Cómo acabar con la guerra en Ucrania

Una solución más allá de las sanciones

Alfred McCoy, TomDispatch.com, 19 abril 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Alfred W. McCoy, colaborador habitual de TomDispatch, es profesor Harrington de historia en la Universidad de Wisconsin-Madison. Es autor de: In the Shadows of the American Century: The Rise and Decline of U.S. Global Power(Dispatch Books). Su nuevo libro, recién publicado, es: To Govern the Globe: World Orders and Catastrophic Change.

Mientras la guerra en Ucrania se encamina hacia su tercer mes en medio del constante aumento de muertes y destrucción, Washington y sus aliados europeos se afanan, hasta ahora sin éxito, por poner fin a ese conflicto devastador y globalmente perturbador. Espoleados por las inquietantes imágenes de civiles ucranianos ejecutados y esparcidos por las calles de Bucha y ciudades en ruinas como Mariúpol, están tratando de utilizar muchas de las herramientas de sus valijas diplomáticas para presionar al presidente ruso Vladimir Putin y hacer que desista. Éstas van desde las sanciones económicas y los embargos comerciales hasta la confiscación de los bienes de algunos de sus compinches oligarcas y el envío cada vez más masivo de armas a Ucrania. Sin embargo, nada parece funcionar.

Incluso después de que la sorprendentemente fuerte defensa ucraniana forzara la retirada rusa de los suburbios del norte de la capital, Kiev, Putin solo parece redoblar sus planes de nuevas ofensivas en el sur y el este de Ucrania. En lugar de entablar negociaciones serias, ha estado redesplegando sus maltrechas tropas para una segunda ronda de ataques masivos dirigidos por el general Alexander Dvonikov, “el carnicero de Siria”, cuyas despiadadas campañas aéreas en ese país arrasaron ciudades como Alepo y Homs.

Así pues, mientras el mundo espera que la otra bota de combate caiga con fuerza, merece ya la pena empezar a considerar en qué se equivocó Occidente en sus esfuerzos por poner fin a esta guerra, al tiempo que se explora si todavía hay algo potencialmente eficaz para frenar la carnicería.

Jugando la carta de China

En enero de 2021, solo unas semanas después de la toma de posesión del presidente Joe Biden, Moscú comenzó a amenazar con atacar a Ucrania a menos que Washington y sus aliados europeos acordaran que Kiev nunca podría entrar en la OTAN. Ese mes de abril, Putin no hizo más que añadir fuerza a su demanda enviando 120.000 soldados a la frontera de Ucrania para realizar unas maniobras militares que Washington ya calificó de “amenaza de guerra”. En respuesta, tomando una hoja del libro de jugadas de la Guerra Fría del ex secretario de Estado Henry Kissinger, la administración Biden intentó inicialmente enfrentar a Pekín con Moscú.

Tras una cumbre cara a cara con Putin en Ginebra en junio, el presidente Biden afirmó el “compromiso inquebrantable de Washington con la soberanía y la integridad territorial de Ucrania”. En una advertencia dirigida al presidente ruso, dijo:

Tienen una frontera de varios miles de kilómetros con China… China está… intentando ser la economía más poderosa del mundo y tener el mayor y más poderoso ejército del mundo. Su economía está inmersa en un gran esfuerzo… No creo que sea el momento de buscar una nueva Guerra Fría con Estados Unidos”.

Cuando las unidades blindadas rusas empezaron a concentrarse para la guerra cerca de la frontera ucraniana el pasado noviembre, los funcionarios de inteligencia estadounidenses filtraron con demasiada precisión advertencias de que “el Kremlin está planeando una ofensiva en varios frentes… con la participación de hasta 175.000 soldados”. En respuesta, durante los tres meses siguientes, los funcionarios de la administración se apresuraron a evitar la guerra reuniéndose media docena de veces con los principales diplomáticos de Pekín para rogar “a los chinos que dijeran a Rusia que no invadiera”.

En una videoconferencia el 7 de diciembre, Biden comunicó a Putin su “profunda preocupación… por la escalada de fuerzas de Rusia en torno a Ucrania”, advirtiendo que “Estados Unidos y nuestros aliados responderíamos con fuertes medidas económicas y de otro tipo en caso de escalada militar”.

Sin embargo, en una videoconferencia más amistosa, apenas una semana después, Putin aseguró al presidente de China, Xi Jinping, que desafiaría cualquier boicot a los derechos humanos por parte de los líderes occidentales y acudiría a Pekín para los Juegos Olímpicos de Invierno. Llamándole «viejo amigo», Xi respondió que apreciaba este apoyo inquebrantable y que «se oponía firmemente a los intentos de abrir una brecha entre nuestros dos países». De hecho, durante la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de febrero, ambos proclamaron públicamente una alianza de facto que no tenía “límites”, incluso cuando Pekín dejó muy claro que Rusia no debía estropear el brillante momento olímpico de China en la escena internacional con una invasión en ese momento.

En retrospectiva, es difícil exagerar el precio que Putin pagó por el apoyo de China. Estaba tan desesperado por preservar su nueva alianza que sacrificó su única oportunidad de obtener una rápida victoria sobre Ucrania. Cuando Putin aterrizó en Pekín el 4 de febrero, 130.000 soldados rusos se habían concentrado ya en la frontera ucraniana. El retraso de la invasión hasta el final de los Juegos Olímpicos dejó a la mayoría de ellos acurrucados en tiendas de lona sin calefacción durante tres semanas más. Cuando finalmente comenzó la invasión, los vehículos parados habían consumido gran parte de su combustible, los neumáticos de los camiones sin circular estaban reventados y las raciones y la moral de muchos de esos soldados estaban agotadas.

A principios de febrero el suelo de Ucrania seguía congelado, lo que hacía posible que los tanques rusos pulularan por tierra, pudiendo rodear la capital, Kiev, para una rápida victoria. Dado que los Juegos Olímpicos no terminaron hasta el 20 de febrero, la invasión rusa, que comenzó cuatro días después, estaba cada vez más próxima a marzo, el mes del barro en Ucrania, cuando las temperaturas medias alrededor de Kiev suben rápidamente. Además de las dificultades de Moscú, sus tanques T-90, de 51 toneladas, eran casi el doble de pesados que los clásicos T-34 soviéticos que ganaron la Segunda Guerra Mundial. Cuando estos modernos gigantes revestidos de acero intentaban salir de las carreteras cercanas a Kiev, se hundían a menudo profundamente y con rapidez en el barro, convirtiéndose en blancos fáciles para los misiles ucranianos.

En lugar de avanzar por la campiña para envolver Kiev, los tanques rusos se encontraron atrapados en un atasco de 65 kilómetros en una carretera pavimentada donde los defensores ucranianos armados con misiles de hombro podían destruirlos con relativa facilidad. Verse envuelto por el enemigo en lugar de envolverlo le costó al ejército ruso la mayor parte de sus pérdidas hasta la fecha, estimadas recientemente en 40.000 soldados muertos, heridos o capturados, junto con 2.540 vehículos blindados y 440 sistemas de cohetes y artillería destruidos. A medida que aumentaban estas pérdidas, el ejército ruso se vio obligado a abandonar su campaña de cinco semanas para capturar la capital. El 2 de abril comenzó la retirada, dejando tras de sí un triste rastro de vehículos quemados, soldados muertos y civiles masacrados.

Al final, Vladimir Putin pagó un precio muy alto por el apoyo de China.

El conocimiento por parte del presidente Xi de los planes de invasión de Ucrania y su aparentemente firme apoyo, incluso después de tantas semanas de un desempeño militar mediocre, plantean algunos paralelos reveladores con la alianza entre José Stalin, el líder de la Unión Soviética, y el chino Mao Zedong en los primeros días de la Guerra Fría. Después de que la presión de Stalin sobre Europa Occidental quedara bloqueada por el puente aéreo de Berlín de 1948-1949 y la formación de la OTAN en abril de 1950, el jefe soviético realizó un hábil pivote geopolítico hacia Asia. Aprovechó su flamante alianza con un testarudo Mao para que enviara tropas chinas a la vorágine de la guerra de Corea. Durante tres años, hasta que su muerte en 1953 permitió que se alcanzara un armisticio, Stalin mantuvo al ejército estadounidense empantanado y ensangrentado en Corea, lo que le permitió consolidar su control sobre Europa del Este.

Siguiendo esta misma estrategia geopolítica, el presidente Xi tiene mucho que ganar con la descabellada incursión de Putin en Ucrania. A corto plazo, la concentración de Washington en Europa pospone el prometido (y largamente retrasado) “eje” estadounidense hacia el Pacífico, permitiendo a Pekín consolidar aún más su posición en Asia. Mientras tanto, a medida que el ejército de Putin arrasa con ciudades como Járkov y Mariúpol, convirtiendo a Rusia en un Estado fuera de la ley, es probable que un Moscú mendicante se convierta en una fuente recortada de las muy necesarias importaciones chinas de combustible y alimentos. Pekín no solo necesita el gas ruso para desechar su economía del carbón, sino que, al ser el mayor consumidor de trigo del mundo, podría lograr la seguridad alimentaria con un bloqueo de las enormes exportaciones de grano de Rusia. Al igual que Stalin se aprovechó del estancamiento de Mao en Corea, la escurridiza dinámica de la geopolítica euroasiática podría transformar las pérdidas de Putin en ganancias de Xi.

Por todas estas razones, la estrategia inicial de Washington tenía pocas posibilidades de frenar la invasión rusa. Como argumentó el analista retirado de la CIA Raymond McGovern, basándose en sus 27 años estudiando la Unión Soviética para la agencia, “el acercamiento entre Rusia y China se ha convertido en una entente”. En su opinión, cuanto antes el equipo de política exterior de Biden «meta en sus cerebros cubiertos de hiedra que no va a abrirse una brecha entre Rusia y China, más posibilidades tendrá el mundo de sobrevivir a las consecuencias (figuradas y literales) de la guerra en Ucrania”.

Sanciones

Desde que comenzó la invasión rusa, la alianza occidental ha ido incrementando una serie de sanciones para castigar a los compinches de Putin y paralizar la capacidad económica de Rusia para continuar la guerra. Además, Washington ya ha comprometido 2.400 millones de dólares para el envío de armas a Ucrania, incluidas letales armas antitanque como el misil Javelin, que se dispara desde el hombro.

El 6 de abril la Casa Blanca anunció que Estados Unidos y sus aliados habían impuesto “las restricciones económicas más impactantes, coordinadas y de mayor alcance de la historia”, prohibiendo nuevas inversiones en Rusia y obstaculizando las operaciones de sus principales bancos y empresas estatales. El gobierno de Biden espera que las sanciones reduzcan el producto interior bruto de Rusia en un 15% a medida que la inflación se dispara, las cadenas de suministro se colapsan y 600 empresas extranjeras abandonan el país, dejándolo en “aislamiento económico, financiero y tecnológico”. Con un apoyo bipartidista casi unánime, el Congreso también ha votado a favor de anular las relaciones comerciales de Estados Unidos con Moscú y prohibir sus importaciones de petróleo (medidas con un impacto mínimo, ya que Rusia sólo suministra el 2% del consumo de petróleo estadounidense).

Aunque la invasión del Kremlin amenazó la seguridad europea, Bruselas se movió con mucha más cautela, ya que Rusia suministra el 40% del gas de la Unión Europea y el 25% de su petróleo, por un valor de 108.000 millones de dólares en pagos a Moscú en 2021. Durante décadas, Alemania ha construido enormes gasoductos para gestionar las exportaciones de gas de Rusia, que culminaron con la inauguración en 2011 de Nordstream I, el gasoducto submarino más largo del mundo, que la canciller Angela Merkel saludó entonces como un “hito en la cooperación energética” y la “base de una asociación fiable” entre Europa y Rusia.

Alemania, el gigante económico del continente, depende de Moscú para el 32% del gas natural, el 34% del petróleo y el 53% de la hulla. Tras un mes de demora, aceptó la decisión europea de castigar a Putin cortando los envíos de carbón ruso, pero se negó a tocar sus importaciones de gas, que calientan la mitad de sus hogares y alimentan gran parte de su industria.

Para reducir su dependencia del gas ruso, Berlín ha puesto en marcha múltiples proyectos a largo plazo para diversificar sus fuentes de energía, al tiempo que ha cancelado la apertura del nuevo gasoducto Nordstream II, de 11.000 millones de dólares, procedente de Rusia. También ha hecho valer el control sobre sus propias reservas energéticas, guardadas en enormes cavernas subterráneas, suspendiendo su gestión por parte de la empresa estatal rusa Gazprom. (En palabras del ministro de Economía de Berlín, Robert Habeck, “no vamos a dejar las infraestructuras energéticas sujetas a las decisiones arbitrarias del Kremlin”).

Justo después de la invasión de Ucrania, el canciller alemán, Olaf Scholz, anunció un programa de choque para construir las primeras terminales de gas natural licuado (GNL) del país en su costa norte para descargar los suministros de los barcos estadounidenses y los de varios países de Oriente Medio. Simultáneamente, funcionarios alemanes volaron al Golfo Pérsico para negociar más entregas de GNL a largo plazo. Aun así, la construcción de una terminal de este tipo, de miles de millones de dólares, suele tardar unos cuatro años, y el vicecanciller alemán ha dejado claro que, hasta entonces, continuarán las importaciones masivas de gas ruso para preservar la “paz social” en el país. La Unión Europea está estudiando planes para cortar por completo las importaciones de petróleo ruso, pero su propuesta de recortar las importaciones de gas natural ruso en dos tercios para finales de año ya se ha topado con la dura oposición del Ministerio de Finanzas alemán y de sus influyentes sindicatos, preocupados por la pérdida de “cientos de miles” de puestos de trabajo.

Si consideramos todas las exenciones, las sanciones no han logrado hasta ahora paralizar fatalmente la economía rusa ni frenar su invasión de Ucrania. Al principio, las restricciones de Estados Unidos y la UE provocaron un desplome de la moneda rusa, el rublo, que el presidente Biden calificó burlonamente como “escombro”, pero su valor se ha recuperado desde entonces hasta los niveles anteriores a la invasión, mientras que los daños económicos más amplios han sido, hasta ahora, limitados. “Mientras Rusia pueda seguir vendiendo petróleo y gas”, observó Jacob Funk Kirkegaard, investigador principal del Peterson International Economics Institute, “la situación financiera del gobierno ruso es en realidad bastante sólida”. Y concluyó: «Esta es la gran cláusula de escape de las sanciones».

En resumen, Occidente ha confiscado unos cuantos yates a los compinches de Putin, ha dejado de servir Big Macs en la Plaza Roja y ha impuesto sanciones a todo excepto a lo que realmente importa. Con Rusia suministrando el 40% de su gas y recaudando unos 850 millones de dólares diarios, Europa está, de hecho, financiando su propia invasión.

Reparaciones

Tras el fracaso de las presiones de Washington sobre China y de las sanciones occidentales contra Rusia para detener la guerra, los tribunales internacionales se han convertido en el único medio pacífico que queda para detener el conflicto. Aunque la ley sigue siendo un medio eficaz para mediar en los conflictos a nivel nacional, la cuestión crítica de hacer cumplir las sentencias ha privado a los tribunales internacionales de su promesa de promover la paz, un problema dolorosamente evidente en Ucrania en la actualidad.

Incluso con los combates causando estragos, dos importantes tribunales internacionales han fallado ya en contra de la invasión rusa, emitiendo órdenes para que Moscú cese y desista de sus operaciones militares. El 16 de marzo, el máximo tribunal de la ONU, la Corte Internacional de Justicia, ordenó a Rusia que suspendiera inmediatamente todas las operaciones militares en Ucrania, una sentencia que Putin se ha limitado a ignorar. En teoría, ese alto tribunal podría ahora exigir a Moscú el pago de reparaciones, pero Rusia, como miembro permanente del Consejo de Seguridad, podría simplemente vetar esa decisión.

Con sorprendente rapidez, el quinto día de la invasión, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) de Estrasburgo dictó sentencia en el caso Ucrania vs Rusia (X), ordenando al Kremlin “abstenerse de realizar ataques militares contra civiles y objetos civiles, incluidos locales residenciales, vehículos de emergencia y… escuelas y hospitales”, una clara directiva que el ejército de Moscú sigue desafiando con sus devastadores ataques de cohetes y artillería. Para hacer cumplir la decisión, el tribunal notificó al Consejo de Europa, que, dos semanas después, había tomado la medida más extrema que permiten sus estatutos: expulsar a Rusia tras 26 años de pertenencia. Con esta medida, no muy dolorosa, el Tribunal Europeo parece haber agotado sus poderes de ejecución.

Pero las cosas no tienen por qué acabar ahí. El Tribunal también es responsable de hacer cumplir el Convenio Europeo de Derechos Humanos, que en parte dice: “Toda persona física o jurídica tiene derecho al disfrute pacífico de sus bienes”. En virtud de esa disposición, el TEDH podría ordenar a Rusia que pague a Ucrania una indemnización por los daños de guerra que está causando. Por desgracia, como señala Ivan Lishchyna, asesor del Ministerio de Justicia de Ucrania: “No hay una policía internacional o una fuerza militar internacional que pueda respaldar cualquier sentencia de un tribunal internacional”.

Sin embargo, existe una vía de pago más que obvia. Al igual que un tribunal municipal de Estados Unidos puede embargar el salario de un padre moroso que no paga la manutención de sus hijos, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos podría embargar los ingresos del gas del padre moroso por excelencia del mundo, Vladimir Putin. En sus primeras cinco semanas, la guerra elegida por Putin infligió un daño estimado de 68.000 millones de dólares a la infraestructura civil de Ucrania (sus casas, aeropuertos, hospitales y escuelas), junto con otras pérdidas por valor de unos 600.000 millones de dólares o tres veces el producto interior bruto total de ese país.

Pero, ¿cómo podría Ucrania cobrar tal suma a Rusia? Cualquier parte ucraniana que haya sufrido daños -ya sean individuos, ciudades o toda la nación- podría solicitar al Tribunal Europeo de Derechos Humanos que ejecute su sentencia en el caso Ucrania vs Rusia (X) concediendo una indemnización por daños y perjuicios. El Tribunal podría entonces ordenar al Consejo de Europa que ordene a todas las empresas europeas que compran gas a Gazprom, el monopolio estatal ruso, que deduzcan, por ejemplo, el 20% de sus pagos regulares para un fondo de compensación para Ucrania. Dado que Europa paga ahora a Gazprom unos 850 millones de dólares diarios, esa deducción ordenada por el tribunal permitiría a Putin pagar su deuda inicial de 600.000 millones de dólares por daños de guerra en los próximos ocho años. Sin embargo, mientras su invasión continúe, esas sumas van a aumentar de forma potencialmente paralizante.

Aunque Putin, sin duda, echaría espumarajos por la boca y explotaría, al final no tendría más remedio que aceptar esas deducciones o ver cómo la economía rusa se derrumba por la falta de ingresos de gas, petróleo o carbón. El mes pasado, cuando hizo aprobar una ley en su parlamento que exigía los pagos de gas de Europa en rublos, no en euros, Alemania se negó, a pesar de la amenaza de un embargo de gas. Ante la pérdida de unos ingresos tan importantes para el sostenimiento de su economía, un Putin humillado se rindió ante el canciller Scholz.

Con miles de millones invertidos en los gasoductos que van en una sola dirección hacia Europa, la economía rusa, dependiente del petróleo, tendría que absorber esa deducción por daños de guerra del 20% -posiblemente más, si la devastación empeora- o enfrentarse a un colapso económico seguro por la pérdida total de esas exportaciones energéticas críticas. Eso podría, tarde o temprano, obligar al presidente ruso a poner fin a su guerra en Ucrania. Desde una perspectiva pragmática, esa deducción del 20% sería una victoria en cuatro sentidos. Castigaría a Putin, reconstruiría Ucrania, eludiría una recesión europea causada por la prohibición del gas ruso y evitaría el daño medioambiental que supone encender las centrales eléctricas de carbón de Alemania.

Pagar por la paz

En la época de las manifestaciones contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos y de las marchas por la descongelación nuclear en Europa, las multitudes de jóvenes manifestantes cantaban el estribillo lleno de esperanza de John Lennon y Yoko Ono, aunque eran conscientes de lo inútil que era incluso cuando las palabras salían de sus labios: “Todo lo que decimos es que hay que dar una oportunidad a la paz”. Pero ahora, después de semanas de ensayo y error sobre Ucrania, el mundo podría tener una oportunidad de hacer que el agresor de una guerra terrible empiece al menos a pagar un precio por traer un conflicto tan devastador a Europa.

Tal vez haya llegado el momento de pasarle la factura a Vladimir Putin por una política exterior que no ha hecho más que arrasar una ciudad desventurada tras otra, desde Alepo y Homs en Siria hasta Chernihiv, Járkov, Jerson, Kramatorsk, Mariúpol, Mykolaiv y, sin duda, otras más en Ucrania. Una vez que los tribunales del mundo establezcan este precedente en el caso Ucrania vs Rusia (X), los aspirantes a hombres fuertes podrían tener que pensárselo dos veces antes de invadir otro país, sabiendo que las guerras arbitrarias vienen ahora con un precio prohibitivo.    

Voces del Mundo

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