La verdad no importó nunca en Guantánamo

Elise Swain, The Intercept, 11 junio 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Elise Swain es editora de fotografía de The Intercept. Con anterioridad fue productora asociada del podcast Intercepted, a la vez que simultaneaba ese trabajo con la escritura, la fotografía, el vídeo, la ilustración y el audio. Antes de incorporarse a The Intercept, trabajó como artista independiente y es licenciada en fotografía y vídeo por la School of Visual Arts. Vive en Brooklyn, Nueva York.

El sargento del Ejército Joseph Hickman estaba de guardia en la Bahía de Guantánamo, en una torre con todo el complejo penitenciario desplegado bajo él, cuando vio una furgoneta blanca de transporte de presos salir del Bloque Alfa hacia la puerta de entrada de la prisión. Era la tarde del 9 de junio de 2006. Una vez que la furgoneta atravesó la puerta, hizo un giro inusual a la izquierda. El único destino posible para los detenidos en esa dirección era un sitio negro de la CIA al que algunos de los guardias se referían como «Campo No», porque oficialmente no existía. Cuando se puso el sol, después de que los detenidos hubieran cenado, Hickman observó que la furgoneta se dirigía dos veces más hacia el centro. Horas después, tres detenidos fueron declarados muertos.

La explicación oficial que el gobierno ha mantenido durante 16 años es una versión increíble de los hechos que ha sido desmontada en informes posteriores. La Marina dice que los hombres se suicidaron por ahorcamiento, en celdas separadas no contiguas, de la misma manera, al mismo tiempo, bajo vigilancia por vídeo, sin que los guardias se dieran cuenta y sin que los prisioneros pidieran a los guardias que intervinieran. Nos dicen que cada uno de los hombres se había atado las muñecas y los tobillos con telas y que se habían introducido trapos en la garganta, y luego nos piden que creamos que se colgaron ellos mismos.

A pesar del explosivo reportaje de Scott Horton para Harper’s Magazine, en el que múltiples fuentes, incluido Hickman, refutaron la versión oficial y aportaron pruebas de que se había producido un encubrimiento, no se ordenó ninguna investigación oficial independiente del incidente. El Departamento de Justicia, al que se le pidió que examinara la increíble explicación de los hechos por parte de la Marina, acabó revisando las acusaciones de encubrimiento y no encontró «ninguna prueba de delito«.

Este inquietante episodio no tardó en volverse indeciblemente oscuro: las autopsias independientes ordenadas por las familias de los muertos fueron inútiles, ya que los cuerpos, que mostraban signos de tortura, habían sido enviados a casa con partes perdidas. A los hombres se les había extirpado la garganta: la laringe, el hueso hioides y el cartílago tiroides. Incluso después de este impactante hallazgo, la puerta se cerró; no habría investigaciones. Hickman llegó a publicar un libro titulado «Murder at Camp Delta» [«Asesinato en el Campo Delta»].

Para el público estadounidense, la pérdida de tres «terroristas» desconocidos por suicidio en la prisión de Guantánamo fue una historia pasajera, si es que llegó a registrarse, en el interminable ciclo de noticias de la «guerra contra el terrorismo» de Estados Unidos. Pero para Mansoor Adayfi, un inocente yemení atrapado en Guantánamo, fue la noche en que todo cambió. Conocía a los tres hombres, dijo a The Intercept. Habían protestado juntos, se habían puesto en huelga de hambre juntos, se habían sometido a un infierno para exigir derechos básicos y decencia humana.

En sus memorias, «Don’t Forget Us Here” [«No nos olviden aquí»], Adayfi expone su propio relato de aquella noche de verano. Apenas unas horas después de la muerte de los hombres, un devastado Adayfi fue interrogado y golpeado por el incidente. Los exdetenidos Mohamedou Slahi y Ahmed Errachidi dijeron en una entrevista que sus celdas, incluso en régimen de aislamiento, fueron registradas esa noche. Los muertos -Salah Ahmed Al-Salami, de 37 años; Mani Shaman Al-Utaybi, de 30; y Yasser Talal Al-Zahrani, de 22-, todos ellos detenidos sin cargos, fueron atacados por el comandante del campo. «Son inteligentes, creativos y comprometidos», dijo el contralmirante Harry B. Harris Jr. «No tienen ninguna consideración por la vida, ni la nuestra ni la suya. Creo que esto no fue un acto de desesperación, sino un acto de guerra asimétrica librado contra nosotros.» Los guardias y los interrogadores enfadados, avergonzados por el suceso, se embarcaron en una campaña de represión que duró un mes.

«Nada tenía sentido», escribe Adayfi. «Ninguno de los hermanos había hablado de suicidio. Ninguno de nosotros lo había hecho. Acabábamos de sobrevivir juntos a la huelga de hambre. Las condiciones en el campo habían mejorado, y nos preparábamos para volver a la huelga para conseguir aún más cambios”.

En «Murder at Camp Delta”, Hickman escribe que ninguno de sus guardias que tenían una visión clara del campo y de la clínica médica vio a ningún detenido ser trasladado de sus celdas a la clínica. El propio Hickman vio cómo la furgoneta blanca regresaba al campamento y se dirigía directamente a la clínica, aunque no pudo ver lo que se descargaba de la furgoneta porque su vista estaba bloqueada. Dos guardias que tenían una vista sin obstáculos de los pasillos que conectan la clínica con los bloques de celdas confirmaron a Horton que no habían visto sacar a ningún prisionero de las celdas.

Hickman y Adayfi se mantienen firmes en la conclusión de que era imposible que estos hombres hubieran muerto suicidándose en sus celdas. «Esto fue un asesinato», dijo Hickman. «Pienso en ello todos los días».

Adayfi explica que él y sus «hermanos», compañeros de prisión, siempre hicieron todo lo posible para evitar que se produjera un suicidio. «No puedo decir exactamente qué pasó», me dijo. «De alguna manera, los mataron».

Un dibujo realizado por Sabry Al Qurashi mientras estaba detenido en la prisión de Guantánamo en 2014. 
(Foto: Cortesía de Mansoor Adayfi)

Otras muertes misteriosas se sucedieron a lo largo de los años. En total, nueve detenidos han muerto en la prisión. Surgieron acusaciones de encubrimiento, pero las muertes permanecieron envueltas en el secreto.

Con pocas excepciones, nadie se preocupó realmente. Ni siquiera la absurda historia presentada sobre estos «suicidios» logró conmocionar al público para que condenara la continua parodia de justicia que representa Guantánamo. La narrativa de que estos hombres hicieron algo terrible y merecían ser encarcelados por ello define la naturaleza misma de la respuesta posterior al 11-S. No importa que las acusaciones originales contra muchos de ellos fueran endebles y fácilmente refutables. El debido proceso y la presunción de inocencia, los valores que definen el ideal de justicia estadounidense, les serían negados para siempre. El vago lenguaje de «combatientes enemigos» y «terroristas» deshumanizó a los hombres de todo Oriente Medio hasta el punto de que Estados Unidos pudo cometer profundos abusos de los derechos humanos con impunidad y apoyo público.

En los años posteriores al 11-S, los estadounidenses estaban convencidos de que los hombres encerrados en Guantánamo -o asesinados en ataques con aviones no tripulados en el extranjero o torturados en sitios negros de la CIA- eran enemigos jurados de Estados Unidos que merecían morir antes de que pudieran causar más muertes sin sentido. Y así siguieron las atrocidades, cometidas a lo largo de múltiples administraciones en un campo de batalla global en el que las fuerzas estadounidenses jugaban a ser juez, jurado y verdugo contra «terroristas» y «combatientes enemigos» que también resultaban ser campesinos, taxistas, madres y niños, produciendo un insoportable número de víctimas humanas que solo quedó al descubierto gracias a una minuciosa labor informativa.

Renovar los llamamientos para que se haga justicia a los hombres que murieron en Guantánamo parece un ejercicio inútil, pero los que han quedado permanentemente mutilados por Guantánamo se niegan a dejar de buscar justicia. «Me gustaría que se responsabilizara a las personas que estuvieron detrás, pero eso nunca va a ocurrir», dice Hickman. «Creo que fue un asesinato, y nunca debería hacerse desaparecer. Debe investigarse hasta que se resuelva».

El engaño y las mentiras y el encubrimiento de los peores momentos de la historia posterior al 11-S han creado un escenario interminable de hipocresía para que todo el mundo lo vea.

Ahmed Errachidi, un chef marroquí encarcelado injustamente durante años en Guantánamo, dijo que cuanto más tiempo continúe la injusticia en el campo de detención, más daño hace a la «reputación y al legado de la cultura, los principios y la moral estadounidenses». Pidió que se permita a los exdetenidos de Guantánamo testificar por fin ante el Congreso y que se permita a las víctimas de la tortura de la CIA llevar al gobierno estadounidense a los tribunales. «Ustedes dicen ser una nación que defiende la libertad, el Estado de derecho, los derechos humanos», dijo. «El mundo entero está mirando».

Foto de portada: Un miembro de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en el interior del bloque de celdas del Campo 2 en la Bahía de Guantánamo, Cuba, 9 de mayo de 2006. (Mark Wilson/Getty Images)

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