El imperio estadounidense cambia sus estrategias en Oriente Medio

Joel Beinin, Jacobin.org, 15 junio 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


El 24 de mayo, el US Committee to End Political Repression in Egypt [Comité Estadounidense para Acabar con la Represión Política en Egipto] organizó un panel sobre «El Imperio Estadounidense y la Autocracia en Oriente Medio», copatrocinado por Internationalism from Below, Democracy for the Arab World (DAWN), Middle East Research and Information Project (MERIP), Freedom Initiative y el International Committee of Democratic Socialist of America. A continuación, se ofrece la transcripción editada de las presentaciones de los ponentes:

El panel fue presentado y moderado por Joel Beinin, profesor emérito de historia Donald J. McLachlan de la Universidad de Stanford. Joel es expresidente de la Middle East Studies Association of North America y miembro del comité directivo del US Committee to End Political Repression. Su último libro es Workers and Thieves: Labor Movements and Popular Uprisings in Tunisia and Egypt (Stanford University Press, 2016).

J.B.: El imperio estadounidense no es monolítico. En Oriente Medio, como en otros lugares, se apoya en alianzas con países cuyos intereses no siempre coinciden del todo con los suyos. Siempre ha habido conflictos entre los aliados y los Estados clientelistas de EE. UU.

Las tensiones en el mantenimiento de la hegemonía imperial estadounidense quedaron patentes en la llamada Cumbre del Néguev, organizada a finales de marzo de 2022 por el ministro de Asuntos Exteriores israelí, Yair Lapid, y a la que asistieron los ministros de Asuntos Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Bahréin, Egipto y Marruecos, junto con el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken. El único logro claro del evento fue el reconocimiento público árabe de la plena colaboración con Israel en un eje de potencias reaccionarias que se opone a las demandas populares de democracia y justicia social y refuerza la autocracia en todo Oriente Medio y el Norte de África. Este eje de reacción está alineado con Estados Unidos, pero no le obedece plenamente.

Este es el fruto de los Acuerdos de Abraham de 2020, en los que los EAU y Bahréin, y posteriormente Marruecos y Sudán, normalizaron sus relaciones con Israel. Los Acuerdos de Abraham fueron supuestamente una recompensa para Israel por detener su movimiento de anexión de partes de Cisjordania. En realidad, Israel ha seguido afianzando su ocupación del territorio palestino, anexionándose de facto cerca del 40% de Cisjordania y ejerciendo un control total sobre otro 20%.

Los EAU llevaban varios años, antes de la conclusión de los Acuerdos de Abraham, intentando comprar aviones furtivos de combate F-35, los más avanzados del arsenal estadounidense. Si los EAU no hubieran normalizado sus relaciones con Israel, este país y sus partidarios en Washington seguramente se habrían opuesto a estas ventas. Los Acuerdos de Abraham contenían una estipulación no anunciada de que Israel no se opondría a la adquisición de los F-35 por parte de los EAU.

Otro logro de los Acuerdos de Abraham fue que, a cambio de normalizar las relaciones con Israel, Marruecos obtuvo el reconocimiento de Estados Unidos por su ocupación del Sáhara Occidental desde 1975, desafiando numerosas resoluciones de la ONU que abogaban por un referéndum de los habitantes para determinar su futuro.

A pesar de estos logros nefastos, los ministros árabes presentes en la cumbre se mostraron descontentos por el hecho de que la administración de Joe Biden pretendiera restaurar el acuerdo nuclear -el Plan de Acción Integral Conjunto- que la administración de Barack Obama alcanzó con Irán en 2015. Donald Trump derogó ese acuerdo tras llegar a la presidencia.

Israel y las partes árabes estarían encantados de que Estados Unidos entrara en guerra con Irán en su nombre. También lo haría Arabia Saudí, que, aunque no estuvo presente directamente, fue una fuerza motriz de la cumbre. Israel ha estado provocando a Irán para lograr este resultado asesinando a científicos nucleares iraníes y saboteando su software nuclear. También asesinó a un alto miembro de la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Irán en Teherán el pasado mes de mayo.

La agenda del secretario de Estado Blinken era conseguir el apoyo de los asistentes a la cumbre a la política estadounidense sobre Ucrania. Pero Arabia Saudí, la presencia ausente en la cumbre, solo ha aceptado aumentar mínimamente su producción de petróleo para compensar el déficit de petróleo ruso en el mercado mundial. Esto será insuficiente para bajar los precios en un futuro próximo.

Egipto reafirmó su neutralidad en la guerra ruso-ucraniana y está considerando la posibilidad de comprar el avión militar más avanzado de Rusia, el SU-35. Israel también se ha negado a adoptar una posición firme contra Rusia. Desde que Rusia invadió Ucrania, los oligarcas rusos han transferido su ilícita riqueza en paraísos fiscales desde Londres y Nueva York a la ciudad más poblada de los EAU, Dubai.

La atracción de capital extranjero sucio y la difuminación de los límites entre los negocios, la diplomacia y la seguridad es un sello distintivo de la política exterior de los EAU. Mubadala Capital, una unidad de la empresa de inversión estatal de Abu Dhabi, de 243.000 millones de dólares, ha sido un inversor en la notoria empresa israelí de espionaje NSO Group desde 2019. El jeque Mohamed bin Zayed Al Nahyan (MBZ), gobernante de facto de Abu Dhabi y principal arquitecto del eje de reacción, es uno de los mayores inversores de Mubadala.

El gobierno israelí autoriza todas las exportaciones del programa espía Pegasus de NSO. Un alto ministro del gabinete israelí confirmó: «Vendimos esta tecnología a los EAU, Bahréin y Arabia Saudí para que puedan luchar juntos contra nuestro enemigo común, Irán.»

En noviembre de 2021, el Departamento de Comercio de Estados Unidos incluyó a NSO Group en su lista negra, acusándolo de haber suministrado su programa espía Pegasus a gobiernos que lo habían utilizado para «atacar maliciosamente» a funcionarios gubernamentales, periodistas, empresarios, activistas, académicos y trabajadores de embajadas. Una investigación del Washington Post reveló que en los meses previos al asesinato de su columnista y disidente saudí Jamal Khashoggi, en octubre de 2018, funcionarios de seguridad de los Emiratos Árabes Unidos instalaron el software espía Pegasus en dos teléfonos de su prometida, Hanan Elatr. Esto hizo posible que se vigilaran sus conversaciones y movimientos sin que ella supiera que su teléfono estaba comprometido.

La CIA concluyó que el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman, ordenó el asesinato. Estados Unidos no tenía ningún interés en el asesinato de Khashoggi. Pero sí tiene interés en aplacar al régimen saudí, por lo que ha dejado de lado el asunto.

Egipto mantiene el mayor régimen carcelario de la región, con al menos 60.000 presos políticos. El informe del Departamento de Estado de 2020 sobre los derechos humanos en Egipto lamentaba las ejecuciones extrajudiciales del régimen de Abdel Fattah el-Sisi, la violencia contra las personas LGBTQ y el trabajo infantil forzado, además de su detención masiva de opositores políticos. Durante la campaña de las elecciones presidenciales, el candidato Biden prometió que el hombre al que Trump llamaba su «dictador favorito», el presidente egipcio Sisi, no recibiría más «cheques en blanco» si era elegido. Sin embargo, el presidente Biden ha incumplido este compromiso.

El otoño pasado, el Congreso hizo un débil gesto para poner en práctica la promesa de Biden al retener 300 millones de dólares de los 1.300 millones anuales de ayuda militar a Egipto. Pero el secretario de Estado Blinken redujo posteriormente la cantidad de ayuda militar retenida a unos simbólicos 130 millones de dólares. En enero, apenas unos días después de que la administración Biden dijera que Egipto no había cumplido las condiciones para liberar esa cantidad retenida, aprobó una venta de armas adicional de 2.500 millones de dólares a Egipto, que según el Departamento de Estado «apoyará la política exterior y la seguridad nacional de Estados Unidos». En mayo, el Departamento de Estado anunció que había aprobado la venta de veintitrés helicópteros Chinook y otro material a Egipto con un precio de 2.600 millones de dólares.

Para mantener este desordenado eje de reacción, Estados Unidos consiente las violaciones masivas de los derechos humanos en Egipto, los EAU y Arabia Saudí. Ha participado activamente en la guerra de agresión saudí-emiratí en Yemen, que ha provocado 377.000 muertes, el 60% de ellas debidas al hambre, la falta de medicamentos y atención sanitaria básica, el agua insalubre y un brote de cólera, mientras que más de 24 millones de yemeníes necesitan ayuda humanitaria y 19 millones se enfrentan a inseguridad alimentaria. El presidente Biden tampoco ha revocado la legitimación de su predecesor de la ocupación ilegal del Sáhara Occidental por parte de Marruecos, mientras que las violaciones cada vez más atroces de los derechos humanos de los palestinos por parte de Israel solo merecen débiles expresiones de preocupación por parte de Estados Unidos.

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Jamie Allinson es profesor titular de Política y Relaciones Internacionales en la Universidad de Edimburgo y autor de The Age of Counter-revolution: States and Revolutions in the Middle East (Cambridge University Press, 2022).

J.A.: Yo describiría el «eje de la reacción» -Arabia Saudí, los EAU, el régimen militar egipcio e Israel, en alianza con el imperialismo estadounidense- como un eje, o bloque, contrarrevolucionario que se ha endurecido en la década transcurrida desde los levantamientos de 2011. Pero sus raíces llegan más atrás. No se trata solo de una alianza de Estados que garantizan lo que denominan su «seguridad» (una palabra que cubre una multitud de pecados en el lenguaje académico y de los responsables políticos). Es también una de clases dominantes que buscan reprimir y seguir explotando a las poblaciones que gobiernan, o, en el caso de Israel, un Estado colono que busca mantener y extender el despojo de la población indígena de la tierra que ha colonizado.

Durante la llamada «Guerra Fría Árabe» de los años 60, Arabia Saudí fue el centro de la oposición al nacionalismo árabe radical encarnado por el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser. Los dos países libraron una guerra en Yemen (de nuevo un campo de batalla hoy en día) debido a esa oposición. La izquierda revolucionaria de la región solía identificar a sus enemigos como las fuerzas tripartitas del sionismo, el imperialismo y la reacción árabe.

A finales de la década de 1970, dos cambios sentaron las bases del bloque contrarrevolucionario tal y como existe hoy. El primero fue la revolución iraní de 1979, que no comenzó como una revolución islamista, o islámica, pero se convirtió en una. Esto aterrorizó a las clases dirigentes de la región y especialmente a las de los petroestados del Golfo, que formaron el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) para coordinar su respuesta a la revolución.

El segundo gran cambio fue que Egipto, bajo el mandato de Anwar Sadat, se apartó de las políticas más redistributivas desde el punto de vista económico de su predecesor y de una postura geopolítica antiimperialista y antisionista (o al menos mostró una voluntad retórica de enfrentarse a Israel). En cambio, Sadat se decantó por una alianza con Estados Unidos y por atraer inversiones del sector privado del Golfo. Egipto reconoció a Israel y firmó un tratado de paz con él, que fue una de las razones por las que Sadat fue asesinado en 1981. El resultado de este cambio fue que Egipto e Irán dieron un vuelco, por así decirlo, pasando el primero de oponente a Israel y a Estados Unidos a aliado, y el segundo haciendo el viaje inverso.

En otras palabras, las relaciones entre Egipto, los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí e Israel se han forjado por intereses contrarrevolucionarios compartidos en la región durante décadas. Esto no significa que la república islámica iraní sea un régimen particularmente preferible. Sin embargo, derivó de un movimiento revolucionario, aunque yo diría que hoy en día desempeña, a su manera, un papel contrarrevolucionario.

Los aspectos ideológicos de este bloque contrarrevolucionario son importantes, en particular el hecho de que se trata de países mayoritariamente suníes, con las excepciones de Israel y Bahréin, donde la dinastía gobernante, en el segundo país, es suní mientras que la mayoría de la población es chií. Estos regímenes son también muy hostiles a los Hermanos Musulmanes (HM). En el fondo, sin embargo, se trata de un proyecto para preservar las clases dirigentes no democráticas o fracciones de ellas.

La Hermandad Musulmana, a pesar de todos sus defectos, es en realidad una organización de masas cuya estrategia depende de la idea de que los ciudadanos deben tener algo que decir en su gobierno. Esto es un anatema para las familias gobernantes de los EAU y Arabia Saudí y para la jerarquía militar egipcia. El hecho de que la HM ofrezca un modelo alternativo islámico, pero al menos parcialmente democrático, lleva al régimen saudí a oponerse a ella como contendiente por la hegemonía ideológica en el mundo islámico.

Una dinámica similar estuvo detrás de la sectarización del régimen saudí a principios de la década de 1980 en respuesta a la revolución islámica de Irán, que ha redoblado desde 2011. Eso no impide que los saudíes colaboren con la HM cuando los sectores locales de esta última están en contra de una mayor democracia o se oponen a Irán por motivos sectarios. Este es el caso de Bahréin, por ejemplo, y de Yemen, donde la cooperación saudí con los afiliados de la HM ha provocado una ruptura con los EAU.

El momento más importante en la formación de este bloque fueron los levantamientos revolucionarios de 2011 que se extendieron por toda la región. En Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria, estos levantamientos condujeron finalmente al cambio de jefe de régimen (excepto en Siria), al colapso del Estado y a la guerra civil, o a ambos. En Bahréin, las protestas estuvieron a punto de derrocar a la monarquía de los Jalifas. Me refiero a esto como un momento revolucionario porque estos levantamientos plantearon desafíos fundamentales a los regímenes políticos autocráticos que dominan la región, a sus jerarquías geopolíticas y a las estructuras de desigualdad y explotación de clase sobre las que se apoyan esos regímenes.

Este desafío obligó a las clases dominantes de la región a responder montando contrarrevoluciones que se encuadran en uno de los tres campos, formando los tres ejes competitivos que han desgarrado la región desde 2011. Primero fueron los que apoyaron retóricamente los levantamientos porque se oponían a sus enemigos y a Estados Unidos, para luego reprimir dichos levantamientos cuando llegaron a sus propias poblaciones o fronteras. Estoy pensando en Irán, el régimen de Bashar al-Assad en Siria y Hizbolá.

En la segunda categoría estaban los que apoyaban formas políticas de revolución, de las que pensaban que se beneficiarían, pero se oponían a la revolución social o a la transformación económica: la HM, Qatar, Turquía bajo Recep Tayyip Erdoğan y su partido AKP. En tercer lugar, estaban los contrarrevolucionarios declarados del bloque que estamos discutiendo: los EAU, Bahréin, el Reino de Arabia Saudí y el ejército egipcio (además de Israel). Los propios Estados Unidos vacilaron al principio entre el apoyo al segundo y al tercer bando, antes de decantarse definitivamente por el tercero.

Este bloque contrarrevolucionario está entrelazado política, militar y económicamente. El ejemplo más importante es el golpe contrarrevolucionario en Egipto en 2013. La revolución egipcia de 2011 dio lugar a una democratización parcial y a la elección de un candidato de los HM, Mohamed Morsi (que contaba con un fuerte apoyo de Qatar), a la presidencia en 2012. Fue una dinámica complicada. Pero el resultado fue que Morsi fue derrocado en 2013 por una alianza liderada y conformada por los militares egipcios, en la forma del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) encabezado por el entonces ministro de Defensa Abdel Fattah el-Sisi.

Ahora se dispone de una grabación de un increíble intercambio entre el jefe de Estado Mayor de Sisi, Abbas Kamel, y el viceministro de Defensa, Sidqi Subhi, en junio de 2013. Al primero se le oyó decir que necesitaría 200.000 libras egipcias «mañana mismo» de la cuenta de Tamarrod, el movimiento lanzado para impulsar la dimisión de Morsi: «ya sabes, la parte de los Emiratos Árabes Unidos que han transferido».

En una grabación posterior, que aparentemente data de la campaña presidencial de Sisi en 2014, aparece Sisi exigiendo otros diez millones de libras egipcias de los EAU, con un 2% adicional para poner en el Banco Central. Expresó su asombro por la suma total de 30.000 millones de dólares que se dice que ha recibido del CCG hasta esa fecha. Los países del CCG, declara el hombre identificado en la cinta como Sisi, están «podridos de dinero».

Entre julio de 2013 y principios de 2015, Egipto recibió 23.000 millones de dólares de los EAU, Arabia Saudí y Kuwait. Los EAU también financiaron los esfuerzos de cabildeo del régimen posterior al golpe de Estado en Washington, por valor de 2,7 millones de dólares.

Este patrón de inversión está, de hecho, retomando y recargando la relación anterior a 2011, y superando ahora la anterior división en diferentes ejes contrarrevolucionarios en la región, forjando un interés de clase compartido. Los Emiratos Árabes Unidos anunciaron en marzo de este año una inversión adicional de 2.000 millones de dólares en Egipto, mientras que Arabia Saudí transfirió 5.000 millones de dólares al Banco Central egipcio, e incluso Qatar, ahora de vuelta al redil, se ha comprometido a igualar esa cantidad.

El objetivo aparente de esta inversión en Egipto es compensar la crisis económica y alimentaria provocada por la invasión rusa de Ucrania. Sin embargo, también forma parte de un reajuste regional más amplio. Por ejemplo, los EAU han acogido la visita del presidente sirio Bashar al-Assad, que se reunió con Mohamed bin Zayed.

Así ocurrió con dos de los contrarrevolucionarios más sangrientos de la región disfrutando de un tête-à-tête entre ellos, que recuerda a la vieja caricatura de David Low de Adolf Hitler reuniéndose con Joseph Stalin. A un nivel, esto es parte de un esfuerzo para poner una cuña entre Assad, Rusia e Irán. Pero también se trata -y quizás de manera más central- de conseguir que los contratistas de construcción de los EAU participen en los acuerdos de reconstrucción de Siria que se están proponiendo ahora.

¿Cómo se une este bloque con Israel y Estados Unidos? La normalización y la alianza formalizan las relaciones preexistentes y también sitúan la causa palestina fuera de los límites, invirtiendo la norma anterior de la política árabe. La nueva dispensa establece la interdependencia de la ayuda y permite la adquisición de equipos militares avanzados que los congresistas estadounidenses pro-Israel -en otras palabras: la mayoría- habrían bloqueado anteriormente. Además, es una declaración significativa por parte de estos regímenes de que la legitimidad popular ya no es algo de lo que crean que deben preocuparse.

Esto no quiere decir que sean apoderados de Estados Unidos. No lo son: se puede ver una prueba de ello en la forma en que Arabia Saudí se resistió a los ruegos de Estados Unidos de aumentar la producción de petróleo para presionar a Rusia sobre la guerra en Ucrania. Ya no estamos en una era de hegemonía estadounidense indiscutible, en la que estos Estados perciben los intereses de Estados Unidos como propios; más bien, a veces se alinean. El imperialismo es competitivo. Los intereses del bloque son fundamentalmente contrarrevolucionarios y no solo proestadounidenses.

El bloque tampoco es monolítico. Hay divisiones entre él: por ejemplo, sobre la cooperación o la alianza de los EAU con Rusia en Libia. Los saudíes se oponen al reconocimiento de Assad por parte de los EAU. También están en conflicto con los EAU por el apoyo saudí a las milicias alineadas con la HM en Yemen.

Por último, también se han producido nuevas oleadas de levantamiento revolucionario desde 2019 a las que estos contrarrevolucionarios no están seguros de cómo responder. La respuesta de los saudíes al levantamiento sudanés ha sido compleja. No siempre favorecieron al régimen del derrocado presidente Omar al-Bashir por su asociación con la HM. Sin embargo, desde el golpe militar de octubre de 2021, se han acercado al régimen posterior a Bashir, al igual que Egipto.

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Aslı Bâli es profesora de Derecho en la Facultad de Derecho de la UCLA, directora de la facultad fundadora del Promise Institute for Human Rights y antigua directora del UCLA Center for Near Eastern Studies. Es coeditora de dos volúmenes sobre diseño institucional y derecho constitucional comparado en Cambridge University Press.

A.B.:  Los Acuerdos de Abraham reflejan tanto un afianzamiento como un reajuste del poder de Estados Unidos. Representan algo profundamente preocupante para la región y al mismo tiempo son una continuación y aceleración de dinámicas anteriores.

Fundamentalmente, los Acuerdos de Abraham reflejan la propensión de Estados Unidos a presentar la guerra como paz, redoblando un proyecto de estabilidad para la región basado en el autoritarismo y la represión violenta. La supuesta diplomacia para promover la paz entre Israel y los Estados árabes sirve en cambio de vehículo para la venta de armas, el apoyo financiero a los regímenes autoritarios y los favores políticos entre Estados Unidos y sus clientes regionales. Cada uno de estos elementos refuerza la arquitectura regional preferida por Estados Unidos, que apoya su actual huella militar en Oriente Medio y establece al mismo tiempo un marco que podría sostener en el futuro el equilibrio de poder de la región incluso en ausencia de apoyo directo de Estados Unidos.

¿Qué es la huella militar estadounidense? Se compone de bases militares y ventas de armas que garantizan una economía política regional proestadounidense centrada en la seguridad energética del Golfo y el apoyo a la creciente industria tecnológica y militar de Israel. Comencemos con las bases estadounidenses, la venta de armas y la economía de la región antes de volver a una comprensión más amplia de cómo los Acuerdos de Abraham sirven no solo para el propósito de atrincheramiento sino también para la realineación regional en preparación para un pivote estadounidense.

Para comprender la magnitud del alcance imperial de Estados Unidos, hay 750 bases reconocidas en ochenta países de todo el mundo. Estados Unidos gasta más en su ejército que los diez países siguientes juntos. En Oriente Medio -y especialmente en los pequeños reinos del Golfo- tiene una de sus mayores huellas militares en el mundo fuera de la península de Corea. Estados Unidos ha establecido una presencia militar duradera, cuyos elementos incluyen 13.000 soldados en Qatar, la base de la quinta flota de la marina estadounidense en Bahréin y cinco bases aéreas y 2.500 soldados en Arabia Saudí.

Esta huella combina una presencia directa en el Golfo con una presencia indirecta en Israel. La presencia indirecta es la segunda vertiente de la estrategia militar estadounidense para la región. Esto se hace más visible en la forma de una amplia ayuda militar a Israel.

Cuando se trata de la venta de armas, Estados Unidos vendió 200.000 millones de dólares en armas convencionales principales y formas relacionadas de apoyo técnico a casi 170 países en la última década. Durante los cuatro años de la administración Trump, Estados Unidos aprobó ventas por otros 175.000 millones de dólares. Uno de los acuerdos de armas concluidos por Trump estaba vinculado directamente a los Acuerdos de Abraham, que despejaron el camino -con el consentimiento de Israel- para las transferencias masivas de armas a los Estados del Golfo.

Este marco le permitirá a Estados Unidos pasar de la dependencia de una huella militar literal sobre el terreno en el Golfo a formas más indirectas de apoyo militar afines al armamento militar y las tecnologías sofisticadas puestas a disposición de Israel. A medida que Estados Unidos dirige su propia atención a los adversarios de otras regiones, estos flujos de armas y el estrechamiento de las relaciones entre el Golfo e Israel pueden facilitar una reducción de personal -limitado a funciones de asesoramiento y apoyo técnico- a medida que Washington se centra más en supervisar la creación de una densa red militar entre sus aliados regionales.

El hecho de que la venta de armas de EEUU a los Estados del Golfo se haya multiplicado por más de tres en el año posterior a los Acuerdos de Abraham atestigua el verdadero carácter de este acuerdo de «paz». En la actualidad, los EAU representan alrededor del 8% de todas las ventas de armas de Estados Unidos. Esto incluye un acuerdo de 23.000 millones de dólares -cinco veces más grande que cualquier conjunto de ventas anteriores a los Acuerdos de Abraham- para la venta de algunas de las armas más sofisticadas de EEUU, como los aviones de combate F-35, a pesar de los esfuerzos anteriores del Congreso para limitar dichas ventas debido a los ataques a civiles en Yemen.

En la práctica, estas objeciones del Congreso han demostrado ser poco más que una cortina de humo. Las pequeñas cantidades de ayuda militar se suspenden a bombo y platillo cuando el Congreso plantea sus objeciones, pero estas suspensiones se levantan posteriormente de forma discreta cuando las objeciones humanitarias se ven superadas por los supuestos objetivos de seguridad compartidos por aliados regionales como Egipto y los Estados del Golfo.

Recapitulando, la tradicional presencia militar que Estados Unidos ha mantenido en la región se ve ahora reforzada por la masiva expansión de la venta de armas, que constituye la segunda vertiente de la presencia militar estadounidense en la región. Más allá de estos dos elementos, existe también una dimensión político-económica de los Acuerdos de Abraham, que han producido o acelerado la formación de una economía regional interconectada que acerca cada vez más al Golfo y a Israel.

Por ejemplo, los Acuerdos de Abraham establecieron el Fondo Abraham entre Estados Unidos, Israel y los EAU. Se trata de un fondo de 3.000 millones de dólares para el desarrollo dirigido por el sector privado para promover la prosperidad en la región. ¿Qué tipo de proyectos se financian? Como ha documentado el International Crisis Group, el primer objetivo declarado del fondo fue la modernización de 700 puestos de control operados por Israel en Cisjordania, afianzando así las prácticas de ocupación israelíes con la financiación del Golfo.

Es más que posible que las redes militares, la venta de armas y las nuevas formas de vínculos económicos proautoritarios facilitados por los Acuerdos de Abraham no sirvan para promover la paz. Sin embargo, proporcionan una importante función de blanqueo de reputación para los clientes de Estados Unidos en la región.

Todos los Estados que participan en los Acuerdos han sido acusados de represión en sus países y de graves violaciones de los derechos humanos en sus acciones contra la población civil, desde Palestina hasta Yemen y el Sáhara Occidental. Sin embargo, todas estas graves violaciones se ocultan bajo la cobertura de la «seguridad». Los regímenes abusivos se presentan como socios en la paz que han extendido una rama de olivo a Israel. Esto añade una nueva dimensión de legitimación a la tradicional estrategia estadounidense de presentar a los autoritarios y criminales de guerra como aliados necesarios debido a los supuestos intereses de seguridad compartidos esenciales para la estabilidad regional.

Además, los Acuerdos de Abraham también proporcionan un marco a través del cual los gobernantes del Golfo pueden normalizar el conjunto de relaciones preexistentes de larga data entre sus gobiernos e Israel a los ojos de las escépticas audiencias internas. Hasta hace poco, estos lazos se habían gestionado en su mayor parte a través de canales secundarios. Pero los cambios en el equilibrio de poder regional los han hecho cada vez más públicos, dando lugar a una posible dificultad a las relaciones públicas.

Las revueltas árabes de 2011 hicieron que los países del Golfo percibieran la necesidad de estrechar sus lazos con Israel, ya que trataban de evitar los desafíos a su gobierno interno y de gestionar su ansiedad de que Irán se beneficiara de la agitación. Necesitaban ofrecer una explicación creíble de este acercamiento a sus públicos. La razón inicial ofrecida fue la contención de Irán.

Una segunda explicación, más reciente, para el aumento de los vínculos con Israel es una razón económica, que da un nuevo giro al tradicional contrato social autoritario. Mientras que las rentas del petróleo aseguraban a los intranquilos ciudadanos que su quietud sería recompensada con creces, esa promesa se ha desvanecido en las últimas décadas. Los lazos con Israel ofrecen un nuevo modelo de estabilidad y prosperidad a través de la profundización del comercio y la inversión neoliberales que proporcionan crecimiento económico a los ciudadanos árabes del Golfo que gozan de mayor movilidad. En un momento en el que las demandas democráticas de las revueltas de 2011 se han enfrentado a la contrarrevolución financiada por el Golfo en toda la región, los gobiernos del CCG se ven presionados para demostrar que la gobernanza autoritaria puede generar crecimiento económico.

La capacidad de mantener esta narrativa de prosperidad es especialmente importante en la campaña de cambio de imagen lanzada por Arabia Saudí bajo su actual príncipe heredero, que ha prometido una economía pospetróleo que depende de atraer inversiones y turismo al reino. Aunque técnicamente Arabia Saudí no es signataria de los Acuerdos de Abraham, se la percibe como su principal patrocinadora y artífice, tal vez tanto para promover una economía regional alternativa como para respaldar las necesidades de seguridad del reino.

Para los socios públicos de los Acuerdos de Abraham, los dividendos económicos son cada vez más visibles: por ejemplo, con el ritmo acelerado de los israelíes que viajan e invierten en los EAU. Del mismo modo, hay nuevas inversiones del Golfo en Israel como parte de una diversificación y ampliación de las carteras económicas. Por supuesto, esto también crea un amplio margen para producir nuevos refugios para el dinero gris en estas florecientes asociaciones económicas.

Los Acuerdos de Abraham van más allá del repertorio anterior de dar prioridad a la lucha contra el terrorismo o a la seguridad compartida para justificar el apoyo a clientes autoritarios a pesar de su historial represivo. Tras los Acuerdos de Abraham, la alineación con los intereses de Estados Unidos abarca la profundización de los vínculos políticos y económicos, vinculando a Israel con los distintos países del Consejo de Cooperación del Golfo en formas que están diseñadas para transformar los flujos de inversión y comercio de la región.

En este contexto, cabe preguntarse si los Acuerdos de Abraham afianzan el anterior acuerdo de seguridad estadounidense para la región o si introducen un reajuste. Ciertamente, ofrecen la posibilidad de un marco de gobierno indirecto, que faculta a los principales actores autoritarios en términos militares y económicos para sostener el orden estadounidense preferido incluso tras la retirada hegemónica.

A medida que Estados Unidos pivota hacia Asia, la vinculación de la arquitectura de seguridad regional del Golfo a la suerte de su principal cliente local, Israel, produce un nuevo y poderoso bloque para estabilizar un orden proestadounidense. Por supuesto, de momento, Estados Unidos todavía tiene que reducir su presencia en Oriente Medio. Pero hay muchas razones para creer que esa reducción se producirá y que los Acuerdos de Abraham han acelerado la alineación de intereses entre Israel, Arabia Saudí y el CCG de forma que sirva a los intereses estadounidenses.

Sin embargo, resulta interesante que este bloque regional se niegue a ser arrastrado por completo a la órbita de Estados Unidos. El conflicto de Ucrania refleja, en muchos sentidos, los frutos de una estrategia que ahora ha superado los límites del control que Estados Unidos ejercía antes con éxito sobre su arquitectura de seguridad. Todos los firmantes de los Acuerdos de Abraham han declinado la invitación de Estados Unidos a votar contra la agresión rusa en las Naciones Unidas y no han impuesto sanciones a Rusia a pesar de las peticiones de Occidente. Algunos incluso han entablado un contacto directo con Moscú, intentando actuar como interlocutores supuestamente neutrales.

La negativa de los principales Estados clientelistas de Estados Unidos a aumentar el suministro de energía y a reducir los precios desorbitados de los combustibles es una prueba más de la disminución del control de Estados Unidos, aunque Arabia Saudí parece haber accedido a un aumento simbólico antes de una visita del presidente Biden al reino, o a cambio de ella, si se produce. En este sentido, puede considerarse que los EAU y los países del Golfo utilizan los Acuerdos de Abraham para diversificar su estrategia de seguridad lejos de Estados Unidos.

Para el CCG, anclar su estrategia en torno a Israel preserva indirectamente una asociación con Estados Unidos, porque cada uno de los países árabes entiende que la dedicación estadounidense a la seguridad israelí continuará después de un pivote hacia Asia. Pero también les permite un margen de maniobra y nuevos grados de libertad. Las relaciones con Israel proporcionan una medida de capacidad estratégica independiente para reprimir los movimientos en casa mediante la compra de programas de espionaje, drones y tecnología israelíes. Las compras del sector de la seguridad israelí en este sentido ya se han cobrado un alto precio en periodistas críticos, defensores de los derechos humanos y movimientos de la sociedad civil.

En resumen, la economía política de los Acuerdos de Abraham puede servir como nuevo anclaje de un acuerdo de seguridad regional que lleva el sello de Estados Unidos, pero que ya no cuenta necesariamente con el respaldo militar directo de una presencia estadounidense sobre el terreno. Facilitan una arquitectura de vigilancia producida por Israel en toda la región; nuevos flujos de armamento hacia los Estados represivos que se sabe que atacan a los civiles; y patrones de comercio e inversión que prometen un modelo autoritario de prosperidad a expensas de las comunidades más vulnerables de la región. Todo esto, por supuesto, se suma a la violación de los derechos más básicos de las comunidades palestinas y saharauis.

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Allison McManus es directora de investigación de la Freedom Initiative y miembro del US Committee to End Political Repression en Egipto.

A.M.: Hace unas semanas, el asesor de seguridad nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, realizó un viaje inesperado a Egipto. Egipto es un país que mis colegas y yo seguimos de cerca, y estábamos un poco desconcertados en cuanto al motivo de su viaje. Fue uno o dos días después de que Shirin Abu Akleh -ciudadana estadounidense- fuera asesinada, por lo que pensamos que tal vez había que preocuparse por ello. También supusimos que la visita podría estar relacionada con la preocupación por la agresión rusa en Ucrania.

Sin embargo, descubrimos, a través de algunas filtraciones estratégicamente programadas, que Sullivan había viajado a Egipto para negociar entre Israel y Arabia Saudí la entrega definitiva de dos islas en el Estrecho de Tirán, en el Mar Rojo. Egipto cedió estas islas, Tirán y Sanafir, a Arabia Saudí en 2017, lo que provocó algunas de las mayores protestas en el país desde 2011. Las protestas giraron en torno al carácter antidemocrático de la decisión y a la percepción de que el presidente Sisi estaba subastando tierras soberanas al Golfo. Según algunas estimaciones, miles de personas fueron detenidas a raíz de las manifestaciones.

El traspaso se está promocionando como potencialmente significativo en los esfuerzos por acercar a Arabia Saudí a la normalización a cambio. ¿Qué obtiene Estados Unidos? Un tanto a su favoe, que ya están presentando como el mayor éxito político en la región para la administración Biden, y para Estados Unidos desde los Acuerdos de Abraham. Es probable que Estados Unidos también esté interesado en algunas concesiones sobre el aumento de la producción de petróleo de Arabia Saudí.

Por su parte, ¿qué recibe Egipto? Más allá de las inversiones financieras en 2017, Sisi esperará sin duda que Estados Unidos mire ahora hacia otro lado en lo que se refiere a los abusos de los derechos humanos sobre los que Biden había estado moviendo el dedo anteriormente.

Este hecho resume perfectamente la complejidad de los intereses que han surgido tras la era de la «guerra contra el terrorismo» y el declive de la hegemonía estadounidense. Además de los factores ya comentados, las inversiones chinas superaron a todas las demás en la región en 2016 a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta en el país, que ha ido transformando algunos de los paisajes y la arquitectura de ciudades como El Cairo.

Políticamente, a lo largo del paso de Obama a Trump y a Biden, hemos visto una falta de coherencia en la articulación de cualquier doctrina de política exterior estadounidense convincente. Mientras tanto, Rusia, Irán y los Emiratos Árabes Unidos han aumentado su influencia, mientras que EE.UU. sigue dominando militarmente, por supuesto. Terminamos con un taburete de una sola pata, en el que Estados Unidos proyecta su alcance imperial en la región principalmente a través de la dependencia (o interdependencia) militar.

En Washington, los signos de este posible reajuste son palpables de varias maneras. Una de ellas es la pérdida de confianza en cualquier tipo de influencia diplomática estadounidense, a pesar de los enormes paquetes de financiación militar extranjera, la venta de armas y los beneficios económicos que se derivan de las relaciones de seguridad. En segundo lugar, existe una sensación de pánico ante el creciente papel de Rusia y China. Los funcionarios estadounidenses sienten que su única herramienta real de influencia es la transferencia de armas, pero también sienten que tienen que seguir vendiendo esas armas a los Estados de la región porque, si no lo hacen ellos, otro lo hará.

Tengo la clara sensación de que Estados Unidos ha hecho la cama del imperio y ahora estamos acostados en ella. No hemos conseguido reducir la dependencia del petróleo. En un contexto de aumento de los precios de la gasolina, el presidente Biden viajará ahora a Arabia Saudí y se reunirá con el príncipe heredero Mohammed Bin Salman, poniendo fin a lo que Biden había prometido que sería el estatus de «paria» de Arabia Saudí. Estamos en deuda con los regímenes dictatoriales que apoyamos durante mucho tiempo para mantener una fachada de estabilidad y «asociaciones estratégicas» incluso cuando reprimen brutalmente los movimientos democráticos y pluralistas más embrionarios.

¿Quiénes son los perjudicados? Egipto, Israel y Arabia Saudí han sido responsables de la muerte de residentes y ciudadanos estadounidenses en los últimos cinco años. Jamal Khashoggi fue brutalmente asesinado y desmembrado en la embajada saudí en Ankara, Turquía. No se ha hecho justicia y ahora asistimos a un calentamiento de las relaciones de Estados Unidos con Arabia Saudí.

Mustafa Kassem murió a consecuencia de una negligencia médica en una prisión egipcia, sin que se rindieran cuentas y sin que se interrumpiera siquiera la asistencia de seguridad a El Cairo. Más recientemente, Shirin Abu Akleh fue asesinada, probablemente por un soldado israelí. Si Estados Unidos no puede proteger o buscar justicia para sus propios nacionales, ¿qué esperanza hay para los millones de personas que no tienen siquiera este privilegio? Estas son las víctimas de este eje reaccionario.

Foto de portada: El presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, el ministro de Asuntos Exteriores de Bahréin, Dr. Abdullatif bin Rashid Al-Zayani, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el ministro de Asuntos Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos, Abdullah bin Zayed Al Nahyan, firman los Acuerdos de Abraham el martes 15 de septiembre de 2020. (Joyce N. Boghosian /Casa Blanca vía Flickr)

Voces del Mundo

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