal. Ninguna comprensión de las debacles que han orquestado durante décadas. Ninguna capacidad de piedad o remordimiento.

Elliot Abrams trabajó en la administración Reagan cuando yo informaba desde Centroamérica. Encubrió las atrocidades y masacres cometidas por los regímenes militares en El Salvador, Guatemala, Honduras y por las fuerzas de la Contra apoyadas por Estados Unidos que luchaban contra los sandinistas en Nicaragua. Atacó con saña a los periodistas y a los grupos de derechos humanos calificándolos de comunistas o quintacolumnistas, llamándonos “antiestadounidenses” y “antipatrióticos”. Fue condenado por mentir ante el Congreso sobre su papel en el asunto Irán-Contra. Durante el gobierno de George W. Bush, presionó a favor de la invasión de Iraq e intentó orquestar un golpe de Estado en Venezuela para derrocar a Hugo Chávez.

“No habrá sustituto para la fuerza militar, y no tenemos la suficiente”, escribe Abrams para el Consejo de Relaciones Exteriores, del que es miembro destacado: “Debería estar muy claro ahora que habrá que gastar un mayor porcentaje del PIB en defensa. Necesitaremos más fuerza convencional en barcos y aviones. Tendremos que igualar a los chinos en tecnología militar avanzada, pero en el otro extremo del espectro, puede que necesitemos muchos más tanques si tenemos que estacionar miles en Europa, como hicimos durante la Guerra Fría. (El número total de tanques estadounidenses estacionados permanentemente en Europa hoy en día es cero). Los esfuerzos persistentes para disminuir aún más el tamaño de nuestro arsenal nuclear o impedir su modernización siempre fueron malas ideas, pero ahora, cuando China y Rusia están modernizando su armamento nuclear y no parecen tener interés en negociar nuevos límites, esas restricciones deberían abandonarse por completo. Nuestro arsenal nuclear tendrá que modernizarse y ampliarse para que nunca nos enfrentemos a los tipos de amenazas que Putin está haciendo ahora desde una posición de inferioridad nuclear real”.

Putin le ha hecho el juego a la industria bélica. Dio a los belicistas lo que querían. Cumplió sus fantasías más salvajes. Ahora no habrá impedimentos en la marcha hacia el Armagedón. Los presupuestos militares se dispararán. El petróleo brotará del suelo. La crisis climática se acelerará. China y Rusia formarán el nuevo eje del mal. Los pobres serán abandonados. Las carreteras de todo el mundo se llenarán de refugiados desesperados. Toda disidencia será una traición. Los jóvenes serán sacrificados por los manidos tropos de la gloria, el honor y la patria. Los vulnerables sufrirán y morirán. Los únicos verdaderos patriotas serán los generales, los especuladores de la guerra, los oportunistas, los cortesanos de los medios de comunicación y los demagogos que rebuznan pidiendo más y más sangre. Los mercaderes de la muerte gobernarán como dioses del Olimpo.  Y nosotros, acobardados por el miedo, intoxicados por la guerra, arrastrados por la histeria colectiva, clamamos por nuestra propia aniquilación.

Imagen de portada: La balsa de la muerte (Ilustración de Mr. Fish)

Voces del Mundo

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