Mijaíl Gorbachov, un hombre fundamentalmente soviético

Masha Gessen, The New Yorker, 31 agosto 2022

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Masha Gessen comenzó a colaborar con The New Yorker en 2014 y se convirtió en escritora de plantilla en 2017. Gessen es autora de once libros, entre ellos «Surviving Autocracy» y «The Future Is History: Cómo el totalitarismo recuperó Rusia», que ganó el National Book Award en 2017. Gessen ha escrito sobre Rusia, la autocracia, los derechos L.G.B.T., Vladimir Putin y Donald Trump, entre otros, para The New York Review of Books y el New York Times. Paralelamente, Gessen ha sido periodista científica, escribiendo sobre el sida, la genética médica y las matemáticas; es conocido que Gessen fuera despedida como editora de la revista rusa de divulgación científica Vokrug Sveta por negarse a enviar a un reportero a observar a Putin haciendo ala delta con las grullas siberianas. Gessen es escritora residente en el Bard College y ha recibido una beca Guggenheim, una beca Andrew Carnegie, una beca Nieman, el premio Hitchens y el premio Overseas Press Club al mejor comentario. Tras más de veinte años como periodista y editora en Moscú, Gessen vive en Nueva York desde 2013.

Mijaíl Gorbachov, el último líder de la Unión Soviética, murió el martes pasado en Moscú, a la edad de noventa y un años. En las dos últimas décadas de su vida rara vez concedió entrevistas. Por eso, en 2010, cuando accedió a hablar con alguien de una revista moscovita que yo dirigía, sentí tanto asombro como cierto recelo: se trataba de una oportunidad única que casi con toda seguridad sería desperdiciada. Gorbachov era un entrevistado notoriamente terrible. Divagaba, se salía por la tangente y casi nunca terminaba una frase. En un movimiento desesperado, mis colegas y yo pedimos a los lectores que enviaran preguntas. Alguien preguntó: «¿Qué podría alegrarle ahora?». Esta vez, Gorbachov estaba listo con una respuesta concisa. «Si alguien pudiera prometerme que en el otro mundo veré a Raisa», dijo. «Pero no creo en eso». Raisa, su esposa de cuarenta y seis años, había muerto, de leucemia, en 1999.

«No creo en Dios», continuó Gorbachov. Raisa tampoco había sido creyente, pero «progresó más rápido que yo en esa dirección». Lo que parecía querer decir era que Raisa había seguido el ritmo de su país, convirtiéndose en una rusa postsoviética, mientras que Gorbachov seguía siendo un hombre fundamentalmente soviético. La suya era la historia por excelencia de un apparatchik: arrancado del campo del sur de Rusia por el Partido cuando aún era un estudiante de secundaria, universidad en Moscú y una serie de puestos en el Partido que culminaron con su nombramiento, en 1985, como secretario general del Comité Central, el cargo más alto de la URSS. Estaba rodeado de octogenarios que esperaban deferencia y gratitud. Pero él tenía un amor más grande en su vida, y una lealtad que superaba cualquier deuda que tuviera con el Partido y con sus dirigentes, que se tambaleaban. Gorbachov vivió y trabajó para impresionar a Raisa. Se habían conocido como estudiantes en la Universidad Estatal de Moscú, donde él estudiaba Derecho y ella Filosofía. Los compañeros de Raisa eran una extraordinaria cohorte de pensadores soviéticos de la posguerra, y eso, quizás más que nada, ayudó a dar forma a las políticas que serán para siempre sinónimo del nombre de Gorbachov: la glasnost y la perestroika.

A las pocas semanas de convertirse en secretario general, Gorbachov anunció su intención de reformar y modernizar la Unión Soviética. En junio de 1987 anunció un nuevo concepto: la perestroika, o reestructuración, de las políticas soviéticas en todos los ámbitos. Aunque no lo dijo explícitamente, lo que quería decir con reestructuración era liberalización: la Unión Soviética legalizaría la empresa privada limitada y relajaría la censura, permitiendo la discusión pública de temas que antes eran tabú. Las leyes de censura nunca fueron abolidas, pero la relajación de las restricciones -el objetivo explícito de la glasnost– produjo una explosión sin precedentes de la escritura, la publicación, el cine, la actuación y la música. Las revistas oscuras que publicaban artículos largos y casi académicos vieron cómo se disparaban sus tiradas. La gente hacía cola para leer los nuevos números de periódicos como el Moscow News o para entrar en un teatro para ver una obra recién montada de, por ejemplo, Ludmilla Petrushevskaya. La razón, la mayoría de las veces, era que la revista, el periódico y la dramaturga abordaban el tema del terror estalinista, antes censurado. Por primera vez desde la muerte de Stalin, en 1953, los ciudadanos soviéticos hablaban públicamente de su pasado.

Años después, Gorbachov quiso preservar esta parte de su legado. En 2008, en colaboración con el periódico independiente Novaya Gazeta, Gorbachov formó un grupo de trabajo para intentar crear un museo del terror estalinista. Como secretario general, dijo, había recibido pleno acceso a los archivos. Fue entonces cuando se enteró de que el terror había sido realmente aleatorio, que se había detenido y ejecutado a personas no por ningún delito, ni por sospecha de delito, ni siquiera por una acusación especiosa de delito, sino simplemente porque cada entidad local encargada de hacer cumplir la ley tenía que cumplir su cuota de detenciones y ejecuciones. También se había enterado de que, en el punto álgido del terror, cuando se ejecutaba a miles de personas cada día, los dirigentes soviéticos habían firmado estas ejecuciones por páginas, con docenas de nombres por página. Gorbachov, que había creado una comisión que, en última instancia, revisó millones de casos de la época de Stalin y revocó cientos de miles de sentencias condenatorias, parecía estremecerse de incredulidad al hablar de las cosas que había conocido. Esta era otra cualidad que lo diferenciaba de cualquier líder soviético anterior: podía estremecerse. Su visión del mundo podía ser cuestionada y cambiada; él mismo, al parecer, podía cambiar. No puede decirse lo mismo de sus sucesores: pronto quedó claro que el museo que Gorbachov quería construir no podía existir en la Rusia de Vladimir Putin, que estaba ocupado en eludir el recuerdo del terror estalinista de su propia versión de la historia rusa.

A Gorbachov se le atribuye y se le denosta el desmantelamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Pero nunca se propuso cambiar el mundo de esa manera. En 1987 liberó a todos los presos políticos soviéticos, que entonces eran varios cientos. (Actualmente, Rusia tiene más presos políticos que en los años ochenta). Sus políticas de glasnost y perestroika permitieron que se escuchara a los críticos de la estructura soviética. Andrei Sájarov, un disidente que fue elegido miembro del Soviet Supremo después de que Gorbachov lo liberara del exilio interno, argumentó contra el monopolio del Partido Comunista. Galina Starovoitova, una etnógrafa académica convertida en política, sostenía que había que desmantelar el imperio y proponía un tratado de unión para sustituir la estructura colonial soviética. Gorbachov rechazó ambas ideas.

En 1989 la Unión Soviética de Gorbachov se desprendió de sus satélites europeos, los países que Moscú había gobernado efectivamente desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Uno tras otro, Polonia, la República Democrática Alemana, Checoslovaquia, Rumanía y otros derrocaron a sus gobiernos prosoviéticos. Pero, cuando las colonias internas de Rusia -los países que habían sido subsumidos a la fuerza por la Unión Soviética, en lugar de ser simplemente dominados por ella- se lanzaron a la independencia, Moscú reaccionó con violencia. En abril de 1989, las autoridades aplastaron brutalmente las protestas independentistas en Tiflis, la capital de Georgia, matando al menos a veintiuna personas e hiriendo a otras doscientas noventa. En enero de 1991, las tropas soviéticas mataron a activistas independentistas en Riga, la capital de Letonia, y Vilnius, la capital de Lituania, después de que los países bálticos, que habían sido ocupados por la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial, declararan su independencia. Muchos homenajes a Gorbachov le han atribuido la presidencia de la disolución «incruenta» de la Unión Soviética, olvidando que se derramó, y en algunos casos se sigue derramando, sangre en los conflictos de Armenia, Azerbaiyán, Moldavia, Tayikistán y otros lugares. En marzo de 1991, después de que no solo los países bálticos, sino también Rusia y Ucrania -las mayores repúblicas soviéticas- votaran a favor de la secesión de la Unión, Gorbachov organizó un referéndum sobre la preservación de la U.R.S.S. Seis de las quince repúblicas constituyentes se negaron a participar, pero Gorbachov afirmó que las nueve restantes validaban la continuidad del imperio.

En agosto de 1991, un grupo de ancianos de la línea dura intentó un golpe de Estado. Pusieron a Gorbachov bajo arresto domiciliario en su residencia de verano en Crimea y declararon el estado de emergencia, restableciendo la censura. Tres días después, el golpe había sido derrotado, pero Gorbachov regresó a Moscú como un pato cojo: había sido suplantado por Boris Yeltsin, el líder de una Rusia independiente. En diciembre, Yeltsin y los líderes de Ucrania y Bielorrusia negociaron el fin de la Unión Soviética. Gorbachov dimitió de su cargo como jefe de un país que ya no existía. Había estado dispuesto a utilizar la violencia y las votaciones amañadas para intentar mantener el país, pero no intentó utilizar esas tácticas para mantenerse en el poder.

Gorbachov fue ese raro tipo de político que actuó con la convicción de que el mundo y la gente en él -incluido él mismo- pueden ser mejores de lo que a menudo parecen ser. La tragedia final de su vida política es que, durante los últimos veintitrés años, Rusia ha sido gobernada por el tipo de político opuesto. Vladimir Putin cree que la humanidad está podrida hasta la médula, y todos sus actos, de un modo u otro, están diseñados para validar esta visión del mundo. Putin era un oficial relativamente joven del K.G.B. en Dresde, en Alemania del Este, durante la mayor parte de la perestroika. No estaba en Rusia cuando las calles parecían llenarse del aire embriagador de la libertad, pero sí estaba en Alemania del Este cuando Moscú lo dejó pasar. Nunca ha perdonado a Gorbachov el abandono de los oficiales del K.G.B. en Dresde, del propio país satélite y del sueño de un gigantesco imperio europeo. (El secretario de prensa de Putin, Dmitry Peskov, dijo, el martes por la noche, que el presidente ruso daría sus más sinceras condolencias a la familia).

En su resentimiento hacia Gorbachov, Putin coincide con la mayoría de los rusos, que suelen asociar al ex secretario general con la inestabilidad, el caos y el fin de todo lo que antes les resultaba familiar. Con algunas excepciones, la intelectualidad, que posiblemente fue la que más se benefició de la glasnost, diluye su afecto por Gorbachov con el desprecio por sus medidas represivas contra los movimientos independentistas, sin duda, pero también por su forma de hablar. En Occidente, donde Gorbachov era venerado, hablaba a través de intérpretes, que convertían sus divagaciones en frases ordenadas. En Rusia, la gente escuchaba a un hombre que nunca podía terminar una frase o llegar al remate, y cuyo acento lo marcaba, hasta el final, como un campesino.

Tras dejar el cargo, Gorbachov se mantuvo en gran medida alejado de la vida pública. Creó un grupo de reflexión llamado Fundación Gorbachov. Hizo obras de caridad. Intentó, sin éxito, crear ese museo del terror estalinista. En 2013, después de que Putin reprimiera las protestas y pastoreara una serie de leyes que harían casi imposible la propia protesta, Gorbachov exclamó en una entrevista: «¡No tengas miedo de tu propio pueblo, maldita sea!» Pero nunca se pronunció contra la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014 ni contra la invasión de Ucrania. Al final, fue el más antisoviético de todos los líderes soviéticos, pero siguió siendo carne y sangre del sistema soviético. Estaba limitado por su imaginación, no por las creencias e instituciones de su juventud, que se habían desmoronado rápidamente. Pero, incluso mientras Rusia libraba una agresiva guerra colonial, Gorbachov parecía incapaz de imaginar lo que podía ser su país que no fuera un imperio.

Foto de portada: Stephen Voss/Redux

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