Los psicólogos que tratan a las víctimas de violaciones en Ucrania

Joshua Yaffa, The New Yorker, 14 julio 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Joshua Yaffa es colaborador de The New Yorker y autor de  “Between Two Fires: Truth, Ambition, and Compromise in Putin’s Russia

A mediados de marzo, un psicólogo llamado Spartak Subbota fue contactado por un grupo que asistía a refugiados ucranianos recién llegados a Polonia. Entre ellos había una joven de unos veinte años que había conseguido huir de un pueblo a las afueras de Chernhiv, en el norte de Ucrania, cerca de la frontera con Bielorrusia: ¿podría hablar con ella? Las fuerzas rusas habían entrado en el pueblo de la mujer en los primeros días de la guerra. Los soldados le dispararon a su novio y a ella la retuvieron en un sótano, donde, según contó ella a Subbota, la violaron repetidamente en el transcurso de varios días. «Estaba muy mal», me dijo Subbota. «No dormía. Sufría ataques de pánico y se sentía desconectada de la realidad».

Antes de la guerra, Subbota, que tiene treinta años, trabajaba con la policía ucraniana en la búsqueda de violadores y asesinos en serie, y había tratado a las mujeres que sobrevivían a estas agresiones. La mujer de Polonia le contó a Subbota una historia que llegó a escuchar muchas veces en las semanas siguientes, a medida que le iban transfiriendo más y más supervivientes de violaciones para recibir asesoramiento psicológico. «Los soldados le decían cosas como ‘tienes que saber que el ejército ruso es fuerte, para que te acuerdes de nosotros y nos tengas miedo'», dijo Subbota. «No se referían a ‘tí’ como individuo -como tú, Tanya u Olya, por así decirlo-, sino como pueblo, como nación entera». Subbota sabía cómo tratar a las víctimas que habían sido objeto del tipo de violencia que obliga a una intimidad horrible y cruel a sus supervivientes, pero estaba menos seguro de cómo atender a una persona que había sido violada como instrumento para herir a toda una sociedad. «En estos casos, se pierde la voluntad y el sentido de una misma», dijo, «y recuperarlas es mucho más complicado».

A principios de abril, el ejército ruso se retiró de las regiones de Kiev y Chernihiv, dejando al descubierto las pruebas de una campaña sostenida de terror en lugares como Bucha e Irpin. Cientos de mujeres y niños que al parecer habían sido víctimas de violaciones fueron evacuados de los territorios liberados. Según el Times, hasta ahora se han investigado decenas de casos de violación para su posible procesamiento penal. El mes pasado se inició en Kiev el primer juicio contra un soldado ruso por violación como crimen de guerra; el procesado está acusado de irrumpir en la casa de una familia en un pueblo de las afueras de la capital, matar al padre y violar a la madre delante de su hijo.

A los supervivientes se les ha ofrecido atención médica y psiquiátrica. Al principio, Subbota se encontró con que limitaba muchas de sus sesiones de terapia a media hora. «La sencilla razón era que seguía encontrando problemas a los que nunca me había enfrentado», me dijo. En un caso, los soldados ataron a una madre y la obligaron a ver la agresión a su hija. Una semana después de que Subbota tratara a la víctima de 21 años, la madre intentó suicidarse. Por primera vez en su práctica, Subbota se encontró pidiendo pausas para poder consultar con otros colegas que estaban atendiendo casos similares. «No estaba seguro de cómo seguir trabajando para no empeorar aún más el estado de la paciente», dijo.

Actualmente, Subbota atiende a siete pacientes con traumas de guerra, de edades comprendidas entre los catorce y los treinta años, y puede que solo vea a tres de ellos al día, con sesiones que se prolongan durante horas. Pero la creación de un entorno seguro para sus clientes ha sido un proceso lento e irregular. No hace mucho, Subbota comenzó la terapia con una mujer que había sido retenida en un sótano con varias otras mujeres y violada repetidamente, en el curso de cuatro días, por media docena de soldados rusos. Aunque la paciente de Subbota buscó tratamiento para las lesiones físicas sufridas, no fue capaz de hablar de lo que había pasado hasta la decimoquinta sesión. «No nos dedicamos tanto a deconstruir narrativas o a trabajar el trauma como a hacer las preguntas más elementales», dijo Subbota. «¿Qué asocias con la sensación de seguridad? ¿Cómo quieres que me dirija a ti? ¿Te sientes cómoda? «

Subbota me habló del tiempo que pasó en los últimos años con un asesino en serie de Kryvyi Rih, un centro industrial del sur de Ucrania, que violó y asesinó a múltiples mujeres. Era un sádico puro, explicó Subbota, guiado por sus propios impulsos individuales. Pero las historias que le contaban las pacientes de Subbota sugerían una maldad que no había encontrado antes. Los soldados rusos tendían a violar a las mujeres en grupo, confiando en la presencia de otros para liberarse de la responsabilidad o la restricción. «El efecto de la multitud, más el hecho de que muchos atacantes llevaban la cara cubierta, creaba un aura de anonimato, eliminando cualquier sensación de miedo o de normas, lo que empujaba a cada persona hacia la máxima barbarie», me dijo.

Pero aún más preocupante para Subbota era la sensación de que los soldados rusos estaban impulsados por el deseo de castigar, de causar daño y de destruir la voluntad de la población. «Simplemente querían infligir el mayor dolor, causar el mayor daño», dijo Subbota. «No se trataba de una idea o un deseo que apareciera en el momento y que decidieran cumplir de forma animal, sino de un arma, como cualquier otra, que pudiera desplegarse en el campo de batalla». Me contó que sus meses de tratamiento de víctimas de violencia sexual han dejado su propia huella traumática en él: «En mi conciencia, el mundo se ha convertido en un lugar más duro y violento».

Al igual que con muchos aspectos de la respuesta ucraniana a la guerra -desde la obtención de drones y chalecos antibalas hasta la provisión de comidas calientes a los combatientes voluntarios-, rápidamente tomó forma un esfuerzo de base para proporcionar atención de salud mental a quienes se han enfrentado a la violencia sexual a manos de la fuerza de invasión rusa. En todo el país, terapeutas y psicólogos crearon centros de llamadas e iniciativas improvisadas de salud mental. Algunos conservaron la apariencia de organizaciones formales, con vínculos con organizaciones internacionales y organismos estatales ucranianos; otros se asemejaban a colectivos ad hoc de terapeutas que compartían consejos y se derivaban pacientes entre sí.

Un psicólogo ucraniano que ayudó a crear una línea telefónica gratuita para las víctimas me dijo que las llamadas llegan en oleadas: «Se libera una zona determinada y nos vemos desbordados de casos. Pero luego las cosas se calman, y piensas: «Gracias a Dios, tal vez se haya acabado». Pero entonces las fuerzas rusas se retiran de los pueblos de las afueras de, por ejemplo, Kharkiv o Kherson, y los terapeutas saben que hay nuevas necesidades de ayuda. «Durante la guerra, todo el mundo tiene su propio frente, y éste es el nuestro», dice el psicólogo. «Sabemos del trauma y sus secuelas, y que si no ayudamos ahora solo tendremos más problemas después, con gente haciéndose daño a sí misma y a los demás».

Casi todos los terapeutas ucranianos con los que hablé han visto sus prácticas, y sus propias psiques, transformadas por el gran número de personas que se han enfrentado a la violencia sexual a manos de las tropas rusas. Algunos programas se financian con subvenciones, pero muchos profesionales de la salud mental atienden gratuitamente a las supervivientes de violaciones, con un horario imprevisible y agotador. Subbota me contó que recibió una llamada a las tres de la madrugada para ayudar a una de sus pacientes a calmarse; permaneció en la línea hasta que se calmó y estuvo seguro de que se había dormido.

La violación ha sido durante mucho tiempo un arma de guerra; a finales del siglo XX, fue una característica del genocidio y la limpieza étnica en los Balcanes y Ruanda. Muchos ucranianos están familiarizados con la historia de las violaciones masivas cometidas por el Ejército Rojo soviético al final de la Segunda Guerra Mundial, pero, como escuché una y otra vez de los psicólogos con los que hablé, pocos estaban preparados -emocional o logísticamente- para una violencia sexual a tan gran escala en su propio país, incluso después de que Rusia invadiera en febrero. «He llegado a ver esto no como una táctica que esté escrita en ningún sitio o que se transmita como órdenes directas», dijo Nadiia Volchenska, una psicóloga de treinta y dos años afincada en Kiev, que cofundó una red de terapeutas que tratan a víctimas de violaciones en tiempos de guerra. «Pero, de todos modos, ha quedado clara una cierta lógica: si un batallón ruso se atrinchera en una ciudad o pueblo concreto durante dos semanas o más, entonces veremos casos de violaciones».

Según Volchenska, muchas víctimas de la violencia sexual en tiempos de guerra sufren traumas superpuestos, y su propia agresión no suele registrarse como la peor o más urgente crisis. Casi todas sus pacientes han perdido sus hogares. Muchas han visto morir a sus familiares. Hay niños que alimentar y escuelas y médicos que encontrar en el exilio. «Cuando hay tanta tragedia alrededor, la gente empieza a sentir vergüenza», dijo Volchenska. «Piensan que no lo tienen tan mal como otros. O que tienen la culpa». En un caso, una paciente de Volchenska fue violada repetidamente por un oficial ruso, que acudió a su apartamento durante aproximadamente tres semanas. También le llevó comida y medicinas en un momento en que ambas cosas escaseaban en la ciudad. Tras la retirada de las fuerzas rusas, los vecinos de la mujer la trataron con resentimiento. «Le decían: ‘No estabas tan mal'», cuenta Volchenska.

En una zona de guerra, los propios psicólogos se enfrentan a dificultades y desgracias. Subbota es de Irpin; se marchó antes de que entraran las fuerzas rusas, pero su apartamento fue destruido. Volchenska huyó de Ucrania en los días posteriores a la invasión y pasó varias semanas rebotando entre alojamientos temporales en Alemania antes de regresar a Kiev en abril.

Ha habido momentos en los que ha luchado por controlar sus propios sentimientos durante una sesión de terapia. Una mujer de la edad de Volchenska se ofreció como paramédica y conductora de ambulancia cerca del frente, donde fue capturada por una unidad de soldados rusos. Su asalto fue tan brutal que la dejó físicamente desfigurada. Durante mucho tiempo, ella y Volchenska solo hablaron por teléfono. «No quiere mostrar su cara», me dijo. En un momento dado, por desesperación y agotamiento, la mujer dijo que deseaba no haberse involucrado nunca en el activismo de la guerra. Volchenska no podía ocultar su propia ira y frustración. «Me enfadé», dijo Volchenska. «¿Por qué tenía que ser tan idealista? Que le den a esta ambulancia. Si se hubiera ido, por ejemplo, a la República Checa, nunca habría tenido que enfrentarse a este dolor».

El intercambio no hizo más que profundizar en su relación. «Ella me veía como alguien  auténtico», dijo Volchenska. «Entonces le dije que sabía por qué la decisión de ayudar era tan importante para ella, y la respetaba, aunque me doliera». Estos días, me dijo Volchenska, la mujer ha regresado al frente, donde vuelve a ser voluntaria como médica de combate.

A principios de abril, Natalia Stetsenko, que vive con su marido y su hija de nueve años en Vyshhorod, una ciudad a las afueras de Kiev, vio la llegada de un autobús procedente de Irpin. Una fila de mujeres, niños y babushky [abuelas] iba bajando, una procesión de conmoción y trauma sin procesar. Stetsenko estudió para ser psicóloga y trabajadora social, centrándose en los adolescentes -en su proyecto de tesis, estudió grupos de niños que viven en las calles de Kiev-, pero había pasado la década anterior trabajando como gerente de una empresa. Ahora, entre la multitud de personas que bajaban del autobús, se fijó en una adolescente. «Tenía una mirada tranquila, casi indiferente», recuerda Stetsenko, «y unos ojos de adulta que miraban a través de todo el mundo». Stetsenko se acercó a la madre de la niña y la alejó de la multitud. «Quiero hacerle una pregunta incómoda», dijo. «¿Se enfrentó su hija a la violencia sexual?». La madre respondió con una mirada de miedo apagado, y dijo: «¿Cómo lo sabe?».

Según supo Stetsenko, la niña, de catorce años, estaba en casa con su madre y su tía cuando irrumpieron tres soldados rusos armados. La llevaron a otra habitación y les dijeron a las otras dos mujeres que se sentaran en silencio si querían sobrevivir. La niña contó a Stetsenko que, durante el asalto, los soldados le dijeron: «No lo hacemos para castigarte a ti, sino a tu nación de fascistas». Fueron explícitos sobre su intención: querían herirla hasta el punto de que nunca quisiera tener hijos. Cuando terminaron, los soldados recogieron los objetos de valor de la familia -joyas, un ordenador portátil, cubiertos- en una funda de almohada y se los llevaron.

Stetsenko se encontró en el papel de terapeuta accidental, recurriendo a su formación de años atrás. Con la familia instalada en Vyshhorod, Stetsenko buscaba pretextos para pasar a visitarla, llevando camisetas para la niña o una caja de pastelillos. Por un impulso de protección, la madre de la niña había decidido mantener en privado la historia del calvario de su hija y no buscar ayuda externa. «Mi relación más complicada era con la madre», dijo Stetsenko. «Estaba segura de que en cualquier momento me diría que me perdiera, que ellos mismos se ocuparían».

Stetsenko invitaba a la niña a pasear por la ciudad, sin plantear nunca directamente el tema de su agresión. Un día, le preguntó: «¿Cómo crees que vivirás con esto?». La chica respondió: «Lo superaré. El tiempo lo cura todo». La chica también dijo que se sentía culpable. «Estaba segura de haber hecho algo incorrecto», dijo Stetsenko, «de que ella tenía la culpa de que se fijaran en ella, como si de alguna manera los hubiera llevado a su casa ese día». El hecho de que la chica estuviera dispuesta a hablar hizo que Stetsenko sintiera que tenía una oportunidad. Pidió una cita para que la niña viera a un médico y estableció que tanto la niña como su madre tuvieran sus propios psicólogos profesionales.

Dos semanas más tarde, Stetsenko recibió una llamada de una amiga de Kiev, que le dijo que otra niña, de quince años, también había llegado de Irpin. Los soldados rusos habían entrado por la fuerza en la casa de su familia y permanecieron allí durante cinco días. Durante ese tiempo, la ataron a una cama y la violaron repetidamente. Después de que la niña y su familia fueran evacuados, se dio cuenta de que estaba embarazada. Cuando Stetsenko inició sus primeras conversaciones con la chica, no hablaron tanto de su trauma como de lo que le había sucedido a su novio de Irpin: había desaparecido durante la ocupación de la ciudad, y nadie tenía noticias ni idea de dónde había ido a parar, ni siquiera de si estaba vivo.

Stetsenko trató de apoyar a la chica durante un período difícil: los médicos le aconsejaron que esperara algunas semanas para interrumpir el embarazo, para darle tiempo a recuperarse del trauma físico. Mientras tanto, la niña le dijo a Stetsenko: «Entiendo que hay una persona viva dentro de mí, y que no es culpa suya ni mía que haya acabado ahí». La madre de la niña confió a Stetsenko que a menudo encontraba a su hija mirando por la ventana en silencio durante horas.

«En una gran multitud de personas era capaz de identificar un determinado problema, y no dejarlo pasar sin más», me dijo Stestenko. «En tiempos de paz, sin embargo, no puedo decir que fuera a desear volver a hacer esto». Algunos días, se va a casa, se sirve un gran vaso de vino y llora. Puede encontrarse paranoica y controladora con su propia hija. «La quiero en mi campo de visión, para tocarla, para abrazarla, para no separarme de ella», dice. «Es como si hubiera llegado a un entendimiento terrible sobre el mundo, que no hay un lugar seguro en ningún sitio, y me encuentro diciéndole eso a mi hija: algo horrible puede pasar en cualquier momento». Pero, añadió, «mientras haya guerra en Ucrania, siempre estaré preparada».

Ilustración de portada: Nicholas Konrad/The New Yorker

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