¿Se ha olvidado Occidente de Iraq?

Nabil Salih, Middle East Eye, 1 abril 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Nabil Salih es un escritor, periodista y fotógrafo independiente de Bagdad. Sus escritos y fotografías aparecen en Al Jazeera English, Jadaliyya y Open Democracy. En la actualidad sigue un máster en Estudios Árabes (MAAS) en el Center for Contemporary Arab Studies de la Universidad de Georgetown.

En Chicago, en un día soleado, los expresidentes estadounidenses Bill Clinton y George W. Bush suben la escalinata de la iglesia ucraniana de San Volodymyr y Olha. Aparecen sin complejos, vestidos con finas chaquetas deportivas, y no con los pijamas de prisión a rayas propios de sus acciones pasadas.

Con delicadeza, colocan ramos de girasoles en el exterior de la iglesia, y permanecen en silencio para honrar a los civiles que están siendo borrados de la existencia por la maquinaria de guerra rusa.

Lo que el audaz y breve clip no muestra son los cadáveres de los iraquíes olvidados y despedazados por la maquinaria bélica estadounidense. A diferencia de los crímenes del presidente ruso Vladimir Putin, los de Clinton y Bush se produjeron con impunidad mundial.

En una declaración efectuada el pasado mes, Bush condenó la “invasión no provocada e injustificada de Ucrania”. Por otra parte, la exsecretaria de Estado de Clinton, Madeleine Albright, escribía pocas semanas antes de su muerte que Putin estaba cometiendo un “error histórico”.

A diferencia de la invasión rusa de Ucrania, la guerra de Iraq no obtuvo sanciones ni diatribas, recibiendo apenas una fracción de las condenas que escuchamos hoy. En 2003 generaciones de iraquíes salían cojeando de una década de sanciones para verse

lanzados a los brazos de otra guerra, endulzada con intenciones supuestamente benignas por parte de Estados Unidos y el Reino Unido. Las sanciones de la ONU acabaron con la vida de cientos de miles de iraquíes de forma prematura y silenciosa, y los que sobrevivieron sufrieron daños irreparables a causa de los repetidos ataques aéreos.

Hoy, cada bomba lanzada por los soldados rusos deja al descubierto la hipocresía de Occidente, y perfora su andrajoso manto de rectitud y moralidad.

Negar nuestro dolor

Se podría pensar que las autoridades europeas que lanzan diatribas contra los “bárbaros” que se ahogan y mueren de frío a las puertas de Europa son manzanas podridas. Pero, de hecho, las redacciones occidentales apestan con el hedor del racismo latente.

Incluso después de las incursiones de la reportera del New York Times Judith Miller, el columnista William Safire y todos los de su calaña en las cloacas de la vergüenza, el reportero del Times Dave Philipps escribió sobre los veteranos estadounidenses que se unen a la lucha en Ucrania, que antes se habían “esforzado por difundir la democracia en lugares que solo tenían un tibio interés en ella”.

Parece que los bebés iraquíes nacidos con encefalocele, labio leporino y espina bífida no son suficiente recordatorio de que no era la democracia, sino el uranio empobrecido y el fósforo blanco lo que Estados Unidos estaba esparciendo en lugares que definitivamente no tenían ningún interés en ellos.

Incluso algunos de los lívidos estadounidenses contrarios a la guerra de Iraq que lamentan esta mancha en su excepcionalismo se refieren a ella como un “error” o una “metedura de pata”, como nos recuerda el poeta iraquí Sinan Antoon. Esto implica ingenuidad en la toma de decisiones, errores de cálculo que podrían entenderse y, tal vez, perdonarse.

En realidad, los actos fueron depredadores. Los conocimientos que los permitieron y alentaron no fueron insuficientes, sino deliberados y letales. Ante este olvido y negación de nuestro dolor y nuestros muertos, me siento violado. No se puede escapar de los monstruos del trauma cuando el reconocimiento, y mucho menos la rendición de cuentas, brillan por su ausencia.

Esta noche, mientras intento no pensar en el aniversario de la invasión de Iraq, las bombas siguen martilleando mis sienes. Intento actuar con normalidad. Trato de ignorar las sirenas que ahogan los lamentos de las afligidas madres de Iraq, que resuenan en las profundidades de un abismo sin fondo, cuyo borde atravieso en mi soledad nocturna lejos de Iraq.

Vagando por las ruinas

Es doloroso ser iraquí. Incluso los recuerdos más dulces están ahora enterrados bajo los escombros de las pesadillas que nos persiguen. Me refugio en las palabras de Antoon, pero él también añora los ríos de Iraq desde su exilio: “Este cordón umbilical se extiende desde mi corazón hasta las orillas del Éufrates/Lo corto cada mañana pero, por la noche, la nostalgia lo recompone”.

“Antes de remangarme el chándal para perseguir un balón de nylon con los pies descalzos, recojo las moras y los dátiles de Khastawi caídas sobre el césped” (Ilustración de Katherine Hearst)

Me vuelvo hacia el difunto y gran Saadi Youssef, pero lo encuentro caminando apresuradamente hacia el último vagón de un tren que lo lleva de un exilio a otro, mientras es perseguido por su enemigo, la nostalgia: “¿Cómo me has encontrado? ¿Volando hacia mí como un halcón?”.

Me decido a preguntar al poeta Sargón Boulus, pero incluso en la muerte, sigue ahí: “Vagando por las ruinas / llorando a los hijos de su ciudad, soñando a veces / con elevarse como cualquier águila, sobre las cabezas de los asesinos y los asesinados”.

Al igual que Boulus, me veo descendiendo a los peligrosos territorios de la memoria, rebuscando entre los restos del tiempo para rescatar fragmentos felices de un pasado ardiente. Me dirijo de puntillas hacia Bagdad, atravesando vallas de alambre de espino bajo columnas de humo.

En silencio, para no molestar a las madres que se alinean en estas calles, golpeándose el pecho mientras los cuerpos de sus bebés pasan en interminables convoyes funerarios, me acerco a las tardes bañadas en la fragancia celestial de las flores de naranjo en flor.

Junto a mi familia y mis amigos, recojo las moras y los dátiles de Khastawi que han caído en el césped, antes de remangarme el chándal para perseguir un balón de nylon con los pies descalzos. Mi madre enrolla hojas de acelga en la cocina para un delicioso almuerzo de dolma en el jardín.

Me limpio una lágrima de la mejilla mientras visito noches lejanas, compartiendo historias con mi padre en nuestra azotea, deslumbrados por un millón de estrellas que titilan en los cielos de Iraq. Eso fue antes de la “terapia de choque” que recetó el columnista del Times Thomas Friedman, apenas mencionada hoy en los medios de comunicación estadounidenses.

Mensajeros de la muerte

En Bagdad, la maquinaria bélica norteamericana desató una orgía de muerte, que se desarrolló con las ululaciones histéricas de las redacciones norteamericanas. “Denle una oportunidad a la libertad”, escribió Safire en 2003. Y sobrevino un infierno.

La base de datos Iraq Body Count documentó 315 muertes diarias de civiles durante la invasión estadounidense de Iraq del 20 de marzo al 9 de abril de 2003. Más de 22.000 personas resultaron heridas solo durante la fase de invasión. Ahora, nuestros muertos son innumerables.

Las bombas de racimo cayeron en el jardín de mi familia. Desde entonces, rara vez dormíamos en el tejado, por miedo no solo a las balas perdidas y a la metralla, sino también a que las tropas invasoras nos cazaran como palomas, como solían hacer con aquellos seres inferiores a los que habían venido a “liberar”, pero cuyos hijos e hijas masacraban y violaban.

Subíamos corriendo a ver las columnas de humo que se elevaban de los bombardeos del día. En el exterior, la metralla y la carne humana chamuscada se esparcían bajo nuestros pies al sol. Los enfrentamientos rutinarios hacían que ningún pájaro cantara por las mañanas, empapadas del hedor de los cadáveres putrefactos tendidos en las aceras.

Pasaba por delante de estos cadáveres hinchados de camino a la escuela. Todavía lo hago mientras duermo.

Esta noche veo la cara de mi madre, horrorizada mientras abre un sobre en nuestra puerta con una bala y una amenaza de muerte dentro. Como todo en el país, el sistema de correo dejó de funcionar en 2003, pero los mensajeros de la muerte saben cómo entregar sus cartas.

Veo a mi madre en el momento en que se entera del secuestro de mi padre, y oigo su voz cuando nuestro barrio del oeste de Bagdad se convierte en un campo de batalla: “No puedo seguir aquí. Voy a perder la cabeza”.

“Necesito un poco de aire”

Por desgracia, hoy en día, mi madre duerme sola en un cementerio de Bagdad. Después de 30 años dedicados a educar a generaciones de estudiantes, falleció el verano pasado en un hospital estatal donde nadie se recupera; donde las enfermeras son sobornadas por los cuidadores de los pacientes para que les proporcionen la medicación que necesitan a tiempo.

Recuerdo cuando intenté introducir un extintor en la sala de aislamiento donde ella dormía -sorprendido de que no tuvieran ya uno, después de que los infiernos hubieran incinerado a decenas de pacientes en Bagdad y Nasiriyah-, los administradores del hospital me permitieron entrar a regañadientes porque “iba a hacer hablar a la gente”, lo que significa que podría producirse un escándalo.

Y recuerdo cómo, durante una despiadada tarde de verano, se fue la luz y el aire acondicionado dejó de funcionar durante horas, solo llegó a restablecerse después de que yo rogara a un alto funcionario del Ministerio de Sanidad que me ayudara. Me pregunté cuánto tiempo habrían tardado en arreglarlo.

Las palabras de mi madre mientras hablaba detrás de su mascarilla CPAP todavía me persiguen: “Hace calor. Necesito aire”. Con su muerte, me quedé huérfano por segunda vez. Como muchos iraquíes, primero me había quedado huérfano cuando nos robaron Iraq.

Hoy, Iraq está en manos de algunos de los mismos ladrones que han venido saqueando sus arcas durante las últimas dos décadas. Muchos de ellos obtuvieron escaños parlamentarios en las elecciones de octubre. Pero todo esto resulta ser normal en Iraq.

Barreras duraderas

El Papa visitó nuestro país el año pasado, y a un periodista extranjero le encantó el mural con su imagen pintado en las barreras de hormigón que aún se levantan frente a la catedral de Sayidat al-Nejat en Bagdad.

La presencia de esas gigantes de hormigón atestigua una inseguridad que los hace necesarios, pero las Naciones Unidas también quedaron fascinadas con ellos, publicando fotos de otras zonas donde los murales animaban a los iraquíes a votar: “Párate y hazte un selfie”, señalaba un tuit de una cuenta de la ONU.

En todo esto se perdió el hecho de que estas barreras representan las divisiones comunales forzadas, la invasión del Estado y su aparato coercitivo en el dominio público y la securitización de este último.

Durante años, estas barreras han estado plagadas de pancartas funerarias que los iraquíes colgaban por sus seres queridos que perecieron en el letal fracaso de la seguridad, permitido u orquestado por muchos de los mismos ladrones que se presentaron a las recientes elecciones. Son un espectáculo feo, una señal de trauma persistente. Pero, al parecer, para los de fuera, son una característica natural del paisaje.

Así es como se normaliza una situación anormal. Los desesperados manifestantes acribillados por centenares tras el estallido de las manifestaciones en octubre de 2019 lo han “arruinado todo”, como me dijo una vez un antiguo ministro.

Tal vez deberían haber sabido no perturbar la marcha hacia el progreso, y en su lugar unirse a sus compañeros, que se suicidan por cientos cada año, saltando desde un puente, prendiendo fuego a sus cuerpos hambrientos o colgándose de un ventilador de techo en la profundidad de la noche.

Foto de portada: “Veo aún a mi madre en el momento en que se entera del secuestro de mi padre y oigo su voz: ‘No puedo quedarme más aquí. Voy a perder la cabeza’. (Ilustración de Katherine Hearst)

Voces del Mundo

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