El nuevo Gran Juego: ¿Puede negociar Venezuela el fin de las lesivas sanciones de EE. UU.?

Ramzy Baroud, Politics for the People, 23 marzo 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Ramzy Baroud es periodista y director de The Palestine Chronicle. Es autor de cinco libros, el más reciente de los cuales es: “These Chains Will Be Broken: Palestinian Stories of Struggle and Defiance in Israeli Prisons” (Clarity Press, Atlanta). El Dr. Baroud es investigador senior no residente en el Center for Islam and Global Affairs (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). @RamzyBaroud

¡Cómo han cambiado las tornas! Una delegación estadounidense de alto nivel visitó Venezuela el 5 de marzo con la esperanza de reparar los lazos económicos con Caracas. Venezuela, uno de los países más pobres del mundo, en parte debido a las sanciones de EE.UU. y Occidente, va, por una vez, en el asiento del conductor, susceptible de aliviar una inminente crisis energética de EE.UU. si el diálogo con Washington sigue avanzando.

Técnicamente, Venezuela no es un país pobre. En 1998 era uno de los principales miembros de la OPEP, con una producción de 3,5 millones de barriles de petróleo al día (bpd). Aunque Caracas fracasó en gran medida a la hora de aprovechar su antiguo auge petrolero para diversificar su economía dependiente del petróleo, fue la combinación de los precios más bajos del petróleo y las sanciones lideradas por Estados Unidos lo que puso de rodillas al otrora relativamente próspero país sudamericano.

En diciembre de 2018, el expresidente estadounidense Donald Trump impuso severas sanciones a Venezuela, cortando las importaciones de petróleo del país. Aunque Caracas proporcionaba a Estados Unidos unos 200.000 bpd, este país se las arregló para sustituir rápidamente el petróleo venezolano cuando los precios del crudo llegaron a bajar hasta 40 dólares por barril.

De hecho, el momento de la medida de Trump pretendía devastar, cuando no destruir por completo, la economía venezolana con el fin de exigir concesiones políticas o algo peor. La decisión de asfixiar aún más a Venezuela en diciembre de ese año fue perfectamente oportuna, ya que la crisis mundial del petróleo había alcanzado su cenit en noviembre.

Venezuela estaba ya luchando contra las sanciones impuestas por EE. UU., el aislamiento regional, la inestabilidad política, la hiperinflación y, posteriormente, la pobreza extrema. La medida del gobierno estadounidense, por tanto, pretendía ser el último empujón que seguramente, como concluyeron muchos republicanos estadounidenses y algunos demócratas, acabaría con el mandato del presidente venezolano Nicolás Maduro.

Venezuela lleva tiempo culpando a EE. UU. de perseguir un cambio de régimen en Caracas, en función de las acusaciones de que el gobierno socialista de Maduro había ganado las elecciones de 2018 mediante fraude. Y, sin más, se determinó que Juan Guaidó, entonces líder de la oposición venezolana y presidente de la Asamblea Nacional, debía ser instalado como nuevo presidente del país.

Desde entonces, la política exterior de EE. UU. en Sudamérica se ha centrado en gran medida en el aislamiento de Venezuela y, por extensión, en el debilitamiento de los gobiernos socialistas de Cuba y otros países. En 2017, por ejemplo, EE. UU. evacuó su embajada en la capital cubana, La Habana, alegando que su personal estaba siendo objeto de “ataques sónicos”, una supuesta radiación de microondas de alta frecuencia. Aunque tales afirmaciones nunca fueron corroboradas, permitieron a Washington dar marcha atrás en los gestos diplomáticos positivos hacia Cuba que había llevado a cabo la administración de Barack Obama a partir de 2016.

Durante años, la inflación de Venezuela continuó empeorando, alcanzando el 686,4% el año pasado, según las estadísticas proporcionadas por Bloomberg. Como resultado, la mayoría de los venezolanos siguen viviendo por debajo del umbral de la pobreza extrema.

El gobierno de Caracas, sin embargo, sobrevive de alguna manera por razones que difieren, según la posición política de los analistas. En Venezuela se da mucho crédito a los valores socialistas del país, a la resistencia del pueblo y al movimiento bolivariano. Las fuerzas anti-Maduro en EE. UU., ubicadas sobre todo en Florida, culpan de la supervivencia de Maduro a la falta de decisión de Washington. Un tercer factor, que a menudo se pasa por alto, es Rusia.

En 2019 Rusia envió cientos de especialistas militares, técnicos y soldados a Caracas bajo diversas explicaciones oficiales. La presencia de los militares rusos ayudó a calmar los temores de que las fuerzas pro-Washington en Venezuela estuvieran preparando un golpe militar. De igual importancia, los fuertes lazos comerciales de Rusia, los préstamos y más, fueron fundamentales para ayudar a Venezuela a escapar de la bancarrota completa y eludir algunas de las sanciones de Estados Unidos.

A pesar del colapso de la Unión Soviética hace décadas, Rusia siguió comprometida en gran medida con el legado geopolítico de la URSS. Las sólidas relaciones de Moscú con las naciones socialistas de Sudamérica son un testimonio de ello. EE. UU., por el contrario, ha hecho poco por redefinir sus problemáticas relaciones con Sudamérica, como si casi nada hubiera cambiado desde la época de la hegemónica Doctrina Monroe de 1823.

Ahora parece que Estados Unidos está a punto de pagar por sus errores de cálculo del pasado. Como era de esperar, el bloque prorruso de Sudamérica está expresando una fuerte solidaridad con Moscú tras la intervención de este último en Ucrania y las subsiguientes sanciones estadounidenses y occidentales. Ante el desarrollo de la crisis energética y el peligro de contar con aliados rusos en una región mayoritariamente dominada por EE. UU., Washington está intentando, aunque torpemente, revertir algunos de sus errores anteriores. El 3 de marzo, Washington decidió reabrir su embajada en La Habana y, dos días después, una delegación estadounidense llegó a Venezuela.

Ahora que los movimientos de Rusia en Europa del Este han reavivado el “Gran Juego” de una época anterior, Venezuela, Cuba y otros, aunque a miles de kilómetros de distancia, se encuentran en el centro del nuevo Gran Juego en ciernes. Aunque algunos en Washington están dispuestos a reconsiderar su antigua política contra el bloque socialista de Sudamérica, la misión de EE. UU. está plagada de obstáculos. Curiosamente, el mayor escollo en su camino hacia Sudamérica no es ni Caracas, ni La Habana, ni siquiera Moscú, sino los poderosos e influyentes grupos de presión y lobbies de Washington y Florida.

Un senador republicano, Rick Scott, de Illinois, fue citado en Politico diciendo que “lo único que el gobierno de Biden debería discutir con Maduro es el momento de su renuncia”. Aunque las opiniones de Scott son compartidas por muchos altos funcionarios estadounidenses, la política de EE. UU. puede tener en esta ocasión poco impacto en la política exterior de su país. Por una vez, el gobierno venezolano está presente en el escenario.

Voces del Mundo

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