Los agricultores sirios aran el futuro

Synaps.network, 20 junio 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Con su rico patrimonio agrícola, Siria podría alimentarse fácilmente… si sus agricultores pudieran hacer algo más que luchar por la supervivencia. En la actualidad apenas disfrutan del apoyo estatal en el que confiaron durante mucho tiempo; sin él, están probando soluciones individuales que pueden funcionar a pequeña escala, pero que no ofrecen buenas respuestas al creciente problema de inseguridad alimentaria del país. En su lugar, Siria está experimentando un cambio lento y caótico hacia la agricultura descentralizada, que redefinirá el modo en que la sociedad se sustente en los próximos años.

Cuatro temporadas de crisis

La última década ha supuesto un golpe tras otro para los productores agrícolas sirios. Durante el levantamiento de 2011 y el subsiguiente conflicto, las franjas de sus tierras agrícolas más vitales se transformaron en líneas de frente: el sur de Hawran, la llanura de Ghab, la región nororiental de Jazira, los olivares de Idlib y Afrin, y las zonas rurales del interior de las principales ciudades de Siria fueron testigos de la violencia a gran escala. Las bombas y los morteros incendiaron los cultivos y deestrozaron los canales de riego, mientras las milicias saqueaban las infraestructuras de bombeo y arrasaban las zonas boscosas para obtener leña. Las comunidades agrícolas tuvieron que desarraigarse: Algunas familias ocuparon las tierras abandonadas por los que habían huido, mientras que otras se dirigieron a los centros urbanos o a los países vecinos.

Algunas tierras se salvaron de la violencia, pero se agostaron a causa del abandono, ya que los puestos de control y las líneas de batalla cambiantes impidieron a los agricultores atender sus campos. Un agricultor de la ciudad de Yabroud, en las montañas de Qalamoun, en la frontera occidental de Siria con Líbano, se lamentaba de que la guerra le había obligado a abandonar sus albaricoqueros: «Todos mis árboles se secaron y murieron porque no pude llegar a mi tierra para cuidarlos». Las consecuencias, explicó, pueden ser irreversibles: «No veo cómo podré volver a cultivar. Recuperar esas tierras sería enormemente caro. Incluso si pudiera permitirme plantar nuevos árboles, tardarían siete años en dar fruto».

De hecho, aunque la violencia ha remitido en la mayor parte de Siria, los agricultores se enfrentan ahora a un colapso económico que les afecta en cada fase del ciclo de producción. Solo para poner los cultivos en la tierra, deben adquirir insumos que -debido a la inflación, la devaluación de la moneda y los efectos de las sanciones occidentales y los controles internos- se han vuelto cada vez más costosos. «Los fertilizantes y pesticidas son cada vez más caros y difíciles de encontrar», explica un investigador del norte de Idlib que ha estudiado el sector agrícola de la región. «Estos insumos tienen que ser importados de Turquía o [a través de los puestos de control] de las zonas gubernamentales. Los cereales y las semillas están más disponibles, pero también se han encarecido».

Una vez sembrados los cultivos, el siguiente reto es el riego. Los agricultores dependen en gran medida del bombeo de aguas subterráneas, que a su vez requiere combustible. Pero el gasóleo se ha vuelto tan escaso que algunos simplemente no pueden encontrarlo, mientras que otros pagan tarifas exorbitantes para comprarlo en el mercado negro, a veces endeudándose para hacerlo. Un anciano agricultor de Tal Abyad, en Raqqa, expresó su frustración por el aumento de sus propios costes, así como por las críticas a las que se ha enfrentado por trasladar estos costes a los consumidores: «Nuestras tierras necesitan irrigación, que requiere combustible. Los tomates son más caros porque el precio del combustible está subiendo, no porque los agricultores sean codiciosos. La gente de las ciudades tiene la idea de que la agricultura consiste en poner semillas en la tierra y esperar».

Los agricultores que consiguen cosechar sus productos se enfrentan a otro escollo: llevarlos al mercado. El transporte exige aún más combustible y, a menudo, significa cruzar puestos de control atendidos por facciones que exigen sobornos al tráfico comercial. Esta economía está tan arraigada que los productores y comerciantes deben tenerla en cuenta sistemáticamente en sus precios. El propietario de un vivero en el suroeste de Siria, que envía sus plantones de olivo, fruta y rosas a los compradores del noreste, dijo: «Contamos los sobornos pagados en cada puesto de control, dividimos el total por el número de plántulas del envío y lo añadimos al precio final».

Pero no todos los productores pueden repercutir los costes en los consumidores, que pueden encontrar mejores precios en otros lugares. «Solía exportar ovejas al norte de Iraq, pero últimamente me he visto obligado a abandonar el mercado», explica un pastor de la ciudad nororiental de Manbij, a unos 400 kilómetros de la frontera iraquí. «Desde que los hashad [paramilitares iraquíes] tomaron el control de la frontera, exigen impuestos tan altos que no puedo competir con el ganado que se cría al otro lado».

Para empeorar las cosas, los problemas internos de Siria se ven amplificados por el cambio climático. A medida que aumentan las temperaturas y las precipitaciones son cada vez más irregulares, los ríos y embalses de Siria han descendido hasta alcanzar niveles peligrosos, poniendo en peligro los caudales de riego. Lo que queda está cada vez más contaminado por la escorrentía de las refinerías de petróleo improvisadas a lo largo del importantísimo Éufrates. El clima anormalmente cálido y seco ha contribuido a alimentar los incendios forestales, que han devorado los bosques de la costa noroeste y los campos de trigo del granero del noreste de Siria. 

En conjunto, estos problemas son suficientes para obligar a algunos agricultores no solo a abandonar el mercado, sino también el país. «Alrededor de un tercio de nuestro pueblo ha emigrado», dijo un agricultor de la campiña de Hama, que tiene la intención de abandonar Siria junto con su familia. Le preocupa que la emigración incontrolada suponga el fin de las arraigadas tradiciones agrícolas de su región: «Si la gente sigue marchándose a este ritmo, la agricultura de esta zona desaparecerá por completo. No puede haber agricultura sin agricultores».  

Deshacer el Estado

Ante esta letanía de desafíos, los agricultores que aún trabajan los campos deben valerse cada vez más por sí mismos. A medida que el conflicto echaba raíces, las instituciones estatales se retiraron de franjas cada vez mayores de las tierras agrícolas más importantes del país. Los problemas a los que se enfrentan ahora los agricultores se ven agravados por el desmantelamiento de las estructuras de apoyo que habían facilitado su trabajo durante gran parte del medio siglo anterior al levantamiento de Siria.

A partir de la década de 1960, los sucesivos gobiernos baasistas invirtieron masivamente en la mejora del campesinado sirio. Distribuyeron semillas, fertilizantes, combustible y pesticidas subvencionados, y compraron cultivos básicos a precios superiores a los del mercado. Repartieron préstamos baratos que permitieron a los agricultores perforar pozos privados y hacer florecer el desierto con cultivos sedientos como el trigo y el algodón. Los organismos agrícolas locales ofrecieron orientación técnica sobre el control de plagas y enfermedades de las plantas, e intervinieron en caso de incendios o inundaciones. Un anciano agricultor de trigo de Hassakeh se quejaba de la poca ayuda que recibe hoy en día: «La guerra lo arruinó todo. Antes de 2011 no era así: Las instituciones públicas nos ayudaban a conseguir semillas, fertilizantes y tractores, y se encargaban de comercializar nuestro producto. El trabajo era bueno en la época del Estado».

Esa nostalgia tiende a pasar por alto el hecho de que el apoyo estaba disminuyendo incluso mientras el Estado era fuerte. Cuando Bashar al-Assad liberalizó la economía siria en la década de 2000, empezó a desmantelar los pilares del desarrollo agrícola establecidos por su padre desde hacía décadas. En los años que precedieron al levantamiento -cuando el noreste de Siria sufría la peor sequía de su historia- el gobierno eliminó las subvenciones al gasóleo y a los fertilizantes. Los precios se dispararon, dejando a muchos sin poder sembrar y regar sus cultivos. Las comunidades se sumieron en la pobreza, lo que provocó oleadas de emigración a Alepo, Homs, Damasco y las zonas rurales del suroeste, donde la sequía era menos grave. El Estado restó importancia a la magnitud de esta emergencia, en gran medida autoinfligida, lo que socavó las perspectivas de una respuesta eficaz. «El gobierno insistió en que no había una crisis real», recordaba una académica que vio los efectos con sus propios ojos. «Lo hacían incluso cuando los campamentos de tiendas de campaña surgían alrededor de Damasco, llenos de personas que habían huido de sus pueblos en Hassakeh».

El levantamiento de Siria no hizo más que acelerar este proceso. En las zonas tomadas por las facciones de la oposición -incluyendo gran parte de las tierras agrícolas más productivas de Siria-, las instituciones estatales se retiraron por completo o redujeron drásticamente sus servicios. «Tuvimos que detener muchas de nuestras operaciones después de 2011», dijo un empleado frustrado del Banco Agrícola de Siria, el organismo oficial encargado de conceder préstamos a los agricultores. «Los disturbios comenzaron en las zonas agrícolas -Deraa, Raqqa, Deir Ezzor, Hassakeh, el Alepo rural-, así que no podíamos hacer mucho». Incluso en las zonas que el régimen controlaba en su totalidad, los agricultores sufrieron la disminución de la ayuda gubernamental. Un agrónomo y funcionario de carrera se preocupó de que la reducción del presupuesto del Estado y el debilitamiento de su capacidad administrativa hubieran socavado incluso su relación con su circunscripción:

Los agricultores de Latakia y Tartous proceden en su mayoría de familias vinculadas al ejército, los servicios de seguridad y las milicias progubernamentales. Estos agricultores han pedido al gobierno que les suministre combustible para calefacción, fertilizantes químicos y pesticidas. Pero el gobierno no les ha dado nada.

El papel del Estado en el fomento de la agricultura va más allá de las contribuciones materiales. Las universidades públicas de Siria han desempeñado históricamente un papel integral en la formación de ingenieros agrícolas e hidrólogos, lo que ha permitido mantener una cohorte de expertos a escala nacional. Pero estas instituciones se han deteriorado espectacularmente: El personal cualificado se ha marchado en gran número, y los que se han quedado se quejan de los sueldos insoportables, de las pésimas condiciones de enseñanza y de una generación de estudiantes que ve poco sentido en seguir una carrera agrícola. «Diría que un tercio de los profesores de mi facultad se han ido desde 2011», calcula un profesor de ingeniería agrícola de una de las principales universidades públicas del país, antes de añadir, desesperado: «Conozco a muchos licenciados que estudiaron agronomía y acabaron trabajando en tiendas ambulantes o en puestos de funcionario de bajo nivel».

A medida que el Estado baasista abdica de su papel tradicional, un puñado de alternativas ha tratado de llenar el vacío, especialmente las ONG y las estructuras de gobierno alternativas, como la Administración Autónoma Kurda en el noreste. Sin embargo, estos actores suelen ser los primeros en admitir su propia incapacidad para sustituir a un Estado que funcione, entre otras cosas debido a sus limitados presupuestos y sus cortos horizontes de financiación. Un trabajador de una ONG occidental activa en el noreste resumió el dilema:     

La Administración Autónoma no puede prestar mucho apoyo, porque no tiene suficiente dinero. Las ONG hacen más, pero sigue siendo mínimo. En cambio, el régimen solía proporcionar todo lo que necesitaban los agricultores: semillas, fertilizantes, agua, combustible, apoyo técnico, y luego incluso compraba las cosechas a buen precio. A las ONG les resulta imposible igualar eso. 

El resultado es un mosaico en el que el Estado, sus rivales políticos y el sector de la ayuda prestan una serie de ayudas en sus respectivos ámbitos de actuación, desde préstamos, donaciones en efectivo y subvenciones a insumos hasta apoyo técnico y formación. Esta ayuda fragmentaria puede ser muy valiosa para los productores individuales, pero no sirve para abordar cuestiones más complejas y colectivas como la gestión del agua y la seguridad alimentaria. «Siria necesita desesperadamente una estrategia a largo plazo», se lamentaba un experto en agua de una agencia de ayuda occidental con sede en Jordania, y añadió: «Todo lo que hemos hecho ha sido muy aleatorio».

Cada granja por su lado

Así pues, los agricultores sirios están en su mayoría solos en la gestión de la transición de una agricultura hipercentralizada y respaldada por el Estado a una forma extrema de privatización. Desprovistos de redes de seguridad estatales, están probando estrategias de supervivencia a pequeña escala, algunas de las cuales son prometedoras. Por ejemplo, a medida que se agotan los recursos hídricos y la financiación estatal, algunos agricultores están abandonando los cultivos sedientos que antes estaban subvencionados. En el noreste, afectado por la sequía, por ejemplo, un pequeño número de agricultores de trigo están probando alternativas más tolerantes a la sequía, como los garbanzos y las habas. En la aldea de Um Sharshouh, en el campo al norte de Homs, un agricultor describió la lógica económica y medioambiental de su propio abandono del trigo:

Huí de mi pueblo en 2014, cuando el Ejército Sirio Libre tomó el control. Volví en 2017 y empecé a cultivar trigo de nuevo, pero los beneficios no eran muchos. Así que seguí el consejo de un vecino y me cambié al cultivo de plantas aromáticas como la manzanilla y el comino, que son más rentables y más resistentes al clima. Otros muchos están haciendo lo mismo.

La lucha de los agricultores por mantenerse a flote ha hecho que este tipo de experimentación esté cada vez más extendida. Algunas innovaciones son tan sencillas como comprar una vaca para que produzca abono natural, en sustitución de los costosos fertilizantes químicos. Otras son más ambiciosas: privados de la electricidad estatal e incapaces de pagar el combustible para alimentar las bombas de agua y regar sus cultivos, algunos han recurrido a las energías renovables. «Los agricultores adoran los paneles solares», dice un ingeniero eléctrico que los vende a una creciente clientela en el campo de Damasco. «En los largos días de verano, pueden hacer funcionar sus bombas desde las 7 de la mañana hasta las 6 de la tarde sin comprar combustible».

Las inversiones, tanto grandes como pequeñas, suelen contar con el apoyo de la diáspora siria. A nivel individual, las remesas pueden tapar algunos de los vacíos dejados por la desaparición de los préstamos y subsidios estatales. En algunos casos, estas redes transnacionales ayudan no solo a sufragar los costes de producción, sino también a acceder a los mercados de exportación, donde sus productos alcanzan precios más altos que en la maltrecha economía siria. Un olivicultor de la campiña oriental de Deraa explicaba cómo las conexiones familiares le han ayudado a ganar buen dinero exportando al Golfo: «Producimos nuestro propio aceite de oliva con la prensa de mi padre, y también compramos a otros productores que necesitan ayuda para vender. Luego lo enviamos a granel a los Emiratos, donde mis parientes tienen una tienda y se encargan de toda la comercialización».

De vez en cuando, algunos se aventuran a esperar que estas pequeñas inversiones revitalicen una agricultura local de subsistencia en la propia Siria. «Los que están en el extranjero intentan ayudar a su familia en casa a alimentarse», afirma un activista de Suweida, donde el dolor económico ha favorecido el aumento de la delincuencia y las ocasionales protestas callejeras. «Las remesas han ayudado a la gente a plantar manzanos, cerezos, albaricoques, ciruelas y almendros, y también les han permitido comprar vacas, aves de corral y abejas».

En algunos casos, esta lógica de autosuficiencia ha llevado a los habitantes de las ciudades a regresar a sus pueblos ancestrales, una imagen especular de la tendencia más común a abandonar las tierras rurales en busca de medios de vida urbanos. Un funcionario de mediana edad explicó cómo había abandonado su casa en la ciudad de Latakia y se había trasladado con su mujer y sus dos hijos a la casa de su familia en las montañas costeras de Siria:

Llegamos a un punto en el que no podíamos comprar suficientes verduras y lácteos para alimentarnos. Así que, cuando el curso escolar terminó en abril, volvimos a nuestro pueblo natal para vivir junto a mis padres. Mi padre tiene tierras de cultivo, que yo, mi mujer y mis hijos trabajamos todo el día para producir algunas verduras y leche de la vaca de mi madre. Es una vida sencilla, pero al menos tenemos suficiente comida. Muchos han optado por volver a esta vida rural.

Sin embargo, en última instancia, estas adaptaciones no parecen constituir una vía sostenible para alimentar a toda Siria. Por cada agricultor que puede conseguir dinero para comprar ganado, instalar paneles solares o comprar semillas para probar nuevos cultivos, muchos otros no pueden permitírselo. Además, la lucha por las soluciones individuales tiene costes colectivos ocultos. La sustitución de cultivos, por ejemplo, es un arma de doble filo, ya que los cultivos más viables económicamente no son necesariamente los que más necesita la sociedad. En algunas regiones, los agricultores que luchan por salir adelante han intentado sacar provecho del floreciente comercio de la droga sustituyendo los cultivos tradicionales por el hachís: un cambio que puede ser razonable desde el punto de vista económico, pero que también alimenta el cambio del país hacia un modelo económico cada vez más dependiente de la actividad ilícita.

Lo más habitual es que los agricultores, ante el aumento de las temperaturas y las consecutivas temporadas de sequía, perforen cada vez más profundo en busca de agua subterránea para regar sus cultivos. En esta carrera literal hacia el fondo, los agricultores más grandes -los que tienen los recursos para perforar más lejos y bombear más tiempo- amenazan con poner las capas freáticas fuera del alcance de los más pequeños. Visto desde este punto de vista, el aumento de las energías renovables implica algo más ominoso: Como los paneles solares permiten a los agricultores bombear e inundar sus tierras durante horas, aceleran el agotamiento del ya escaso suministro de agua de Siria.

Por último, sin un Estado que regule el mercado, los esfuerzos ad hoc de los agricultores para cubrir sus propios costes han contribuido a elevar los precios de los productos, incluso los más básicos, y a ponerlos fuera del alcance de la creciente clase baja de Siria. Los consumidores encuentran sus propios mecanismos para hacer frente a la situación: por ejemplo, eliminando cada vez más alimentos de su dieta o conformándose con productos de menor calidad y menos nutritivos. «Los precios son tan altos que pensamos en comprar calabacines casi con el mismo cuidado que en comprar carne», confesó una periodista de los suburbios de Damasco, observando en su propio barrio la desagradable alternativa: «Cada vez más gente compra ahora productos podridos en las verdulerías, porque los vendedores los venden con descuento». Este cambio tiene profundas implicaciones: En una sociedad con una rica y orgullosa tradición culinaria, hospitalaria y de autosuficiencia, la reducción del acceso a alimentos de calidad es un choque tanto cultural y psicológico como nutricional.

Semillas de algo

Por muy incipientes e imperfectas que sean, las tácticas de supervivencia que los agricultores adopten hoy determinarán cómo se alimentará Siria en el futuro. Los patrones de migración están determinando qué franjas de tierra permanecerán en cultivo y cuáles serán abandonadas por el desuso o el desarrollo urbano; los agricultores que permanecen están reuniendo un nuevo repertorio de cultivos, técnicas, mecanismos financieros y rutas comerciales, algunos de los cuales florecerán mientras otros se marchitan.

En conjunto, estas tendencias apuntan a una forma de agricultura más descentralizada que tardará décadas en madurar. Su forma final dependerá no solo de los esfuerzos de los agricultores individuales, sino de la cuestión más amplia de cómo se reconfigurarán la estructura de poder y la sociedad de Siria y su relación entre sí. Garantizar una alimentación suficiente para el pueblo es una función esencial del Estado; sin embargo, durante los próximos años, puede ser poco más que una ocurrencia tardía para un régimen empeñado en salir adelante. Mientras tanto, la reordenación ascendente de la agricultura siria será sin duda dolorosa, pero también fértil: con lecciones no solo para la propia Siria, sino para otras sociedades -en la región y más allá- que están navegando por el cambio climático con poca ayuda de sus gobiernos en decadencia.

(Este ensayo se ha realizado con el apoyo financiero de la Unión Europea y Alemania. Su contenido es responsabilidad exclusiva de Synaps y no refleja necesariamente las opiniones de la Unión Europea y Alemania.)

Ilustración de portada: «Madre Tierra» de Anas Al Braehi, reproducido con permiso del artista.

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